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miércoles, 20 de mayo de 2020

LA SOLEDAD: Decisión, Sentimiento, Prisión o Destino final

LA SOLEDAD: Decisión, Sentimiento, Prisión o Destino final

Por: José Rafael Olivieri Delgado

(febrero 2014, modificado mayo 2020)

 

“La necesidad más profunda del hombre es, entonces, la necesidad de superar su separatidad, de abandonar la prisión de su soledad” Fromm (1982, p.20).

  

“Es la guerra del alma.” … Así definí hace ya muchos años, en mi adolescencia, mi propia sensación de soledad. Todos somos Seres Humanos y lo más importante que nos define es nuestra estructura emocional, en ella, tenemos un inmenso universo compuesto de muy diferentes emociones y sentimientos. A través de nuestro proceso de vida y experiencias, hemos aprendido a valorar dichas emociones, a unas como positivas y, a otras, como negativas. Por supuesto, tal valoración, es desde la perspectiva en la cual medimos nuestras emociones, tan simplemente como buenas y malas, en función de cómo nos sentimos física, emocional y espiritualmente (realmente son mucho más complejas que eso… pero esa es harina de otro costal). Sin embargo, si algún sentimiento, desde un contexto negativo, es más terrible y destructivo… Esa es precisamente, la soledad.

Mi soledad se siente en: la percepción emocional de la existencia de un vacío sin fondo. La sensación de un miedo aterrador. La falta del contacto con el otro La ausencia de la esperanza. La carencia de amor (a mí mismo y del otro). La oscuridad de un futuro con un destino distinto a nuestros sueños y anhelos. El no disfrutar de quién soy y de lo que tengo… Son todas ellas expresiones que hablan de esa ‘guerra del alma’, que indudablemente sentimos casi todos los seres humanos, cuando hemos pasado por nuestros diferentes momentos de soledad.

Lamentablemente esa es una realidad, porque es un hecho irrefutable e ineludible que la soledad es una experiencia emocional inevitable y fundamental de todo Ser Humano, tanto para su autodestrucción (contexto negativo), como para poder lograr creaciones y experiencias sublimes, dignas de los mayores logros humanos (contexto positivo). Ambos extremos son una verdad tangible, como lo hemos podido apreciar a través de toda nuestra historia humana. Por ello, y desde la mirada de lo negativo, el subtítulo de este texto: “Decisión, Sentimiento, Prisión o Destino final”, los cuales representan varias opciones de por qué la soledad humana, no es más que una expresión de mi propio miedo a la vida y a vivir…

Desde el principio de la humanidad (recordemos la historia de Adán y Eva), el Ser Humano ha sentido la soledad y, peor aún, se ha sentido solo. Pero en ninguna otra época como en nuestra historia presente, esto se ha hecho más patético. Hoy nos domina la creencia más garrafal que tenemos (si no todos, si la inmensa mayoría). Esta es: que, al ser una persona adulta, consideramos y defendemos, a costa de lo que sea, el hecho de estar obligados a cumplir con las cualidades de ser absolutamente ‘independientes’.

Peor aún, si le sumamos a esto otra creencia aún más destructiva y castradora: la creencia de sentir que no necesitamos a nadie. Si esto llegase a ocurrir, entonces seríamos personas ‘dependientes’. Es esta mentalidad, esto sería nuestra peor falla individual, desde el contexto de nuestra ‘supuesta’ autonomía. Estas creencias absolutas de nuestro presente son las razones más básicas que nos explica el por qué, dicha inmensa mayoría, se está muriendo de soledad. Aún más perjudicial que lo anterior, por qué damos por completamente cierto que la única opción que tenemos, es que la soledad nos acompañará siempre en toda nuestra vida.

