viernes, 11 de mayo de 2018

EL ARTE DEL PERDÓN: La clave para decidir mi libertad y mi paz emocional

EL ARTE DEL PERDÓN: La clave para decidir mi libertad y mi paz emocional
Por: J. Rafael Olivieri  (mayo de 2018)

“Como ellos seguían exigiéndole una respuesta, él se incorporó nuevamente y les dijo:
«¡Muy bien, pero el que nunca haya pecado que tire la primera piedra!». Luego volvió a inclinarse y siguió escribiendo en el polvo. Al oír eso, los acusadores se fueron retirando uno tras otro, comenzando por los de más edad, hasta que quedaron solo Jesús y la mujer en medio de la multitud. Entonces Jesús se incorporó de nuevo y le dijo a la mujer:
— ¿Dónde están los que te acusaban? ¿Ni uno de ellos te condenó? —Ni uno, Señor —dijo ella. —Yo tampoco —le dijo Jesús—. Vete y no peques más” (Juan 8:7-11)
           

INTRODUCCIÓN

            Vivía con una sensación extraña e incómoda, como si alguien, desde atrás de mí, mirase permanentemente sobre mi hombro. Decidí mirarme al espejo con detenimiento y, lo descubrí: ¡era el perdón! Estaba allí desde hace muchísimo tiempo, esperando a que yo lo viera a él. Entonces me miró y me dijo: -‘El profundo dolor que corroe tu alma, y te mantiene en tu prisión, es porque no has permitido que tu amor florezca y de frutos. Yo el Perdón soy el fruto de tu amor y, la clave para decidir tu libertad y tu paz emocional’-. Aturdido con esta declaración, tuve la osadía de preguntar: -¿Y para mi paz espiritual?- A lo que el Perdón me contestó: -‘Al igual que tu amor, tu vida y tu perdón, tu espíritu te pertenece y todos juntos son tu decisión mientras estas aquí. Pero “…acuérdate de tu Creador… Pues ese día el polvo volverá a la tierra, y el espíritu regresará a Dios, que fue quien lo dio” (Eclesiastés 12:6-7, NTV)’-. Inicio con este cuento uno de los temas más álgidos a los que me he enfrentado: El Perdón. Éste es uno de los contextos más repetidos y a la vez más eludidos, por todos los seres humanos. Considero que no hay persona que no se haya visto enfrentada a este tema, ni expresión artística o literaria, en el campo emocional, cuyo autor no haya tocado el tema del Perdón. Y sin embargo, no estamos seguros de qué es esto y de cómo funciona. Pues el perdón representa uno de los mayores procesos emocionales, el cual me enfrenta a una desesperante batalla interior, entre mi Yo capaz de decidir y, mi Yo atrapado entre mis emociones de odio y resentimiento. El perdón es eso y mucho más, el perdón es un arte, el arte de vivir en libertad emocional. En esencia es una decisión, que involucra emociones, pensamientos y acciones. Involucra mi mente, mi alma, mi cuerpo y mi espíritu. En el inicio de su proceso, termina siendo, primero una poderosa guerra conmigo mismo, un debate angustiante en una agotadora lucha interior, entre mi decisión de perdonar y, mis emociones egoístas de justicia y venganza, las cuales me carcomen internamente. Pero que una vez ha vencido mi decisión de perdonar, finalmente el perdón se convierte en mi mayor libertad, y la mejor expresión de mi amor a mí mismo, construyendo en mí todo un remanso de paz emocional, corporal y espiritual. “El perdón es una decisión, no un sentimiento, porque cuando perdonamos no sentimos más la ofensa, no sentimos más rencor. Perdona, que perdonando tendrás en paz tu alma y la tendrá el que te ofendió.” (Teresa de Calcuta, s/r). El perdón es la solución final a una de las realidades más dramáticas de nuestra verdad humana: vivimos en un mundo de aflicciones y sufrimientos, como señala Juan 16:33: “Les digo todo esto para que encuentren paz en su unión conmigo. En el mundo, ustedes habrán de sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo” (DHH). Ha sido, es y será inevitable que en muchos momentos de mi vida me vea afectado por el dolor de una ofensa, real o imaginaria, válida o injusta, de alguien muy cercano o de un enemigo desconocido, pero dolor y aflicción serán parte de mi vida. Por eso la necesidad de hacerme uno con el perdón, pues éste es la clave para decidir mi libertad y mi paz emocional, física y espiritual, por amor a mí y a los otros.

