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domingo, 10 de febrero de 2013

EL SUFRIMIENTO: Realidad Psicológica y Espiritual


              EL SUFRIMIENTO: Realidad Psicológica y Espiritual

por: José Rafael Olivieri Delgado (feb. 2013)

 

“¿Acaso olvidaron las palabras de aliento con que Dios les habló a ustedes como a hijos?

Él dijo: ‘Hijo mío, no tomes a la ligera la disciplina del Señor y no te des por vencido cuando te corrija. Pues el Señor disciplina a los que ama y castiga a todo el que recibe como hijo’”

Hebreos 12:5-6, NTV

 

            El sufrimiento es otro de los temas dentro del consultorio de los cuales no es fácil hablar, pues ¿Quién no ha sufrido en su vida? Cada persona con su particular experiencia personal e íntima consigo mismo, tiene su propia percepción de lo qué es el sufrimiento y de cómo lo ha vivido y padecido. Tanto en sus pensamientos, emociones, acciones como en las consecuencias que el mismo ha generado en su vida y muchas veces, en la vida de los que lo rodean. Más complicado aún es este tema cuando entendemos el dicho popular que dice: “cada cabeza es un mundo” Resulta que en el ámbito de nuestro mundo mental cada uno de nosotros tiene su propio sistema de creencias emocionales, en el mismo se encuentran almacenadas todas las verdades absolutas en las cuales creemos ciegamente.

Cada una de ellas nos sirven para evaluar, sentir, relacionarnos y asumir una posición de ‘ser, estar y sentir’ en relación con cada acontecimiento de nuestra vida y de nuestro mundo. Esto independientemente de si tales creencias son adecuadas o disfuncionales de acuerdo con las decisiones que tomamos y sus consecuencias. Quizás la parte más delicada de dichas creencias sea el hecho de no admitir ningún cuestionamiento a pesar del daño que nos pueden hacer. Resulta que la única posibilidad de revisarlas (modificar o eliminar las inadecuadas y potenciar las adecuadas), será a través de un proceso de cambio y decisión personal (psicoterapéutico o no). Este indudablemente no es fácil de hacer y a su vez, frecuentemente genera mucho sufrimiento durante la transición de dicho cambio.

En lo que corresponde a nuestro tema es necesario entender que el sufrimiento tiene múltiples raíces. Algunas son propias de la experiencia de la persona en su intercambio emocional con sus semejantes (padres, hermanos, amigos, pareja, hijos). Otras vienen como parte obligatoria del complejo y difícil arte de vivir, por el simple hecho de estar en un lugar y en un tiempo determinado: la causalidad, le decimos los psicólogos. Igualmente, de acuerdo con dichas creencias y con nuestra estructura emocional, existen otras muchas situaciones internas y externas que nos hacen sentir ‘mal’. Nos sentimos en caos, fragmentados, en crisis, enfrentados a un sinfín de obstáculos que nos desalientan. Situaciones de fracaso y frustración que nos desvían de nuestros propósitos, destruyen nuestros sueños y esperanzas.

Frente al sufrimiento frecuentemente nos sentimos desordenados, vacíos y en tinieblas, con huecos en el alma, sin encontrarle sentido a la vida ni al sufrimiento en sí mismo. Razones como familias rotas, emociones heridas y llenas de traumas, relaciones imposibles, sueños abandonados, heridas en el alma, sin claridad emocional… todas ellas son parte de los posibles estímulos y caminos que nos pueden llevar a estrellarnos de frente contra el sufrimiento y todo lo que él implica.

Para poder enfrentarnos a ello lo importante será aprender a pasar por encima de todo esto y particularmente, de poder tomar la decisión de continuar sabiendo que no estamos solos, que lo importante es no abandonar, sino llegar a nuestro bienestar. Entonces, como en la mayoría de los temas que trato aquí, solamente voy a dar un breve esbozo de este tópico, para intentar dejar la idea en la cual: aunque nadie quiere sufrir y a nadie le deseamos sufrir, el sufrimiento es una etapa necesaria en la vida de toda persona que pertenece a la raza humana. Dependerá de tu actitud frente al sufrimiento, los resultados que tú obtendrás de él.

            La primera verdad de la vida es esta: que a todos nosotros nos toca sufrir y lo que es peor, nadie me puede garantizar que no me toque seguir sufriendo en el futuro, tal como nos lo recuerda Juan 16:33 al referirse a las palabras de Cristo: “Les he dicho todo lo anterior para que en mí tengan paz. Aquí en el mundo (la vida) tendrán muchas pruebas y tristezas (sufrimiento); pero anímense, porque Yo he vencido al mundo” (NTV). Esto nos garantiza que mientras estemos vivos tendremos que afrontar diversos períodos de sufrimiento y algunos otros de ‘pruebas’ que llegan a nuestra vida.

