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domingo, 15 de abril de 2012

AMOR – ODIO: RELACIÓN HIJOS – PADRES (y algunas más)

AMOR – ODIO: RELACIÓN HIJOS – PADRES (y algunas más)

Por: José Rafael Olivieri Delgado (abr. 2012)

 

“Todos nacemos príncipes y princesas pero debido a los avatares de la vida, algunas personas nos convertimos en sapos y ranas” (Berne, 1974)

 

Salvo unas pocas excepciones que escapan a mi práctica psicológica, las cuales caen en el terreno del tratamiento psiquiátrico profundo. Nadie puede dudar que si tú le preguntas a cualquier padre o madre (muchos de ustedes ya lo son, así como cada uno de ustedes es hijo/a de sus padres): ¿Qué quieres para tus hijos? La respuesta prácticamente ineludible será: - “Yo quiero lo mejor para ellos y que les vaya bien en la vida”. Más interesante aún es la respuesta cuando les preguntas: ¿Por qué quieres eso para ellos? ¡NINGUNO!, deja de decir: - “¡PORQUE LOS AMO MUCHO!”.

Esta última respuesta la consigues igualmente si les preguntas a dichos padres ¿Qué sientes por tus hijos?, te dirán: - “¡AMOR!”. No existen dudas en ellos respecto a esto, más aún, te lo repetirán hasta el último aliento de sus vidas. Los padres (figuras parentales en general) se aferran a sentir y pensar (desde lo consciente) que este sentimiento del amor es real para cada uno de sus hijos.

Aunque no voy a entrar en detalles, ciertamente ellos sienten amor por sus hijos, pero todos sabemos que dicho amor es diferente para cada hijo por aquel tema de los hijos preferidos, escogidos, oveja negra y otras variantes de nuestra conflictividad emocional inconsciente. De hecho, si les preguntas: ¿Cuál de tus hijos es tu preferido?, te dirán (sin excepción): - “¡Ninguno, yo los amo a todos por igual!”.

Digamos que esta es una mentira ‘piadosa’ para no entrar en el conflicto de los celos entre los hijos (y situaciones de autoestima), sin embargo, si yo te lo pregunto a ti ¿Cuál de tus hermanos era el preferido de tu papá o de tu mamá?, es casi seguro que tú tendrías una respuesta muy clara a este respecto, es más, responderías sin dudarlo. Amar, aparte de ser una emoción, es también una decisión del ser humano y como tal está sujeta a un conjunto de variantes emocionales que se construyen y son diferentes en cada relación particular.

Con base en esto, cada padre establece con cada uno de sus hijos una relación distinta, lo cual determina estas diferencias en el amor de los padres hacia los hijos, al igual que condicionan la respuesta de amor – odio de cada uno de los hijos hacia sus padres.

            Entonces, desde esta perspectiva estadística y muy verdadera de la realidad humana, la cual involucra a casi todos los que tienen la dicha de ser padres, podríamos afirmar que todos los padres aman a sus hijos. Sin embargo, con base en mi experiencia en el consultorio me pregunto yo: ¿Por qué existen tantos hijos que se sienten y viven como no queridos por sus padres?

Esta es otra realidad de la cual muy pocos hablan, salvo en dicho escenario del consultorio y particularmente cuando se les hace la confrontación directa: “¿Te sentiste amado/a por tus padres?” Cuando la respuesta es ‘honesta’ muy pocos afirman que sí. La gran mayoría responden actuando una serie de conductas emocionales de nuestro lenguaje no verbal. Por ejemplo, cambian la mirada hacia otro lado, se estrujan las manos, bajan la cabeza, ponen expresión de tristeza, otros lloran y otros te responden directamente que no. Igualmente hay un grupo de pacientes que te responden (con rabia): - “Yo no viene a hablar de eso”.

Te aclaro algo en mi pregunta: no pregunté si tus padres te amaban, te pregunté si ‘te sentiste amado’. Esta diferencia entre el enfoque de los padres y de los hijos, es lo que me llevó a plantearme este tema tan frecuente en las relaciones de padres e hijos. Particularmente ha sido la razón de por qué el título de este texto. Dado que he visto y sentido la necesidad de preguntarme: ¿Por qué hay tantos hijos que se sienten y viven en la dicotomía angustiante de sentir amor y odio (al mismo tiempo) en las relaciones con sus padres?

En mi criterio personal pienso que, para la gran mayoría de los pacientes, entre la lista de sus situaciones emocionales, quizás la más prioritaria y la de mayor impacto en sus vidas, sea precisamente la carencia de amor que sienten de su padre, de su madre o incluso de ambos. Por ello la esencia de este proceso del amor – odio, se alimenta de la fuerza o no con la que los hijos reclaman y culpan a sus padres de las cosas que les han pasado, así como las que le están pasando en su vida presente.

Es decir, justifican sus sentimientos de ‘odio’ culpando a sus padres. Como dice el papá de una paciente que quiero mucho: - “estas cosas pasan”. Explicarlo no es sencillo, como todo lo que involucra el proceso emocional humano y especialmente en muchas ocasiones, lo difícil es lograr que ustedes hijos reconozcan que viven esta relación de amor – odio hacia sus padres. Ya veremos por qué a lo largo de este texto.