En mi reflexión, pienso que la dificultad que encuentra la mayoría de las personas, en un tema tan álgido como lo es el perdón, es el hecho de no tener claro que, lo importante del perdón es que no se trata del otro, (te lo repito, ¡no se trata del otro!), sino que lo importante, al perdonar a ese otro, es que el único verdaderamente beneficiado voy a ser yo mismo, porque realmente al final del proceso, yo soy lo que más importa. Se trata de mi liberación de una serie de emociones negativas que me destruyen lentamente. Como dice Coelho (2013): “La falta de perdón es el veneno más destructivo para el espíritu ya que neutraliza los recursos emocionales que tienes” (s/r). Realmente, la falta de perdón es mi propio infierno, donde el dolor y el sufrimiento continuo, en mi pensamiento, emociones y acciones, además de destruir mi cuerpo, destruyen mi mente, mi alma,  mi espíritu y, mis relaciones con los demás, especialmente con los que amo. La falta de perdón me arrastra por una montaña rusa de emociones, desde el odio hasta la tristeza y la depresión profunda, las cuales me destruyen y me imposibilitan vivir. No conocer ni entender la esencia del arte de perdonar, se convierte en nuestro peor enemigo. Lo digo porque en mi criterio, el perdón es el acto final y, la mayor expresión, del amor a mí mismo. Para mí, el perdón es imposible, si primero no me amo a mí mismo sana y plenamente. Donde el amarme a mí mismo es un proceso que debe construirse poco a poco, a través de la comprensión, utilización y aplicación de mis recursos emocionales, intelectuales y espirituales, es decir, de mí mismo en mi totalidad. Lo ubico dentro de un proceso complejo, aunque por su parte Sádaba (1995) señala que el “perdón, en principio, no es una palabra llena de misterios. La usamos con tanta profusión que la consideramos familiar, un útil a mano que sirve, diariamente, no sólo a la comunicación sino para calmar o equilibrar estados de ánimo” (p.13). Igualmente dice: “Su significado latino (perdonare) nos ha llegado como una pieza de borrador, un medio para saldar una deuda. Para favorecer, en suma, a otros de manera gratuita, limpia, elegante y hasta magnánima” (p.13). Es decir, encontrarás muchos puntos de vista diferentes al respecto. Por mi parte y, como todos mis artículos anteriores, éste no es diferente, en cuanto que expresa mis experiencias, pensamientos, vivencias y modo de ver las cosas de mi práctica como psicólogo, en la relación con cada uno de mis pacientes. En pocas (o muchas) palabras, expresa lo que siento, lo que pienso y lo que yo soy hoy. Es por eso, que para que las palabras que aquí se escriben te ayuden a ti, es necesario que te des el permiso de revisarlas, creerlas, aceptarlas y de ponerlas en práctica para ti mismo, al igual que para los otros. No te servirá tragarte todo el contenido de un solo golpe, ni simplemente subrayar las ideas que más te gusten, debes meditarlo poco a poco, integrarlo a ti, comprobar su verdad y su valor para ti. Solamente una vez que te hayas convencido de ellas, podrán trabajar junto a tu amor a ti, a tu decisión, a tu fe y a tu poder de creer en ti mismo, para iniciar tu camino de regreso a tu verdadero yo de amor, hacia tu propia autorrealización, y hacia tu perdón a ti mismo y a los otros. “El que es incapaz de perdonar es incapaz de amar” (Martin L. King. s/r).