Para mí lo interesante del tema del sufrimiento en este texto, será la necesidad de mezclar dos de nuestros elementos humanos más íntimos: lo psicológico y lo espiritual. De esta manera podré manejar diferentes aspectos del sufrimiento en un contexto más integral e interdisciplinario. Dado que el mismo es una condición natural e inevitable de nuestras relaciones humanas (mundo psicológico y emocional). Tal como afirma el versículo anterior de Juan, también es una condición ineludible de nuestro tránsito espiritual por nuestra vida. Prueba de ello es que muchas personas vienen a la consulta psicoterapéutica o van al cura, al pastor o a su respectivo representante religioso según su creencia (lo espiritual), en busca de consuelo para su sufrimiento.

La realidad implícita del sufrimiento es que el mismo está unido a las consecuencias de mis decisiones emocionales y a mis percepciones espirituales, en este sentido, diría yo: ‘es 50% emocional y 50% espiritual’. Por ejemplo, si permitimos que nuestra mente sea invadida por los pensamientos y sentimientos asociados al sufrimiento, dejando a nuestra mente libre para rumiar aquellas cosas que nos han hecho daño, que no hemos logrado, nuestros sentimientos de fracaso, soledades, abandonos, heridas no cerradas, … Vamos a terminar siendo víctimas del sufrimiento y de muchas de sus consecuencias, tales como la amargura, el desánimo, la desilusión, la desesperanza y la depresión. Porque a través del sufrimiento nos destruimos en nuestra propia cárcel, hundiéndonos en nuestra desesperación y en nuestra ceguera emocional, incluso cultivamos y propiciamos enfermedades físicas.

Al unirlo a lo espiritual perdemos el sentido de la vida, nuestro propósito, nuestro sentido de realización y superación, nuestros vínculos relacionales con los otros, entre otras más. Por ello es necesario crecer en ambas áreas y aprender a poner filtros emocionales en tu mente, ajustar tus pensamientos, utilizar el escudo del autocontrol, controlar lo que haces y permites estar en tu mente, en tus emociones y en tu percepción espiritual.

Complementando todo esto, no deja de ser cierto que invariable e inevitablemente también existe una carga externa que no controlamos en la causalidad de nuestra vida. En ella el poder de invitarnos al sufrimiento no es nuestro, aquí tendría que mencionar la ley del 80 – 20 (90 – 10) (El principio de Pareto), la cual tú has de evaluar dependiendo del lado de la moneda en que estés (el 80 a tu favor o en tu contra). De todas formas, y en todo caso, siempre tendrás el poder sobre tu propia responsabilidad de canalizar tu situación emocional frente al sufrimiento. Tomando o no las decisiones y acciones necesarias para poder manejarlo adecuadamente y pasar por encima del mismo.

         En el proceso de lo mental sería interesante entender lo que nos enseña Freud (Pervin 1979), cuando habla de la cualidad del Yo que denomina “ELLO”, al igual que Berne (1979) cuando habla del estado del Yo llamado “NIÑO”, lo cual de igual manera lo reafirman, explican y trabajan otros tantos psicólogos y psiquiatras, para comentarnos acerca de la realidad donde: a este nivel emocional de lo primario (lo infantil), nuestra mente está totalmente orientada hacia la búsqueda única y absoluta del placer y por consiguiente, al rechazo y evitación de todo lo opuesto a este, es decir, al sufrimiento (dicha búsqueda del placer es lo que conocemos en psicología como el “Principio del Placer”).

En dicho nivel mental (Ello, Niño) están centradas nuestras emociones, prácticamente todo es inconsciente, allí reside el centro de nuestra energía psíquica, con la cual tomamos la mayoría de nuestras decisiones importantes de vida. El problema central no es que busque y desee lo que me causa placer, el problema es que tal búsqueda es imposible de lograr todo el tiempo y en todas las situaciones de mi vida, y muchísimo menos si se trata de las interrelaciones interpersonales.

Es necesario comprender que el placer, de por sí, es improbable de lograr de forma permanente y continua. La realidad es que estamos sujetos a un mundo real y cambiante en cada instante, donde es imposible perpetuar una situación de placer. Particularmente porque mi sensación de placer dura únicamente hasta que surge una nueva necesidad (física o emocional) dentro de mí. Resulta que los sentimientos y las sensaciones asociadas a mis necesidades son opuestos a dicho placer.

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Referencias:

Berne, E. (1979). ¿Qué dice usted después de decir hola? 9na edición, Barcelona. Ediciones Grijalbo

Cury, A. (2007). Nunca renuncies a tus sueños. Ediciones Minotauro.

Kübler-Ross, E. (1997). La rueda de la vida. España: Zeta

Pervin, Lawrence A. (1979). Personalidad: Teoría, Diagnóstico e Investigación. Cap.4: Una teoría psicodinámica. La teoría psicoanalítica de Freud.

Tyndale House Foundation. (2010). Santa Biblia, Nueva Traducción Viviente. USA

 

 



 

 

 







miércoles, 12 de diciembre de 2012

PADRE AUSENTE VS. MUCHA MADRE: un camino hacia la destrucción emocional.


PADRE AUSENTE VS. MUCHA MADRE: un camino hacia la destrucción emocional.

Por José Rafael Olivieri Delgado (dic. 2012)

 

“La realidad es que ambos padres son importantes, cada uno a su manera y sin ambos no se puede lograr la evolución completa y armónica del niño.”