De igual manera, mucha de nuestra soledad se debe a la ‘maraña’ de sentimientos y emociones que nos abruman día a día, donde muchas veces, no sabemos ni manejarlas ni interpretarlas en nuestro contexto personal. Con respecto a esto, en su libro Martínez (2006) señala que con todas las explicaciones y descripciones que, tantos autores “bien intencionados”, han hecho sobre los sentimientos y emociones que sentimos y vivimos. La mayoría de las personas no saben a ciencia cierta, si son verdaderos los sentimientos que sienten o qué y cómo deberían sentirse con cada uno de ellos (p. 38). Algo similar pasa con el sentimiento de la soledad, una inmensa mayoría no están seguros de qué es o de cómo se deberían sentir con la misma, a pesar de lo que están viviendo y sintiendo continuamente.

En principio, la razón de lo anterior se debe al hecho de ser una experiencia emocional totalmente individual e intransferible, que se aplica básicamente a cualquier emoción o sentimiento. Esto es debido a la realidad en la cual, cada persona en este planeta tiene su propia y única forma de sentir sus propios pensamientos, sentimientos y acciones. Donde lo seguro es, independientemente de los elementos comunes de las emociones, que tu experiencia es totalmente individual e irrepetible, completamente personal, con lo cual, absolutamente nadie más puede vivirla según tu propia percepción e interpretación.

Por ello, lo que cualquier otro te diga con base en tus sentimientos (incluso Yo aquí), estará matizado por su propia vivencia y comprensión de ellos; o cuando mucho, será un arduo trabajo estadístico que no se iguala a lo que tú realmente sientes. Si bien es cierto que, manejamos y sentimos cosas parecidas, ya que, al fin y al cabo, todos somos humanos, la realidad emocional de cada persona es única, está basada en su propio proceso particular de aprendizaje experiencial a lo largo de su vida.

 

¿Qué es la Soledad?:

Aprovechando esta duda, revisé el diccionario (DRAE, 2001) que dice que la palabra soledad “viene del latín ‘solitas’: Carencia voluntaria o involuntaria de compañía”. Dicha definición me hace suponer y entender que la soledad, ocurre o se siente, cuando no tienes la compañía de otra persona. Pero para variar, yo no estoy totalmente de acuerdo con esto. En mi criterio, la soledad entre otras varias razones emocionales, prioritariamente, es una falta de amor… (ya sé, de seguro pensaste: obvio, ¡Si no tienes quien te ame, estás solo!).

Sin embargo, no me refiero al amor de los otros, en realidad en lo que pienso es en el amor a mí mismo, más que al hecho de estar o no acompañado por otra(s) persona(s). Ciertamente, tener una pareja, en mi opinión, es fundamental para tener una vida integral, pero, hay personas que aún en pareja se sienten solas. Por eso, para mí, el hecho de sentirte solo es mucho más profundo que eso de estar o no acompañado.

Quizás recuerdes que muchos autores han dicho: “… que puedes estar entre un millón de personas y sentirte solo ...” (s/r). Es decir, yo pienso que lo que me produce el sentimiento de soledad, no se trata y no tiene nada que ver con la razón de tener o no, la compañía de otra persona a mi lado. Para mí, la razón está en que: ¡La soledad es un proceso emocional de falta de amor a mí mismo, prioritariamente! Desde esta perspectiva (del no amarme a mí mismo), es que se derivan la inmensa mayoría de todos nuestros problemas y conflictos emocionales, entre ellos, precisamente, la soledad.

En pocas palabras, estoy y/o me siento solo, por el simple hecho de no saber amarme a mí mismo. Porque al no amarme, en primer lugar, ni puedo disfrutar de mi propia compañía, ni me encuentro a gusto conmigo mismo. Por ello, no importa que esté acompañado, y diga que le doy amor a la otra persona. Una cosa es segura, eso que doy, no será un amor auténtico, podrá ser de cualquier otra clase de amor, pero, auténtico no será.

Por esta misma razón, tampoco podré disfrutar de la persona con la que estoy. Esto me recuerda este fragmento: “—¿Dónde están los hombres? —prosiguió por fin el principito. Se está un poco solo en el desierto ... —También se está solo donde los hombres —afirmó la serpiente.” (Antoine De Saint-Exupéry, 1943). La soledad es un proceso emocional que me pertenece a mí, no al otro.