            Para más o menos poner en contexto esta mezcla de amor – odio de la cual hablo, respóndeme honestamente: ¿Cuándo fue la última vez que…: (1) le dijiste a tu papá / mamá “te quiero” con disfrute, agrado y sintiendo amor verdadero? (2) ¿… conversarte con ellos con agrado sin críticas ni reclamos (de ambas partes)? (3) ¿… te provocó llamarlos para saludarlos y no lo sentiste como una obligación o para pedirles algo? (4) ¿… todos salieron a pasear y nadie se molestó ni puso mala cara? (5) ¿… te llamaron y los atendiste con calma, con todo el tiempo que necesitan para conversar contigo y al terminar te sientes contento/a de haber hablado con ellos? (6) ¿… fuiste a o vinieron a visitarte y compartieron en armonía todos? (7) ¿… te pidieron algo y lo hiciste con cariño y alegría, no con rabia, de mala gana o con culpa? Puedo seguir y seguir, pero creo que ya tienes la idea, de todas formas.

Que tal estas otras preguntas adicionales: ¿Cuándo fue la última vez que los abrazaste profundamente y te sentiste feliz de hacerlo?, ¿Cuándo fue la última vez que les diste las gracias por ser tus padres y por todo lo que hicieron, te dieron y te hicieron sentir? Aparte de todo esto, para explicar un poco estas preguntas, el principio terapéutico consiste en la confrontación de tus pensamientos, emociones y acciones, con la finalidad de darte cuenta de la realidad que te acontece.

De igual manera el poder integrar y alinear estos tres procesos en la misma línea de conciencia, pues como lo aprendimos a través de nuestros conflictos, no siempre es lo mismo lo que pienso, siento y actúo. Especialmente en el tema relacionado con el amor a mis padres y por supuesto, de lo que ellos decían sentir hacia mí, así como de lo que yo terminé sintiendo en mi realidad emocional.

Si todavía estás leyendo esto puedes hacer una revisión “honesta y objetiva” de ti mismo/a y buscar tus propias preguntas y respuestas. Para que así puedas ver y entender que está pasando en tu relación con tus padres desde el punto de vista de estas dos emociones amor – odio, ¿interesante no?

            No dejo de estar consciente que muchos de ustedes están pensando que la palabra ‘odio’ puede ser muy fuerte o que no se aplica a ti. En particular cuando tomamos en cuenta una de sus definiciones: “Sentimiento profundo e intenso de repulsa hacia alguien que provoca el deseo de producirle un daño o de que le ocurra alguna desgracia. Aversión o repugnancia violenta hacia una cosa que provoca su rechazo.” (Diccionario Oxford, recuperado en abril 2012).

Sin embargo, permíteme explicarte su origen y su proceso para que puedas abrir tus ojos (emocionales): Te invito a retroceder unos cuantos años hacia tu niñez, por ejemplo, antes de los 6 años, recuerda y vuelve a vivir una situación donde tus padres te hicieron sentir mucha rabia, frustración o alguna emoción parecida.

Si quieres decirme que no lo recuerdas o que nunca te pasó, está bien, lo que te estoy pidiendo no es fácil, hay que pasar por encima de muchas cosas desagradables y recuerdos que ya enterraste en lo inconsciente, pero ¡sorpresa!, están vivos todavía dentro de ti. Dime ¿en esas circunstancias no sentiste mucha rabia y deseos de vengarte? ¿No pensaste o dijiste alguna vez?: ¡Cuando YO sea grande tú verás, …!

Esas son emociones auténticas y naturales de un niño frente a la situación de impotencia que siente hacia sus padres cuando se siente maltratado por ellos y por supuesto, no tiene la capacidad para defenderse de ellos ¿Te pasó alguna vez? ¿No se repitió esta situación muchas veces a lo largo del tiempo? Ahí lo tienes, se acumuló una montaña de esta rabia en tu interior, con el tiempo se pudrió y se transformó en resentimiento, este siguió acumulándose en el tiempo y finalmente se convirtió en tu odio.

Después vienen los sentimientos de culpa, pero esa es otra historia de la que ya escribí en otro texto. Estos son procesos que toman varios años para consolidarse, pero el problema con estos años es que ya pasaron, ahora cada situación y decisión es parte de nuestra experiencia emocional de vida. Ya está instalada en nuestra estructura emocional inconsciente.

En concreto, el proceso aproximado para la formación del odio para la gran mayoría de ustedes lo voy a describir a continuación. No sin antes hacer una aclaración: esto no se trata de un juicio condenatorio a tus padres. Muchas de estas situaciones tienen su origen en sus propios procesos inconscientes. Aunque no deja de ser cierto que, a pesar de darse cuenta de ello, poco podían hacer para evitar sus propias situaciones erróneas (de rabia y odio). Al igual que tú ahora con este sentimiento de odio hacia ellos.

Existen varias variantes, les describo las más genéricas: Tenemos entonces que no una única vez, sino muchas veces a lo largo de tu infancia. Con más poder y fuerza durante tu adolescencia, porque es la etapa natural de rebeldía y de definición de tu autonomía. En ella muchas figuras parentales no están interesadas en la autodefinición de los hijos, debido a la excusa de protegerlos de sí mismos, … Durante estas etapas hubo situaciones de maltratos, abandonos, castigos, regaños, te pegaron (con más o menos violencia), insultos, descalificaciones, críticas, comparaciones con otros, burlas, ironías, … (¿Voy bien?).

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Referencias:

Berne, E. (1974) ¿Qué dice usted después de decir hola? España. Grijalbo

Diccionario Oxford. https://www.lexico.com/es/definicion/odio (recuperado en abril 2012).