(Abreu, 2000, p.57).

 

Trabajando con el modelo de familia aproveché para revisar los planteamientos de Abreu (2000) en su libro ‘mucha madre poco padre’, los cuales son en buena parte un reflejo de la historia del papel del hombre como padre en la familia. Mi inquietud parte del hecho real, en el cual una inmensa mayoría de los pacientes, me refieren con un profundo dolor y una gran tristeza, el no haber tenido o el haber sido abandonados por su padre.

Aclaro algo: en el 90% de estos pacientes dicho dolor y tristeza están escondidos en las estructuras emocionales inconscientes, de sus necesidades, carencias y conflictos infantiles, producto precisamente de dicha ausencia y abandono del padre. Sin embargo, la expresión emocional externa que muestran tanto verbal como gestual (el cuerpo habla más que las palabras, y siempre dice la verdad), es una inmensa rabia acompañada de muchos resentimientos. Estos, a su vez, están cubiertos por deseos de venganza, desprecio, descalificación y críticas hacia este padre ausente.

En resumen, hay un odio evidente hacia la figura del padre, odio que choca con la necesidad original de amor de este (Tal lucha de emociones son parte del origen de los conflictos emocionales).

Muchos de dichos pacientes coinciden en expresiones verbales tales como: - “Yo no tuve padre”, “Yo no conocí a mi padre”, “Yo no sé quién es ese señor”, “Prefiero no hablar de ese…” y otras por el estilo. Como comentario propio, pienso que tal destrucción de la figura del padre es una de las principales causas de toda la conflictividad emocional que nos desborda desde siempre, y mucho más hoy en día. A tal punto es esto que el 50% de la base común de la destrucción de la pareja, la familia, los hijos y por supuesto, de la sociedad, está en esta figura del ‘padre ausente’ (el otro 50% le pertenece a la otra parte: ‘mucha madre’).

En relación con todo esto, conversa Abreu acerca de lo que es y de lo que representa la figura del padre, no solamente en la sociedad, sino particularmente en la familia. Recordemos que la familia es reconocida, casi unánimemente, como la cédula fundamental de la sociedad. Pero en mi criterio personal, yo considero que la pareja es en realidad la base incuestionable de la familia y de todo, sin la pareja como unidad, pronto dejará de existir la familia y como consecuencia la sociedad.

En la figura del ‘padre ausente’ estamos preparando hijos para su autodestrucción y la de todo aquello que los rodea. Ciertamente la realidad “poco padre” está presente desde los principios de la raza humana. A la verdad el padre, léase el hombre, por su misma constitución física, mental, y particularmente, por su mundo de conflictos y programaciones emocionales negativas. Sobre todo, por su ‘falsa’ creencia de ser más independiente, ha actuado un modelo de desapego muy destructivo (para sí mismo y para los suyos). Este ha estado ausente de su núcleo familiar con una frecuencia ‘demasiado’ alta, y en muchísimos casos, lamentablemente total.

Desde la perspectiva emocional sana, podría afirmar sin temor a equivocarme que es una ausencia no deseada por la esposa. Debido, entre muchas otras cosas, a que se queda sola, y también es muchísimo menos deseada por los hijos, quienes pierden (en mayor medida) su modelo de referencia fundamental.

No solamente para la formación de su realidad personal presente y futura, sino mayormente para el sano desarrollo (mental) de todas las etapas de su vida. Donde se ven afectados tanto el campo físico como el emocional, siendo tal ausencia prioritariamente la causante de las cicatrices (autodestructivas) permanentes en cada hijo, así como en sus respectivos procesos psicológicos y espirituales.

Lo cierto es que tradicionalmente el hombre es el proveedor y el sustentador de su núcleo familiar, pero este aspecto se traduce en una primera razón de su ausencia. Aunque esto ocurrió desde la versión Bíblica, cuando el hombre como consecuencia de su decisión equivocada (de retar a Dios), tuvo que enfrentarse a su sentencia de por vida: “Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado. Porque polvo eres, y al polvo volverás” (Génesis 3:19, NVI).

En este sentido el hombre ha tenido que ‘ausentarse’ para ir a trabajar, a veces por horas, a veces por meses o incluso años, como es el caso de migrar o de las guerras (de las cuales muchos no regresan). No deja de ser cierto que también existen muchos otros motivos para esta ausencia. Desde los netamente atribuibles a toda la conflictividad emocional, como al igual que las situaciones pertenecientes a la más absoluta irresponsabilidad como figura paterna. Tristemente estas aumentan cada día más y en mayor proporción, con sus respectivas consecuencias.

También hemos de incluir, por supuesto, la realidad de la condición citada por Abreu (2000) cuando señala: “Un padre ausente no es solamente aquel que se ha ido y ha dejado su lugar. También es aquel que no participa, el que no se siente padre. El que a pesar de estar físicamente presente en el hogar está emocionalmente ausente de la familia.” (p. 58).

Esta última condición es quizás la peor de las situaciones de ausencia, un padre presente pero abandonante. Este genera modelos de poco afecto y a veces, de agresiones y maltratos que (en casos extremos), pueden invitar a situaciones psicológicas de psicosis (locura) e incluso, invitaciones de muerte entre los hijos.

