miércoles, 12 de diciembre de 2012

PADRE AUSENTE VS. MUCHA MADRE


PADRE AUSENTE VS. MUCHA MADRE
Por J. Rafael Olivieri

“La realidad es que ambos padres son importantes, cada uno a su manera y sin ambos no se puede lograr la evolución completa y armónica del niño.”
(Abreu, 2000, p.57).

Trabajando con el modelo de familia, aproveché para revisar los planteamientos de Abreu en su libro ‘mucha madre poco padre’ (2000), los cuales son en buena parte, un reflejo de la historia del papel del hombre como padre en la familia. Conversa Abreu acerca de lo que es y de lo que representa la figura del padre, no solamente en la sociedad, sino particularmente, en la familia. Recordemos que la familia es reconocida, casi unánimemente, como la cédula fundamental de la sociedad. Para mi criterio personal, la pareja es en realidad la base incuestionable de la familia, sin la pareja como unidad pronto dejará de existir la familia y, como consecuencia, la sociedad. Ciertamente la realidad “poco padre” está presente desde los principios de la raza humana, pues el padre, léase el hombre, por su misma constitución y sobre todo, por su modelo más independiente, ha estado ausente de su núcleo familiar con una frecuencia ‘demasiado’ alta. Podría afirmar, sin temor a equivocarme, una ausencia no deseada por la esposa, pues entre otras muchas otras cosas, se queda sola, y muchísimo menos deseada por los hijos, quienes pierden (en mayor medida) un modelo de referencia fundamental, no solamente para su realidad personal y presente, sino mayormente para todas las etapas de su desarrollo y de su vida, tanto en el campo físico como emocional, y particularmente, dejando cicatrices permanentes en cada hijo, en sus respectivos procesos psicológico y espiritual.

            Si bien es cierto, que tradicionalmente el hombre es el proveedor y sustentador de su núcleo familiar, por lo cual ha tenido que “ausentarse” para ir a trabajar, a veces por horas, a veces por meses o, incluso años, como es el caso de las guerras, de las cuales muchos no regresan. También es cierto que existen muchos otros motivos para esta ausencia, desde los netamente atribuibles a la más absoluta irresponsabilidad como figura paterna, donde cada día aumenta en mayor proporción esta situación, hasta los casos como el citado por Abreu (2000) cuando señala: “Un padre ausente no es solamente aquel que se ha ido y ha dejado su lugar. También es aquel que no participa, el que no se siente padre. El que a pesar de estar físicamente presente en el hogar está emocionalmente ausente de la familia.” (p. 58). Ésta es quizás la peor de las situaciones, un padre presente pero abandonante, genera modelos de poco afecto y puede invitar a situaciones psicológicas de psicosis (locura) e incluso invitaciones de muerte entre los hijos. Las razones para todos estos motivos, si bien son atribuibles a cantidad de factores de diversas índoles como: físicos, culturales, educacionales, e incluso genéticos (como señala Abreu), también son espirituales y psicológicos, que en mi criterio personal, éstos dos últimos son los más importantes y los de mayor peso, porque destruyen la mente de sus propios hijos. A pesar de cualquier excusa o justificación que pueda dar tanto el propio padre, como cualquier estudio social sobre el tema, la realidad común de todos ellos, es que la decisión final de ser un padre presente o ausente, es sin ligar a dudas, responsabilidad absoluta y única del propio padre.   

            Ser padre, más que un rol en el cuadro familiar y social, es todo un proceso cuya esencia principal es el amor, a sí mismo en primer lugar y, luego a los otros: su familia. En este sentido, el padre como cabeza de la familia no solamente da protección, seguridad, apoyo, sustento, educación, compañía; dicta y enseña las normas, las leyes y los principios éticos y morales; las pautas de cómo vivir en la familia y en la sociedad; modela la figura de autoridad, siendo así mismo modelo de la transición de la familia hacia el mundo exterior y la sociedad. Más importante aún y, por encima de todo, define un modelo de vida que impacta y trasciende como una marca imborrable en los procesos de decisión de la vida de sus hijos. Tanto es esto así, que en el caso de la hembra, ella sin saberlo (inconscientemente diría Freud) seleccionará a su esposo y padre de sus hijos conforme al modelo de su propio padre. Y en el caso del varón, este no sólo seleccionará a su esposa conforme a la interrelación entre su padre y su madre, sino que, él mismo actuará con sus hijos conforme al modelo que su propio padre le dio, al tratarlo de determinada forma tanto él como a cada hijo(a) en particular. Lo que recuerda el refrán popular “Hijo de gato caza ratón”. Porque el modelo tanto del padre como de la madre, más que un ejemplo a seguir, psicológicamente terminan convirtiéndose en la mente de los hijos, en órdenes y mandatos que se deben y tienen que cumplirse, prácticamente sin cuestionarse, tal cual el modelo militar.

            Conforme a esta última idea, Abreu (2000) citando a Corneau dice: “La niña ES, el varón SE HACE” (p.61). Ésta frase, por demás impactante, (en mi criterio personal), abre la puerta a una de las  más acaloradas controversias “psicológicas”, que remueve una de las discusiones más polémicas, es decir lo referente al tema de la homosexualidad. Si bien Abreu lo enfoca al caso del varón, no se puede perder de vista que la homosexualidad es tanto masculina como femenina, y el factor común en ambos (varones y hembras) va a radicar en los modelos y mensajes de las figuras tanto del padre como de la madre. No tiene nada que ver con genes u hormonas, como nos quieren hacer creer ‘los grandes eruditos del tema’, sino que la única verdad, tiene que ver neta y solamente con la realidad psicológica del modelo de familia, de las relaciones interpersonales entre los padres y, de estos con sus hijos. Recuerda que en la Biblia está claramente definido “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Gen. 1:27). Es decir Dios creo a Adán y a Eva, “no a Adán y a Esteban, no a Eva y a Estela” (como le oí a un predicador en la radio).

A este respecto, completando la idea Abreu (2000) indica más adelante: “… para posteriormente ser –el padre- una figura de identificación para los hijos cuando comienzan la búsqueda de su identidad sexual. Este proceso le permite a los hijos integrar plenamente su pertenencia a un rol femenino o masculino.” (p. 60). Cosa que Freud también definió al describir y desarrollar las bases de lo que llamó el “Complejo de Edipo”, ya que la solución final del mismo, tanto para el varón como para la hembra, es la identificación y aceptación plena, adecuada o no, del modelo y del rol del género respectivo. La raíz psicológica puede verse en el texto de Abreu (2000) “…, pero sí pueden presentar problemas con la imagen masculina y lo que ella representa. Y aun más, toda su vida realizarán probablemente esfuerzos para no identificarse con lo masculino.” (p.76). El tema escapa a las dimensiones de este artículo, pero para sentar el punto, y parafraseando la frase de Corneau: el homosexual ‘no nace’, el homosexual ‘se hace’, es su decisión de vida, y su responsabilidad. (Esto es lo que en el libro de las enfermedades mentales DSM, llaman “Trastornos de la identidad sexual”).

            Continuando con el tema: La figura del padre ausente trasciende de la familia a la sociedad, Abreu (2000) indica: “La referencia del padre es esencial en el ámbito individual, familiar y colectivo.” (p.78). En este sentido, ‘poco padre’ deja vacíos no solamente a nivel individual y personal, sino incluso en la estructuración e integración de los hijos a la sociedad, crea entre otras muchas cosas, conflictos de autoridad e irrespeto a las leyes y normas, en su lista Abreu (2000, p.75-77) señala: anorexia, homosexualidad, violencia juvenil, alcoholismo, drogadicción, adolescentes en rebelión, sentimientos de inferioridad, debilidad masculina, pasividad, depresiones, enfermedades… Además deja entrever emociones tales como: la rabia, la ira, el resentimiento, la agresión, el odio y el miedo. Todo ello indudablemente pasa del individuo hacia la sociedad, dando origen así a lo que si bien siempre ha existido (porque siempre han habido padres ausentes): violencia, desintegración social, anarquía, guerras, abusos de poder, criminalidad, asesinatos, etc. Lamentablemente hoy en día esto se ha exponenciado a tal grado que lo consideramos normal, porque precisamente, las figuras de ‘poco padre’ se han multiplicado como nunca antes. Recuerda esto la frase: “cosechamos lo que sembramos”, tristemente es así. Y solamente para dejar una idea abierta al vuelo: es irónico como hay hombres que abandonan a sus propios hijos para ir a criar los hijos de otros hombres, esto es una realidad que también va en aumento.

            Ciertamente, el rol de padre no lo es sin el rol de la madre. Porque la única forma de que un padre puede proteger adecuadamente a sus hijos, es a través de su esposa: la madre de sus hijos. Pero también es cierto, como lo plantea Abreu, que muchas veces existen conflictos entre estos dos roles. Hay disfrazados en ellos una competencia y una lucha de poderes a ver quién manda y quién domina la relación y la familia. Dado que por una parte el hombre debe asumir su rol de padre, bien sea que ya lo haya aprendido de su propio padre, o que lo tenga que aprender con sus propios hijos, y por la otra, la esposa debe darle el lugar, el tiempo, el permiso y la invitación para que el hombre ejerza su rol de padre. Sin embargo, la realidad actual, igualmente cada vez más en aumento, es la de “mucha madre” (50% y 50%). Hoy la llamamos la “súper mujer”, cría sola a sus hijos, les da casa, comida, educación ¡de todo! muchas veces en abundancia, pero no les da a los hijos los que realmente necesitan: a su padre. Asumen y lo dicen (lo cual es una locura) que ellas son papá y mamá y, que los hijos no necesitan de un padre. Lo cual no es sino más del modelaje equivocado del cual hablo, con el cual nos estamos destruyendo a nosotros mismos y a nuestros hijos. Aunque es un tema personal, pero para que vean que no es pura teoría, mi madre era una súper mujer ¡en todo sentido! pero murió de un infarto hace 3,5 años atrás. Aunque amaba a Dios, se olvidó que Él definió en su palabra a la mujer como “vaso frágil” y, que el matrimonio y la familia se construyen en base a la pareja, es decir, dos: Él y Ella, no ella sola.