Pervin, L. (1986). Personalidad: Teoría, diagnóstico e investigación. Editorial: Desclée De Brouwer

Tyndale House Foundation. (2010). Santa Biblia, Nueva Traducción Viviente. USA



domingo, 11 de marzo de 2012

PSICOLOGÍA: EL DOLOR DE MI PROFESIÓN

PSICOLOGÍA: EL DOLOR DE MI PROFESIÓN

Por: José Rafael Olivieri Delgado Delgado (marzo 2012)

 

“Yo soy yo y tú eres tú. Yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas y,

Tú no estás en este mundo para cumplir las mías. Tú eres tú y yo soy yo.

Si en algún momento o en algún punto nos encontramos, 

y coincidimos, es hermoso.

Si no, pocas cosas tenemos que hacer juntos. Tú eres tú y yo soy yo”

(Oración de la Gestalt de Fritz Perls (1960))

  

Fritz Perls (1893 – 1970) es el creador de la psicoterapia Gestalt, la cual es una de las ramas de mayor dinamismo y extensión en el mundo psicoterapéutico actual con gran cantidad de seguidores. Entre otros de sus elementos principales se encuentra la técnica de: el Aquí y el Ahora. Esta consiste en trabajar con el momento presente con lo que está sucediendo en este instante de nuestra realidad. Básicamente porque en dicho presente es el único tiempo en el cual podemos hacer los cambios que necesitamos, para adaptarnos más adecuadamente a nuestro mundo interior y a nuestro entorno externo.

De igual manera habla del humanismo, habla del ser humano, del darse cuenta, de la silla vacía, así como de una gran cantidad de elementos muy valiosos e importantes para el tratamiento terapéutico. No deja de ser cierto que, también existe una realidad presente en la psicodinámica del inconsciente (Sigmund Freud (1856 - 1939) Terapia del Psicoanálisis) que me interesa mostrar y entender.

Ya que realmente somos y existimos hoy, pero ¿Cómo hemos llegado a ser eso que somos hoy? Tenemos un origen, tenemos un YO que ha sido formado y creado desde que nacemos. Incluso, según algunos teóricos, desde antes de nacer. Todo ello a través de un amplio proceso de aprendizajes buenos y malos, de aciertos y errores, de triunfos y fracasos. Muy especialmente, de ser aprobados o desaprobados por nuestras figuras parentales en todo nuestro proceso emocional (pensamientos, emociones y acciones).

Ese aprendizaje, nuestra experiencia de vida, lo que nos pasó en el pasado nos moldea, estructura y define nuestra personalidad del hoy, apoyándose, entre otras estructuras emocionales, en un ‘Sistema de Creencias’ que contiene las verdades sobre las cuales me identifico como la persona que SOY y al mundo, actuando en consecuencia tanto para conmigo mismo, como para con el mundo externo (los otros).

Antes de continuar permíteme explicarte una de las razones del por qué del título de este texto. Dado que me refiero a mi dolor (la tristeza) de saber que hay personas que han venido a mi consultorio (y a la de muchos otros terapeutas) pero se han ido. Algunas una sola vez, otras varias veces: dos, tres, cinco, …, he igualmente se ha ido. No se han comprometido, no se han atrevido a iniciar o a continuar el viaje de ‘descubrirse a sí mismos’ para adquirir una vida propia. No aceptaron que puedan vivir en la libertad de ser y decidir por ellos mismos quienes quieren ser. Así como el poder tomar el control de sus circunstancias y de su realidad y transformarla para su propio crecimiento, para su propia dimensión de triunfadores, lo cual es su decisión.

Me duele perderlos porque al Yo poder comprender el modelo conductual de sus vidas y al haber adquirido en mi profesión, la capacidad de poder anticipar el fin trágico que les espera (no se trata de adivinanzas, brujería, ni mucho menos profecías, sino de la realidad de acción del mundo emocional inconsciente) eso me duele profundamente, porque a menos que hagan un cambio real en sus estructuras y decisiones emocionales, será inevitable tal desenlace negativo, dado que no deja de ser cierto que viven una vida emocionalmente preprogramada, en lo que Berne (1979) llamó “El Argumento de Vida” (Guion, Mandatos, Órdenes, Atribuciones).

Dicho ‘Argumento’ dirige toda mi vida emocional importante y como consecuencia también define y prepara mi final. Haciendo una aproximación a como Berne definió el Argumento tenemos que: es el conjunto de actitudes, pensamientos, emociones y conductas que hago continuamente, unas conscientes otras inconscientes. Estas funcionan como órdenes que debo cumplir obligatoriamente (aunque no quiera), y como consecuencia, me llevan a un fin predefinido.

Lamentablemente siempre es un final trágico: soledad, rupturas de relaciones, fracasos, enfermedades, abandono de los hijos, entre otros. Lo cual se diferencia muy ampliamente del ser ‘Un Triunfador’ que para Berne no es un argumento sino una decisión para la cual tenemos la responsabilidad y el poder de tomarla, a pesar de nuestras circunstancias, presentes o pasadas. Porque no importa lo que fuimos en el pasado, importa lo que somos en el Aquí y el Ahora.

Al irse las personas del proceso terapéutico es importante considerar, como ya lo he escrito en otra oportunidad, que muchas de ellas no quieren (consciente e inconscientemente) enfrentarse a su propia responsabilidad. Enfrentarse al esfuerzo, al dolor, al tiempo que implica dicho proceso emocional No quieren revivir el pasado de dolor y sufrimiento. No quieren darle la prioridad que requiere poder cerrar las diferentes situaciones de conflicto que, aunque ya pasadas, continúan en todo momento afectándolos en su presente en todos sus roles (pareja, familia, trabajo, social).