            ¡Ya está! Rafael metiéndose de nuevo en profundidades complejas. Pues sí, no se trata de complicar más lo que ya de por sí es complicado, sino de darle una visión diferente para que (indudablemente, desde mi propia perspectiva), puedas entender, manejar y sobre todo resolver tu propio sentimiento de soledad. Porque déjame decirte que: así como tú eres el único responsable de tus sentimientos, tu soledad es responsabilidad exclusivamente tuya, ¡Es lo que tú sientes! …

Haz el ejercicio o, tómate el tiempo para revisar libros especializados, literatura en general, el internet (seguro debe haber más de un Blog sobre la soledad), y es muy posible que, en casi todos, encontrarás una definición general, más o menos en los mismos términos. Por ejemplo, la del diccionario: ‘no tienes a otra persona cerca’, lo cual en sí mismo, define apenas un tipo de soledad, como lo es la soledad física (ausencia de compañía de otra persona…, incluso, de mascotas).

Entender qué es la soledad, obligatoriamente comienza por comprender que es imposible pasar por la vida sin sentirse solo, no en un único momento, sino en muchos fragmentos de tiempo durante nuestra vida. La soledad, como cualquier sentimiento o emoción, está atada a toda mi estructura emocional, no es un ente aislado… (¡la soledad no está sola!). Al igual que la alegría, la tristeza, la rabia…, que se repiten innumerables veces, y por muchas situaciones diferentes, también la soledad se presenta en diferentes situaciones y contextos emocionales muy diversos. En todos ellos ¡tú eres el protagonista de tus emociones y de lo que decides sentir!

Desde esta perspectiva, la soledad no es un sentimiento ni sencillo ni básico, por el contrario, tiene implícita una complejidad importante asociada a todo el proceso individual de formación emocional único de cada persona.

Como parte de mi educación psicológica (no me canso de repetir que) para mí, las raíces y orígenes de lo emocional, están íntimamente relacionadas con nuestro aprendizaje infantil personal. Es en esa etapa donde, precisamente, lo emocional fue prioritario y decisivo para la construcción de quién soy. E igualmente, las evaluaciones y decisiones (conscientes e inconscientes) que hayamos tomado en dicho período de vida, incluyendo las consecuencias e implicaciones de mi realidad emocional actual. Por esta misma razón, la soledad es diferente en cada persona, tanto desde su forma de sentirla, vivirla, experimentarla…, como desde las consecuencias que definen la actuación de dicha persona, en cualquier momento de su vida, frente a su propia soledad.

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Referencias:

Berne, E. (1979). ¿Qué dice usted después de decir hola? 9na ed., Barcelona. Ed. Grijalbo

Ellison, C. http://www.tunuevaalegria.com.ve /Predicas/pred_coensol.html. (Recuperado enero 2014)

Fromm, E. (1982). El arte de amar. España: Ediciones Paidos.

Martínez, J.M. (2006). Amores que duran… y duran... y duran. México: Editorial Pax.

Saint-Exupéry, A. (1943). El Principito, Publicaciones y Ediciones Salamandra, S.A.: Barcelona.

Tyndale House Foundation. (2010). Santa Biblia, Nueva Traducción Viviente. USA.

 




sábado, 30 de julio de 2016

PROHIBICIÓN DE PAREJA: Cumplir mi orden y mi decisión de quedarme solo

PROHIBICIÓN DE PAREJA: Cumplir mi orden y mi decisión de quedarme solo

Por José Rafael Olivieri Delgado (julio 2016)

 

“…la selección de una pareja no se hace en forma casual, sino que es un intento por hacer coincidir una serie de patrones de pautas y creencias compatibles o complementarias” (Martínez, 2006, p. 15).