Las razones para todos estos motivos de ausencia, si bien son atribuibles a cantidad de factores de diversas índoles como: físicos, culturales, educacionales, e incluso genéticos (como señala Abreu), también son espirituales y psicológicos, los cuales, en mi criterio personal, son estos dos últimos los más importantes y los de mayor peso, porque destruyen la mente de sus propios hijos.

También existen muchas circunstancias propias de la conflictividad de la pareja, pues tanto el hombre como la mujer son responsables de estas situaciones de ausencia, sin incluir aquí, que actualmente es más frecuente que la mujer también está siendo la abandonante de su núcleo familiar (y sin la excusa Bíblica, pues esa no fue su sentencia).

De todas formas, a pesar de cualquier excusa o justificación que pueda dar tanto el propio padre, como cualquier estudio social sobre el tema. La realidad común de todos ellos es que la decisión final de ser un padre presente o ausente es sin lugar a duda, responsabilidad absoluta y única del propio padre.

            Ser padre, más que un rol en el cuadro familiar y social es todo un proceso cuya esencia principal es el amor a sí mismo en primer lugar, y luego a su familia (cónyuge e hijos). En este sentido el padre es la cabeza de la familia no solamente en el modelo social tradicional, sino desde los planteamientos Bíblicos específicamente.

Por ejemplo, en Efesios 5:23 dice: “Porque el esposo es cabeza de su esposa…” (NVI), claro, para que esto sea real, el primero que tiene que estar sujeto es el esposo a Cristo, pero lamentablemente pocos creen en Dios, y mucho menos las mujeres de hoy en día que han visto de primera mano las barbaridades que han hecho sus propios padres, y en líneas generales, la mayoría de los hombres que han conocido.

La realidad estriba en el hecho de como se ha interpretado esto de ser ‘cabeza de la familia’. Debido a que muy lejos de hacer todos los actos destructivos, a los cuales estamos acostumbrados, la función de un verdadero padre además de estar presente y activo en su familia continuamente, le corresponde entre otras cosas: dar protección, seguridad, apoyo, sustento, educación y compañía.

Él ha de dictar y enseñar las normas, las leyes y los principios éticos y morales; las pautas de cómo vivir en la familia y en la sociedad. Muy especialmente ha de modelar la figura de autoridad, siendo así mismo modelo de la transición de la familia hacia el mundo exterior y la sociedad. Más importante aún y por encima de todo, se define como un modelo de vida que impacta y trasciende, como una marca imborrable, en los procesos de decisión emocional de la vida de todos sus hijos.

Tanto es esto así que, por ejemplo, en el caso de la mujer, ella sin saberlo (inconscientemente diría Freud) seleccionará a su esposo y padre de sus hijos, conforme al modelo de su propio padre. Y en el caso del varón, este no solo seleccionará a su esposa conforme a la interrelación entre su padre y su madre, sino que él mismo actuará con sus hijos conforme al modelo que su propio padre le mostró y le enseñó, al tratarlo de determinada forma tanto a él como a cada hijo(a) en particular. Lo que me recuerda el refrán popular: “Hijo de gato caza ratón”.

Es por esto por lo que el modelo tanto del padre como de la madre, más que un ejemplo a seguir, psicológicamente terminan convirtiéndose en la mente de los hijos, en órdenes y mandatos. Estas sin duda alguna se deben y se tienen que cumplir, prácticamente sin cuestionarse. Tal cual el ejemplo del modelo militar (cumples la orden sin reclamar, sin pensar).

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Referencias:

Abreu, E. (2000). Mucha madre y poco padre ¿Una antigua realidad en aumento? Caracas, Venezuela: Fundación Venezuela positiva.

Sociedades Bíblicas Unidas. (1960). Santa Biblia. Caracas Venezuela: Fanarte, C.A.




domingo, 10 de junio de 2012

GÉNESIS DE LOS CONFLICTOS EMOCIONALES: El proceso de formación de mis enfermedades emocionales

GÉNESIS DE LOS CONFLICTOS EMOCIONALES:

El proceso de formación de mis enfermedades emocionales

Por José Rafael Olivieri Delgado (jun. 2012) 

“El hombre vive esencialmente dentro de un mundo personal y subjetivo. Sus actividades, incluso las más objetivas, son el fruto de propósitos subjetivos y de elecciones subjetivas”

(Rogers C., 1989, p. 17)

 

           Al hablar de los conflictos emocionales nos enfrentamos a un tema que en muchas personas ‘levanta ronchas’, especialmente cuando lo hacemos con la intención de saber qué son, de conocerlos a profundidad, y particularmente, de poder modificarlos. Particularmente porque tales acciones implican el asumir la responsabilidad y el compromiso emocional de mi vida, de mis acciones y de sus consecuencias. Para ello es necesario el llevar a cabo un proceso de redefinición (emocional), para hacer cambios en varios de los esquemas de pensamiento, los cuales han dirigido mis decisiones desde que tengo uso de razón.