Ellas se encuentran atrapadas por la dependencia emocional de su ‘beneficio psicológico’ (lo que inconscientemente los hace sentirse bien en su conflicto, aunque su vida se esté desmoronando a pedazos). Dicho ‘beneficio’ es un elemento clave que me impide el cambio y me sabotea en mi proceso terapéutico. No puedo darme el lujo de perder los ‘beneficios’ que me otorga mi conducta no adecuada, si pierdo sus beneficios ¿Cómo o con qué los remplazo? Además ¿Qué hago con el vacío sin fondo que queda en mis necesidades emocionales?

No pierdan de vista que este ‘beneficio’ no representa algo bueno, sino por el contrario, en términos psicológicos es una recompensa por y para mantenerme amarrado a mi situación de conflicto. Dicha recompensa me hace sentir que existo, porque esta es la forma que aprendí de mis figuras parentales (aunque ya no existan) para que me amaran, para que me aceptaran. En términos del Análisis Transaccional son las ‘caricias’ que me hacen sentirme ‘reconocido por el otro’, aunque las consecuencias de tal ‘reconocimiento y amor’ sean para sufrir en mi autodestrucción.

Si yo cambio, esas caricias dejan de existir y tengo así un vacío emocional de muerte. Este es la misma sensación de pérdida existencial que viví anteriormente, cuando al no quedarme otra opción para sobrevivir emocionalmente, decidí cambiar de la sanidad hacia la enfermedad emocional que me domina hoy. Dado que esa fue la única forma que encontré para sentir que ‘ellos’ me querían.

Ahora estoy enfermo y quisiera cambiar mis circunstancias. Pero al sentir que voy a perder las caricias que recibo por mi conducta enferma me siento vacío. Estoy en una posición de inseguridad donde no sé si debo dejar lo enfermo realmente y aceptar lo nuevo. Donde no sé si lo nuevo que viene, lo cual, por supuesto no conozco y me genera mucha incertidumbre, es realmente es tan bueno como me dicen.

Pocos pacientes saben que el secreto para superar esta situación está en continuar con el proceso terapéutico hasta aprender y actuar la nueva forma de vivir, hasta no aprender la nueva forma de cultivar las caricias y sus verdaderos (ahora sí) beneficios adecuados de la conducta sana. Hasta que no llegue a ese punto, no me daré cuenta de que realmente el cambio era necesario, era importante y realmente puedo obtener todo lo que me habían prometido conseguir con mi cambio. Porque ahora realmente soy dueño de mí, de mi propia vida, de mis decisiones, de mis sentimientos. Soy dueño de decidir a quién amar, con quién estar, con quién compartir. Es hacer realidad el derecho que tengo a la libertad de decidir lo que quiero para mi vida, porque me pertenece a mí y no a los otros.

Cierta y definitivamente hay en mí un sentimiento real de dolor que es tristeza, mucha tristeza por todas esas personas que han planteado tantos problemas como: soledad, falta o conflictos de pareja, familia, dependencia de los padres, inseguridad, miedos, falta de amor hacia sí mismos, enfermedades, y tantas otras situaciones no adecuadas que les quitan la alegría de vivir, que los aísla de sí mismos y de su relación con los otros. Este dolor del que hablo, producto de mi profesión, está basado en el hecho de conocer y de poder ver el desarrollo de la conducta no adecuada y sus consecuencias. Así como el ‘destino’ que su argumento les guarda, sin que aparentemente ellos puedan hacer nada para librarse a sí mismos de ese fin trágico que se construyen a través de sus propias decisiones.

Es ver como esas personas van a estar solas pudiendo decidir lo contrario. Como ellos van a estar en sus relaciones de amor y odio teniendo la capacidad de perdonar, teniendo la posibilidad de decisión de renunciar a las cosas que no tuvieron. Entonces por aquellos que se han ido, por aquellos que no volverán o no han seguido, va mi tristeza con ellos, va mi dolor con ellos. Pues considero que son personas valiosas que desde el punto de vista psicológico tienen un gran potencial para crecer, así como desde el punto de vista espiritual son creaciones maravillosas y únicas de un Dios real, que los tejió en amor a cada uno en forma personal (Salmos 139:13-16). Sin embargo, a pesar de mi tristeza, no pierdo de vista la realidad de la oración de Perls: yo soy yo, tú eres tú…

 Por otra parte, enfrentándome a mi dolor no dejo de asumir mi cuota de responsabilidad. Reconozco que yo no soy la panacea psicoterapéutica, tengo defectos, tengo errores como cualquier otro. Indudablemente aspiro en la práctica y en la experiencia mejorar, pero aun así no dejaré de cometer algunos desaciertos. Este es un camino por el cual solamente se puede avanzar paso a paso. Me gusta trabajar con las emociones de las personas, me gusta profundizar en las personas, me gusta… o por lo menos lo intento, aclararles qué va a ser de sus vidas si deciden continuar por el camino del conflicto que llevan.

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Referencias:

Berne, E. (1979). ¿Qué dice usted después de decir hola? 9na edición, Barcelona. Ediciones Grijalbo

Cury, A. (2007). Nunca renuncies a tus sueños, Ediciones Minotauro.

Martínez, J. M. (2006). Amores que duran… y duran... y duran. México: Editorial Pax.

Sociedades Bíblicas Unidas. (1960). Santa Biblia. Caracas Venezuela: Fanarte, C.A.