            Lamentablemente el tema del perdón está muy profundamente ligado a una fe religiosa. Lejos de tal cosa, voy a intentar desprender al perdón de este mito, pues aunque mantengo mis raíces Cristo-céntricas, no dejo de ser un psicólogo humanista. Intento presentarte el perdón como la totalidad que integra tanto el mundo psicológico como el espiritual, pues ambos no son mutuamente excluyentes. Por el contrario, ambos se integran profundamente en este tema del arte del perdón. Al unirlos involucro mi mayor poder de lo mental: mi capacidad de decisión, junto a mi mayor poder espiritual y emocional: mi decisión de amarme a mí mismo. Decisión de amarme no desde la posición egoísta de un amor solamente para y por mí, narcisista diría yo, sino de un amor capaz de crecer y ser compartido con los otros. No sé qué fe religiosa practiques, o si crees en Dios, tal vez pienses como muchos que el arte de perdonar es solo potestad de tu dios, que es un don divino solamente de él, si es así, entonces tienes un concepto equivocado entre tus manos, y aquí no encontrarás las respuestas que buscas. Te lo digo porque debemos partir por conocer, saber y creer que el perdón además de ser un regalo de Dios hacia el hombre, también es un proceso de la voluntad y decisión del ser humano, para que al perdonar demos una parte de nosotros y de nuestro amor a los demás. Tanto es así que en el Libro de Génesis 1:26 dice: “Después dijo Dios: <Hagamos al hombre a imagen nuestra, según semejanza;...>",  y en el V.27 dice: "Y creó Dios al hombre a imagen suya; a imagen de Dios lo creó; varón y hembra  los  creó". En este sentido somos entonces portadores de la esencia misma de Dios, la cual es: el amor y el perdón. En la medida en que manifestamos esta esencia a los demás, Dios está presente en nosotros y se expresa a través de nosotros. Este es uno de los principios del arte del perdón: saber que tú tienes la capacidad de decidir y, el don para perdonar no sólo a los demás, sino principalmente a ti mismo. Usarlo con sabiduría es tu decisión y responsabilidad. “El autoperdón implica buscar el perdón y la reparación de los daños de aquellos que resultaron heridos por tus acciones (los cuales, posiblemente, también te hirieron a ti)”. (Robert Enright, s/r).

La experiencia del perdón en cualquiera de sus variantes, es en sí misma impactante y emocionalmente agotadora, y ello implica un proceso continuo e integral de crecimiento y superación tanto en pensamientos, emociones y sentimientos, como en acciones. Esto me recuerda algo que he leído en varios libros: …Cuando la mente del hombre se abre a una nueva idea, nunca vuelve a su dimensión anterior, inicia un viaje sin retorno hacia una nueva conciencia, hacia una nueva forma ser. Parafraseándolo, podría decir que la primera experiencia de amor y perdón verdadero, crean el principio de nuestra propia realización interior y, de una nueva visión y percepción de nosotros mismos. La cual nos permite construir una fortaleza interior, más que para protegernos de los demás, para compartir y dar de aquello de lo que estamos llenos. Como dice Lucas 6:45 “El que es bueno, de la bondad que atesora en el corazón produce el bien; pero el que es malo, de su maldad produce el mal, porque de lo que abunda en el corazón habla la boca” (NVI). A través de mi amor y de mi perdón tengo el poder de manejar mis propios límites, de abrirme en seguridad y confianza. Es mi decisión absoluta: mi vida me pertenece y, es mi forma personal y única de amarme a mí y a los demás. Porque más allá de la realidad de uno de los secretos más profundos del ser humano, el cual es que ‘somos seres espirituales con una experiencia humana’, lo paradójico del hombre es que pasa su vida buscando superar su sensación interior de soledad y vacío. Ésta nace precisamente del poder más grande que poseo como ser humano: mi conciencia de mí mismo como individuo separado e independiente. Es este conocimiento de mi separación lo que me impulsa, lo que crea en mí, mi necesidad de superar mi soledad. La razón es simple: quien se aísla se pierde. Así tenemos, que una parte de la esencia del perdón está basada en el conocimiento de que somos individuos únicos, a los que solamente se nos ha sido otorgada una única oportunidad de vivir. La calidad de mi vida es mi decisión y me pertenece exclusivamente a mí mismo. Por ello, es ahora entonces, que podemos tomar la decisión de perdonar, apartar de nosotros la carga que representa arrastrar nuestros rencores, culpas, resentimientos y demás espinas del ayer. El perdón a los demás y a mí mismo me libera de esta carga, me da el permiso para ser un individuo libre, con capacidad para amarme a mí mismo y a los demás. Para unirme a los otros sin el miedo a que me hagan daño. Con el pleno conocimiento de que esa libertad, y ese perdón, me dan la fuerza y el poder de ser yo mismo el único responsables de mis emociones, sentimientos, decisiones y acciones. Quitándole de esta manera, el poder a los demás sobre mí. Minimizando y eliminando así mis miedos interiores, en relación con mis emociones y sentimientos de soledad, y en particular, potenciando cada vez más el amor y el perdón a mí mismo y a los demás. “El perdón es un regalo silencioso que dejas en el umbral de la puerta de aquellos que te han hecho daño” (Robert Enright, s/r).   

