miércoles, 21 de octubre de 2026

ARMONÍA MARITAL (Un proceso para permanecer en pareja)

ARMONÍA MARITAL

(Un proceso para permanecer en pareja)

Por: José Rafael Olivieri Delgado (jul 2022)

 

“El amor se funda en la igualdad de derechos y en la libertad.”
(Fromm, 1981, p. 185)

 

En el marco legal de las uniones matrimoniales, que en líneas generales pertenecen al ámbito civil y eclesiástico, y desde tiempos históricamente lejanos hasta el presente, en muchas culturas diferentes, al momento de formalizar la unión matrimonial, se suele enunciar la expresión: “Hasta que la muerte los separe”. Este también ha sido el deseo expresado, conscientemente, de una gran mayoría de parejas que se casan libremente en y por amor, con la intención de establecer una relación marital, no por un periodo largo de tiempo, sino por el resto de los días que les quedan de vida. Para lograr este propósito inicial de la pareja, debe darse obligatoriamente un proceso de acoplamiento continuo en la díada, que ha sido denominado por muchos autores como “Armonía Marital”.

De no lograrse tal proceso de armonía marital y, como lamentablemente lo han demostrado las estadísticas de divorcios en el mundo entero, tal deseo de llegar juntos hasta el fin de la vida, no será posible. Aunque no dejan de existir parejas que lo hacen, claro está, por determinados compromisos tanto sociales, culturales, económicos, religiosos, como personales, los cuales no competen al alcance de este texto el discutirlos. Lo cierto es que, si la pareja desea recorrer juntos el camino de sus vidas, será necesario, tal como señalan Baltasar y Battaglia (1990) que: “Como díada, entrelazan y comparten sus requerimientos, expectativas, necesidades, capacidades e intereses, además de buscar el ajuste en su relación.” (p. 2). Es decir, aparte de todas las características propias, que pertenecen a la unión de la pareja, será necesario que ambos deseen crecer, madurar y trabajar en el proceso de armonía marital, de tal forma que los dos tengan en su relación un mismo norte común.

Según he señalado anteriormente, dominar el término de la armonía marital, implica clarificar una serie de conceptos, cuyos significados es adecuado que podamos compartir por igual, para así poder abordar, desde una misma perspectiva, un tema tan extenso y complejo, como lo es este proceso. En este punto específico, consideraremos los términos de: díada, matrimonio y por supuesto armonía marital, propiamente dicho. Por ejemplo, el diccionario Larousse (2004) define díada como: “Unión de dos principios que se complementan recíprocamente.” (p. 344). Llevado al contexto que interesa de la pareja, la metáfora de ‘dos principios’ habla de dos personas que se complementan recíprocamente. Lo cual es fundamental tanto en lo teórico como en lo práctico al hablar de la unión de la pareja.

Por su parte, el diccionario de psicología y psicoanálisis (1977) define diádico como: “Perteneciente al número dos, que tiene una estructura doble o en pareja; organizado en pares; compuesto por dos elementos.” (p. 235). Quizás quepa aquí, en función de este contexto, enfatizar que un elemento relevante de la relación de pareja y, por ende, de la armonía marital, es la necesidad de que la pareja esté separada de terceras personas. Esto quiere decir que, convivan ellos dos solos, en su propio espacio, sin la influencia externa ni de sus respectivas familias de origen, ni de cualquier otra persona, independientemente del vínculo que tenga con la pareja. Al respecto, señala Hormachea (1997): “Toda persona casada enfrenta la ineludible decisión de separarse con sabiduría de los vínculos familiares que le han unido por tantos años.” (p. 35). Esto por supuesto, al margen del momento en que ellos, como unidad diádica, decidan formar su propia familia. Como señala un viejo refrán popular “El casado casa quiere”.

Con relación al concepto de matrimonio, el diccionario Larousse (2004) define matrimonio como: “n. m. (lat. matrimonium). Institución social, reconocida como legítima por la sociedad, consistente en la unión de dos personas de distinto sexo para establecer una comunidad de vida, más o menos estable. 2. Sacramento por el cual hombre y mujer se ligan perpetuamente con arreglo a las prescripciones de la Iglesia. 3. Fam. Marido y mujer”. Ampliando aún más esta figura tan importante de la relación de pareja, también señala:

El matrimonio puede ser monogámico o poligámico. Si bien las religiones le otorgan un carácter sagrado y sacramental, la mayoría de los estados modernos lo contemplan como una unión contractual. En estos casos, el matrimonio civil, único válido, es independiente del religioso. Entre los efectos del matrimonio se encuentra la obligación de vida en común de los cónyuges, que deben ayudarse, respetarse y guardarse fidelidad, y el establecimiento de un régimen patrimonial. Para contraer matrimonio se establecen requisitos de capacidad, libre consentimiento y ausencia de impedimentos legales. Las constituciones avanzadas establecen la plena igualdad jurídica del hombre y la mujer para contraer matrimonio. Se contempla también la posibilidad de separación, anulación y divorcio. (p. 656)

En esta definición pueden apreciarse, claramente, muchos de los elementos que soportan conceptualmente la idea a lograr con el proceso de armonía marital. En este sentido se consideran, por igual, para ambos miembros de la díada, entre otros: vida en común, ayuda, respeto, fidelidad, patrimonio, consentimiento, libertad y, particularmente, la igualdad entre ambos cónyuges, por supuesto, en todos los aspectos de la relación marital. Utilizando otra famosa frase del acto matrimonial: “En las buenas y en las malas”.

Igualmente, se han considerado dos definiciones adicionales. La primera corresponde al diccionario de psicología y psicoanálisis (1977) el cual define matrimonio como: “(marriage): s. Institución social por la cual un hombre y una mujer se unen para establecer una unidad familiar. La forma aceptada de unión varía según las diferentes culturas. Las sanciones respecto de las formas de matrimonio pueden provenir de las costumbres, de la ley, de la religión o de la combinación de todas ellas.” (p. 502). Y la segunda, con un corte más espiritual, pero no por ello menos valedero, en el nuevo diccionario de la Biblia (s/f) el término matrimonio se define como: “Es el pacto entre un hombre y una mujer para hacer vida en común. Mediante este pacto, con la bendición de Dios, unen placenteramente sus cuerpos y almas para expresar mutuamente su amor, reproducir la especie humana y construir la sociedad comenzando con la familia.” (p. 686).

De igual manera, realiza este diccionario un señalamiento adicional, dada su naturaleza y propósito: “La voluntad de Dios fue que el matrimonio se hiciera entre un solo hombre con una sola mujer. Cuando Dios quiso buscar compañía para el hombre, no creó varias mujeres, sino solamente una: Eva.” (p. 686). En nuestra sociedad permisiva la idea de monogamia está hoy en día en altísimo cuestionamiento, a nivel social y mundial.

En este sentido, utilizando los conceptos expresados, he utilizado, como definición de la pareja, la siguiente: La interrelación de dos personas, un Él y una Ella, que deciden entrelazar sus vidas en totalidad, con la intención de compartir experiencias vitales, en principio por tiempo indefinido, bien sea dentro de la institución del matrimonio o no.

En el mismo sentido de lo expresado anteriormente, y entre los alcances a cubrir, indudablemente se encuentra la definición conceptual de la armonía marital, y cuál ha sido la concepción utilizada en este libro. Todo ello con la intención de entender la armonía marital como un proceso continuo y dinámico. Este se establece entre dos personas e involucra un compartir; el manejo de expectativas, tanto individuales como de la díada, en sus distintos ámbitos y ciclo de vida; su evolución como pareja, y donde existe mutua dependencia de los actores de esta. En este sentido, podría entenderse la armonía marital como un proceso donde la pareja debe estar en un constante acoplamiento, en el compartir de sus experiencias tanto individuales como en la unión del uno con el otro.