 

           “YO NO QUIERO QUEDARME SOLA/SOLO”. Podrían creerme que esa es una de las frases que más frecuentemente me dicen las personas en el consultorio o en los talleres, en relación con su situación particular referente al tema de tener o no pareja. Ello me permite confirmar que realmente (a nivel consciente) la gran mayoría quiere y desea tener una relación de pareja ‘sana y permanente’. Lamentablemente la gran verdad emocional (negativa) es todo lo contrario, es altamente probable que se queden solos. Porque el tener una relación de pareja no depende únicamente de ‘querer o no’ tenerla.

En realidad, esto depende de varios factores: los patrones de selección de pareja de cada individuo, de su conjunto personal de las creencias emocionales que lo definen, de las múltiples órdenes parentales que le prohíben las relaciones de pareja, entre otros. En particular, de la decisión emocional inconsciente que ha tomado en su etapa infantil (en función del modelo de pareja aprendido de sus figuras parentales). La triste verdad es que esa gran mayoría de personas han decidido, sin darse cuenta, una ‘Prohibición de Pareja’, con la cual harán todo lo que esté a su alcance para quedarse solos (aunque conscientemente no lo quieran hacer). A menos, claro está, que puedan cambiar emocionalmente tal argumento de vida, y así poder decidir un permiso para su relación de pareja.

Ahora bien, antes de empezar a desarrollar este tema, déjame aclarar que también existe un alto número de personas cuya prohibición de pareja es tan gigantesca, que tanto consciente como inconscientemente, por nada del mundo quieren (ni pueden) tener una relación de pareja. Estos por lo general no vienen al consultorio, se encuentran ‘bien’ en su mundo de soledad, aislados entre sus cuatro paredes, retroalimentando sus propias prohibiciones constantemente. Es como diría Shinyashiki (1994, p. 84) estas personas han estado comiendo “pan mohoso” toda su vida y lo único que han conocido como alimento es ese “pan mohoso”, entonces ¿qué otra cosa van a querer y pedir?, si no “pan mohoso”.

Tanto estos, como los que no quieren cambiar su prohibición de pareja, no conocen la invitación y el permiso de Proverbios 5:18 que dice: “Que tu esposa sea una fuente de bendición para ti. Alégrate con la esposa de tu juventud” (NTV). (Inviertan los géneros, según cada uno, pues esto es por igual para todos, por aquello en lo cual el género de los sustantivos es convencional. Las palabras no tienen sexo, sino género y hasta género neutro).

Me gustaría igualmente aclarar un punto que me parece importante y muy relacionado con el tema de la prohibición de pareja: ¿Por qué usamos como genérico el término de ‘pareja’? Sin ánimo de ofender a nadie (aunque es inevitable), ni de precisar tiempos históricos: desde el principio de las relaciones humanas hemos hablado de las relaciones MATRIMONIALES (porque era lo frecuente, lo común, lo normal, lo sano) y por supuesto, de los términos ESPOSO y ESPOSA, dados al HOMBRE y a la MUJER que mantienen tal relación de unión conyugal. Lo cual ha estado establecido desde Génesis 2:24: “Esto explica por qué el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su esposa, y los dos se convierten en uno solo” (NTV). Lo cual nos habla de la creación, mandato y permiso del matrimonio, de Dios al hombre y a la mujer, como la mejor alternativa de relación entre ellos.

Así como también nos lo recuerda 1 Corintios 11:11: “Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón” (RVR60). Sin embargo, esto ha cambiado drásticamente dejando de ser lo normal, para convertirse en lo extraño, en lo increíble. Hemos llegado a un punto de rechazo y de desprecio del matrimonio como nunca en la historia. Por ejemplo, mi hija mayor me contó que hablando con una amiga de nosotros sus padres y de nuestro matrimonio, la amiga le pregunta con asombro y como si fuera algo insólito: - “¿Tus padres están juntos todavía?”, ¿Qué tal? Resulta que los matrimonios y las familias ‘tradicionalmente’ constituidas ¡somos una especie en extinción! Como diría una de mis pacientes: - “Esas cosas pasan”.