Antes de empezar a profundizar en el tema, sería buena una advertencia previa amigo lector. El perdón no puede ser tomado a la ligera, ni debe ser usado para manipular a otros. El perdón es una experiencia única y personal, basada en el amor a mí mismo y a los demás. No es un simple saludo a otra persona. No debe ser interpretado como algo ligero ni superfluo, no es para salir del paso, o cumplir con un formalismo social, para que otros vean cuan noble soy. El arte del perdón es una experiencia que transforma mi vida y mis circunstancias, tanto presentes como pasadas. Es el acto necesario para poder cerrar los círculos de odio que consumen mi vida, permitiéndome librarme del pasado. Se hace imprescindible para poder desatarme de las cadenas de amargura que me mantienen prisionero de mis propios resentimientos y, de mi dependencia enferma de las ofensas (reales o no) que asumo que recibí de los otros. El perdón es la entrega de mi alma sin condiciones ni barreras. No es un permiso para cometer faltas y escudarme después en el perdón. No puedo reclamarlo ni exigirlo para mí, porque tiene que ser dado en forma auténtica, debe ser entregado desde el amor. No puedo abusar de él porque no me servirá, sí lo usara tan superficialmente, nadie lo valoraría de esa manera. Con el perdón asumo mi responsabilidad y mi compromiso conmigo mismo y con los demás. Como señala Coelho (2013): “El perdón es una expresión de amor”, es decir, estamos en presencia de palabras mayores. Palabras que me permiten deshacerme de la carga emocional que carcome mi alma y, del dolor que me incapacita, cuando solamente vivo recordando las heridas que me causaron aquellas personas, cercanas o no. Cuando me agredieron, me decepcionaron, traicionaron o, simplemente cuando los hechos y mis sentimientos, me hicieron sentir o creer que me habían ofendido, al tratarme injustamente o, como yo pensaba que no me lo merecía. La decisión de perdonar es la clave de mi propia libertad y paz emocional. Tal como señala Facundo Cabral (s/r): “Perdona a todos y perdónate a ti mismo, no hay liberación más grande que el perdón; no hay nada como vivir sin enemigos. Nada peor para la cabeza, y por lo tanto para el cuerpo, que el miedo, la culpa, el resentimiento y la crítica (agotadora y vana tarea), que te hace juez y cómplice de lo que te disgusta”. Tenemos entonces en el perdón, una palabra sencilla y continuamente repetida, pero con una profundidad y consecuencias muchas veces inmedibles, pues me permite soltar las anclas que me mantienen inmóvil en mi propia miseria humana. Liberándome y permitiéndome tomar completamente mi decisión y mi derecho, de mi propia realización y satisfacción personal, no sólo para mí, sino alcanzando a los que me rodean también.