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Algunas Referencias:


Baltasar, M. y Battaglia, M. (1990). Tesis: Pareja: relación,
            ajuste marital y estilos de poder en la sexualidad.
            Caracas, Venezuela: U.C.V.

            Fromm, E. (1982). El arte de amar. España: Ediciones Paidos.

Hormachea, D. (1994).  Para matrimonios con amor.
            Aprendiendo a vivir con nuestras diferencias. Miami, Usa:
            Editorial Unilit.

martes, 20 de octubre de 2026

EL PERDÓN UNA CLAVE EN LA PAREJA

EL PERDÓN UNA CLAVE EN LA PAREJA

Por: José Rafael Olivieri Delgado (jul 2022)

 

“El perdón, sin embargo, es una acción que está en nuestras manos.” (Echeverría, 1996, p. 82)

 

Para llegar a este punto previamente he enumerado diversos elementos que intervienen, si no en todas, por lo menos en la gran mayoría de las relaciones de pareja. Igualmente, he profundizado en algunos de dichos elementos, ampliando su explicación y definición de estos, por considerarlos relevantes dentro del proceso de armonía marital. Pero uno de esos elementos especiales que interesa tratar por separado es precisamente El Perdón. Que si bien, he dejado de último, el mismo en mi criterio es considerado como la ‘clave para consolidar toda relación interpersonal’, especialmente la de pareja, y más aún la marital. (Habría que recordar la cita Bíblica “Los últimos serán los primeros” Mateo 19:30).

No obstante, antes de entrar en el tema, quiero hacerles una invitación especial. El texto aquí desarrollado, además de ser más breve, tiene mucho de corte académico, para darle un sustento sólido, en función de los (miles) de autores que sobre el tema han escrito. Por ello, la invitación es: a que revisen el texto sobre el Perdón que desarrollé en mi libro Fragmentos del Consultorio Psicológico 2 (Olivieri, 2021 b, pp. 337 – 390), es el Capítulo 12, “El Arte Del Perdón: La clave para decidir mi libertad y mi paz emocional”, el cual tiene un amplio contexto de lo emocional tanto para lo personal como para la pareja. Y muchas de las ideas y referencias de ese texto están plasmadas aquí. Créeme, ese capítulo ‘no tiene desperdicio’ (Modestia aparte del autor).

La importancia del perdón se ha de considerar, como ya ha sido mencionado anteriormente, porque en toda relación interpersonal siempre habrá conflictos, cuanto más en la relación matrimonial, sometida a una gran variedad de factores, ya comentados, que pudiesen poner en peligro la estabilidad marital.

De allí la necesidad de considerar el perdón, por ejemplo, de la manera en que señala Sádaba (1995), el cual manifiesta que el perdón implica: “… saber ceder, saber tolerar, saber entender y hasta saber perder… La idea de que ceder es empezar a modificar cosas supone una apuesta que va más allá del puro presente.” (p. 134). Esto es justo lo que nos interesa en el proceso de armonía marital: modificar cosas para llegar juntos al final. Como lo recuerda Riso (2006): “Para estar en pareja hay que negociar muchas cosas… acoplarse a las exigencias razonables de cualquier relación afectiva, acercarse al otro sin perder la propia esencia, amar sin dejarse de querer a sí mismo” (p. 10).

En relación con el aspecto de los conflictos en la pareja, al parecer en muchos casos los mismos se presentan luego de un prolongado período de incubación, por lo que es muy probable que siempre haya en la pareja quien quiera afirmar que ‘no puede perdonar’. Cabría aquí hacer dos preguntas, aunque diferentes entre sí, pero a su vez muy pertinentes: la primera, desde el enfoque Gestáltico ¿No puedes o no QUIERES perdonar? Y la segunda, ya más de corte existencial: ¿Es posible que exista algo imperdonable?

Con relación a esta última interrogante, Jankekevitch (cp. Sádaba, 1995) nos dirá que: “El perdón está precisamente ahí para perdonar lo que ninguna excusa podría excusar: porque no hay falta tan grave que no se pueda perdonar como último recurso.” (p. 68). Preferiría que el perdón fuese el primer recurso para resolver cualquier conflicto en la pareja (y en lo personal también), pero no deja de ser cierto lo dicho por (Sádaba, 1995) cuando señala que: “Para una persona concreta existen ofensas y desgarros que solamente ella puede medir. De ahí que el ofendido, el que ve la humillación… o la tortura… lo último que le importe, en ese momento, es perdonar.” (p. 72). Sin embargo, el perdón será la clave para la solución de cualquier conflicto en curso, ya que como dice H. Arendt (cp. Sádaba, 1995): “El perdón es la única reacción… que actúa de forma nueva e inesperada… y, por consiguiente, libera de las consecuencias del acto al que perdona y al que es perdonado” (p. 68).

Ahora bien, antes de proseguir, se hace necesario intentar definir a que nos estamos refiriendo cuando hablamos del perdón. A pesar de que Sádaba (1995) afirma que: “No tiene sentido preguntarse por el significado correcto de una palabra, puesto que no hay algo así como el significado correcto o verdadero. El significado, más bien, habrá que buscarlo en el uso concreto de una palabra… De ahí que no sea el mismo significado de perdón el que le dé el teólogo que el que le dé el filósofo” (p. 23). Esto lo podemos parafrasear incluyendo a cada uno de los miembros de la pareja por separado. Dado que el perdón no es igual ni para Él ni para Ella, en función de sus creencias y situaciones emocionales.

No obstante, es necesario conocer y entender de qué se está hablando al referirse al perdón. Por ejemplo, este mismo autor Sádaba (1995) señala que: “Perdón, en principio, no es una palabra llena de misterios. La usamos con tanta profusión que la consideramos familiar, un útil a mano que sirve, diariamente, no solamente a la comunicación sino para calmar o equilibrar estados de ánimo.” (p. 13). Igualmente dice: “Su significado latino (perdonare) nos ha llegado como una pieza de borrador, un medio para saldar una deuda. Para favorecer, en suma, a otros de manera gratuita, limpia, elegante y hasta magnánima.” (p. 13).

Por su parte, comenta Echeverría (1996) que: “Perdonar no es un acto de gracia para quien nos hizo daño, aunque pueda también serlo. Perdonar es un acto declarativo de liberación personal.” (p. 82). Al parecer, con base en esta última idea, muchas veces se piensa que el perdón es un regalo para el otro, sin darnos cuenta de que ambos participantes (perdonado y perdonador) son beneficiados, especialmente la persona que perdona, debido a la libertad emocional que proporciona el soltar las cargas de resentimiento acumuladas.

El perdón es considerado como una expresión de amor, que nos libera de las ataduras destructivas que nos amargan el alma, enferman el cuerpo y casi siempre terminan dañando la unión marital. Pues, a fin de cuentas, la falta de perdón es como un veneno que se toma a diario a gotas, pero que finalmente termina envenenando. Si ya definimos a la rabia como el ‘cáncer’ que destruye a las parejas, la falta de perdón es el alimento que le damos a ese cáncer para que crezca cada día más.

En el diccionario Larousse (2004) se define el perdón como: “Acción de perdonar.  Con perdón, dícese para excusarse por decir o hacer algo que molesta a otro.” (p. 784). Mientras que en el nuevo diccionario de la Biblia el término perdón se define como: “Es el acto de no retribuir las ofensas con el castigo merecido.” (p. 817). Lo que realmente nos interesa aquí sobre el perdón es que es una herramienta fundamental en el proceso de armonía marital, que le permite a la pareja un mecanismo para solucionar (en mi criterio ‘todas’) las posibles desavenencias que entre ellos indudablemente ocurrirán.