De igual manera, quizás más dramático aún, debo y tengo que remover y desarticular creencias no adecuadas, que han estado arraigadas en mi definición de personalidad desde mi infancia. Dichas creencias han sido las verdades que han guiado mis pensamientos, emociones y acciones, durante la totalidad de mi vida pasada. Independientemente, de haber sido ellas, las causantes directas de mis decisiones equivocadas y autodestructivas, en mis diferentes circunstancias y situaciones adversas, motivo por el cual seguramente, aún hoy en día, sigo sufriendo las consecuencias negativas de las mismas.

La razón de estas afirmaciones previas está asociada con el hecho de mi necesidad de realizar un proceso de reaprendizaje, de una buena parte de los conceptos que he utilizado, para definir mi esquema de vida en todas sus distintas facetas (personal, matrimonio, hijos, padres, trabajo, social…). Particularmente, de aquellos criterios valorativos de mí mismo(a) como mi autoestima, autoconcepto y autoimagen, al igual que implicaciones fundamentales que pertenecen a mi esquema de ¿quién soy?

Por ello, el trabajar con los conflictos emocionales, tiene la particularidad de ‘alborotar el avispero de emociones’ que cada uno de nosotros lleva dentro de sí mismo. En una gran mayoría de veces, sin tener consciencia de ello. Dado que hemos aprendido como mecanismo de supervivencia, a drenar todas nuestras situaciones emocionales negativas dentro de nuestra mente inconsciente. Con ello puedo vivir la fantasía de nunca más acordarme de mis áreas oscuras (mis conflictos emocionales).

Sin embargo, este universo de emociones que, a pesar de pertenecer, en su mayoría, al pasado, están totalmente activas aquí y ahora afectando a cada terrícola existente. Mi camino hacia la sanidad de mis conflictos tiene que transitar en la dirección que me señala Berne (1974) quien me afirma que para sanarme debo: “primero deshágase de toda la basura que se ha acumulado en su cabeza desde que llegó a casa saliendo de la clínica de maternidad” (p. 16).

Es decir, desde el momento en que nací, hasta el momento en que decido resolver mi mundo de conflictos, mi proceso principal ha sido el de acumular en mi mente una gigantesca cantidad de ‘basura’ (emocional). Tanto así que el basurero municipal de la ciudad donde vivo es, pequeño comparado con mi ‘basurero personal de conflictos emocionales’.

            En el escenario del consultorio psicoterapéutico, a veces, lo complicado es lograr que los pacientes (eso te incluye a ti), a pesar de venir cargados y saturados de sus situaciones de angustia y ansiedad, se den cuenta y acepten que ellos son los dueños de su propio ‘basurero’, y que este, es el responsable directo de las acciones y consecuencias que los han traído a la terapia. Lo anterior lo digo pensando, particularmente, en el famoso tema de la culpa.

A todos (sin excepción) nos encanta culpar al otro. Nunca soy yo, siempre es el otro el culpable de todo lo que me pasa (a mí). Claro, constantemente, es mucho más fácil culpar al otro que asumir yo la responsabilidad de lo que me corresponde. Pero, hemos de saber que en cualquier relación (dos personas) les corresponde un 50% para cada uno, a diferencia de cuando se trata de mi propia situación (interior) mental y emocional, donde casi el 100% es enteramente mío y de nadie más.

Sonará a frase de autoayuda, pero en cuanto a mí mismo(a) ¡yo soy el protagonista de mi vida!, eso incluye completamente a la totalidad de mis pensamientos, emociones y acciones, los demás, son meros actores secundarios que me permiten representar mi papel protagonista. En el consultorio, como es normal, me encuentro con muchos tipos diferentes de personas, lo cual representa un amplio abanico de opciones y posibilidades interesantes.

Aunque como en todo abanico, existen dos extremos contradictorios, y en el medio, una amplia diversidad de opciones. Por un lado, existen personas muy abiertas que casi de inmediato, van comprendiendo y dándose cuenta de su basurero de conflictos. Comienzan a ‘abrir sus ojos’ a este nuevo mundo no conocido, a ampliar el horizonte de su mente hacia la lógica del mundo emocional, nunca revelado desde esta perspectiva terapéutica.

Mientras que, en el otro extremo, existen personas de ‘mentalidad cuadrada’ para los cuales todo lo psicológico y emocional es solo “charlatanería y producto de locos”. Esto se entiende porque muchos de ellos vienen obligados, por lo general, por su pareja, y los menores, por sus padres. Como ejemplo, recuerdo una paciente que me dijo: “Yo no quiero que me remuevan los conflictos, yo prefiero quedarme así”.

A ciencia cierta el ambiente de la terapia es para aquellos que están dispuestos a arriesgarse a conocer y descubrir un nuevo universo de posibilidades, que los reten a hacerse dueños de sus propias vidas, y especialmente, que los saquen de su zona de confort y de su ceguera emocional. 