DEFINIENDO ¿QUÉ ES EL PERDÓN?
           
El Perdón posee miles de autores que han hablado sobre él, miles de definiciones se han dado para comprenderlo, miles de interpretaciones para poderlo aproximar a cada uno de nosotros, y así poderlo entender y manejar. Pero a pesar de todo lo que se ha dicho, ¿Qué es el Perdón? Tenemos que desde su definición original en el griego, se asocia con la palabra “afiemi”, que entre sus diferentes significados está: ‘poner en libertad, liberar a alguien, dejar ir, soltar, cancelar’. Esa es la esencia del perdón: soltar, dejar ir, liberarte de todo lo que te está consumiendo y enfermando, porque sencillamente ni te amas, ni te valoras, sino que le entregas tu paz y tu vida a tu agresor. En otra definición se encuentra que la palabra perdonar viene del prefijo ‘per’ que indica una acción completa y total. Y la palabra ‘donare’ que es regalar. En este sentido es un acto de total generosidad por parte del que perdona. Es decir, es un regalo definitivo. Yo pudiera enfocarlo desde el punto de vista de regalar todo mi odio y resentimiento a la persona que me lo hizo sentir, pues yo no quiero y no necesito quedarme con esos sentimientos destructivos, ni en mi vida, ni en mis relaciones. Así que lo mejor que puedo hacer es devolvérselo a mi agresor. Otra acepción del prefijo ‘per’ se refiere al acto de ‘seguir dando’. En este caso el perdón es un acto de dar continuamente: “Sí amar es dar, perdonar es seguir amando” (s/r). Por otra parte, sus orígenes tienen en común la idea de liberar a un ofensor de la culpa y, restaurar la relación personal que existía antes de la ofensa. Sin embargo, esta idea pudiese estar errada desde el punto de vista central del perdón: que aunque el otro puede salir beneficiado al liberarlo de su ‘cargo de culpable’, y por lo tanto, de su merecido castigo (lo cual no se aplica en el concepto del perdón verdadero), pues el culpable que por la justicia fue condenado, debería seguir en su condena, independientemente de si lo perdono o no. El asunto es que el verdadero beneficiado, desde todos los enfoques, es el que perdona, es decir: Yo mismo. Coelho (2013) lo expresa mejor: “Creemos erradamente que el perdón debe de conducirnos inexorablemente a la reconciliación con el agresor. Pensamos que perdonar es hacernos íntimos amigos de nuestro agresor y por tal motivo lo rechazamos. No implica eso para nada, el perdón es ÚNICAMENTE PARA TI y para nadie más. No hay que esperar que la persona que nos agredió cambie o modifique su conducta pues lo más probable es que ésta persona no cambie, y es más, a veces se ponen hasta peor” (s/r). En definitiva, el otro no tiene ninguna necesidad de enterarse de que yo lo perdoné. A menos que yo tenga el deseo y la intención, de querer reestablecer mi relación con el otro, lo cual requiere de otras acciones complementarias. Una vez más, perdonar es un proceso personal, individual, que me pertenece exclusivamente a mí, y aunque suene paradójico, el otro no tiene nada que ver en mi proceso y decisión de perdonarlo. ¿Interesante no? 