            Hoy en día alabamos y exaltamos esta figura de la esposa que cría sola a sus hijos, bien sea que botó al marido o que éste la abandonó (la realidad yo sigo afirmando que es 50% y 50%). No te cuento del reconocimiento a la madre soltera (en cualquiera de sus muchas modalidades: el novio la embarazó y se fue, ella se buscó uno que la embarazara y luego lo botó, fue al banco de esperma y listo… -50 y 50-). Tienen mérito, han hecho un esfuerzo impresionante, hay millones de hijos que estamos agradecidos por ello. PERO, sin tan siquiera hubiésemos escuchado y actuado los principios de Dios para el matrimonio y la familia, esta realidad de mucha madre y poco padre, no existiría o, en todo caso sería en un mínima expresión. Lo que ahora parece más un cuento de hadas sería nuestra realidad cotidiana: esposos juntos hasta que la muerte los separe; familias integradas con hijos sanos que formasen nuevas familias; hijos que aman a sus padres en vez de odiarlos; padres que disfrutaran de la compañía de sus hijos y nietos, en vez de quedar en el abandono y la soledad que ellos mismos sembraron. Una realidad que existiría de no habernos olvidado que así como ella es ‘ayuda idónea’ de él en la casa, en el trabajo, en el compartir todo, así, el esposo es igualmente ‘ayuda idónea’ de ella en la casa, en el trabajo, en el compartir todo, y todos en el amor de Dios, sujetos los unos a los otros.

            Finalmente, mucha madre y poco padre, invita a la reflexión, dada la realidad de la ausencia del padre a través de la historia en los núcleos familiares, ¿Es rechazable la figura del padre? La respuesta, como lo deja entrever Abreu (2000), claramente es NO. El padre al igual que la madre es imprescindible, no sólo por las razones ya citadas, repetido por miles de voces en la psicología, la filosofía, y la religión, los cuales han comprendido y anunciado la importancia crítica y fundamental de la figura del padre en la trascendencia familiar, social y de toda la humanidad. Cierto es que para la mayoría de los hijos (por no decir todos), su padre durante cierta etapa de su vida es como “un dios” de donde mana no sólo todo el sustento físico y material sino lo más fundamental: lo emocional y el amor. El hijo que venera, admira y ama a un padre que está presente, con quien establece un contacto diario, de quien recibe calidad humana y espiritual, será después en su propia vida un padre o una madre que transmitirá iguales valores que los que recibió de su padre a sus propios hijos, creando así un ambiente de armonía y amor que trascenderá. Haciendo referencia a la ley de la cosecha, será multiplicado al 101% de generación en generación.

Te invito hombre a asumir tu responsabilidad de ser padre al 101% y,
a ti mujer a ser madre y, dejar que tu esposo cumpla su rol de padre.

Abreu, E. (2000). Mucha madre y poco padre ¿Una antigua realidad en aumento?. Caracas, Venezuela: Fundación Venezuela positiva.

jueves, 29 de noviembre de 2012

¿Yo? ¿Al psicólogo? ¡No!, ¡Yo no estoy loco!


¿Yo? ¿Al psicólogo? ¡No!, ¡Yo no estoy loco!
Por: J. Rafael Olivieri
 
El camino del matrimonio exige que ambos cónyuges renuncien a sus intereses personales cuando estos van en contra de los intereses del matrimonio y que renuncien a todo interés, meta y propósito si estos se oponen a la relación. (Hormachea, 1994, p. 18)
 
Ciertamente siempre he pensado que entre dos posiciones extremas, en el medio de ambas hay un amplio abanico de opciones. Por ejemplo, con relación a la disposición de consultar con un psicoterapeuta, hay países como Estados Unidos que hasta las mascotas tienen su propio psicólogo. Así mismo (no me vayan a creer) en algunas zonas de África, no saben que existen los psicólogos. En el medio de estas dos fronteras, estamos todos los demás, con nuestras diversas variantes, creencias y culturas. Donde en muchas ocasiones, el hecho de visitar a un psicólogo, es un tema que mueve inquietudes, prejuicios y ansiedades; porque como parte del sistema de creencias emocionales de cada persona, muchos afirman que hay que estar locos para ir al psicólogo. Muchas veces he pensado que el que piensa así, es el que necesita más urgentemente ir a consulta, pues es quien tiene menos conciencia de su enfermedad emocional y por supuesto, de su miedo a enfrentarse a ello. A favor de mi gremio, no olvidemos el refrán popular que dice: “de músico, poeta y loco todos tenemos un poco”. Por algo lo dirán.
 
Indudablemente, esa es una de las posiciones más difundidas entre muchísima gente, la idea de que, solamente ‘los locos’ son los que tienen necesidad de visitar a un psicólogo / psiquiatra. La verdad, hasta en eso tengo mis dudas, pues por definición la locura es una pérdida de la capacidad de mantener una conciencia adecuada de la realidad que todos compartimos. Además, si entiendo que la locura es el último mecanismo de protección que usa mi mente, frente a mi carga de conflictos emocionales, para no suicidarme, dado los niveles de angustia y miedo, que los mismos me producen, pudiese así aceptar que: la locura es una opción de sobrevivencia, tomando en cuenta el principio de vida que rige a todos los seres vivos de este nuestro planeta Tierra. No en balde todo es creado por Dios.
 
Ciertamente, la verdad es que la gran mayoría de las personas no están locos, según la definición dada. ¡PERO! Todo el que haya nacido en la Tierra y tenga Papá y Mamá (mil veces más lo que dicen que no los tuvieron), es 100% seguro que están llenos de conflictos emocionales, de decisiones infantiles llenas de traumas, como indica Freud. De géstales abiertas y huecos en la estructura de su personalidad, con falta de contacto consigo mismo y con el mundo, como indican los gestaltistas. De montones de transacciones interpersonales equivocadas, falta de caricias y juegos psicológicos inadecuados, como señala Berne (AT). Todo ello se suma para crear una serie de conductas que generan conflictos, no solamente en la persona en sí misma (miedos, celos, envidia, resentimientos, venganzas, amarguras, soledad…), sino más grave aún, en las relaciones interpersonales con los otros (peleas, separaciones, maltratos, divorcios, violencia, odio…). Si no me crees, pregúntate ¿Cuál es la razón de no ser como quiero ser, de no tener lo que quiero, de no ser feliz con quien estoy…? ¡La respuesta no es culpar al otro, es responsabilizarte de tus decisiones emocionales!  Lo lamentable de esta postura anti-psicólogos, es que existen muchísimas personas que requieren del apoyo psicológico y, en base a su ‘sistema de creencias’, se niegan así mismas esta posibilidad. Limitando por una parte su potencial, no solamente de ser felices, sino de llegar a ser los triunfadores para lo cual fueron diseñados.
 
Pero, la idea de comentar acerca de esta creencia de la que hablo, es que cada vez más, mis pacientes me han estado haciendo referencia a esta afirmación, sobre todo en lo que atañe a la relación de pareja. Te explico: una buena parte de mis pacientes son mujeres (esto no es nuevo), la verdad, en la diferencia de géneros, las mujeres son más sensibles emocionalmente (ojo que tampoco son todas, hay muchas que la rabia y el odio con que viven, les ha quitado lo femenino). La Biblia define a la mujer como “vaso frágil” 1 Pedro 3:7, en otra versión dice: “ya que como mujer es más delicada”. Ellas están más enfocadas en las relaciones interpersonales, en el compartir y, debido a esta fragilidad, expresan una mayor actitud a buscar orientación y asesoría psicológica. A diferencia de los hombres, que están mas orientados a competir unos con otros y a ganar (tampoco son todos, su debilidad y miedo, les ha quitado mucho de lo masculino). Ellos han de ser mas autosuficientes y, no buscan ayuda, a menos que, se sientan en el fondo del poso emocional, por aquello de: “macho que se respeta, hace pipi para’o”.
 