Lo anterior es debido a que ahora, en el presente, a través de un proceso paulatino de deterioro de los valores: social, moral, ético, cultural y, por supuesto, de apartar a Dios de nuestros corazones, junto con todo el fenómeno publicitario en contra del matrimonio de las últimas décadas. Así como de la aceptación y el permiso de cualquier modelo de relación entre los seres humanos, por supuesto en nombre de la libertad y de los derechos de cualquier libertinaje.

Por no dejar puedo mencionar el siguiente ejemplo: lo que antes era considerado por los especialistas como enfermedades mentales, hoy en día tan solo son ‘formas de existencia’, modos de vivir la vida. En el pasado eran rechazadas, hoy no solamente son aceptadas, sino casi que adoradas e idolatradas por la inmensa mayoría. No se descuiden, la advertencia está dada desde los tiempos de Isaías 5:20: “¡Ay de ustedes, que llaman bueno a lo malo, y malo a lo bueno; que convierten la luz en oscuridad, y la oscuridad en luz; que convierten lo amargo en dulce, y lo dulce en amargo!” (DHH).

De tal forma es cierto esto que hoy en día, las relaciones existentes entre las personas se pueden dar entre cualquier género, en cualquier condición y forma, por lo que ya no podemos hablar de esposo y esposa, HOY HABLAMOS DE ‘PAREJA’. Hemos degradado el estatus del matrimonio rebajándolo a ‘cualquier cosa’ entre dos ‘personas’. Ya no hablamos de matrimonio, hablamos de uniones libres, cohabitación mutua y cualquier otra barbaridad, que en la práctica y en su dinámica, no es otra cosa sino una relación matrimonial sin papeles.

En ellas igualmente hay sexo, hijos, situaciones económicas, cargas y responsabilidades, pero con algo indiscutible e inevitable: un final de ruptura y separación trágico y seguro, más económico sí, pero soledad al fin, es decir: una prohibición de pareja.

Lo cierto es que como origen del tema en el cual me quiero centrar aquí, quizás el primer elemento y el más importante de la prohibición de pareja en la mayoría de las personas, no es otro sino: mi propia experiencia en vivo y directo de los miles de situaciones negativas que ocurrieron en el ámbito matrimonial de mis padres: Las vivencias que he contemplado, aprendido, sentido, así como las decisiones emocionales que tomé al ver qué clase de matrimonio tuvieron mis padres.

Modelos donde hay peleas, maltratos, falta de atención, fallas de comunicación, odio, falta de respeto y de confianza, agresiones verbales y/o físicas, infidelidades, drogas, alcohol, abandonos, desprecios, descalificaciones, divorcio, y muy particularmente: el continuo hablar las peores basuras del otro cónyuge, entre otros miles de situaciones particulares de cada pareja, las cuales me han llevado a pensar, sentir y decidir: - “Yo no quiero eso para mí”.

Son situaciones y circunstancias de su propia situación matrimonial, pero que me han invitado a terminar valorando el matrimonio como algo malo, casi como algo satánico. La verdad es que muchos pacientes han clasificado su relación familiar de origen como: ‘terrible’, ‘era un infierno’, ‘insoportable’, ‘invivible’, ‘de guerra permanente’, ‘inhabitable’, ‘de violencia’, ‘de angustia, miedo y rabia’, entre otras muchas más expresiones igualmente dramáticas.

Entonces, con semejantes antecedentes ¿Cómo voy yo a querer una relación matrimonial? ¿Cómo no se va a instalar una prohibición de pareja en mi sistema de creencias emocionales? Con toda esta carga emocional de rabia, angustia y miedo permanente ¿Cómo no voy a rechazar la posibilidad de encontrar a alguien para repetir lo mismo que mis padres?

No olvides la sabiduría popular: “De tal palo tal astilla”; Porque, aunque la mayoría lo niegue, todos tienen miedo de repetir lo mismo que aprendieron. De hecho, no necesitan ser psicólogos para conocer el principio fundamental de la psicología dinámica: “Sólo sabemos hacer lo que se hizo con nosotros” Shinyashiki (1994, p. 3), indudablemente hablando de lo emocional inconsciente. La realidad de ello es que ‘todo lo que mi papá y mi mamá hacen, es un permiso para yo hacerlo también’. Porque es altamente probable, casi en un 99%, que yo voy a repetir lo aprendido, por aquello del “Pan Mohoso” al cual estoy acostumbrado y particularmente, porque eso fue lo que, de una manera emocional, entendí que era la vida de la relación matrimonial.