  

 



martes, 7 de febrero de 2012

LA CULPA: Mi Emoción Autodestructiva

LA CULPA: Mi Emoción Autodestructiva

Por: José Rafael Olivieri Delgado (feb. 2012)

 

La culpa es una reacción emocional aprendida que sólo puede ser usada si la víctima le muestra al explotador que es vulnerable a ella” Dyer (1982, p. 137)

 

            Miles de lágrimas, quejas, preguntas, inquietudes, excusas, justificaciones y otras cuantas manifestaciones emocionales de este tipo son las que muestran los pacientes en el consultorio, cuando durante su proceso terapéutico se trabaja con la culpa y con su sentimiento de culpabilidad. Su pregunta clásica desde la impotencia que produce esta emoción es: - “¿Qué puedo hacer si me siento culpable?”

La pregunta se entiende porque realmente la culpa es uno de nuestros acérrimos y mayores enemigos de nuestra felicidad. Es un sentimiento que frecuentemente nos limita y nos condiciona a mantenernos en una zona de bloqueo e inactividad, en un malestar emocional muy fuerte y profundo; nos dificulta gravemente el poder avanzar hacia nuestras metas y sueños, peor aún, nos perjudica irremediablemente en nuestras relaciones (pareja, familiares, trabajo y sociales).

Por ello, en relación con dicha pregunta, es indudable que la respuesta debe estar dirigida en función de la persona que pregunta y su propia situación emocional. La parte más difícil de esta será lograr que esa ‘tan anhelada’ respuesta surja del mismo paciente, es decir que él se responda a sí mismo y además en forma adecuada. Yo pienso que cada persona que asiste a terapia debe ser invitada a encontrar sus propias respuestas, pues estas tienen que estar completamente ajustadas a la situación personal, emocional y única de quien pregunta. ¿Y quién conoce mejor tu situación y lo que tú necesitas para resolverla? Solo uno: ¡Tú mismo!

Comprendo que mi función es acompañar a mi paciente en su proceso, darle información, opciones, mostrarle ‘un espejo’ dónde se mire y se descubra a sí mismo, así como invitarlo a que decida su propio crecimiento y bienestar, para que indudablemente, cuando llegue su momento pueda decidir y autosustentarse en su vida emocional, sin la necesidad del apoyo que le brindamos durante su permanencia en el proceso terapéutico.

      La culpa es precisamente uno de los sentimientos que más se oponen a tu propio bienestar. Para comprender esto hay que entender ¿Qué es la culpa?, y ¿Cómo es su proceso en las personas? En este sentido, hay dos posturas que me interesan resaltar de entre las muchas que existen, me refiero a las explicaciones de Dyer (1982) por un lado y a las de Palmero (2002) por el otro. Permíteme empezar por dar una respuesta general a estas preguntas y luego pasar a los conceptos específicos de dichos autores.

En tu búsqueda de este concepto encontrarás por ejemplo que el Diccionario RAE dice: “(1) Imputación a alguien de una determinada acción como consecuencia de su conducta. (2). Acción u omisión que provoca un sentimiento de responsabilidad por un daño causado” (febrero 2012). Para entender esta definición es necesario dar un rodeo ‘un poco’ extenso dentro de algunos conceptos psicológicos.

El primero es la diferencia general entre emoción que es una reacción psicofisiológica que ocurren de manera espontánea y automática (ejemplo: miedo, alegría, rabia, tristeza, …), y lo que es un sentimiento como combinación de esas emociones y nuestros pensamientos y percepciones aprendidas. La emoción surge antes que la conciencia y es inevitable frente al estímulo que la produce. Por su parte el sentimiento requiere primero de nuestra conciencia, pensamientos y experiencia emocional para luego responder al estímulo.

En este contexto la culpa sería un sentimiento, lo cual está asociado a una connotación muy importante: la culpa es aprendida no nacimos con ella, la aprendimos a sentir y la internalizamos en nuestro esquema de emociones como producto de nuestras relaciones con los demás, según esta perspectiva Palmero (2002) define la culpa como una “emoción social”.

Lo segundo para tener en cuenta es que debo tener una conciencia de quién soy Yo y de los otros, este límite será importante para entender el proceso de autovaloración que necesito para sentir la culpa y el poder llegar a evaluarme como el culpable frente a un evento particular. Tercero, dicha valoración depende de nuestro esquema de comprensión del ‘bien y el mal’, así como de las ‘reglas’ (culturales, morales, éticas, religiosas, familiares…) que rompemos con nuestras acciones no adecuadas. El cuarto aspecto se refiere a la culpa como una emoción “compuesta”, es decir no está sola, sino que se asocia con otras emociones como la tristeza y la rabia dependiendo de ciertas condiciones particulares de cada persona.

Igualmente podría señalar que está relacionada muy íntimamente con otros conceptos de lo que podríamos llamar ‘la telaraña’ de nuestro sistema emocional, me refiero a elementos tales como: autoestima, autoconcepto, autocensura, niveles de perfección, miedos, procesos de pensamiento y su rumiación, así como el mayor de todos: nuestro sistema de creencias emocionales. La culpa es un elemento central de muchos de nuestros conflictos emocionales y, por consiguiente, de sus consecuencias en nosotros y en nuestras relaciones.

Tenemos entonces que en un sentido general la culpa es un sentimiento generado por nosotros mismos con base en nuestro universo emocional interno. Fuertemente relacionado con lo que está bien y lo que está mal. Así como del resultado de cómo nos valoramos frente a nuestras propias acciones en relación con los otros. Existen otros factores asociados a la culpa que desarrollaré a través de este texto.