En este sentido, muchas mujeres me han dicho que han invitado a su pareja a venir a terapia (te hablo de las distintas técnicas que usamos: consulta, talleres, grupo, relajaciones, Skype…) y, la respuesta, casi inequívoca de ellos ha sido: “¿Yo?  ¿Al psicólogo? ¡No! ¡Yo no estoy loco!”. Por lo general, es la mujer la que primero se da cuenta del proceso de ruptura que está ocurriendo en la pareja, decidiendo acudir a terapia para encontrar una solución. Al ir comprendiendo las situaciones emocionales que están ocurriendo, donde los dos son igualmente responsables, e indudablemente, por amor, intentando salvar la relación, invita al esposo a compartir dicho proceso, cuya respuesta, en la gran mayoría de los casos, es la ya indicada. Junto con otra mentira más, que es: “nosotros no necesitamos a nadie que nos diga que hacer” (Ciertamente, un Psicólogo que se respete no le dice al paciente que tiene que hacer, en vez de eso, le da opciones, para que el paciente decida por sí mismo que quiere hacer). La esposa acepta esta decisión, pero, al pasar el tiempo y, continuar la situación de deterioro, porque no han habido cambios para solucionar la relación, muchas mujeres, intentado aguantar, en realidad lo que han logrado es que se han llenado de mucha rabia, hasta que inevitablemente, terminan explotando y tomando la decisión de separación. Allí la cosa cambia de color, pues con la rabia desbordada ahora no quiere saber nada del otro, mucho menos arreglar ‘las cosas’. Es en ese momento cuando muchos hombres vienen a terapia para arreglar lo que ya está roto. (La mejor medicina es la preventiva, no la curativa).
 
El hombre se ve enfrentado a una ruptura de “su comodidad y dominio” y, se llena de miedo por la pérdida evidente que le viene encima. Cambiando el panorama a lo que me ha estado sucediendo más recientemente y, que me ha llamado la atención: el hecho de que ahora están viniendo más hombres comentando lo mismo de sus esposas: “doctor yo le he dicho que venga y, me dice que ella no está loca”. A decir verdad, lo que ha pasado es que el hombre, muchas veces también se ha dado cuenta del deterioro de la relación, pero dada su menor sensibilidad (y su orgullo) no comparte la necesidad de orientación de la esposa, pensando que las cosas se van a solucionar ‘solas’. Deja pasar así el tiempo hasta que recibe, como ‘balde de agua fría’ la petición de separación por parte de la esposa. ¡Ahora sí! sale corriendo a buscar al psicólogo. No estoy incluyendo los casos cuando el hombre tiene a otra mujer, pues en la mayoría de las veces, esta situación le da fortaleza y se separa, después, la culpa y las sensaciones de fracaso, lo traen a la consulta (ojo que cada vez más mujeres están entrando en esta opción de tener a otro).
 
La realidad de esta verdad de “unos contra otros” tiene un principio en la motivación inconsciente de NO resolver la problemática de pareja, para terminar casi inevitablemente en la ruptura y separación (divorcio), dada la programación infantil y los conflictos emocionales de cada uno. Como siempre digo: la responsabilidad es 50% él y 50% ella, no en la separación de bienes, sino en todas las acciones que hacen tanto él como ella, para unir o destruir la relación de pareja, según sea el caso. No se caigan a mentiras, la responsabilidad es igual en los dos, eso de echarle la culpa al otro, no es sino para justificar el ‘yo no estoy loco’. Esto que les describo pasa muy frecuente: cuando Ella quiere venir al psicólogo, Él dice que no, cuando Él quiere venir, ahora Ella die que no. A la larga el desenlace inevitable: la separación (lo que ambos buscaban en sus conflictos inconscientes, difícil de aceptar y entender, pero real. Si no ¿Por qué tantas parejas destruidas?).
 
Ciertamente, en la gran mayoría de las parejas, donde uno de los dos decide asistir al psicólogo, es porque ya están, como relación, al borde del precipicio, cuando no, ya están dentro de él. Muchas veces ya uno ha decidido la separación (el de la rabia), incluso ya ha visitado al abogado, mientras que el otro, aunque ya sabia hace mucho tiempo atrás lo que estaba pasando, ahora se enfrenta a una situación real que no quiere (el del miedo), por lo que por lo general, acuerdan como “último recurso” ir al psicólogo para resolver lo que está pasando entre ellos. Muchas personas vienen cuando ya no hay nada que hacer, porque sencillamente el otro no quiere (para que una pareja funcione, ambos deben tener y querer el mismo norte, si no, no hay nada que hacer. Es una decisión individual de cada uno y de la relación en sí misma). Otras veces ya están separados o divorciados y ahora quieren reparar ‘los platos rotos’. La verdad, yo pienso y creo que, sí ambos se lo proponen y se libran de sus conflictos emocionales, pueden construir una nueva relación más sana y que cumpla el propósito “hasta que la muerte los separe”, en felicidad para ambos. En mi criterio personal: toda pareja merece y necesita ‘n’ oportunidades (hay un principio de Dios en eso).
 
El problema del “último recurso” (donde muchas veces meten a Dios en ese paquete, siendo que es una responsabilidad exclusiva de la pareja lo que les está pasando entre ellos y, que por supuesto, Dios no quería que llegaran a estos extremos), es el hecho de que, sí deciden venir al psicólogo, frecuentemente pasa que: con el aprendizaje en el proceso emocional, empiezan a darse cuenta de sus situaciones, hacen ajustes y ven que al cambiar sus conductas y su forma de tratarse, las cosas empiezan a mejorar. Baja la carga de angustia y agresión entre ellos, se recupera la ilusión, la esperanza y, ahora se sienten de nuevo bien. En este momento pasa algo interesante, el que estaba más reacio a venir, empieza a pensar: ya está listo, ya no necesito más psicólogo, con lo cual abandona la terapia y por lo general, le sabotea el proceso al otro. Al poco tiempo ambos empiezan a entrar de nuevo en sus rutinas y conflictos y, para cuando quieren darse cuenta, están metidos en un problema peor que el original, donde ambos piensan: como no funcionó el “último recurso” ya no hay nada que hacer y, por supuesto toman la decisión que han estado buscando: se separan.
 
No le echen la culpa a la terapia, el proceso de decisión es individual y responsabilidad de cada uno, así como también lo es, las consecuencias de cada decisión que tomen. Con frecuencia el que viene de segundo y que es el primero que abandona la terapia (por lo general es Él), al ver que la esposa vuelve a ser cariñosa y a estar más receptiva, se engaña a sí mismo pensando: ‘ya está todo arreglado, no tengo que hacer más nada’. Ciertamente, la esposa (a pesar de la rabia) en su núcleo más vulnerable (vaso frágil) quiere arreglar todo y, hace muchas cosas para que la relación vuelva a funcionar, con lo cual el esposo se confía y abandona los cambios que empezaba a probar. Los hábitos y rutinas se vuelven a instalar en la vida de la pareja y, ya solamente es cuestión de tiempo hasta la desintegración final. La frase de Él va ha ser un juego psicológico que se llama “Mira cómo me he esforzado” (Berne, 1982, p. 111) Porque la realidad es que solamente aparentó querer cambiar, para que las cosas vuelvan a la rutina a la que estaba acostumbrado, sin cambios verdaderos, y la esposa, que no es boba, al darse cuenta del juego y su manipulación, se enciende en su rabia ¡y listo: Divorcio firmado!
 
Existen otras ocasiones, en la que Él, accede que la esposa vaya a terapia, pero, cuando el proceso empieza a funcionar y: la esposa adquiere un mayor amor a sí misma. Define una autonomía más sólida, con una autoestima de autovaloración como ser humano, esposa y mujer, con la cual Ella aprende a sustentarse a sí misma, a definir normas y reglas más equitativas para ambos, cambia patrones y dinámicas conductuales dentro de la relación (y en otros entornos también: padres, familia, laboral…). Ahora el esposo se asusta ¡le están moviendo su piso de comodidad y seguridad! Ahora Él empieza a buscar la forma de detener eso, utiliza expresiones como: “ahora te están volviendo más loca” y, eso es solo el principio. Han llegado incluso a venir a hablar conmigo para ver que les estoy haciendo a sus esposas. La verdad: ¿Yo? ¡Nada! Solamente me limite a mostrarles el mundo emocional en el que vivían, y así, invitarlas a asumir el reto de ser ellas mismas, de ser las triunfadoras de su vida para lo cual fueron diseñadas. Y lo mejor aún: ¡Ellas decidieron su propio cambio! Así el esposo queda con una decisión fundamental: “o corre o, se encarama”, ya no tiene más opciones, pero igualmente, la decisión será de Él.
 
Ustedes saben que las cosas no son tan absolutas y radicales como se las cuento, mucho menos en el mundo de la psicología, donde nosotros los psicólogos / psiquiatras somos unos expertos ‘surfistas’ con nuestra palabra mágica: “Depende”. ¿De qué? Pues de muchos factores, circunstancias y demás elementos, “porque cada cabeza es un mundo” y, es que para “guabinosos” estamos mandados a ser. Lo digo porque ciertamente, sucede en la mayoría de las veces, como se los cuento, pero hay otras muchas opciones, a veces los papeles se invierten: viene Él primero y después Ella. Otras: vienen juntos la primera vez, pero uno no vuelve más y, así hay muchas variantes, cada una con sus detalles particulares, ¡cada relación es única! Lo importante es que la excusa “yo no estoy loco” ha dañado mucho más a la pareja y a las personas individualmente, que cualquier otra expresión, cortándoles la posibilidad de un futuro “conforme al corazón de Dios”.
 
En psicología los temas no se agotan, pero sí es cierto que, cada decisión que tomes será de tu exclusiva responsabilidad y tendrá sus consecuencias.

Referencias:
           Berne, E. (1982). Juegos en que participamos. México. Ed. DIANA.
           Hormachea, D. (1994). Para matrimonios con amor. USA. Ed. UNILIT.