Es importante que te recalque que a menos que lo cambie en mí mismo(a), esta prohibición será la que dirija mi vida de pareja. Déjame decirte esto: Yo estoy completamente convencido y seguro que nos hemos equivocado al echarle la culpa al matrimonio como institución. Pienso que el verdadero responsable de estas situaciones no es otro sino la inmensa cantidad de conflictos emocionales que hemos ido pasando de generación en generación, hasta llegar al nivel que hoy en día tenemos. Pero, esto es solamente el principio del origen de la prohibición de pareja, más adelante desarrollaré otros elementos.

      Por otra parte, continúo con algo obvio: ¿Qué es una prohibición? Lo frecuente es que la mayoría de las prohibiciones comiencen con la palabra ‘NO’. Entre millones de ejemplos: no hagas esto, … no hagas aquello, … no te rías, … no hables, … no tengas pareja. En el diccionario aparece la siguiente definición: “Una prohibición es el impedimento que existe de hacer, tocar o usar algo”. En relación con su propósito, me encanta la siguiente observación: “el cometido de la prohibición es disponer limitaciones en la realización de determinadas acciones para así evitar el caos y conseguir una convivencia armoniosa entre las personas” (Recuperado junio 2016 de:

http://www.definicionabc.com/social/prohibicion.php).

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Referencias: 

DefinicionABC. Definición de Prohibición. Recuperado junio 2016 de: http://www.definicionabc.com/social/prohibicion.php

Gibran, K.G. (1983). El Profeta, Argentina: Editorial Pomaire     

Martínez, J.M. (2006). Amores que duran… y duran... y duran. México: Editorial Pax.

Riso, W. (2006). Los Límites del amor. Colombia: Imprelibros S.A.

Shinyashiki, R. (1993). La caricia esencial. Una psicología del afecto. Colombia: Editorial Norma

Tyndale House Foundation. (2010). Santa Biblia, Nueva Traducción Viviente. USA

 

 



domingo, 10 de febrero de 2013

EL SUFRIMIENTO: Realidad Psicológica y Espiritual


              EL SUFRIMIENTO: Realidad Psicológica y Espiritual

por: José Rafael Olivieri Delgado (feb. 2013)

 

“¿Acaso olvidaron las palabras de aliento con que Dios les habló a ustedes como a hijos?

Él dijo: ‘Hijo mío, no tomes a la ligera la disciplina del Señor y no te des por vencido cuando te corrija. Pues el Señor disciplina a los que ama y castiga a todo el que recibe como hijo’”

Hebreos 12:5-6, NTV

 

            El sufrimiento es otro de los temas dentro del consultorio de los cuales no es fácil hablar, pues ¿Quién no ha sufrido en su vida? Cada persona con su particular experiencia personal e íntima consigo mismo, tiene su propia percepción de lo qué es el sufrimiento y de cómo lo ha vivido y padecido. Tanto en sus pensamientos, emociones, acciones como en las consecuencias que el mismo ha generado en su vida y muchas veces, en la vida de los que lo rodean. Más complicado aún es este tema cuando entendemos el dicho popular que dice: “cada cabeza es un mundo” Resulta que en el ámbito de nuestro mundo mental cada uno de nosotros tiene su propio sistema de creencias emocionales, en el mismo se encuentran almacenadas todas las verdades absolutas en las cuales creemos ciegamente.