Si me permites (sin ánimo de ofender ni de elaborar juicios no adecuados), no te cuento cuando me toca uno (fanático) que piensa que Dios le va a resolver todo, que él (paciente/cliente) con seguir “AL PIE DE LA LETRA” la Palabra de Dios todo se le va a resolver. Se ve que no han leído a Santiago cuando dice: “2:9 … cometéis pecado, y quedáis convictos por la ley como transgresores. 2:10 Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos (los pecados)”, … no sé, digo yo.

En mi (limitado) conocimiento, Dios nos ha creado como una trinidad: Cuerpo, Mente y Espíritu. Los médicos (y demás áreas de salud) para el cuerpo, los psicoterapeutas para la mente y, los religiosos (según cada religión) para el Espíritu, especialmente por aquello de Eclesiastés 12:7 que dice: “Volverá entonces el polvo a la tierra, como antes fue, y el espíritu volverá a Dios, que es quien lo dio.” (NVI).

Es posible que la dificultad de aceptar un proceso terapéutico para la sanidad de mis conflictos emocionales, este relacionada con tres factores principales (entre muchos otros), que pudiesen parecer y hacer ‘complicado’ dicho proceso. Simplemente para mencionarlos, el primero, quizás el más conocido, el famoso miedo al cambio. En realidad, este es una excusa para no dejar mi zona conocida (confort). Porque dejar la seguridad de como pienso, siento y actúo (así me haga daño y me autodestruya), genera mucha incertidumbre, ansiedad y angustia, a veces mayor a la que traigo a la terapia.

Segundo, en algún momento de mi proceso de decisiones infantiles (con el cual me enfermé), asumí que mi ‘basurero’ era una creación totalmente mía, que me pertenecía, que yo era así de esta manera. Como tal, al pertenecerme, no lo quiero perder y debo defenderlo, sin importar el costo de tal acción, así sea mi propia vida (emocional y sus consecuencias). 

La tercera: lo que le preocupa a casi todo paciente, ¿Realmente esto funciona? ¿Podré cambiar y resolverlo? Y la más importante de todas: ¿Cuánto tiempo voy a tardar en este proceso? … Ya hablaremos de todo esto, en su momento.

La verdad general es que no es imposible aceptarlo. Desde el punto de vista de cualquier psicoterapia, independientemente de las técnicas que utilice, es totalmente factible poder llevar a cabo un proceso de sanidad y limpieza emocional. Este me ha de permitir liberarme de las cargas y conflictos emocionales, los cuales me afectan en mi vida cada día. permitiéndome deshacerme de mi basurero en forma permanente y, obteniendo los resultados de bienestar que quiero para mi vida y mis relaciones.

Entonces, con estas pocas ideas iniciales ¿Qué es un conflicto emocional? En líneas generales es un conjunto de pensamientos, emociones y acciones, que se ejecutan automáticamente desde mi mente inconsciente, sin control ni voluntad mía, a través de los cuales reflejo todos los aprendizajes y decisiones emocionales negativas, los cuales he adquirido a lo largo de mi vida. Identificando y definiendo así a mi estructura emocional.

De esta manera, los conflictos son las fuentes de todo el malestar emocional (rabia, tristeza, miedo, ansiedades, depresiones, …), tanto intrapersonal como especialmente en mis relaciones interpersonales. Convirtiéndose así, en el mayor enemigo de mi felicidad, bienestar y autorrealización personal.

A lo que me refiero con lo ‘complicado’ del proceso terapéutico, tiene que ver con la necesidad de cada paciente, de hacer un cambio de perspectiva muy importante en su comprensión de lo emocional. Primero, la mayoría de los grandes teóricos tanto psicólogos como psiquiatras, han definido que la etapa infantil es absolutamente crucial en el proceso de la toma de decisiones emocionales de cada persona. Ellos han definido dicha etapa en el rango de 0 a 7 años, los más conservadores hasta los 9 años. Delimitando el final de esta etapa a los 12 años.

Segundo, nuestra total ausencia de conocimientos en los principios de esta etapa nos guía (inconscientemente) a realizar un desesperado proceso de aprendizaje emocional. Este nos lleva a copiar e imitar (sin cuestionamiento alguno), los modelos conductuales (pensamiento, sentimiento y acción), de nuestras figuras parentales y de autoridad. Con todo ello, a pesar de mi inmadurez psicológica y emocional, tomo las decisiones más trascendentales que dirigirán toda mi vida.

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Referencias:

Berne, E. (1974) ¿Qué dice usted después de decir hola? España. Grijalbo

Rogers, C. (1989). El proceso de convertirse en persona: Mi técnica terapéutica. 7ª ed. Barcelona, España: Paidós Ibérica.

Tyndale House Foundation. (2010). Santa Biblia, Nueva Traducción Viviente. USA

  

 




martes, 7 de febrero de 2012

LA CULPA: Mi Emoción Autodestructiva

LA CULPA: Mi Emoción Autodestructiva

Por: José Rafael Olivieri Delgado (feb. 2012)

 

“La culpa es una reacción emocional aprendida que sólo puede ser usada si la víctima le muestra al explotador que es vulnerable a ella” Dyer (1982, p. 137)

 

            Miles de lágrimas, quejas, preguntas, inquietudes, excusas, justificaciones y otras cuantas manifestaciones emocionales de este tipo son las que muestran los pacientes en el consultorio, cuando durante su proceso terapéutico se trabaja con la culpa y con su sentimiento de culpabilidad. Su pregunta clásica desde la impotencia que produce esta emoción es: - “¿Qué puedo hacer si me siento culpable?”