 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 28 de octubre de 2012

YO, EL HOMBRE BIO-PSICO-SOCIAL


YO, EL HOMBRE BIO-PSICO-SOCIAL
Por J. Rafael Olivieri

            El hombre, el  Ser Humano, yo mismo, ha sido retratado a través del conocimiento y de la ciencia dentro de una definición de “Ser Bio-Psico-Social”. Hemos buscado conocernos a nosotros mismos como seres humanos. Desde incluso antes de Platón, de Aristóteles, y de que Sócrates pronunciara su famosa reflexión y exhortación “conoce a ti mismo”. Desde que el hombre tomó conciencia de sí mismo, y se hizo dos primeras preguntas centrales: “¿Quién soy? ¿Qué soy?” ¡Aún hoy estamos buscando responderlas! Lo único cierto que hemos descubierto (y mucho no están de acuerdo) es que, como individuos somos tan efímeros como una mota de polvo en el universo, un suspiro en la infinita bastedad de la eternidad, como dice el Profeta Jeremías “He aquí que como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en las manos de Dios,..” (Cap. 18, v-6).

            Cierto es que nuestra concepción de nosotros mismos ha ido cambiando y evolucionando, conforme como seres humanos hemos ido creciendo, expandiendo no sólo nuestro conocimiento científico y tecnológico, sino también nuestra visión de nosotros mismos. Nos hemos ido dando “calificativos” en la medida que ha evolucionado nuestro conocimiento del hombre. El primero de ellos fue el de Ser Biológico. El hombre atado al cuerpo, a sus limitaciones físicas, a lo que nuestra percepción de nosotros mismos podía palpar. A lo que estaba limitado a nuestros sentidos naturales. Producto de la necesidad de conocer y entender al cuerpo, su constitución, su origen, la vida, la muerte, sus partes. En esa búsqueda surge la definición de la biología, de la medicina, y el hombre pasa a llamarse un ser biológico.

     Posteriormente apareció la necesidad de un segundo calificativo, en realidad “el orden de los factores no altera el producto”. Nos dimos cuenta que podíamos pensar, tener emociones, sentimientos, más aún, las podíamos expresar, manifestar, poner en acción. Así en la búsqueda de una definición, surge del griego la palabra “psique” para representar al alma, como la suma de todas esas partes no materiales del hombre, que sin embargo se reflejan claramente en las acciones del hombre, es decir, en su conducta. Un concepto donde poder cohesionar todo lo que en realidad aún no comprendemos del todo. Ese “algo” que nos hace individuales,  nos identifica, define, califica y a la vez nos diferencia unos de otros: nuestra mente. Con ello nos ganamos un segundo calificativo: Ser Psicológico, y el hombre pasó a ser un ser Bio-Psico.

     Al poder expresar y actuar nuestra individualidad, nos dimos cuenta de que no podíamos estar solos, tan sencillo como que: quien se aísla se pierde. De tal forma que el hombre se integro primero en una familia, luego en un clan, y así los grupos fueron creciendo cada vez más, hasta que nos añadimos el calificativo de Ser Social, porque habitamos en sociedad, dependemos unos de otros, y no podemos subsistir sin el apoyo de los demás. Pasando ahora a convertirnos en un ser Bio-Psico-Social. 

     Pero el asunto de los calificativos no quedó allí. También hicieron aparición en la escena de los calificativos los economistas, los cuales nos definieron como seres económicos, dependientes de una relación comercial, sujetos a las leyes de la oferta y la demanda, con lo cual ampliamos nuestra definición a un ser Bio-Psico-Socio-Económico, pero como dice Morin (1997): ”La visión no compleja de las ciencias humanas, de las ciencias sociales, implica pensar que hay una realidad económica, por una parte, una realidad psicológica, por la otra, una realidad demográfica más allá, etc. Creemos que estas categorías creadas por las universidades son realidades, pero olvidamos que, en lo económico por ejemplo, están las necesidades y los deseos humanos. Detrás del dinero hay todo un mundo de pasiones” (p.100)

Pero cabe ahora la pregunta ¿Define esto al hombre como ser humano? ¿Responde esta definición de nosotros mismos a las preguntas que nos formulamos originalmente? “¿Quién soy? ¿Qué soy?”

            Yo, el hombre digo: ¡NO!, me rehúso a ser catalogado como simples piezas de un rompecabezas. Yo, el hombre, el ser humano, soy mucho más que un conjunto de calificativos y definiciones, por muy bien elaboradas y sustentadas que estén las teorías en las cuales se apoyan tales definiciones. Pero igualmente debo defender con argumentos lógicos mi postura, no puedo pretender presentar mis puntos de vista desde una posición netamente pasional. Reconozco y comparto 7.000 años de historia de la humanidad, antes de eso, por lo menos yo, no he visto comprobación alguna del “BigBang”, ni de la evolución de las especies.

            Pensando en el hombre biológico, aquel que está conformado sólo por simples elementos disgregados según el interés de cada ciencia. Desglosado como mero organismo multicelular, con sistema circulatorio, respiratorio, digestivo, huesos, carne, sangre. ¡Eso soy para la Biología! Calificado de biológico por mi naturaleza material, rebajado a la simple categoría de “animal evolucionado”. Emparentado con los simios, descendiente de un “eslabón perdido”. Con un principio común en las amebas, por allí, hace “n” millones de años, en algún “caldo primitivo”, a merced de una combinación aleatoria, que ni en los más elaborados cálculos probabilísticas es posible. En una suerte de lotería cósmica, que logró hacer que varios átomos (¿De dónde habrán salido?) se unieran en una molécula, y esta a su vez en un organismo unicelular,  luego en multicelular, y finalmente, para evolucionar hasta llegar al hombre. Ante tal relación de hechos, abría que decir: ¡un aplauso a la teoría de la Generación espontánea!        

            No dudo y respeto que desde el punto de vista médico, gracias a los cada vez más grandes avances tanto en el conocimiento, como en la tecnología médica, la especialización se ha vuelto, no sólo necesaria, sino indispensable. El médico de cabecera, que aún hoy en día cumple su noble labor, ha tenido que darle paso al especialista, cada vez más y más “especializado” en su área particular. Pero, igualmente no puedo dejar de compartir con Morin (1997) que: “Se estudia al hombre biológico en el departamento de Biología, como un ser anatómico, fisiológico, etc., y se estudia al hombre cultural en los departamentos de Ciencias Humanas y Sociales. Vamos a estudiar el cerebro como órgano biológico y el espíritu como una realidad psicológica. Olvidamos que uno no existe sin el otro; más aún, que uno es, al mismo tiempo, el otro, si bien son tratados con términos y conceptos diferentes” (p.100).

            En este sentido cada pieza biológica es fundamental, y necesaria, y en la gran mayoría de los casos imprescindible. Al faltar o dañarse cualquiera de ellas el desequilibrio es tan grande, que a veces se siente como una catástrofe. Algunos más pesimistas han llegado a expresar: “no podría vivir sin… (mi uña)”. Lo cierto es, que no somos sin nuestro contexto biológico, necesitamos de cada cédula en nuestro cuerpo, pues cada una tiene una función muy particular, para todo lo que hemos desarrollado en, por y para nuestro medio ambiente. Es más, nuestra capacidad de adaptación biológica, con ayuda de la tecnología, por supuesto, nos ha permitido llegar hasta la luna, y a profundidades submarinas más allá de las imaginadas por las mejores historias de ciencia ficción.

            Reconocemos entonces, basados en tan contundentes hechos empíricos, que definitivamente el hombre es un ser biológico, dependiente de todas sus funciones y sistemas. En un ciclo permanente de desarrollo entre la concepción y la muerte. Un devenir continúo de renovación celular, que en función del tiempo se va deteriorando lentamente, hasta llegar a su destino final, “… hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás” (Génesis, Cáp. 3, v-19)   

            Avanzando en la identificación del hombre, resulta de singular importancia definir cual es la esencia del hombre, cuales son las fronteras de lo humano, es decir, cual es la característica fundamental que hace que el hombre sea hombre y lo diferencia del resto de las criaturas. Aunque hemos profundizado ampliamente, aún no tenemos todas las respuestas claras al respecto. Llevamos miles de años de la mano de la filosofía buscando los elementos más profundos de la esencia del hombre. Ciento y tantos años de la psicología formal y todavía andamos en pañales. Es más, como lo señala Carrel (1955) “El ser humano es demasiado complejo para ser abarcado en su totalidad. Tenemos que dividirle en pequeñas partes por nuestros métodos de observación… Debemos evitar, al mismo tiempo, caer en los errores clásicos de reducirle a un cuerpo…” (p. 74)

            Se plantea entonces la necesidad de reconocer al hombre en su aspecto mental, compuesto de un conjunto de procesos psicológicos. Capaz de pensar, memorizar, aprender, comunicarse. Sujeto a sentimientos y emociones, visibles a través de las manifestaciones conductuales. Hablamos del hombre y su conciencia, de su reconocerse a sí mismo, en palabras de los humanistas, como un ser integral. Según la Gestalt, como un todo mayor que la suma de sus partes. Es el concepto de: “No existe el hombre biológico, desnudo de cultura, de valores desde los cuales exige ser interpretado. Acercarse al hombre, conocerlo, entenderlo, significa interpretar el mundo de significados o valores a través de los cuales todo hombre se expresa, siente y vive; y el sistema de actitudes ante la vida que le dan sentido y coherencia.” (Ortega, Minguez, y Gil 1994, p. 15).