 Por su parte, como señala Sádaba (1995): “Lo decisivo es que se anula la deuda, que la donación es total, que no deja huellas. Ése es, efectivamente, el perdón. Un perdón que no solamente remite la deuda de la ofensa, sino que supone un cambio en los sentimientos de quien perdona.” (p. 129). Este es el criterio que nos interesa aquí para la armonía marital. Ya que como sabemos, en la mayoría de los casos, los sentimientos producto de los conflictos son, entre otros, rabia, ira, venganza, resentimiento e incluso odio, que son los principales enemigos de cualquier relación, incluyendo la marital. Por lo que el perdón al cambiar estos sentimientos actuará en beneficio de dicha relación. Lo cual se aplica igualmente en lo individual, tal como señala Echeverría (1996): “El perdón a sí mismo tiene el mismo efecto liberador de que hablamos anteriormente y hacerlo es una manifestación de amor a sí mismo y a la propia vida.” (p. 83), y, por consiguiente, para la pareja.

Es frecuente pensar que el hecho de ser un término cotidiano y del cual muchas veces se ha abusado, le ha restado importancia al proceso del perdón, haciendo que el mismo haya perdido fuerza como elemento fundamental en la solución de los conflictos de la pareja y en las personas en general. Es posible que la confusión esté en no conocer el verdadero significado del perdón. Pues este no significa que se esté de acuerdo con lo que paso, ni que se le apruebe. Perdonar no significa dejar de darle importancia a lo que sucedió, ni darle la razón a alguien que cometió una falta. Simplemente, significa dejar de lado aquellos pensamientos negativos que causan dolor, ira o cualquiera de los sentimientos negativos, que en principio dañan más al ofendido que al ofensor. Como dice Sádaba (1995): “El perdón no es una excusa, por mucho que en el lenguaje ordinario se les confunda.” (p. 68).


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Algunas Referencias:


            Echeverria, R. (1996).  Ontología del lenguaje. 3ra ed. Santiago,
            Chile: Dolmen Ediciones, S.A.

Olivieri, José. (2021b). Fragmentos del consultorio psicológico 2.
            Un Camino Emocional de lo Individual a las Relaciones.
            Editorial KDP Amazon.

Riso, W.  (2006).  Los límites del amor.  Hasta dónde amarte sin
            renunciar a lo que soy. Bogotá, Colombia:
            Grupo Editorial Norma.
 
            Sádaba, J. (1995). El perdón: la soberanía del yo. Barcelona,
            España: Paidos.


viernes, 16 de octubre de 2026

RUPTURA / DIVORCIO EN / DE LA PAREJA

RUPTURA / DIVORCIO EN / DE LA PAREJA

Por José Rafael Olivieri Delgado (jul 2022)

 

“Una relación de pareja no se construye con razones, se construye con soluciones.” Martínez (2006)

 

Con base en la experiencia del consultorio, pudiera considerar, en principio, que las personas forman su relación de pareja con la intención de perdurar en el tiempo. Incluso me atrevería a afirmar que esto puede aplicarse en su totalidad cuando dicha decisión va acompañada del deseo de establecer una relación formal a través de la unión matrimonial. Sin embargo, al parecer, no puede aplicarse el mismo criterio a lo que hemos definido como “matrimonios sin papeles”, es decir, a las uniones maritales sin ningún tipo de formalización legal y/o religiosa. Esto último basado en el hecho casi ‘absoluto’ de la sentencia de ruptura y separación que dichas relaciones llevan asociadas.

Al respecto, Venegas (2005) afirma que: “Muchos jóvenes se encuentran hoy en la disyuntiva de constituir o no una familia, siendo creciente el número que por los momentos se ubica en una posición de provisionalidad.” (p. 41). Esta idea me sirve para ampliar (en la actualidad) esta disyuntiva, en los siguientes dos criterios: 1) No solamente la decisión de no establecer la unión marital formal, sino incluso, 2) el planteamiento real y generalizado de una inmensa mayoría de no tener hijos en ‘sus relaciones’ de pareja. En mi criterio, ambas disyuntivas tienen sus antecedentes en la inmensidad de los conflictos emocionales, que la mayoría tiene en relación con el tema de la pareja.

También hemos de incluir en este grupo a aquellas personas que incluso ya han vivido la experiencia previa del divorcio, la cuales ahora, en sus nuevas relaciones, optan por unión libre. Más aún, Venegas (2005) igualmente afirma que este tipo de relación ha tenido un aumento brusco al compararlo con las tasas de matrimonios. Para ello cita al Statistical Abstract de 1996, del cual señala: “El número de parejas que viven juntas se ha multiplicado seis veces desde 1970.” (p. 41). Opino en lo personal, que en el momento presente ya no son necesarias estas estadísticas, sencillamente basta mirar a tu alrededor (o a tu propia situación) y ver que estas ‘uniones libres’ son lo normal y cotidiano, mientras que los matrimonios son (como lo he definido ya) la especie en extinción.

            Con base en los criterios de este texto, no deja de ser cierto, que la aplicación de un adecuado proceso de armonía marital, en cualquier tipo de pareja, puede a ciencia cierta, en la mayoría de los casos, garantizar de por sí, la permanencia de la díada hasta el fin de sus vidas. Por supuesto, lo contrario va a suceder, tal como afirma Escalante (2005): “Cuando la pareja no puede adaptarse adecuadamente a la crisis o a sus consecuencias, esto puede producir una declinación en los niveles de satisfacción y estabilidad del matrimonio, y ello puede precipitar la rotura del vínculo.”. (p. 133). 

En esta disyuntiva de la formación y permanencia de la pareja consideramos dos grandes bloques de razones para ello. Por una parte, están las consideraciones ya evaluadas de los aspectos individuales de cada uno de los participantes de la díada, tanto en sus aprendizajes emocionales, como en sus actuaciones conductuales. Mientras que, por otra parte, está todo un conjunto de elementos adicionales, los cuales serán tratados a continuación en este tema de ‘la ruptura en / divorcio de’ la unión marital. Todo esto sin dejar de ver la posibilidad que nos señala Luhmann (1997): “El matrimonio basado en el amor es el resultado; y la consecuencia ulterior de las posibilidades de divorcio, su correctivo. Con ello se deja al matrimonio en la decisión de continuar o no.” (p. 36).

La afirmación anterior será el ‘punto central’ de toda relación de pareja, pues ello es una realidad, la continuación o no de la relación, es una decisión que solamente le pertenece a la pareja, tanto individual como en su conjunto, ello, por supuesto, al margen de todo lo que esto implica. Sin embargo, no dejo de afirmar que: el propósito del proceso de armonía marital es en principio lograr la permanencia de la relación marital (formal o no), a través del tiempo. De tal forma que la pareja pueda consolidarse y, que como ha sido expresado antes, no solamente sea fuente de satisfacciones individuales y mutuas, sino que la pareja sea el sustento tanto de la familia como de la sociedad misma. 

            No obstante, lo anterior, las cifras que se evidencia en las estadísticas de divorcios, cada día más y más en aumento, hablan de una realidad que atañe a muchas personas, al punto que Venegas (2005) indica: “El divorcio, sus causas y sobre todo sus consecuencias, dejaron de ser en los tiempos presentes un asunto exclusivo de la esfera privada para transformarse en un asunto ¿o problema? Social.” (p. 9). De allí la importancia de considerar algunos elementos de dicha realidad en el proceso de armonía marital presente. Sin dejar de lado, la realidad de no poder abarcar la totalidad de ellos en este texto, porque el divorcio es un tema tan vasto que su totalidad escapa a nuestro alcance. Está incluido aquí porque desde la perspectiva de lo planteado en el consultorio, la ruptura de la pareja representa un desenlace no deseado de la unión diádica, sea formal o no.

            De acuerdo con todo lo que he afirmado antes, quizás uno de los primeros puntos álgidos del tema del divorcio, radica en las posiciones dicotómicas de quienes están a favor y de quienes están en contra de este. Cada grupo expone sus razones y argumentos como los verdaderamente válidos. Tomar posición con cualquiera de los dos ‘bandos’ nos dejará en un callejón sin salida. Por lo que aquí me apoyaré en posiciones intermedias, que al igual que existen, quizás sean más objetivas, como es el caso de los autores citados a continuación.