Cada una de ellas nos sirven para evaluar, sentir, relacionarnos y asumir una posición de ‘ser, estar y sentir’ en relación con cada acontecimiento de nuestra vida y de nuestro mundo. Esto independientemente de si tales creencias son adecuadas o disfuncionales de acuerdo con las decisiones que tomamos y sus consecuencias. Quizás la parte más delicada de dichas creencias sea el hecho de no admitir ningún cuestionamiento a pesar del daño que nos pueden hacer. Resulta que la única posibilidad de revisarlas (modificar o eliminar las inadecuadas y potenciar las adecuadas), será a través de un proceso de cambio y decisión personal (psicoterapéutico o no). Este indudablemente no es fácil de hacer y a su vez, frecuentemente genera mucho sufrimiento durante la transición de dicho cambio.

En lo que corresponde a nuestro tema es necesario entender que el sufrimiento tiene múltiples raíces. Algunas son propias de la experiencia de la persona en su intercambio emocional con sus semejantes (padres, hermanos, amigos, pareja, hijos). Otras vienen como parte obligatoria del complejo y difícil arte de vivir, por el simple hecho de estar en un lugar y en un tiempo determinado: la causalidad, le decimos los psicólogos. Igualmente, de acuerdo con dichas creencias y con nuestra estructura emocional, existen otras muchas situaciones internas y externas que nos hacen sentir ‘mal’. Nos sentimos en caos, fragmentados, en crisis, enfrentados a un sinfín de obstáculos que nos desalientan. Situaciones de fracaso y frustración que nos desvían de nuestros propósitos, destruyen nuestros sueños y esperanzas.

Frente al sufrimiento frecuentemente nos sentimos desordenados, vacíos y en tinieblas, con huecos en el alma, sin encontrarle sentido a la vida ni al sufrimiento en sí mismo. Razones como familias rotas, emociones heridas y llenas de traumas, relaciones imposibles, sueños abandonados, heridas en el alma, sin claridad emocional… todas ellas son parte de los posibles estímulos y caminos que nos pueden llevar a estrellarnos de frente contra el sufrimiento y todo lo que él implica.

Para poder enfrentarnos a ello lo importante será aprender a pasar por encima de todo esto y particularmente, de poder tomar la decisión de continuar sabiendo que no estamos solos, que lo importante es no abandonar, sino llegar a nuestro bienestar. Entonces, como en la mayoría de los temas que trato aquí, solamente voy a dar un breve esbozo de este tópico, para intentar dejar la idea en la cual: aunque nadie quiere sufrir y a nadie le deseamos sufrir, el sufrimiento es una etapa necesaria en la vida de toda persona que pertenece a la raza humana. Dependerá de tu actitud frente al sufrimiento, los resultados que tú obtendrás de él.

            La primera verdad de la vida es esta: que a todos nosotros nos toca sufrir y lo que es peor, nadie me puede garantizar que no me toque seguir sufriendo en el futuro, tal como nos lo recuerda Juan 16:33 al referirse a las palabras de Cristo: “Les he dicho todo lo anterior para que en mí tengan paz. Aquí en el mundo (la vida) tendrán muchas pruebas y tristezas (sufrimiento); pero anímense, porque Yo he vencido al mundo” (NTV). Esto nos garantiza que mientras estemos vivos tendremos que afrontar diversos períodos de sufrimiento y algunos otros de ‘pruebas’ que llegan a nuestra vida.

Para mí lo interesante del tema del sufrimiento en este texto, será la necesidad de mezclar dos de nuestros elementos humanos más íntimos: lo psicológico y lo espiritual. De esta manera podré manejar diferentes aspectos del sufrimiento en un contexto más integral e interdisciplinario. Dado que el mismo es una condición natural e inevitable de nuestras relaciones humanas (mundo psicológico y emocional). Tal como afirma el versículo anterior de Juan, también es una condición ineludible de nuestro tránsito espiritual por nuestra vida. Prueba de ello es que muchas personas vienen a la consulta psicoterapéutica o van al cura, al pastor o a su respectivo representante religioso según su creencia (lo espiritual), en busca de consuelo para su sufrimiento.