            En este sentido, a la hora de definir la esencia del hombre, se tiene la definición griega clásica del hombre como "Animal racional", donde la racionalidad sería la diferencia específica de lo estrictamente humano. Pero esto va mucho más allá, el hombre es entre otras cosas: motivación, atención, percepción, emoción, aprendizaje, interrelaciones personales, imaginación, memoria, sentimientos, conductas, pensamiento. Todo lo que incluye ese concepto original de “alma” de los griegos, y que nos permite hablar a un buen número de psicólogos (pues no todos están de acuerdo), del mundo mental del hombre, de su psique, con lo cual confirmamos y añadimos una nueva dimensión a nuestro contexto, siendo así el hombre un ser Bio-Psico.    

            Más el ser humano en su búsqueda de cada vez más nuevos horizontes, decidió crear una nueva ciencia, y no sólo eso, sino crear toda una nueva rama: la social. Así es como grandes nombres como el Auguste Comte, Émile Durkhein, Max Weber, saltan al escenario y definen, moldean y dan cuerpo, método y objeto a la Ciencia Social llamada Sociología. La misma estudia al hombre en su medio social, es decir, en el seno de una familia, sociedad, cultura, país, ciudad, clase social, etcétera. La sociología no estudia la sociedad como suma de individuos, sino que estudia las múltiples interacciones de esos individuos que son las que le confieren vida y existencia a lo social.

            El aspecto social del hombre le da sentido a su identidad, lo define y lo sitúa en un contexto de interrelaciones de unos con otros. Así Martínez (1999) indica: “El filósofo Baruch Spinoza afirmó que <el hombre es un animal social>, pero los pensadores existencialistas han puesto un énfasis particular en los dilemas que vive el hombre contemporáneo en una sociedad de masas y estandarizada, en la cual se siente enjaulado, alienado y deshumanizado” (p. 36).

            En esa situación, siendo una lucha entre lo social y lo individual, aunque rodeado de gente por todas partes, el individuo se siente solo ante su propia existencia, que le obliga a encarar sus dudas, miedos y ansiedades, y busca la compañía de los demás solamente como un medio para superar su soledad. Esta idea fue ampliamente desarrollada por Fromm (1982) y definida en su concepto de “la separatidad”, cuando señala:

… todo ello hace de su existencia separada y desunida una insoportable prisión… La vivencia de la separatidad provoca angustia; es, por cierto, la fuente de toda angustia. Estar separado significa estar aislado, sin posibilidad alguna para utilizar mis poderes humanos… La necesidad más profunda del hombre es, entonces, la necesidad de superar su separatidad, de abandonar la prisión de su soledad… y si bien las respuestas son muchas, no son, empero, innumerables… el amor maduro significa unión a condición de preservar la propia integridad, la propia individualidad. El amor es un poder activo en el hombre; un poder que atraviesa las barreras que separan al hombre de sus semejantes y lo une a los demás; el amor lo capacita para superar su sentimiento de aislamiento y separatidad, y no obstante le permite ser él mismo, mantener su integridad. En el amor se da la paradoja de dos seres que se convierten en uno y, no obstante, siguen siendo dos. (pp. 19 – 30)

            Es pues el hombre un ser social, tanto por naturaleza como por necesidad y obligación. Ello está más que comprobado por la naturaleza, mientras existen animales que desde el mismo momento en que nacen, se independizan y desarrollan su propia vida, el hombre requiere de años para poder empezar a caminar con sus propios “pies emocionales”, sin su aspecto social, tan sencillo como que, no sobreviviría y hace mucho tiempo que se hubiese extinguido. Somos en consecuencia un ser Bio-Psico-Social

            Se mencionó al principio a los economistas y a la interacción mercantil que en sociedad debemos compartir, más por desarrollo cultural y social, que por una necesidad biológica. Somos, parafraseando conceptos anteriores, “un animal económico”. Dependemos y existimos por todo el complejo mundo de transacciones económicas impuestas por la sociedad y la cultura. Desde nuestros orígenes hemos mercadeado, primero con el trueque (de productos y servicios), y posteriormente con la utilización de la moneda en sus múltiples formas. Aún en las sociedades más primitivas, donde todo es compartido, existen formas de intercambio comercial. Es pues, igual que las anteriores una forma de definirnos. Somos en consecuencia un ser Bio-Psico-social-Económico.  

            Más el hombre es inquieto por naturaleza, su curiosidad le ha llevado a investigar hasta las causas últimas de todos los aspectos que le atañen. En ese sentido el hombre a pesar de tan múltiple definición y clasificaciones, pues existen unas cuantas más, aún no se sintió completo. Se enfrentó a la sensación de un vacío interior que clama dentro de él, que gime por ser llenado. Que no ha podido ser satisfecho ni siquiera con la expresión del amor maduro de Fromm.

            Sin embargo, esta propuesta del amor, es lo más cercano a la “forma” de ese vacío, y en palabras de Khalil (1975) “Cuando améis no debéis decir <Dios está en mi corazón> sino <estoy en el corazón de Dios>. Y no penséis que podréis dirigir el curso del amor, porque el amor, si os halla dignos, dirigirá él vuestro curso” (p. 21). Su reflexión nos lleva a considerar a la persona de Dios, quien, en base a la teoría creacionista, y más allá de todo el contexto biológico, psicológico, social, económico y demás calificativos que nos podríamos dar, se presenta como el Creador, no sólo de todo lo visible e invisible, sino del Hombre y además en ¡forma personal! Tal como aparece en La Biblia “26- Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza;… 27-Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios los creó; varón y hembra los creó. 28- Y los bendijo Dios,…” (Génesis, Cap. 1, v. 26 – 28).

            La idea anterior se completa al considerar lo expresado en Génesis, Cap. 2 v-7: “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente”. Este pasaje habla del componente principal del ser humano integral, su parte espiritual. Con esta concepción el hombre deja de ser, como lo señalan las posturas anteriores: “un animal”. Se convierte en el verdadero SER HUMANO, incluso más amplio que el concepto humanista. La parte espiritual le da una trascendencia más allá de cualquiera de las ciencias, pues las mismas no consideran lo espiritual al no corresponder con hechos objetivos, y empíricamente demostrables. Y desde su perspectiva cada una tiene razón, pues incluso los objetos de una, son impensables como objeto de estudio de otra cualquiera.

            Bajo la concepción espiritual, el hombre primero es espíritu, luego se hace carne donde integra todo lo biológico. Después de su nacimiento se hace social, de sus interrelaciones con los demás, y de su propia individualidad, forma su mente (lo psicológico). Finalmente, integra lo económico al igual que el resto de los miles de detalles que lo forman. En este sentido puede decirse que el hombre es un ser Bio-Psico-Social-Económico-Espiritual.

            A manera de conclusión, Yo el Hombre, puedo afirmar que realmente el ser humano, es tanto un ser biológico, psicológico, social, económico como espiritual. Donde todos ellos existen en tal grado de interrelación que ninguno tiene existencia separada ni aislada de los otros. Ciertamente somos una totalidad, somos más que la suma de nuestras partes, mucho más de lo que ya hemos estudiado, trascendemos de nuestro pasado, a nuestro presente y, consolidamos un futuro en función de las semillas que estamos sembrando hoy, cada uno de los que pertenecemos a la categoría de ser humano. Sosteniendo mi posición final, me permito alterar el orden de los factores y me declaro, Yo el hombre:
UN SER ESPIRITUAL-BIO-PSICO-SOCIAL-ECONÓMICO.
       
Referencias

Morin, E. (1997). Introducción al pensamiento complejo. Barcelona: Gedisa
Fromm, E. (1982). El arte de amar. España: Ediciones Paidos
Ortega, P., Minguez, R. y Gil, R. (1994). Educación para la convivencia: la tolerancia
      en la escuela. España: Nau Llibres.
Khalil, G. (1975). El profeta. Argentina: Editorial Pomaire
Carrel, A. (1.955). La Incógnita del Hombre. 14ava Edición. México D.F.:
      Editorial Diana.
Martínez, M. (1999). La psicología humanista: Un nuevo paradigma psicológico.
                        México: Trillas. Editorial Unilit. (1960). Santa Biblia, versión Reina – Valera. USA. 

viernes, 24 de agosto de 2012

BASES DE LA PAREJA


BASES DE LA PAREJA
Por: J. Rafael Olivieri
 
Podría hablarse que desde el comienzo mismo de la raza humana, en su necesidad de establecer vínculos con sus semejantes, uno de los más fundamentales ha sido el de establecer relaciones interpersonales signadas por el afecto, particularmente en este caso concreto, el amor de pareja, que, de todas las posibles relaciones que llevan este sello, la relación marital es quizás la más importante, para una gran mayoría de seres humanos. Sin embargo, al parecer, no deja de ser cierto que este tipo de relación entre él y ella, por una multitud de situaciones tanto de índole personal como social, cultural, histórica y de género, termina siendo a la vez paradójica, pues parece ser que, simultáneamente es la que más satisfacciones produce a la pareja, como es a la vez, la que igualmente más conflictos, tanto intra como interindividual, proporciona. Como señala Gray (1992) “crear una relación afectuosa puede presentar a veces cierto número de escollos. Los problemas son inevitables, Pero estos problemas pueden ser o bien fuentes de resentimiento y rechazo o bien oportunidades para profundizar una relación íntima e intensificar el amor, el cuidado y la confianza” (p.21). Más aún, en palabras de Martínez, J.M. (2006) “la relación de pareja es la resultante de un equilibrio de fuerzas antagónicas. Unas que tienden a unir a los miembros de la relación, a las que llamo fuerzas de cohesión, y otras, que impulsan su separación: las fuerzas de disociación” (p.79).
 