Con base en lo que cada uno ha sentido en sus propias sensaciones de culpa, podemos comprender que la misma es un sentimiento tanto complejo como muy destructivo en nuestra percepción emocional. No solamente por su origen aprendido, sino también por la cantidad de elementos asociados con nuestro desarrollo individual de pensamiento, emoción y acción. Por ello es vital poder comprender que en la culpa el protagonista de todo el proceso emocional que implica soy yo mismo, pues voy a jugar en los cinco ‘roles’ principales de la misma.

Me explico: (1) Yo soy quien va a ejecutar (u omitir) una serie de acciones específicas. (2) Me voy a convertir en mi propio acusador al evaluar que he trasgredido una norma o una regla. (3) Ahora me convierto igualmente en mi propio juez (la mayoría de las veces con carácter implacable), con lo cual me dicto mi propia sentencia condenatoria. Como juez he de saber que cuanto mayor sea mi nivel de crítica, de auto exigencia, de perfeccionismo, cuanto más altos e inflexibles sean mis estándares para juzgarme, tendré mayores probabilidades de condenarme. (4) Me convierto en mi propio carcelero al aplicarme el castigo que considero que me merezco, con lo cual paso a cumplir mi último ‘rol’ (5): soy la víctima de mi propia culpa.

En relación con el castigo que me aplico, he de saber que el sentimiento de la culpa está acompañado de un amplio conjunto de emociones autodestructivas, entre otras: tristeza, decepción, desánimo, depresión, angustia, frustración, impotencia, rabia, remordimiento. Y de igual manera a un conjunto continuo de pensamientos descalificadores y limitantes, los cuales no solamente me estancan en mi propia prisión emocional, sino que peor aún, limitan mi posibilidad de cambio y de mi búsqueda de soluciones a mi situación emocional.

Entrando ya en la visión que nos ofrecen los dos autores mencionados, podemos comenzar con las consideraciones de Dyer (1982) quien opina que la culpabilidad es en principio una emoción inútil que paraliza a la persona, la hace perder su energía viviendo en situaciones del pasado, perdiendo el presente y su potencialidad. Este autor dice: “La culpabilidad quiere decir que despilfarras tus momentos presentes al estar inmovilizado a causa de un comportamiento pasado” y añade “Con la culpa, te fijas en sucesos pasados, te sientes abatido o molesto por algo que dijiste o hiciste y gastas tus momentos presentes afligido” (p. 127).

A pesar de ello, no deja de ser cierto que muchos, con la sensación de culpa, quieren cambiar lo que a todas luces es imposible cambiar: el pasado. La realidad es: no importa cuán grande sea tu dolor o tu castigo, no puedes modificar tu pasado. Tu opción es vivir un presente distinto con cambios emocionales reales.

A este respecto podríamos añadir una visión interesante sobre esta ‘imposibilidad’ de cambiar el pasado tal como la que nos ofrece Martínez (2006) quien considera que: “… el pasado no es una categoría psicológica cerrada e inmutable.” (p. 288) y afirma “… si una persona logra cambiar el significado que le atribuye a un hecho pasado que influye en él grandemente, este hecho comenzará a influir de una manera completamente distinta.” (p. 289).

A esto es a lo que nos referimos con los posibles cambios que podemos lograr a través de la psicoterapia. Esta me permite realizar una evaluación más adecuada de aquellos eventos traumáticos de mi pasado, bien sea porque yo los actué o bien porque me los hicieron sentir. En definitiva, tengo la opción de cambiar mis percepciones en relación con estos hechos, los cuales, aunque son reales, primero pertenecen al pasado y segundo, ya no tienen por qué continuar haciéndome daño a través de mis sentimientos de culpa.

       La postura de Dyer (1982) habla de la autodestrucción de vivir constantemente recordando el pasado y sintiéndose mal por lo que hicimos en él. Gastando nuestra energía cuando rumiamos nuestros pensamientos en expresiones como ‘si no hubiera hecho eso’ o ‘si no hubiera dicho eso’, siempre resaltando el condicional ‘si’. Dice Dyer (1982): “No hay sentimiento de culpa por grande que sea que pueda alterar el comportamiento pasado” (p. 139). Peor aún, es el hecho en el cual dejamos de vivir el presente al inmovilizarnos mirando hacia atrás, lo cual implica que no podemos avanzar ni estar atentos a lo que sucede en nuestro aquí y en el ahora. Dejamos de disfrutar del único instante real de nuestra existencia: el hoy.

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Referencias:

Diccionario de la Real Academia Española. https://dle.rae.es/culpa. Recuperado febrero 2012.

Dyer, Wayne. (1982). Tus zonas erróneas. Argentina: Editorial Grijalbo

Martínez, J. M. (2006). Amores que duran… y duran... y duran. México: Editorial Pax.

Palmero, F. (2002) Psicología de la Motivación y la emoción. Madrid, España: McGraw-Hill

Shinyashiki, R. (1993). La caricia esencial. Una psicología del afecto. Colombia: Editorial Norma

Sociedades Bíblicas Unidas. (1960). Santa Biblia. Caracas Venezuela: Fanarte, C.A.