La pregunta se entiende porque realmente la culpa es uno de nuestros acérrimos y mayores enemigos de nuestra felicidad. Es un sentimiento que frecuentemente nos limita y nos condiciona a mantenernos en una zona de bloqueo e inactividad, en un malestar emocional muy fuerte y profundo; nos dificulta gravemente el poder avanzar hacia nuestras metas y sueños, peor aún, nos perjudica irremediablemente en nuestras relaciones (pareja, familiares, trabajo y sociales).

Por ello, en relación con dicha pregunta, es indudable que la respuesta debe estar dirigida en función de la persona que pregunta y su propia situación emocional. La parte más difícil de esta será lograr que esa ‘tan anhelada’ respuesta surja del mismo paciente, es decir que él se responda a sí mismo y además en forma adecuada. Yo pienso que cada persona que asiste a terapia debe ser invitada a encontrar sus propias respuestas, pues estas tienen que estar completamente ajustadas a la situación personal, emocional y única de quien pregunta. ¿Y quién conoce mejor tu situación y lo que tú necesitas para resolverla? Solo uno: ¡Tú mismo!

Comprendo que mi función es acompañar a mi paciente en su proceso, darle información, opciones, mostrarle ‘un espejo’ dónde se mire y se descubra a sí mismo, así como invitarlo a que decida su propio crecimiento y bienestar, para que indudablemente, cuando llegue su momento pueda decidir y autosustentarse en su vida emocional, sin la necesidad del apoyo que le brindamos durante su permanencia en el proceso terapéutico.

      La culpa es precisamente uno de los sentimientos que más se oponen a tu propio bienestar. Para comprender esto hay que entender ¿Qué es la culpa?, y ¿Cómo es su proceso en las personas? En este sentido, hay dos posturas que me interesan resaltar de entre las muchas que existen, me refiero a las explicaciones de Dyer (1982) por un lado y a las de Palmero (2002) por el otro. Permíteme empezar por dar una respuesta general a estas preguntas y luego pasar a los conceptos específicos de dichos autores.

En tu búsqueda de este concepto encontrarás por ejemplo que el Diccionario RAE dice: “(1) Imputación a alguien de una determinada acción como consecuencia de su conducta. (2). Acción u omisión que provoca un sentimiento de responsabilidad por un daño causado” (febrero 2012). Para entender esta definición es necesario dar un rodeo ‘un poco’ extenso dentro de algunos conceptos psicológicos.

El primero es la diferencia general entre emoción que es una reacción psicofisiológica que ocurren de manera espontánea y automática (ejemplo: miedo, alegría, rabia, tristeza, …), y lo que es un sentimiento como combinación de esas emociones y nuestros pensamientos y percepciones aprendidas. La emoción surge antes que la conciencia y es inevitable frente al estímulo que la produce. Por su parte el sentimiento requiere primero de nuestra conciencia, pensamientos y experiencia emocional para luego responder al estímulo.

En este contexto la culpa sería un sentimiento, lo cual está asociado a una connotación muy importante: la culpa es aprendida no nacimos con ella, la aprendimos a sentir y la internalizamos en nuestro esquema de emociones como producto de nuestras relaciones con los demás, según esta perspectiva Palmero (2002) define la culpa como una “emoción social”.

Lo segundo para tener en cuenta es que debo tener una conciencia de quién soy Yo y de los otros, este límite será importante para entender el proceso de autovaloración que necesito para sentir la culpa y el poder llegar a evaluarme como el culpable frente a un evento particular. Tercero, dicha valoración depende de nuestro esquema de comprensión del ‘bien y el mal’, así como de las ‘reglas’ (culturales, morales, éticas, religiosas, familiares…) que rompemos con nuestras acciones no adecuadas. El cuarto aspecto se refiere a la culpa como una emoción “compuesta”, es decir no está sola, sino que se asocia con otras emociones como la tristeza y la rabia dependiendo de ciertas condiciones particulares de cada persona.

Igualmente podría señalar que está relacionada muy íntimamente con otros conceptos de lo que podríamos llamar ‘la telaraña’ de nuestro sistema emocional, me refiero a elementos tales como: autoestima, autoconcepto, autocensura, niveles de perfección, miedos, procesos de pensamiento y su rumiación, así como el mayor de todos: nuestro sistema de creencias emocionales. La culpa es un elemento central de muchos de nuestros conflictos emocionales y, por consiguiente, de sus consecuencias en nosotros y en nuestras relaciones.

Tenemos entonces que en un sentido general la culpa es un sentimiento generado por nosotros mismos con base en nuestro universo emocional interno. Fuertemente relacionado con lo que está bien y lo que está mal. Así como del resultado de cómo nos valoramos frente a nuestras propias acciones en relación con los otros. Existen otros factores asociados a la culpa que desarrollaré a través de este texto.