Por ejemplo, Hormachea (1977) desde su posición afirma:

En primer lugar, me preocupan los que consciente o inconscientemente están destruyendo las familias. Van rumbo a la destrucción pues decidieron rechazar los principios divinos para la familia. No aprendieron a otorgar a los miembros de su familia el lugar que merecen… Entre estos están quienes son tan liberales en sus enseñanzas que al igual que los antiguos fariseos permiten el divorcio por cualquier causa. En vez de ayudar, facilitan el camino a la destrucción familiar a quienes tienen conflictos normales de la vida conyugal… Los que con facilidad ofrece el divorcio son los mayores motivadores para quienes buscan una vía de escape rápida. Los que no quieren respetar el compromiso adquirido delante de Dios y de su cónyuge de amar y de permanecer unidos hasta que la muerte los separe. (p. 13).  

            Para Escalante (2006) la realidad es: “La rotura del vínculo matrimonial y los desórdenes emocionales y físicos que suelen acompañarla, constituyen un proceso interactivo dentro del cual lo uno puede influenciar lo otro, entendiendo que, en ciertos casos, el divorcio puede ser la solución más adecuada para situaciones particularmente estresantes, y en otros, puede ser el estresante primario que conduce a otra clase de desórdenes” (p. 130). Ambas opciones, continuar o romper, deben ser evaluadas y decididas con base en los hechos reales de la estructura emocional de la pareja y de sus individuos.

Con un criterio igualmente objetivo, Venegas (2005) señala:

Los países de occidente varían en las oportunidades de separación que ofrecen a los matrimonios que ya no pueden vivir juntos, pero en ninguna sociedad se le considera como una salida afortunada pues surge del conflicto, crea problemas con la descendencia, los bienes patrimoniales, las familias políticas y obliga a la pérdida de muchos de los amigos comunes. Sin embargo y a pesar de todos estos inconvenientes, el divorcio constituye una solución que garantiza la seguridad y la continuidad de una existencia productiva ante tensiones que de no encontrar salidas pondrían en peligro la sociedad misma. (p. 43).

La realidad es que la experiencia matrimonial, fuera de los cuentos de hadas, implica la necesidad de criterios de madurez y de compromiso, los cuales actualmente muy pocos tienen o están dispuestos a respetar. Por ejemplo, Escalante (2006) señala que el matrimonio: “Representa para ambos cónyuges una serie de sacrificios… que tampoco pueden justificarse totalmente sobre la base del amor o del deber… porque las obligaciones de la vida familiar superan con creces lo que había sido previsto en el momento de la unión.” (p. 130).

 


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Algunas Referencias:

Escalante, G. (2006). Hijos del divorcio. SABER-ULA,
            Universidad de Los Andes, Facultad de Medicina. Mérida,
            Venezuela. Recuperado 07-09-2009 de:
            http://www.saber.ula.ve/bitstream/123456789/14905/1/cap itulo13.pdf

Hormachea, D. (1994).  Para matrimonios con amor.
            Aprendiendo a vivir con nuestras diferencias. Miami, Usa:
            Editorial Unilit.

Martínez, J. M. (2006). Amores que duran… y duran... y duran.
            México: Editorial Pax.

Venegas, M.  (2005).  Divorcio y modernidad.  La ruptura de las
            parejas en Venezuela.  Caracas, Venezuela: Ediciones
            FACES/UCV, Fondo Editorial Tropykos.





jueves, 15 de octubre de 2026

EMOCIONES, SENTIMIENTOS Y ACTITUDES EN LA PAREJA

EMOCIONES, SENTIMIENTOS Y ACTITUDES

EN LA PAREJA

Por: José Rafael Olivieri Delgado (jul 2022)

 

“El amor solamente da de sí y nada recibe sino de sí mismo.
El amor no posee, y no se deja poseer: porque el amor se basta a sí mismo.” 
(Gibran Khalil, 1975)

 

            En todas las relaciones humanas, y especialmente, en las de pareja, está presente un amplio y muy diverso conjunto de emociones, sentimientos y actitudes, las cuales pueden contribuir tanto a una adecuada interrelación entre los miembros de la díada, como a su ruptura y separación. Es decir, son elementos que facilitan u obstaculizan la relación de pareja, e influyen sobre esta en función de aspectos que involucran igualmente la madurez, el compromiso, el deseo y las expectativas de conservar la relación marital como una prioridad de la pareja. 

            Dichos elementos son parte de los aspectos que han de considerarse en toda relación de pareja y por ende en el proceso de la armonía marital. Cada uno de los mismos, incide de una u otra manera al logro y mantenimiento de la satisfacción de la díada, o la disminución y destrucción del bienestar marital.

            Es indudable que detallar cada uno de estos múltiples elementos escapa al alcance de nuestro contenido. Sin embargo, sí puedo comentar algunos que han sido considerados por su importancia y peso en el proceso de unicidad de la pareja.

            Para que tengas una idea de la amplia variedad de estos elementos he realizado una lista de ellos dividido en dos bloques: los Obstaculizadores (negativos) y los Facilitadores (positivos). Esta es la lista:

 

Emociones, sentimientos y actitudes negativas:

            Rabia; Aversión; Temor; Apatía; Monotonía; Miedo; Desconfianza; Orgullo; Celos; Inseguridades; Falta de Honestidad; Falta de Comunicación; Rencor; La Falta de Capacidad para disculpar y olvidar; Irrespeto; Infidelidad; Falta de Compromiso; Engaño; Mal Carácter; Egoísmo; Avaricia; Ira; Dudas; Traición; Indiferencia; Envidia; Competencia; Deshonestidad; Resentimiento; Rechazo; Mentiras; Falta de amor; Sentido de propiedad; El no saber, no Poder o no querer perdonar; Altivez; Arrogancia; Ausencia de Dios; Ausencia de valor por la pareja; Soberbia; Lo Rutinario; Aburrimiento.

            Incomprensión; Falta de Autoestima; Ser Negativa(o); Inmadurez; Intolerancia; El querer apropiarse de la vida del otro; Amargura; Querer tener el control; Pensar primero en las necesidades de uno solo; Sentimientos de Venganza; El sentirse humillado por el otro o agredido con intención; El carácter dominante de uno sobre el otro porque te mantienen; Machismo; Displicencia; Sensación de Limitación; Sensación de Incertidumbre sobre la relación; Angustia; El esconder cosas; El no enfrentar los problemas; El minimizar o huir de las responsabilidades.

 

Emociones, sentimientos y actitudes positivas:

            Amor; Serenidad; Confianza; Paz Interior; Gratitud; Sinceridad; Honestidad; Comunicación; Compromiso; Respeto; Fidelidad; Comunión; Comprensión; Dignidad; Admiración; Solidaridad; Entendimiento; Demostrar constantemente expresiones de afecto y amor; Brindarse apoyo en todos los aspectos de la vida; Reinventar cada cierto tiempo la relación (Trazarse nuevas metas, Perspectivas de Vida); Inventar nuevas tácticas de sexo y seducción que le den chispa a la relación; Sexo; Cariño; Independencia; Libertad; El Respeto a la privacidad; Alegría; Ternura; Humildad; El Escuchar; Compromiso con Dios.

            Ser Positiva(o); No ser Rencorosa(o); La Intimidad física y emocional; Convivencia; Apoyo Mutuo; Paciencia; Ser Amigos; El Perdón; El Dar; Pensar primero en mi pareja; Ternura; La Sensación de conocer verdaderamente al otro; Empatía; Pasión; Camaradería; Compañerismo; Tolerancia; Esperanza; Compasión; Admiración; Compartir lo bueno y lo malo; La Idea de llegar a viejos juntos; La Sensación de tener una familia junto a la pareja; Conciliación; Compartir; Lograr llegar a los acuerdos planteados entre la pareja.