 

  


 

 

 


jueves, 26 de enero de 2012

EL CAMBIO PSICOLÓGICO: Reorientar lo emocional hacia su sanidad

EL CAMBIO PSICOLÓGICO: Reorientar lo emocional hacia su sanidad

Por: José Rafael Olivieri Delgado (enero 2012)

 

“Decida que es usted quien debe cambiar y determine hacer todos los cambios que sean indispensables e inícielos inmediatamente, ni siquiera se imagine que las cosas van a cambiar sólo por accidente.” (Hormachea, 1994, p. 139).

  

Ante la pregunta que les hago a mis pacientes (clientes), cuando vienen al consultorio por primera vez: ¿Qué buscas con este proceso de terapia?, la respuesta, en la casi totalidad de las veces es inequívocamente: - “quiero cambiar”. En principio, esta es una respuesta ‘honesta’ desde su perspectiva emocional. Particularmente porque en este contexto las personas que buscan la ‘ayuda terapéutica’ usualmente se encuentran en un abismo de dolor, insatisfacciones, inestabilidad y otras cuantas emociones de este mismo corte ‘negativo’. Estas les han hecho sentir que han llegado al ‘fondo de tal abismo’.

Es igualmente probable que hayan intentado varias soluciones, desde sus mismas circunstancias emocionales, las cuales no han aportado los resultados deseados. Por ello es por lo que han terminado sintiendo y pensando que, para encontrar dicha solución, requieren de hacer uno o varios cambios. Lo que finalmente los ha llevado al contexto psicoterapéutico a probar si esto es posible.

Ciertamente el cambio, desde la perspectiva psicológica siempre es posible, aunque he de reconocerlo, muchos vienen buscando esta realidad que muy pocos encuentran, por lo menos de forma permanente. A pesar de su honestidad, una gran mayoría, particularmente, los que vienen por conflictos y problemas con la pareja, vienen buscando el cambio del otro. Piensan y siente que el culpable de sus situaciones emocionales es el otro, nunca ellos mismos o lo que es más exacto, desconocen que la responsabilidad de todo lo que ocurre en cualquier relación, es de ambos por igual (50% para cada uno).

Lo cierto es que esto es otra de las realidades del cambio psicológico, no solamente va a cambiar lo externo, el cambio principal y fundamental es obligatoriamente mi propio cambio interno, antes que la invitación de cambio a la otra persona.

 Otro desconocimiento asociado a este ‘querer cambiar’, es la falta de comprensión sobre la implicación y la profundidad de esta frase ‘aparentemente inocente’. Aquí hablamos no de un cambio aleatorio, sino por el contrario, de un proceso lento, a mediano plazo y, por si fuera poco, muchas veces difícil. Especialmente si hablamos de mi cambio interno al nivel de mis propios conflictos emocionales. Lamentablemente, la mayoría de las personas vienen buscando ‘una píldora mágica’ que les cambie rápidamente y de una sola vez, lo cual, por supuesto, no es posible.

De hecho, frecuentemente les digo: - “yo soy psicólogo, no hago milagros”. Sobre todo, cuando tomamos en cuenta que la finalidad del proceso de cambio psicológico (psicoterapéutico), no es resolverle los problemas al paciente. No somos ‘quienes’ para dirigir su vida, el objetivo real, es que ellos aprendan a generar sus propias soluciones adecuadas, presentes y futuras, a sus propios conflictos, de tal manera que asuman su propio crecimiento y autonomía en su vida.

Al respecto, sería bueno recordar que Shinyashiki (1993) nos comenta: “Cambiar es un acto sencillo, aunque es posible complicarlo de muchas maneras. La gente complica el cambio, pensando que éste se va a realizar solamente porque se quiere hacer. No siempre eso es verdad, y muy rara vez resulta. Más importante que el deseo es el compromiso con el cambio” (p. 141).

En relación con lo anterior, partamos de una realidad incuestionable: todo en el universo cambia, y el Ser Humano no es la excepción, lo único constante que existe, es justamente: el cambio continuo de todo. Un ejemplo fácil de ver: ya no eres el mismo de hace 1, 10, 20 o más años. Pero sí, la realidad del cambio emocional parte de su necesidad de trabajo, compromiso, responsabilidad y otras variables más, no es una cuestión de solamente quererlo. Eso de “querer es poder” no es tan cierto como lo pintan, al ‘querer’, hay que acompañarlo de unas cuantas cosas más para hacerlo posible.

Podemos ver que la razón de la dificultad del cambio y, por consiguiente, del tiempo necesario para ello, lo bosqueja inicialmente Hormachea (1994) cuando opina: “Por supuesto que el cambio es difícil y algunos pueden realizarlo solamente cuando han experimentado el dolor de llegar al fondo del abismo. El cambio es algo interno. Tiene que ver con lo que somos. Solamente un cambio interno puede producir un cambio en el comportamiento y consecuentemente en un estilo de vida diferente.” (p. 146).

En este sentido, es de algunas de estas verdades de las que quiero hablar: El cambio psicológico implica mucho más allá que un sencillo ‘deseo de hacerlo’. Comprende en primer lugar, un compromiso y una responsabilidad conmigo mismo. Por ejemplo, no es posible cambiar si esperamos a que el otro cambie primero, con esto, además de una pérdida de tiempo, frustración, rabia y otras emociones por el estilo, lo único que consigo es hundirme más y más en mi propia inconformidad y amargura.

Igualmente hemos de partir de una base no comprendida: los psicoterapeutas utilizamos una serie de técnicas y recursos de corte psicológico y emocional para invitarte a cambiar, pero el cambio es tu trabajo, es tu propio esfuerzo y, por lo tanto, es tu propio logro. Nuestro trabajo es hacerte esa invitación, a veces lo logramos (tú te beneficias), a veces no (te llevas unas cuantas cicatrices, pero básicamente sigues igual).