De esta forma, ambos elementos: satisfacción y conflicto (cohesión y disociación), están permanente presentes en toda relación de pareja, desde su inicio, ya sea marital o no. Pues en la relación diádica dichos elementos influyen directa y constantemente en el mencionado equilibrio de la pareja, lo que llevaría a un adecuado ajuste marital (acoplarse el uno al otro). Lo importante de este ajuste es que no sólo es de la pareja como tal, sino que impacta en forma individual a cada miembro de la pareja, pues ambos participantes de la díada, dadas sus características personales, en su totalidad, tendrán sus propias expectativas y pautas de referencia, con relación a su sensación y percepción del ajuste o no con su pareja.   Por ello, el manejo tanto de la satisfacción como del conflicto, debe formar parte importante del proceso de ajuste marital en la pareja, pues es deseable que en la misma exista la promesa de compartir el mundo bajo una premisa de crecimiento, unidad y cambio continuos, y de allí, ha de surgir la necesidad de un proceso de ajuste marital, igualmente continuo durante todas las etapas de la pareja.
 
            En este sentido, muchos son los elementos que se encuentran involucrados en el proceso del ajuste marital, los cuales, como se indicó, abarcan por igual tanto a cada miembro de la díada, como a la relación marital como unidad (1 + 1 = 1). Tales elementos, en lo que respecta a los aspectos individuales de cada uno por separado, incluyen igualmente para ambos, entre otras, las características propias de crianza, socialización, educación, sistema de creencias, capacidades cognitivas, emocionales y psicológicas de cada uno, es decir, cada miembro de la relación, tiene su propia historia personal, y que a su vez, han servido para constituirla como la persona que actualmente es. En este sentido, cada uno de ellos es una persona completa, integrada, que aportará a la relación de su propia experiencia de vida y lo compartirá con el otro (sea para bien o para mal).
 
            De igual manera, así como son importantes los aspectos individuales de cada miembro, igualmente lo es la unidad que forman como pareja, y que al margen, de estar o no, legalmente constituidos en un matrimonio, deberán transitar juntos por un tiempo indefinido (preferiblemente permanente), de la forma más armónica posible, para que así puedan constituirse en la pareja o en el matrimonio que, en principio, ambos anhelan. De forma tal que, para lograr un adecuado proceso de ajuste marital en la pareja, será necesario considerar también un aspecto importante, el cual puede englobarse como ‘información adecuada’ tanto de, como sobre y para la pareja. Comunicación que indudablemente debe estar marcada por la honestidad mutua, donde incluso se permite “obviar cierta información” si con ello se evita un daño a la pareja. No hablo de mentir para tapar un error que me pertenece, sino de proteger a mi pareja de información que no necesita y, que de tenerla, solamente causaría más daño que lo pudiese solucionar. Es una delgada línea que muchas veces puede ser mal interpretada y, causar más problemas de los que se quieren evitar, pero igualmente es parte de este proceso de ajuste. Por eso, tratándose de un proceso adaptativo, es requisito, altamente recomendable, la inclusión de los diversos aspectos de relevancia relacionados con la comunicación, elemento sin comparación en el arte de negociar de la pareja, no sólo como medio diario de compartir, sino, por demás crítico en la búsqueda de soluciones frente a los conflictos, que inevitablemente, surgen en toda relación, y mucho más en la relación marital.
 
En la estructuración de una base para la pareja es necesario considerar los tópicos relacionados con las individualidades, semejanzas y diferencias entre Él y Ella, como dos visiones del mundo que necesitan acoplarse a través de la comprensión mutua del uno para con el otro. Los aspectos propios de la pareja, un vínculo anhelado por una gran mayoría de seres humanos, que como señala Fromm (1982) sienten que “La necesidad más profunda del hombre es, entonces, la necesidad de superar su separatidad, de abandonar la prisión de su soledad” (p.20).
 
Indudablemente, debe incluirse los diferentes aspectos del sentimiento, considerado por muchos autores la base de la relación de pareja, es decir, el amor. Tema por demás amplio al igual que polémico, dada la gran variedad de opiniones que sobre el mismo existe, no sólo en el ámbito académico, sino más profusamente en todas las demás esferas artísticas, literarias, medios masivos de comunicación y, por supuesto, en la propia percepción individual de cada ser humano. Al igual que para otro aspecto fundamental de la relación de pareja, el cual crea, dependiendo de las circunstancias de cada diada, tanto ajustes como desajustes, dada su importancia crucial, y muchas veces, razón principal de la consolidación o separación de la unión de la pareja, se habla de la sexualidad y las implicaciones que este tema trae consigo.  
 
Otros tres aspectos que se han considerado importantes para ser incluidos dentro de este unirse y acoplarse de la pareja, son en primer lugar, las diferentes emociones y actitudes que surgen desde el mismo momento de iniciar la relación de pareja, y que se mantienen y perpetúan a lo largo de la misma. Estas pueden transformarse en enemigas o en facilitadoras del proceso de ajuste marital, bien sea entorpeciendo, o incluso, rompiendo la relación, o bien, consolidando y uniendo a la pareja más fuertemente.
 
Igualmente es importante considerar, dada su importancia, las implicaciones y consecuencias, que traen, no sólo a cada individuo por separado, a la pareja como relación, a la familia como producto y finalmente a la sociedad, el hecho de incluir los aspectos relacionados con la infidelidad y el divorcio o ruptura de la relación, por lo demás, desenlaces indeseados y opuestos totalmente a lo que se espera y se busca con el proceso de ajuste marital. El último de estos tres aspectos en consideración, y cabría aquí, recordar la cita Bíblica “los últimos serán los primeros”, es el perdón, que si bien no es el único, pero en mi criterio, es la clave de todo el proceso de ajuste marital y, de una relación de pareja que pretende mantenerse unida a través del tiempo. Tanta es su importancia, que considero que sin el perdón es imposible mantener una relación de las dimensiones a que me refiero, es decir, un proceso de toda la vida.
             
            De igual manera, dadas las implicaciones y alcance de un proceso tan vital como lo es la pareja, es adecuado considerar un espacio para establecer la relación y proximidad del tema del ajuste marital con el asesoramiento psicológico (terapia), como solución a muchos de los problemas que entre ellos se presentan. Por demás, sea dicho como adelanto, es en los tiempos actuales una opción valiosa y prioritaria para muchas parejas, que a pesar de su amor, recursos, capacidades y otros diversos aspectos positivos, en determinadas ocasiones no encuentran una vía de solución a sus posibles conflictos, por lo que buscar apoyo, se convierte en una situación totalmente válida dentro del área del asesoramiento psicológico.
 
Por otra parte, entre las premisas y conceptos que se desean establecer en estos artículos sobre las relaciones de pareja y, que oportunamente se irán desarrollando, en su espacio y momento adecuado, se encuentra el concepto de pareja. Al parecer en la actualidad, dada la reivindicación de los derechos de las minorías, el concepto de pareja ha sido ampliado para así poder incluir modelos no tradicionales de esta relación. Sin embargo, y en base a los autores consultados, tanto en los textos como en las investigaciones referenciadas (entre otros: Dávila (2003); Gordillo (2000); Martínez, J.M. (2006); Moral De La Rubia (2008a y b); Pease y Pease (1999)), para el presente trabajo se considera  el concepto de pareja como: la unión de dos personas: Él y Ella, en un tiempo y un espacio determinado, independientemente de si se trata de una relación con intenciones matrimoniales o no, que eventualmente compartirán metas comunes, en principio, por un tiempo indefinido.
 
Finalmente, en base a lo dicho hasta aquí, he dado un esbozo general del tema que quiero tratar y de los componentes en él incluidos. Clarificando y centrando el tema de conversación en el área del ajuste marital, cuya puesta en práctica y aplicación, considero fundamental para poder lograr el objetivo de la relación de pareja: estar juntos hasta que la muerte nos separe. Donde, dichos artículos, pretenden abarcar sólo una pequeña porción del amplio mundo de las relaciones de pareja. En este caso concreto: las diferencias entre Él y Ella, la relación de pareja, la comunicación, el amor, actitudes y emociones positivas y negativas, la sexualidad, el perdón, entre otros. En los próximos artículos desarrollaré estos aspectos por separado y más profundamente con la intención de sembrar mi granito de arena en mi propósito de apoyar a la pareja en su crecimiento y ajuste, con los cuales puedan lograr las metas que se trazaron al momento de unirse para compartir sus vidas como uno solo.   
 
Referencias

Fromm, E. (1982). El arte de amar. España: Ediciones Paidos.

Gray,  J.  (1992).  Los  hombres  son  de  Marte,  las  mujeres  son  de  Venus.  NY,  
USA: HarperCollins Publishers Inc.
 