           Como lo muestran los diferentes elementos señalados en las mencionadas listas, puede apreciarse como cada conjunto de elementos es considerado o bien negativos (obstaculizadores) o bien positivos (facilitadores) en la relación de pareja. Sin duda alguna, cada persona considerará a unos más prioritarios y de mayor peso que a otros. Esto variará en función de las experiencias de vida, valores, conflictos emocionales, así como lo que cada uno de los elementos mencionados representen para cada miembro de la pareja, no solamente a nivel individual, sino en conjunto. Sin embargo, la tendencia y la forma cómo influyen dichos elementos en la relación está claramente definida, de acuerdo con el grupo en el cual han sido incluidos.

            En este sentido, los factores obstaculizadores actuarán en función de una disminución de la satisfacción marital, por lo que el proceso de armonía marital se verá afectada de manera negativa, lo cual pudiese incidir en una posible ruptura del vínculo sentimental. Por el contrario, los facilitadores, actuarán directamente sobre un aumento del bienestar, de tal manera que la armonía marital será afectada positivamente. Con ellos se logrará un reforzamiento de dicho vínculo, permitiendo alcanzar la satisfacción, así como la unión marital, y como consecuencia de ello, la permanencia de la relación de la pareja. 

            Como te lo indiqué anteriormente, no pretendo desarrollar todos estos factores mencionados, porque es una empresa que escapa a mis alcances. Por ello, aparte de haberlos enumerado, solamente comentaré unos pocos aquí, sin considerar los que ya traté anteriormente, o los que mencionaré en los próximos puntos a presentar. Entre los elementos a considerar aquí tenemos:

            El EGOÍSMO, el diccionario Larousse (2004) lo define como: “n. m. (fr. égoïsme). Afecto excesivo de alguien para consigo mismo” (p. 370). Menciona EGOTISTA “adj. y n. m. y f. Que manifiesta egotismo” (p. 370). Y EGOTISMO “n. m. Manía de hablar de sí mismo; sentimiento exagerado de la propia personalidad y del propio valor” (p. 370) Mientras que Sádaba (1995) indica que: “Llamemos egoísta a aquel que todo lo supedita a su bienestar… Para ganar, al final él y solamente él.” (p. 101).

            Por su parte, el diccionario de psicología y psicoanálisis (1977) define Egoísmo como: “Criterio que considera que, en último análisis, el autointerés es, o debería ser, la base de la motivación y de la moralidad; o la conducta de uno que obra de este modo” (p. 269). Mientras que define egotista como “Vanidoso; que mantiene una alta opinión de los valores propios” (p. 269). Y Egótico: “Perteneciente al yo; perteneciente al goce de placeres personales como los del cuerpo” (p. 269).

            Lamentablemente, nuestra cultura actual está dirigida por este elemento devastador de las parejas. El egoísmo del Yo se ha idolatrado, endiosándolo por encima del ‘nosotros’ que debería ser la unión conyugal. La mayoría de las personas no han tomado consciencia de que han cultivado el poder de lo individual, del ‘para mí’ y de ‘lo mío’ por encima de sus propias parejas.

            Contrario al amor que debería impulsarte a luchar por tu matrimonio, el egoísmo te obliga a imponer tus derechos, a mantener tu individualidad por encima de tu cónyuge, porque tú eres el único que importa. Podría añadir también que nuestro egoísmo nos hace creer que nuestros aspectos individuales son los únicos válidos, porque ya el otro no cuenta en la ecuación. Con el egoísmo no nos damos cuenta de nuestros propios problemas y conflictos personales, sino que se los endosamos al otro culpándolo de todo.

            De igual manera, desde la perspectiva de lo emocional, sabemos que toda pelea, además de esconder inseguridad, miedo, frustración y necesidades insatisfechas, se alimenta del egoísmo como combustible de agresión hacia el otro. Dichas peleas permiten demostrar que muchas de nuestras reacciones emocionales, particularmente la rabia, surgen como respuesta de nuestro propio egoísmo. El egoísmo no es otra cosa que poner mis intereses, deseos y prioridades antes que los del otro o simplemente, no tomar en cuenta al otro.

            Ahora mencionaremos al ORGULLO, en el diccionario de psicología y psicoanálisis (1977) se lo define como: “Sentimiento de alta estima hacia la propia capacidad o estatus; sentido del propio valer.” (p. 580). El diccionario Larousse (2004) define orgullo “n. m. (cat. orgull). Exceso de estimación propia, fatuidad, vanidad. 2. Sentimiento elevado de la propia dignidad.” (p. 744).

            Mientras que en el nuevo diccionario de la Biblia el término orgullo se define como: “Aunque este término puede ser utilizado de manera positiva, en las Escrituras se emplea mayormente para señalar un exceso de autoestima, una arrogancia o soberbia que conduce a una persona a exagerar su importancia o sus virtudes. El orgullo hace que el individuo piense que es mejor que los demás.” (p. 775).

            El orgullo ciega la mente y los sentidos del ser humano, lo hace engañarse sobre el valor de su existencia, lo llena de adulación para consigo mismo. Lo encierra entre los muros de una falsa autovaloración que lo hace prisionero de emociones despreciativas y de desvalorización para con el resto de sus semejantes. Esta emoción es enemiga del perdón, destruyendo toda posibilidad de reconciliación en la pareja. Al igual que es el principal destructor de la humildad, con lo cual no reconoces tus propios errores.

            En esta esclavitud del orgullo estamos tan condicionados por nuestros conflictos y demás debilidades humanas, que este se opone a la posibilidad de poder amar desinteresadamente a nuestra pareja. En cambio, solamente vivimos cuidándonos de lo que el otro me pueda hacer.

            Aferrarte a tu posición de orgullo, desvalorizando o negando la posición de tu pareja, son caminos seguros al fracaso de la relación matrimonial, tanto en el presente como en el futuro. Por ello, si en tu posición de orgullo y egoísmo, no cedes, no buscas soluciones, no valoras al otro, es de seguro que tu relación se destruirá más temprano que tarde.


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Algunas Referencias:


Ediciones Larousse (2004). El pequeño Larousse 2004. México:
            Ediciones Larousse.

            English, H. B. y English, A. CH. (1977). Diccionario de
            psicología y Psicoanálisis. Buenos Aires: Editorial Paidos.

            Khalil, G. (1975). El profeta. Argentina: Editorial Pomaire.




miércoles, 14 de octubre de 2026

LA COMUNICACIÓN COMO AMOR EN LA PAREJA

LA COMUNICACIÓN COMO AMOR EN LA PAREJA

Por: José Rafael Olivieri Delgado (jul 2022)

 

“Cada uno de los cónyuges tiene la libertad de expresar abiertamente sus sentimientos.
Se debe ser sincero, se debe comunicar sin fingimiento, pero sin olvidar los sentimientos de la otra persona.”     (Hormachea, 1994, p. 128)

 

            Comprender al ser humano es imposible sin la comunicación. No existe forma ni manera de poder expresar la profundidad de las emociones y sentimientos humanos sin la utilización de esta, y la díada marital no escapa a ello. A través de la comunicación, el Ser Humano ha podido dar rienda suelta a la expresión de su amor y de su odio, de sus seguridades y de sus miedos, de sus aciertos y fracasos. Ha podido a través de la comunicación relacionarse con otros, no solamente con los de su entorno cercano, sino que ha podido dejar a miles de generaciones futuras sus pensamientos, sus ideas, su manera de sentir y de comprender el universo que lo alberga.

             Ciertamente, la comunicación ha sido, es y será la pieza más nítidamente humana, el sello que nos da el calificativo de seres humanos. No en balde la aseveración presentada por Echeverria (1996): “El hombre vive en un mundo de lenguaje y por tanto es un ser lingüístico.” (s/p).