Somos los primeros que debemos dejar esa falacia de cambiar al otro de lado y, sobre todo, bajarnos de ese falso pedestal, de creer que podemos cambiar al otro porque queremos. Al respecto, Hormachea (1994) nos recuerda: “Quienes se proponen tratar de alcanzar la imposible meta de cambiar a la otra persona y transformarla a su imagen y semejanza, no sólo están perdiendo su tiempo y llenándose de frustración, sino que además están tratando de destruir aquello que caracteriza a una persona y están oponiéndose al deseo divino.” (p. 79).

Ello contiene otra gran verdad: Cuando logras triunfar en tu proceso de cambio, no es que te transformas en otra persona, nada está más lejos de la realidad. Tu cambio te lleva a utilizar en forma más acertada los nuevos recursos emocionales adquiridos en tu proceso. Ahora tus pensamientos, emociones y acciones, se integran para trabajar a tu favor con decisiones más adecuadas ubicadas en tu realidad y en todo tu contexto emocional. Con ello tu posibilidad de triunfo y bienestar se hace real, no eres otro, eres tú mismo(a), pero ahora vives la vida que quieres, decides y puedes para ti mismo(a) y por supuesto, para aquellos a quienes amas, recuerda: el secreto del cambio está en compartirlo.

En este mismo orden de ideas, nadie puede cambiar en el otro, ni por los cambios del otro, cada uno de nosotros debe cambiar obligatoriamente en sí mismo. El otro puede ser un referente para mi cambio, por ejemplo, desde la admiración (también la venganza puede cambiarme, pero esta opción no te la recomiendo). Este cambio propio es otra de las razones donde encontramos parte de lo difícil o de lo ‘complicado’ del cambio emocional.

La razón básica es que hemos vivido de una manera no adecuada, enferma, generadora de conflictos, durante toda la vida hasta este momento, por ello es por lo que lo quiero cambiar. Pero esto trae un problema, estamos acostumbrados a ‘ser así’, es nuestra zona de comodidad, tal vez ese modelo de vida nos sirvió en algún momento del pasado, y pretendemos que nos siga siendo útil hoy. Esto nos lo recuerda Hormachea (1994), cuando dice: “Lo más lamentable es que algunos se justifican diciendo que así nacieron y que así van a morir y encuentran en su doloroso pasado, la justificación a permanecer enfrentando la vida con actitudes erróneas.” (p. 86).

No comprendemos que el momento presente es diferente, que las personas a mi alrededor son distintas, tan sencillo como que la vida misma es totalmente dinámica siempre en evolución, donde lo único fijo y seguro es precisamente, el cambio. Por lo que ese modelo de vida ya no me es útil ni adecuado, por el contrario, ahora me invita a generar situaciones de angustia y ansiedad.

Esto quiere decir que debo luchar contra mí mismo, contra mis costumbres y hábitos, por lo tanto, debo hacer un esfuerzo continuo para lograrlo. Porque cambiar debe ser una prioridad importante en mi vida, para que pueda dedicarle el tiempo, el esfuerzo y los recursos que necesito para lograr mi meta de crecer. Eso no se puede hacer, a menos que este comprometido y que me responsabilice de mí mismo y de mi decisión de cambio.

Tal como lo señala el Apóstol Pablo en Romanos 12:2 “No imiten las conductas ni las costumbres de este mundo, más bien dejen que Dios los transforme en personas nuevas al cambiarles la manera de pensar. Entonces aprenderán a conocer la voluntad de Dios para ustedes, la cual es buena, agradable y perfecta.” (NTV), sobran las palabras, ... ¡Cambia tu manera de pensar y cambiará tu mundo!

Un segundo punto interesante es ese del ‘llegar al fondo del abismo’, para que se pueda manifestar y darme cuenta de mi necesidad de cambiar, dado mis sentimientos de dolor y de angustia que tal abismo produce en mi seguridad emocional. Lamento decirles que esta es una de las realidades más dolorosas de la necesidad del cambio de los pacientes, tristemente muchos de ellos esperan a encontrarse en ‘el fondo’ antes de moverse en la dirección de cambiar.

Esperan prácticamente hasta el final, cuando ya las emociones negativas asociadas han desatado tal nivel de angustia y ansiedad, que pareciera que ya no se puede hacer nada, pero, por el contrario, siempre tendremos opciones para accionar a favor de un cambio de nuestras situaciones negativas.

Recuerdo una frase que dice: “Una vez que estamos en el fondo, solamente queda volver a subir” (s/r). Este fenómeno de esperar a lo último tiene varias razones como el orgullo, el miedo, no creer ni saber que el cambiar (psicológica y emocionalmente) es una realidad al alcance de todos. Incluye también la falta de recursos, no creer en los terapeutas porque son personas que también tienen conflictos, …

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Referencias:

Hormachea, D. (1994).  Para matrimonios con amor.  Aprendiendo a vivir con nuestras diferencias. Miami, Usa: Editorial Unilit.

Lowen, A. (1977). BIOENERGÉTICA. México, Editorial Diana.

Martínez, J. M. (2006). Amores que duran… y duran... y duran. México: Editorial Pax.

Shinyashiki, R. (1993). La caricia esencial. Una psicología del afecto. Colombia: Editorial Norma

Tyndale House Foundation. (2010). Santa Biblia, Nueva Traducción Viviente. USA