Martínez, J.M. (2006). Amores que duran… y duran... y duran. México: Editorial Pax.

miércoles, 8 de agosto de 2012

JUSTIFICADO LA PAREJA


JUSTIFICADO LA PAREJA
Por J. Rafael Olivieri

            Contrario a lo que muchos creen, basados en sus experiencias y conflictos emocionales, establecer una relación de pareja es algo muy sencillo.
Lo importante no es establecer esta relación, sino, responder a dos (2) preguntas claves:
 ¿Para qué quieres una relación de pareja? y ¿Por cuánto tiempo la quieres?
Lamentablemente, la respuesta “verdadera” a estas 2 interrogantes y a muchas otras, solamente se pueden encontrar en las zonas más profundas de la mente inconsciente de cada persona. Donde están definidos la identidad del YO, mi autovaloración y todo mi “Sistema de Creencias”, sobre el cual se sustenta toda mi vida emocional y TODO lo que voy a realizar en mi vida.
            A pesar de que en la matemática de Dios 1 + 1 = 1, la realidad es que se trata de dos (2) personas: El y Ella, cuyas individualidades arrastran las consecuencias emocionales de sus modelos parentales en sus respectivas relaciones de pareja, con los cuales, cada una de estas dos personas aprendieron y definieron a su vez, sus propios modelos de vida y de pareja.
            Voy a realizar a partir de este artículo un desarrollo de mis ideas sobre las parejas y su relación, intentando abarcar en ellos la mayoría de los aspectos que definen dicha relación y, digo “la mayoría” porque sería utópico e ilusorio intentar abarcar “la totalidad” de los elementos que involucra la misma, la cual es a su vez, la relación que más satisfacciones da en la vida, pero también, la que más conflictos emocionales mueve en cada uno de sus integrantes.
            Por ello voy a comenzar con los elementos justificativos de la misma y posteriormente iré construyendo el resto de las ideas al respecto. Algunos textos posiblemente sean extensos y, quizás tengan un contexto “más formal”, pues no me interesa dejar mis ideas en el aire, sino darles el peso teórico que, requiere un tema tan vital como es la pareja. Pero, si te interesa el tema, te pido paciencia y comprensión, pues a falta de otro espacio de expresión de estas inquietudes, por ahora, gracias a Dios, existe este medio de comunicación.
  
Al parecer el ser humano vive de modas, no sólo en lo personal, sino también en sus roles sociales y profesionales. Lo cual pudiese extrapolarse por igual, al caso de las investigaciones y estudios, cuyo tópico principal es equivalente al tema central del presente trabajo, es decir, las relaciones de pareja. Lo digo porque pretendo incluir en paralelo, pesando en la segunda pregunta realizada anteriormente (¿por cuánto tiempo?), un término (psicológico) del cual ya casi no se habla, por no decir que ha quedado obsoleto y relegado en las relaciones actuales de pareja, me refiero al concepto del AJUSTE MARITAL, que aquí lo voy a parafrasear como “Ajuste de Pareja”. En este sentido, puede señalarse que el tema del ajuste marital, entendiendo someramente, este constructo, como el proceso de acoplamiento de los cónyuges durante su vida marital (Díez y Rodríguez (1989); Moral De la Rubia (2008a)), no ha pasado de moda, a pesar de que en el proceso de evolución social que se ha vivido desde la década de 1960, la institución del matrimonio ha sido, al igual que muchas de las instituciones tradicionales, ampliamente cuestionada en todos sus facetas. Incluyéndose, particularmente, en los aspectos de su vigencia y su validez. No obstante, este cuestionamiento acerca del matrimonio, no deja de ser cierto igualmente, que entre las diversas interrelaciones sociales que establecen los seres humanos, quizás la más importante, de su vida adulta, sea precisamente, la de la relación de pareja. Ella representa en muchos casos, uno de los más anhelados vínculos interpersonales, no sólo desde el punto de vista emocional y cultural, sino también psicológico y biológico.

            Una primera razón de la justificación por el interés del tema de las relaciones de pareja y su ajuste, es igual al de muchas otras investigaciones de diversos autores, que plantearon para llevar a cabo su respectivo trabajo investigativo, como razón principal, “el anormal incremento en la tasa de divorcios y la pérdida de indicadores de la estabilidad marital” (Díez y Rodríguez, 1989, p. 395).  Lo cual, según afirman estos autores, están claramente reflejados en la gran cantidad de situaciones de rupturas de parejas, independientemente del estar en el vínculo matrimonial o no. Lo que ha implicado diferentes consecuencias, no sólo a nivel individual de los miembros de las parejas, sino familiar y social.

            Este aspecto del incremento de las tasas de divorcio, puede apreciarse en base a los registros estadísticos nacionales de algunos países de Europa, América Latina y de Venezuela, como dicha tasa ha ido incrementándose ampliamente a medida que han transcurridos los años. Ello puede ser considerado, como una falla del proceso de ajuste marital en dichas parejas. Cabe también destacar que las estadísticas encontradas, sólo se refieren a las rupturas de parejas legalmente constituidas, es decir, propiamente dicho los divorcios, más no consideran un número importante de rupturas de aquellas parejas ‘socialmente’ constituidas, que igualmente hacen vida marital y cohabitan juntos en el mismo hogar, e incluso, en muchos casos, también tienen hijos.  

Otro factor a considerar como justificación de la necesidad de trabajar sobre el área del ajuste de las parejas, quizás de igual importancia social a la del divorcio, pero de posibles consecuencias más profundas, debido a la gravedad de los daños tanto físicos como psicológicos, es la relacionada con el área de la violencia familiar o doméstica. La misma incluye todas las expresiones de violencia a todos los miembros del grupo familiar, que por supuesto incluye tanto a la mujer, a los hijos, y en menor grado al hombre. Cabe la pregunta ¿qué se entiende por violencia familiar? Pues la misma está usualmente asociada a la producida por la agresión física a uno o varios miembros del núcleo familiar. Sin embargo, la realidad es que este tipo de violencia tiene diferentes manifestaciones, las cuales pueden resumirse como: Violencia doméstica, La violencia psicológica y física con el cónyuge, el maltrato infantil y el abuso de los niños. (Campo-Redondo, 2002).
Afirma Campo-Redondo (2002) en su investigación de Orientación de la Violencia Familiar:  

El fenómeno de la violencia familiar y doméstica ha generado controversia en diversos contextos de la vida social venezolana, especialmente en el ámbito jurídico, político, educativo, y sanitario. Duffy y Momirov (1997) lo definen como aquel acto cometido dentro de la familia por uno de sus miembros, que perjudica gravemente la vida, el cuerpo, la dignidad, la integridad psicológica o la libertad de otro miembro de la familia, en las parejas o entre otras personas que en algún momento de su vida han vivido conjuntamente; este acto ocurre casi siempre en la casa y en la intimidad de la familia, generándose un fenómeno oculto y muchas veces no visible al resto de la sociedad. Esto limita la documentación, seguimiento y control de la violencia doméstica hacia la mujer o a los niños. (p.2).

Esta problemática se ve reflejada en los cada vez más abundantes estudios investigativos y el abordaje a todo nivel público y privado, sobre la violencia familiar, lo cual se debe a los altos índices de manifestación de este fenómeno social, que ha adquirido una alta relevancia y que “Aunque las cifras no representan la realidad en su verdadera dimensión, conducen a pensar en la violencia familiar como un problema de salud pública a escala nacional” (Campo-Redondo, 2002, p. 3). Igualmente como respuesta a este problema, en los últimos años se ha venido dando una serie de programas y leyes en defensa de los derechos del niño y la mujer, como alternativas para frenar y erradicar la situación de violencia familiar. Muchos se han dedicado a la búsqueda de las causas que son la semilla de un ambiente familiar hostil y que, consecuentemente, producen una educación errónea en el núcleo familiar. Los cuales han dado como recomendaciones que es urgente que nuestra sociedad adquiera nuevos y mejores hábitos de crianza y convivencia. Incluyendo la prioridad de una reeducación en cuanto al trato familiar, el que lamentablemente para muchos está caracterizado por la violencia, el rechazo y la indiferencia. (García R. y Jiménez, 2005).

En cuanto al aspecto de las causas de este fenómeno, Moreno (1998), las atribuye en parte la violencia familiar venezolana a las condiciones socio-históricas de la familia, la cual mayormente está constituida por la madre y sus hijos, con ausencia real del padre y, a la inexistencia de la pareja como unidad antropológica-estructural que le de solidez a la sociedad para mitigar la violencia. Para Moreno, la familia popular venezolana tiene una estructura matricentrada, en la cual la mujer se percibe como "mujer-madre-de-sus-hijos-trabajo-en-soledad" en donde la figura y la presencia del hombre como padre no existe (p. 229).

De esta forma, afirma Moreno (1998) que existe un gran vacío en la estructura de la familia venezolana, que se relaciona con la presencia de un padre abandonante, cuya única función es la de procrear hijos, sin asumir la paternidad como compromiso de vida. Según este autor, esto produce en la familia descomposición general de valores y afecto. Moreno ha encontrado que al no haber la existencia del padre, la pareja, como unidad que consolida a la familia, tampoco existe, dando pie a situaciones de extrema vulnerabilidad al grupo familiar y que inevitablemente conllevan a una violencia doméstica incontrolable (p. 195).

Tomando en consideración lo hasta aquí comentado respecto al tema de la violencia familiar y el divorcio, con relación al ajuste de la pareja, pues parto de la base hipotética: si existe un buen ajuste marital las manifestaciones de violencia familiar / divorcio no estarán presentes. Con lo cual se busca resaltar la prioridad y la importancia de un adecuado proceso de ajuste marital en la pareja, pues sus alcances implican todas las áreas de la díada, que por supuesto, incluyen la formación de la familia, es decir, de los hijos.