             De esta manera, la realidad interna y externa de cada uno de nosotros se hace manifiesta a través de las palabras. Ellas han sido aprendidas a través de un proceso gradual en la interrelación y la compañía de otras personas. Este complejo proceso está determinado por la estructura biológica y funcional, con la cual el niño madura su habilidad y utiliza su capacidad para poder comunicarse con los otros. No solamente usa sus gestos y sus emociones, sino que particularmente lo hace a través del lenguaje, y todo ello, lo hace en su búsqueda del amor. Es el amor el que impulsa su necesidad de comunicarse con los otros.

            Así mismo, a medida que se desarrolla en su crecimiento y entra a formar parte de una complicada estructura social, aprende a expresarse y a lograr un lugar en esta, gracias a la comunicación con sus semejantes. La razón básica de ello es que, toda su supervivencia pasada, presente y futura depende de su poder de comunicarse y, de su habilidad para dominarla y usarla… para bien o para mal.

             Sin duda alguna, comprender y manejar la comunicación con los otros implica una tarea de amplias dimensiones. Porque tal dominio no solamente corresponde a la capacidad de hablar, sino más aún, tiene que ver con todo una contextualización histórica, social y cultural sin la cual los seres humanos no hubiesen podido llegar a sobrevivir en el complicado y difícil mundo donde se han desarrollado.

             Por otra parte, es importante reconocer que la comunicación al ser un proceso continuo, dinámico y humano está sujeta a incontables factores culturales, sociales y emocionales, los cuales van incidiendo sobre esta y le dan su carácter de transitoriedad. Porque la comunicación también cambia y se transforma junto al ser humano que la crea.

             Esto igualmente afecta y modifica las diferentes relaciones de pareja. Dado que la vida de la pareja está íntimamente ligada a los diferentes procesos comunicacionales, y particularmente, a la forma en cómo la utiliza la díada marital. Es decir, que podría afirmarse que estos tres elementos: amor, comunicación y pareja, además de tener en común el ser producto de la construcción humana, son igualmente factores en transición dependiendo de su contexto histórico y cultural.

             Lo anterior es relevante de mencionar, pues al igual que el amor, la comunicación ha sido valorada de diferentes maneras a través del tiempo por el ser humano. También la comunicación y las relaciones de pareja llevan el mismo destino evolutivo, pues lo que ellos fueron 50 años atrás, hoy en día es muy diferente. De igual manera, es muy probable que dentro de otros cincuenta años (o menos) lo que hoy son, ya no lo serán más.

            Otro punto interesante de mencionar es que, tanto el amor como la comunicación, se convierten en factores de control hacia los otros (y viceversa). Pues a través de estos elementos el otro se halla parcialmente dentro de mi control, como yo lo estoy dentro del suyo. Entendiendo de esta forma, que tanto el amor como la comunicación son elementos de poder, por medio del cual se ejerce ese control parcial sobre el otro y este, a su vez, sobre algún otro. Con base en esto, podemos afirmar que el amor es un medio de comunicación, e igualmente, que el amor no es en sí mismo un simple sentimiento, sino que es un amplio lenguaje de comunicación, y este tiene sus propias reglas y normas, con las cuales nos relacionamos en y con la pareja.

             Desde esta perspectiva, el amor deja de ser ese elemento inocente que poetas y cantores han alabado durante tanto tiempo, y se transforma en una poderosa aliada (o enemiga) de las relaciones de pareja. De esta manera, el amor se convierte en sí mismo en comunicación, y como tal tiene su propio lenguaje, con puntos comunes y afines, al igual que contrario y diferente en cada pareja. Un lenguaje que depende de las circunstancias emocionales existentes entre las personas involucradas en dicha comunicación. Que, para el caso de una relación central, como lo es la díada marital, se diferencia en varias categorías, todas ellas con un factor principal: la posibilidad de influir y ejercer control sobre el otro. En este caso particular, sobre la persona amada, cosa que como ya se mencionó, termina siendo mutua entre ambos participantes.

             En esta realidad de la dualidad comunicacional del amor, este termina siendo, por igual, tanto aceptado como rechazado en sus dos naturalezas: la de los sentimientos y la de la razón. Para muchos la razón del amor representa un riesgo que no quieren correr. En cambio, prefieren quedarse en el terreno de lo emocional, manteniéndose así en la pasión de los sentimientos, y aceptando la inestabilidad de estos. Pocos utilizan el conocimiento y la comprensión del lenguaje del amor como medio para permanecer en la relación de pareja.

             De esta manera, y dado que es válido tanto para el amor como para el lenguaje, ambos como toda construcción social son aceptados por una amplia mayoría, aunque muchas veces, son incomprendidos por esa misma mayoría. En este sentido, el amor como comunicación no solamente es utilizado para la expresión de los sentimientos, necesidades y demás aspectos del amante, sino que obligatoriamente requiere, como en cualquier otro medio comunicacional, un receptor, es decir, una persona que es amada y que, por consiguiente, sea la que escuche e interprete dicha comunicación.

             El problema de escuchar al amor es que, no siempre se entiende el lenguaje que la otra persona está usando. La razón es simple, en este mundo de las diferencias, cada uno tiene su propio lenguaje del amor, a veces coincide y otras no. El asunto es que, en general, en el mundo rara vez la gente se escucha el uno al otro. La mayoría oyen las palabras, pero no escuchan las razones y las acciones que acompañan a esas palabras o, en otros casos, simplemente no escuchan al propio amor.

             Es decir, así como hay fallas en cualquier medio de comunicación entre emisor y receptor, independiente de cuál sea la causa de esta, es muy frecuente que la pareja tenga problemas en esta área, por lo cual solamente escuchan el ruido de la comunicación y no su contenido. Esto no es otra cosa, sino el inicio y la continuación de los conflictos en la pareja.

             Desde el punto de vista de la armonía marital de la pareja, la comunicación es uno de los elementos más importantes de esta. Su ausencia, mal uso o abuso de ella constituye una de las mayores causas del fracaso conyugal. La incomunicación en y de la pareja crea una barrera entre los miembros de la díada, que cada día crece más, aumentando también los sentimientos de soledad e incomprensión, y abre el camino hacia la separación.



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Algunas Referencias:

Echeverria, R. (1996).  Ontología del lenguaje. 3ra ed. Santiago,
            Chile: Dolmen Ediciones, S.A.

            Hormachea, D. (1994).  Para matrimonios con amor.
            Aprendiendo a vivir con nuestras diferencias. Miami, Usa:
            Editorial Unilit.


jueves, 8 de octubre de 2026

LA SEXUALIDAD EN LA PAREJA

LA SEXUALIDAD EN LA PAREJA

Por: José Rafael Olivieri Delgado (Jul 2022)

 

“Bésame, una y otra vez, porque tu amor es más dulce que el vino. 
¡Qué agradable es tu fragancia!
    Tu nombre es como el aroma que se esparce de aceites perfumados. 
¡Con razón todas las jóvenes te aman!
¡Llévame contigo, ven, corramos!
El rey me ha traído a su alcoba.”
(Cantar de los cantares de Salomón, Cap. 1:2-4)

 

            Si anteriormente se comentó que definir y hablar del amor ‘se las trae de por sí’, la sexualidad igualmente representa, en las relaciones de pareja, un campo que ‘pica y se extiende’. Mucho más, si consideramos las múltiples opciones que hay de abordarlo, porque de ella hay incontables narraciones, escritos e investigaciones de todo tipo. Entre estas, podemos mencionar algunos ejemplos conocidos como los textos del Marqués de Sade, el Kama Sutra, y por supuesto, los estudios que cambiaron el enfoque de la sexualidad humana, como el Informe Kinsey, sobre el comportamiento sexual masculino y femenino de 1948 y 1953. Así como las investigaciones de Master y Johnson sobre la respuesta sexual humana y sus disfuncionalidades, cuyo trabajo en el área, abarcó desde 1957 hasta la década de 1990.