La realidad implícita del sufrimiento es que el mismo está unido a las consecuencias de mis decisiones emocionales y a mis percepciones espirituales, en este sentido, diría yo: ‘es 50% emocional y 50% espiritual’. Por ejemplo, si permitimos que nuestra mente sea invadida por los pensamientos y sentimientos asociados al sufrimiento, dejando a nuestra mente libre para rumiar aquellas cosas que nos han hecho daño, que no hemos logrado, nuestros sentimientos de fracaso, soledades, abandonos, heridas no cerradas, … Vamos a terminar siendo víctimas del sufrimiento y de muchas de sus consecuencias, tales como la amargura, el desánimo, la desilusión, la desesperanza y la depresión. Porque a través del sufrimiento nos destruimos en nuestra propia cárcel, hundiéndonos en nuestra desesperación y en nuestra ceguera emocional, incluso cultivamos y propiciamos enfermedades físicas.

Al unirlo a lo espiritual perdemos el sentido de la vida, nuestro propósito, nuestro sentido de realización y superación, nuestros vínculos relacionales con los otros, entre otras más. Por ello es necesario crecer en ambas áreas y aprender a poner filtros emocionales en tu mente, ajustar tus pensamientos, utilizar el escudo del autocontrol, controlar lo que haces y permites estar en tu mente, en tus emociones y en tu percepción espiritual.

Complementando todo esto, no deja de ser cierto que invariable e inevitablemente también existe una carga externa que no controlamos en la causalidad de nuestra vida. En ella el poder de invitarnos al sufrimiento no es nuestro, aquí tendría que mencionar la ley del 80 – 20 (90 – 10) (El principio de Pareto), la cual tú has de evaluar dependiendo del lado de la moneda en que estés (el 80 a tu favor o en tu contra). De todas formas, y en todo caso, siempre tendrás el poder sobre tu propia responsabilidad de canalizar tu situación emocional frente al sufrimiento. Tomando o no las decisiones y acciones necesarias para poder manejarlo adecuadamente y pasar por encima del mismo.

         En el proceso de lo mental sería interesante entender lo que nos enseña Freud (Pervin 1979), cuando habla de la cualidad del Yo que denomina “ELLO”, al igual que Berne (1979) cuando habla del estado del Yo llamado “NIÑO”, lo cual de igual manera lo reafirman, explican y trabajan otros tantos psicólogos y psiquiatras, para comentarnos acerca de la realidad donde: a este nivel emocional de lo primario (lo infantil), nuestra mente está totalmente orientada hacia la búsqueda única y absoluta del placer y por consiguiente, al rechazo y evitación de todo lo opuesto a este, es decir, al sufrimiento (dicha búsqueda del placer es lo que conocemos en psicología como el “Principio del Placer”).

En dicho nivel mental (Ello, Niño) están centradas nuestras emociones, prácticamente todo es inconsciente, allí reside el centro de nuestra energía psíquica, con la cual tomamos la mayoría de nuestras decisiones importantes de vida. El problema central no es que busque y desee lo que me causa placer, el problema es que tal búsqueda es imposible de lograr todo el tiempo y en todas las situaciones de mi vida, y muchísimo menos si se trata de las interrelaciones interpersonales.

Es necesario comprender que el placer, de por sí, es improbable de lograr de forma permanente y continua. La realidad es que estamos sujetos a un mundo real y cambiante en cada instante, donde es imposible perpetuar una situación de placer. Particularmente porque mi sensación de placer dura únicamente hasta que surge una nueva necesidad (física o emocional) dentro de mí. Resulta que los sentimientos y las sensaciones asociadas a mis necesidades son opuestos a dicho placer.

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Referencias:

Berne, E. (1979). ¿Qué dice usted después de decir hola? 9na edición, Barcelona. Ediciones Grijalbo

Cury, A. (2007). Nunca renuncies a tus sueños. Ediciones Minotauro.

Kübler-Ross, E. (1997). La rueda de la vida. España: Zeta

Pervin, Lawrence A. (1979). Personalidad: Teoría, Diagnóstico e Investigación. Cap.4: Una teoría psicodinámica. La teoría psicoanalítica de Freud.

Tyndale House Foundation. (2010). Santa Biblia, Nueva Traducción Viviente. USA