Por otra parte, como consideración adicional a lo anterior y, tomando en cuenta que entre los diversos aspectos que una pareja necesita para llevar a cabo un adecuado proceso de ajuste marital, entre otros muchos aspectos están: el hecho de que cada miembro de la pareja debe ajustarse maritalmente, y particularmente, cada uno debe resolver un número importante de necesidades, tanto individuales como de la pareja como unidad. Balancear las necesidades de ambos de tal forma de satisfacer por igual a cada uno. Consolidar un clima de armonía que debe alcanzar la díada, bajo una atmosfera de respeto del uno por el otro. Clima que debe estar compuesto de reafirmaciones, ratificaciones, de modificaciones, de decisiones que llevan a conservar el deseo de permanecer juntos. Donde la pareja debe compartir metas en un tiempo y en un espacio, y especialmente, tener un mismo conjunto de objetivos.

Así mismo, la inquietud por abordar este tema, surge de una confrontación con la frase (por lo pronto Anónima) “La Familia es la base de la sociedad”. Que en mi criterio personal y, de otros autores como Moreno (1998), Martínez, J.M. (2006), Lidz (1985, c.p. Gordillo, 2000), la pareja es realmente quien cubre este rol de ser la “base”, pues es de la pareja, de donde se constituye y se sustenta la familia y como consecuencia la sociedad. A este respecto Gordillo (2000) dice: “Si la pareja es el origen de la familia definida por Lidz (1985) como la unidad social primaria y agente básico de la socialización y aculturación de sus miembros, es ella la fundadora del espacio para el desarrollo del potencial de las nuevas generaciones. La pareja será la encargada de transmitir su amor, su intimidad y su compromiso a los miembros” (p. 3). Y Bravo C. (s.f.) afirma: “Es la pareja la célula vital de toda sociedad”.

Queda claro que el desarrollo de la idea anterior de por sí, es un tema, que como indica el refrán popular “pica y se extiende”, pues tiene relación no sólo con la elaboración de los constructos ‘Pareja’, ‘Familia’, ‘Sociedad’, entre otros, sino con toda la dinámica social y cultural que como población humana, se ha estado viviendo, en un ámbito mundial, desde el comienzo mismo de la sociedad, hasta el día de hoy. Por ejemplo, en las consideraciones que incluyen Palacios y Rodrigo (1998, p. 35) como consecuencias de una buena estabilidad matrimonial, y por consiguiente, de la familia, señalan: un escenario donde se construyen personas adultas… de preparación donde se aprenden a afrontar retos, así como a asumir responsabilidades y compromisos… de encuentro intergeneracional… y, es una red de apoyo social para las diversas transiciones vitales que ha de realizar el adulto.

De igual forma, existen autores que no comparten este criterio, o lo hacen en forma parcial. Por ejemplo, en el caso de Ackerman (1982) el señala que “No es cierto que la familia es la base de la sociedad, sino más bien es la sociedad la que moldea la forma y funcionamiento de la familia para su mayor efectividad social” (p. 155). Para Lidz y cols. (1974) “La familia es el primer maestro de la interacción social y la reactividad emocional; enseña a través de su medio y de la comunicación no verbal, más que a través de la educación formal” (p. 86). En el caso de Rios (1980) “La familia cultiva y promueve, de manera más o menos clara, un conjunto de valores que, quiérase o no, entra en colisión con el defendido por otros sub-grupos que conviven en el mismo contexto sociocultural” (p. 66).

            En tal sentido, podría afirmarse que el ajuste de pareja tiene implicaciones que van más allá de la pareja misma, es decir, su adecuado acoplamiento o no, incidirá directamente sobre los miembros de la pareja, los hijos (la descendencia en general), y la sociedad misma. Muchos autores han alertado sobre las implicaciones de esta situación de ajuste /desajuste, tales son los casos de: Abreu (2000) “La realidad es que ambos padres son importantes, cada uno a su manera y sin ambos no se puede lograr la evolución completa y armónica del niño.” (p.57). Marcellus (2000) “Si el derecho del ser humano a la vida se pierde, selectivamente primero y progresivamente después, la sociedad humana misma comienza a destruirse.” (p. 672). Bello y cols. (2002) cuando alude a las implicaciones sobre la sociedad dice: “… son y seguirán siendo complejas como compleja es toda reflexión que anude con la moral y que desafíe, abiertamente, a la racionalidad de la persona humana.” (p.xxiii). La posición de Varma (2005) que realiza un amplio esbozo de la problemática real de la violencia dirigida hacia los niños en base a “nueve conceptos” (p.22), que son: Cuestiones de desarrollo, Factores sociales, Pérdida, Cambio, Trauma, Violencia, “Chivoexpiatorismo”, Ocultamiento y Cultura. Perinat y cols. (2003) que hablan del mundo de incertidumbre y miedo que viven muchos adolescentes de familias desintegradas.

            Por otra parte, cabe mencionar que en prácticamente la totalidad de las investigaciones revisadas sobre el ajuste marital, así como los textos que se relacionan con el tema, todos han trabajado con, o se refieren a muestras compuestas por parejas casadas, es decir, en el vínculo del matrimonio. Esto llamó mi atención, pues, tomando en consideración la evolución social, los cuestionamientos al matrimonio, la tendencia social globalizada de sólo vivir en pareja, las tasas de divorcio estadísticamente en aumento, y otros factores más, mencionados y por mencionar, es necesario, considerar si el tema del ajuste marital, tiene todavía validez o no, y si es factible su aplicabilidad como tema de discusión en este espacio.
           
Con la finalidad de hacer una validación más sólida, de mis inquietudes del tema, realicé una exploración inicial de una posible población, considerando dos muestras, una de estudiantes universitarios de la U.C.V. (constituida por 120 personas), y otra de personas no U.C.V. (60 en total). Los resultados de la misma, permiten por una parte confirmar, en la muestra indicada, que el ajuste marital sigue siendo una opción completamente válida de ser abordada, pues de la muestra total de 180 personas el 88,3% aún prefiere la opción del matrimonio, mientras que el 11,6% manifestó preferir el vivir en pareja, sin el vínculo legal del matrimonio. Esto sirve para establecer una premisa adicional, en función de la minoría, que el ajuste marital no sólo debe ser considerado para las parejas legalmente casadas, sino que por igual, es conveniente extrapolarlo a cualquier relación de pareja, es decir a la unión de un El y una Ella.

            Finalmente, mi preocupación principal radica en el hecho de que cada vez más y más personas, presas de sus conflictos emocionales, INCONSCIENTES de todas sus prohibiciones de pareja y de familia, se están enfrentando a la esclavitud de dos monstros terroríficos de nuestra sociedad actual: el divorcio y la soledad. Con lo que inevitablemente se está destruyendo a la pareja y, por ende, a la familia y a la sociedad. Yo lo repito con frecuencia cuando hablo sobre el modelo conductual de las relaciones de pareja (como una interpretación del versículo Éxodo 20:5 “No te inclinarás ante ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos”), es decir: (1ra generación): los abuelos vivieron juntos hasta su muerte; (2da generación): los padres se divorciaron; (3ra generación): Los hijos ya no se quieren casar, se ponen a vivir juntos, cuando se fastidian: cambian de pareja –una y otra vez-; (4ta generación) los nietos “son hijos de la calle”. ¿En cual generación estás tú?

            Hay cambios que hacer empezando por mí mismo, PERO, con el modelo emocional que hemos aprendido, llenos de orgullo y soberbia, donde el otro siempre es el culpable y yo no necesito ayuda, ¿quién podrá salvarse de la autodestrucción que estamos sembrando?

Aprende: ES TU RESPONSABILIDAD, NO LA DE NADIE MÁS


Referencias: (cito algunas, si las necesitas específicas me avisas)

Ackerman, N. (1982). The strength of family Therapy. New York: Editorial Brunner/Mazel  Inc.

Campo-Redondo,  M.  (2002).  Orientación  de  la  Violencia  Familiar  y  Aprendizaje  del Componente Intersubjetivo a través de una Didáctica Constructivista. Fermentum Rev. Vzlana. de Soc. y Ant. v.34 Mérida mayo 2002. Recuperado 02.04.2010 de:
http://www2.scielo.org.ve/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0798-30692002000200010&lng=es&nrm=iso
Díez  Bolaños,  y  Rodríguez,  A.   (1989).  Efectos  de  la  inequidad  sobre  el  ajuste  y la satisfacción marital en la mujer. Recuperado 03-09-2009 de:
           http://scholar.google.co.ve/scholar?q=ajuste+marital&hl=es&btnG=Buscar&lr=lang_es

Gordillo  Ardines,  B.   A.  (2000).   Relación   entre   experiencias   tempranas  parentales,satisfacción marital e inteligencia emocional. Tesis Maestría. Orientación Familiar. Coordinación de Maestrías en Psicología, Departamento de Educación y Psicología, Universidad  Iberoamericana -  Golfo  Centro.  Junio.  Recuperado  21-09-2009 de:
http://catarina.udlap.mx/u_dl_a/tales/documentos/mof/gordillo_a_ba/portada.html

Moreno, A. (1998). Historia de Vida de Felicia Valera. Fondo Editorial CONICIT. Caracas,Venezuela