             Al tomar tales dimensiones, y cubrir tantos ámbitos diferentes, podemos entender la relación sexual de la pareja como un proceso psicológico, biológico, social y afectivo que cubre una gran parte, de mucha importancia, en la relación conyugal. No obstante, igualmente vemos en ella una de las áreas de mayores conflictos en las parejas y los matrimonios. La realidad es que las personas, en su gran mayoría, han llegado al matrimonio (o a la cohabitación sexual) sin saber lo que deberían saber acerca de la sexualidad.

             En su gran mayoría desconocen lo que deberían saber de lo que es en sí misma una vida sexual armónica como parte de un compromiso matrimonial permanente. Muy por el contrario, generalmente todos ellos llegan a la aplicación práctica del sexo, llenos de una cantidad infinita de mitos y tabús. Los cuales nada tienen que ver con la realidad de la sexualidad en la pareja y, mucho menos, en el contexto del matrimonio, es decir, de una relación, no solamente a largo plazo, sino para toda la vida. Por ello, es normal que no valoren ni aprecien la fuerza de conexión y unidad de una verdadera sexualidad sana y maravillosa.

       Con base en este desconocimiento, la unión marital se ve afectada trágicamente por la insatisfacción de lo sexual, ya que esta no cumple las expectativas ‘fantasiosas’ que cada uno trae de la relación sexual. De allí la realidad en el consultorio en la cual, en un periodo de tiempo, lamentablemente cada vez más corto, muchas parejas ven destruidos sus sueños y esperanzas al no saber cómo lograr una adecuada armonía de sus expectativas. Particularmente en una materia tan delicada como lo es lo sexual. Una consecuencia de esto es que hoy en día los tiempos de separación son mucho más cortos, por aquello de la expresión: en el caso de ellas: “no le aguantes nada a ninguno, …”, mientras que para ellos es: “si no te sirve, búscate a otra”.

             De esta manera, dicho desconocimiento afecta tanto a cada miembro individualmente, como al conjunto que es la relación que ambos construyen. Al hablar del tema de una sexualidad amplia y total de la pareja, me refiero a la intimidad que se da, se ofrece y se recibe sin prohibiciones. Esta permite un total compartir de todas las sensaciones físicas y emocionales entre la pareja. Al igual que propicia que la totalidad de su relación se integre con el pegamento tan maravilloso que es la relación sexual armónica sin fronteras.

           En este sentido, la intimidad compartida, en una relación sexual satisfactoria, facilita que el placer sexual se convierta en el refuerzo natural de todas aquellas parejas con relaciones estables y permanentes. Porque la gran verdad es que el vínculo matrimonial es reforzado con más fuerza, a mayor número de relaciones sexuales satisfactorias para ambos. Lo cual es, a su vez, uno de los más magníficos regalos que los esposos pueden compartir de todas sus experiencias juntos.

            Por ello es necesario comprender que el acto sexual es una vivencia muy importante y prioritaria de cada uno de los integrantes de la díada marital. Cuyo principal resultado será la sensación mutua y por igual para ambos, de uno de los mayores placeres del contacto físico. De igual manera, aunque no deja de ser una percepción individual y muy personal de cada uno, la satisfacción, el disfrute y la ganancia tanto física como emocional, será el obsequio con el cual ambos se premian mutuamente y a sí mismos, como individuos y como pareja unida.

             Otro aspecto relevante y poco conocido de la sexualidad es que, no importa el número de años que lleve la relación de pareja, ni cuánto tiempo en su actividad sexual, la verdad es que en cada oportunidad que inicien el acto sexual, será una nueva relación. Porque tanto las circunstancias del momento, el ambiente, los eventos del día y de la situación personal de cada uno de los miembros, así como de la pareja en sí misma, en ese momento, serán totalmente diferentes a los anteriores. Razón de más para invitarte a vivir, cada vez que tengas sexo con tu esposa(o), como si fuese la primera vez. Ten seguro que así nunca perderás la pasión.

             Por otra parte, sabemos desde el punto de vista biológico, que el principio básico de toda relación sexual en el hombre es: el deseo de penetrar y fecundar, mientras que en la mujer es: el deseo de ser penetrada y fecundada. Como ejemplo de esto, Fromm (1982) nos señala: “Puede definirse el carácter masculino diciendo que posee las cualidades de penetración, conducción, actividad, disciplina y aventura; el carácter femenino, las cualidades de receptividad productiva, protección, realismo, resistencia, maternidad.” (p. 44).

            De esta manera, la sexualidad abarca a todas las personas en todas las partes del globo terráqueo. Así como también, la relación sexual implica una parte integral de la personalidad, porque definitivamente la sexualidad está integrada a nuestra condición emocional, tanto en sus permisos como en sus prohibiciones.

            En este sentido, en el mundo emocional que nos dirige, la sexualidad va a transitar por un universo que se mueve entre estos dos extremos: los permisos y las prohibiciones sexuales. En los permisos encuentro la posibilidad de llegar a descubrir y sentir, todo el sistema de disfrute y placer que la sexualidad plena puede otorgar a un Ser Humano.

           Mientras que, por el contrario, en las prohibiciones, estoy lleno del mundo de conflictos emocionales, miedos y tabús que rodean a la sexualidad. Estos son capaces de destruir a cualquier persona y a su relación de pareja de muchas formas. Empezando por quitarle el mundo fantástico de alegría, disfrute y del placer sexual que tiene derecho a experimentar en su vida y en sus relaciones. Lamentablemente, es muy alto el número donde las relaciones sexuales son tema de conflicto continuo en la pareja, las cuales, por lo general, termina en separación y divorcio, y casi siempre (especialmente en la cultura latina), transita por el camino de la infidelidad.

            De igual manera, encontramos en esta mezcla de la sexualidad (para bien y para mal) a las creencias individuales, la formación familiar, el contexto social y cultural, así como la permisividad o la restricción que sobre el tema ha existido y sigue existiendo. Todas ellas son elementos que añaden constantemente nuevos factores al tema de la sexualidad, los cuales pueden potenciar o destruir una relación marital. Un ejemplo de ello nos lo señala Fromm (1982) al comentar: “La polaridad de los sexos está desapareciendo, y con ella el amor erótico, que se basa en dicha polaridad. Hombres y mujeres son idénticos, no iguales como polos opuestos.” (p. 25). El amplio desconocimiento en el área de la sexualidad es muy destructivo para las relaciones de pareja permanentes.

 


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Algunas Referencias:


Fromm, E. (1982). El arte de amar. España: Ediciones Paidos.

Leman, K. (2004). Música entre las sábanas. Miami, Usa: Editorial Unilit.

Luhmann, N.  (1997).  El amor como pasión.  Barcelona, España: Ediciones Península.

Pease, A. y Pease, B. (1999). Por qué los hombres no escuchan y
las mujeres no entienden los mapas. España: Editorial
Amat.


EL AMOR COMO BASE DE LA RELACIÓN DE PAREJA

EL AMOR COMO BASE DE LA RELACIÓN DE PAREJA

 Por: José Rafael Olivieri Delgado (Jul 2022)


“Ámame sin temor. Confía en mí sin cuestionarme. 
Cuenta conmigo sin preguntarme.
Quiéreme sin restricciones. Deséame sin inhibiciones.
Acéptame sin cambiarme.
Porque un amor así de libre nunca morirá” (Dick Sutplen, s/r).
 