Con base en lo que cada uno ha sentido en sus propias sensaciones de culpa, podemos comprender que la misma es un sentimiento tanto complejo como muy destructivo en nuestra percepción emocional. No solamente por su origen aprendido, sino también por la cantidad de elementos asociados con nuestro desarrollo individual de pensamiento, emoción y acción. Por ello es vital poder comprender que en la culpa el protagonista de todo el proceso emocional que implica soy yo mismo, pues voy a jugar en los cinco ‘roles’ principales de la misma.

Me explico: (1) Yo soy quien va a ejecutar (u omitir) una serie de acciones específicas. (2) Me voy a convertir en mi propio acusador al evaluar que he trasgredido una norma o una regla. (3) Ahora me convierto igualmente en mi propio juez (la mayoría de las veces con carácter implacable), con lo cual me dicto mi propia sentencia condenatoria. Como juez he de saber que cuanto mayor sea mi nivel de crítica, de auto exigencia, de perfeccionismo, cuanto más altos e inflexibles sean mis estándares para juzgarme, tendré mayores probabilidades de condenarme. (4) Me convierto en mi propio carcelero al aplicarme el castigo que considero que me merezco, con lo cual paso a cumplir mi último ‘rol’ (5): soy la víctima de mi propia culpa.

En relación con el castigo que me aplico, he de saber que el sentimiento de la culpa está acompañado de un amplio conjunto de emociones autodestructivas, entre otras: tristeza, decepción, desánimo, depresión, angustia, frustración, impotencia, rabia, remordimiento. Y de igual manera a un conjunto continuo de pensamientos descalificadores y limitantes, los cuales no solamente me estancan en mi propia prisión emocional, sino que peor aún, limitan mi posibilidad de cambio y de mi búsqueda de soluciones a mi situación emocional.

Entrando ya en la visión que nos ofrecen los dos autores mencionados, podemos comenzar con las consideraciones de Dyer (1982) quien opina que la culpabilidad es en principio una emoción inútil que paraliza a la persona, la hace perder su energía viviendo en situaciones del pasado, perdiendo el presente y su potencialidad. Este autor dice: “La culpabilidad quiere decir que despilfarras tus momentos presentes al estar inmovilizado a causa de un comportamiento pasado” y añade “Con la culpa, te fijas en sucesos pasados, te sientes abatido o molesto por algo que dijiste o hiciste y gastas tus momentos presentes afligido” (p. 127).

A pesar de ello, no deja de ser cierto que muchos, con la sensación de culpa, quieren cambiar lo que a todas luces es imposible cambiar: el pasado. La realidad es: no importa cuán grande sea tu dolor o tu castigo, no puedes modificar tu pasado. Tu opción es vivir un presente distinto con cambios emocionales reales.

A este respecto podríamos añadir una visión interesante sobre esta ‘imposibilidad’ de cambiar el pasado tal como la que nos ofrece Martínez (2006) quien considera que: “… el pasado no es una categoría psicológica cerrada e inmutable.” (p. 288) y afirma “… si una persona logra cambiar el significado que le atribuye a un hecho pasado que influye en él grandemente, este hecho comenzará a influir de una manera completamente distinta.” (p. 289).

A esto es a lo que nos referimos con los posibles cambios que podemos lograr a través de la psicoterapia. Esta me permite realizar una evaluación más adecuada de aquellos eventos traumáticos de mi pasado, bien sea porque yo los actué o bien porque me los hicieron sentir. En definitiva, tengo la opción de cambiar mis percepciones en relación con estos hechos, los cuales, aunque son reales, primero pertenecen al pasado y segundo, ya no tienen por qué continuar haciéndome daño a través de mis sentimientos de culpa.

       La postura de Dyer (1982) habla de la autodestrucción de vivir constantemente recordando el pasado y sintiéndose mal por lo que hicimos en él. Gastando nuestra energía cuando rumiamos nuestros pensamientos en expresiones como ‘si no hubiera hecho eso’ o ‘si no hubiera dicho eso’, siempre resaltando el condicional ‘si’. Dice Dyer (1982): “No hay sentimiento de culpa por grande que sea que pueda alterar el comportamiento pasado” (p. 139). Peor aún, es el hecho en el cual dejamos de vivir el presente al inmovilizarnos mirando hacia atrás, lo cual implica que no podemos avanzar ni estar atentos a lo que sucede en nuestro aquí y en el ahora. Dejamos de disfrutar del único instante real de nuestra existencia: el hoy.

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Referencias:

Diccionario de la Real Academia Española. https://dle.rae.es/culpa. Recuperado febrero 2012.

Dyer, Wayne. (1982). Tus zonas erróneas. Argentina: Editorial Grijalbo

Martínez, J. M. (2006). Amores que duran… y duran... y duran. México: Editorial Pax.

Palmero, F. (2002) Psicología de la Motivación y la emoción. Madrid, España: McGraw-Hill

Shinyashiki, R. (1993). La caricia esencial. Una psicología del afecto. Colombia: Editorial Norma

Sociedades Bíblicas Unidas. (1960). Santa Biblia. Caracas Venezuela: Fanarte, C.A.