 

            Según el relato Bíblico: Dios creó a Adán del polvo de la tierra, pero, el hombre estaba solo, porque para el hombre no se encontraba compañía ni ayuda. Como esto no era bueno para él, entonces Dios durmió a Adán y, de una de sus costillas, Dios hizo a Eva (la mujer). Luego la trajo y se la presentó a Adán como su ayuda idónea (Génesis 2). En el mismo instante de ese primer contacto entre ellos dos, Dios establece la primera relación humana, la cual es: ¡La pareja en matrimonio! Al respecto, Bravo (s.f.) comenta: “Los dos son iguales ante el Señor, no hay superioridad de género, ambos reciben la misma bendición para una misma misión: ser continuadores de la creación divina, es decir, colaboradores de Dios.”. Por encima de sus diferencias e individualidades, el propósito de ambos es estar juntos por siempre.

             De esta forma y, a partir de ese momento, cada vez más se han ido interrelacionando el uno con el otro en su unión. De igual manera, en nuestro desarrollo, el ser humano en general, ha ido evolucionando en sus relaciones sociales, no solamente con su pareja, sino con el resto de sus congéneres. También en paralelo y como producto de nuestra esencia humana, se han ido estableciendo y modificando, en función de nuestros cambios sociales y culturales, una serie de emociones, sentimientos, actitudes y conductas las cuales condicionan las diferentes relaciones. Porque todas estas intervienen directa e indirectamente sobre, no solamente las relaciones humanas en su conjunto, sino particularmente, sobre las relaciones de pareja.

             En Psicología, para poder trabajar con las diferentes variables que competen a este campo, se deben crear ‘constructos’. Estos son una definición conceptual de cada variable utilizada en esta ciencia. A través de ellos podemos hablar sobre diferentes temas y entendernos con relativa exactitud. Porque así tenemos como base un mismo significado que nos permite tal comunicación. Aunque muchas veces, solamente es válido tal constructo, para el trabajo investigativo que se está elaborando en ese momento. Lo que me recuerda la expresión de Hormachea (1994) cuando señala que: “La forma en que vemos la vida está determinada por la actitud que elegimos y no por la realidad que vivimos.” (p. 84).

             Esta realidad se aplica al tema que deseo abordar en este momento, pues quiero hablar de la emoción llamada AMOR. No obstante, sé que es un terreno demasiado amplio, con muchas variantes, y de igual manera, con millones de definiciones e interpretaciones de este. Es más, yo mismo, en muchos momentos he dicho que: ‘el amor no es una emoción, sino una decisión’, especialmente cuando me refiero al tema de las parejas. Pues como ya lo he dicho antes: no podemos dejar en manos de esta emoción una decisión tan importante como lo es la pareja. Mucho menos, cuando hablamos de su permanencia frente a los miles de conflictos y problemas inevitables, por los cuales atraviesan todas las parejas a lo largo de su vida juntos.

             La palabra AMOR en sí misma se las trae de por sí, pues a ninguna otra cosa se le ha dedicado tanto espacio en la vida como al tema del amor. Como señala Sádaba (1995): “Se trata de un superconcepto que cobija, dentro de sí, una variedad de ideas.” (p. 67). Pienso que quizás sea el tema que más páginas literarias, canciones y obras en cualquier estilo artístico ha consumido. En este sentido, Schopenhauer (1998) dice: “La pintura del amor es el principal asunto de todas las obras dramáticas, trágicas o cómicas, románticas o clásicas” (p. 41). Y por su parte, Martínez (2006) afirma: “Mucho se ha escrito y hablado sobre el amor, demasiado tal vez, y cada persona nos da su visión particular, nos cuenta su experiencia inevitablemente subjetiva y la universaliza como si no hubiese otra forma.” (p. 37). Para variar, yo estoy haciendo lo mismo aquí (y en mis otros libros también).

             En este sentido tenemos miles de definiciones, y todas son tanto verdaderas como falsas igualmente, pues cada persona tiene su propia definición personal de lo que es el amor. No obstante, no deja de ser el amor una realidad que es buscada intensa e incansablemente por cada individuo, y como tal es la necesidad emocional primaria de todos nosotros (sin excepción). Más aún, en el mundo emocional que nos domina, todo (bueno o malo) lo hacemos por y para el amor, todo depende de la definición que tengamos de este en nuestro mundo de lo inconsciente. Por su parte, lo interesante de este tema es que no importa cuánto hablemos de este, el amor no se agota nunca, y jamás perderá ni su importancia ni su influencia en el mundo emocional humano.

             Como ejemplo, para Venegas (2005): “El amor ha sido concebido como el más profundo de los sentimientos humanos. Diversos autores de todos los tiempos y desde distintas áreas del conocimiento y las artes, han intentado comprender su compleja naturaleza aportando todo tipo de teorías y perspectivas.” (p. 25). Y por su parte, Sádaba (1995) comenta: “Es obvio que establecer las distinciones adecuadas dentro del concepto de amor se convierte en una tarea interminable. Si existe un concepto denso, ligado al contexto de situación y teñido de los matices más subjetivos, ése es el del amor.” (p. 107). En mi opinión, no existe un solo ser humano que no haya hablado del amor de una u otra manera, él es la esencia de nuestra vida emocional.

             De esta manera, y tomando en cuenta las anteriores afirmaciones, el definir el amor se convierte en un terreno peligroso, no solamente por lo escarpado, sino porque cualquier definición que se dé, siempre tendrá quienes la apoyen y quienes la reprueben. Lo anterior es válido porque cada persona tiene en sí misma una definición propia, la cual constituye parte de su realidad. Es por ello, por lo que Martínez (2006) señala: “Con tanto bienintencionado explicándonos lo que es el amor no es de extrañar que no confiemos en lo que sentimos, que muy posiblemente será algo diferente.” (p. 38). De hecho, aunque ya he hablado en otros textos, acerca de esto, también aquí será necesario comentar, más adelante, acerca de nuestras dos definiciones emocionales del amor: ‘La Teórica y La Aprendida (La Real)’.

             Por supuesto, en un universo tan grande de definiciones del amor, no dejan de existir las polaridades de este. Como ejemplo, existe quienes plantean el amor desde el punto de vista de los instintos. Particularmente en lo referente a su carácter y finalidad reproductiva, como fin principal del mismo, más allá del individuo. En esta concepción el amor es un mero camino para perpetuar la especie. Con ello se plantea una realidad contradictoria, pues al definir el origen mismo de aquello que llamamos amor, en el puro instinto de la necesidad de perpetuar la especie, lo ubicamos por encima de la voluntad personal, e incluso del egoísmo del individuo, los cuales son prioritarios en lo emocional.

             De igual manera, esta concepción nos invita a pensar que una persona sometida a este instinto sería incapaz de resistirse al mismo. En este sentido, todos estaríamos sometidos al amor y por consecuencia a la reproducción de la especie. Pero, sabemos por experiencia propia que esto no es real, pues el número de personas que por una u otra razón no participan de este evento es cada vez más grande, sobre todo en nuestras sociedades actuales.

             En el otro extremo de esta balanza de la polarización del amor, está la posición del amor como algo mágico y divino que, como tal, por su naturaleza de divino, al parecer muchos lo ven como algo que es inalcanzable. Tal vez pudiésemos incluir también en este extremo al amor romántico, el que nos venden las películas, las diferentes obras literarias y en general todo contenido artístico que trate del mismo. En realidad, ambos extremos nos hablan de un amor falso, un amor inventado en una expectativa no real, muy lejano de las realidades de las parejas y de las personas en general.


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Algunas Referencias:

Hormachea, D. (1994).  Para matrimonios con amor.
Aprendiendo a vivir con nuestras diferencias. Miami, Usa:
Editorial Unilit.

Martínez, J. M. (2006). Amores que duran… y duran... y duran.
México: Editorial Pax.

Sádaba, J. (1995). El perdón: la soberanía del yo. Barcelona,
España: Paidos.

Venegas, M.  (2005).  Divorcio y modernidad.  La ruptura de las
            parejas en Venezuela.  Caracas, Venezuela: Ediciones
            FACES/UCV, Fondo Editorial Tropykos.