Encontramos en otras definiciones lo siguiente: “El perdón es la acción por la que una persona disculpa a otro una acción considerada como ofensa, renunciando eventualmente a vengarse, o reclamar un justo castigo o restitución, optando por no tener en cuenta la ofensa en el futuro, de modo que las relaciones entre ofensor perdonado y ofendido perdonante no queden más o menos afectadas” (https://es.wikipedia.org/wiki/Perd%C3%B3n). Si mezclo esta afirmación con lo que señala Sádaba (1995): “Lo decisivo es que se anula la deuda, que la donación es total, que no deja huellas. Ése es, efectivamente, el perdón. Un perdón que no sólo remite la deuda de la ofensa sino que supone un cambio en los sentimientos de quien perdona” (p.129), quiere esto decir que encontramos la remisión de la ofensa, pero sobre todo, el cambio en los sentimientos del que perdona. Ese es el núcleo central del perdón: te cambia a ti, y eso desde el punto de vista emocional, es lo único que realmente importa. Eso es lo que buscamos en un proceso terapéutico: que tú seas el que cambie, el otro no es prioritario. Por su parte, en el diccionario Larousse (2004) se define el perdón como: “Acción de perdonar. Con perdón, dícese para excusarse por decir o hacer algo que molesta a otro” (p.784). Mientras que en otro contexto, en el nuevo diccionario de la Biblia el termino perdón se define como: “Es el acto de no retribuir las ofensas con el castigo merecido” (p.817). El asunto aquí va en la dirección de mi propia libertad personal y de mi sanidad emocional, si el tema merece o no un castigo, eso le pertenece a la justicia y a su ámbito de acción, lo cual no tiene nada que ver con el perdón en sí mismo. Como señala Sádaba (1995): “Si el perdón es merecido, entonces no hay perdón sino justicia. Y si no es merecido, entonces lo que tenemos es injusticia” (p.16). Por su parte, comenta Echeverría (2005) que: “Perdonar no es un acto de gracia para quien nos hizo daño, aunque pueda también serlo. Perdonar es un acto declarativo de liberación personal. Al perdonar rompemos la cadena que nos ata al victimario y que nos mantiene como víctimas.” (p.50). Entiendo que, en base a esta última idea, muchas veces se piensa que el perdón es un regalo para el otro, sin darse cuenta que ambos participantes (perdonado y perdonador) son beneficiados, especialmente la persona que perdona, según lo comenta Echeverría. Pues el perdón considerado como una expresión de amor, me libera del alambre de púas que me destruye emocionalmente, enferma mi cuerpo y, casi seguro, termina dañando cualquier relación interpersonal. Pues a fin de cuentas, la falta de perdón es el veneno que se toma a diario en pequeñas gotas, pero que finalmente termina envenenando y matándome.

            En este juego de definiciones, se debe comprender que el perdón tiene identidad propia, a pesar de que usualmente se le considera como parte de los atributos del amor. Cierto es que el amor y el perdón están muy ligados entre sí, de hecho, van de la mano uno junto al otro. Pero en realidad no son lo mismo, tal como señala Sádaba (1995) al afirmar que: “El perdón, por su parte, no es un apéndice de amor natural alguno por lo que no se deja reducir a tal sentimiento. Sólo conecta con el amor en lo que ambos tiene de estructura moral… Al mismo tiempo es de suponer que quien sabe amar sabe perdonar. Y que quien sabe perdonar sabe amar” (p.114). Por ello, cuando meditamos sobre el significado del perdón, podemos comprender y darnos cuenta que muchos de los problemas que nos enferman como personas, y a un nivel mayor, que enferman a la humanidad en su conjunto, se debe, diría yo: a la ausencia total de amor y perdón a mi prójimo. Siendo lo peor, que ésta ausencia destruye mis emociones, mis actitudes, a mí mismo y, por ende, a mis relaciones con los demás, en especial lo más cercanos a mí. Por ello el perdón es una prueba de mi amor, a mí y a los otros. Decidir perdonar y actuar en consecuencia, sin que exista el amor en mí, es casi que imposible. Puede ser cualquier otra cosa, pero perdón no es. El perdón muestra y afirma  lo positivo del ser humano en mí. Igual que decimos que el amor es una decisión, así también lo es el perdón, ¡es una decisión! Por ello afirmamos la idea de que el perdón es una expresión del amor (a mí mismo y a los otros) y, como señala Coelho (2013): “El perdón libera de ataduras que amargan el alma y enferman el cuerpo” (s/r). Es la clave para liberarme y dejar de lado aquellos pensamientos negativos que me causan dolor, rabia y me destruyen día a día. En resumen el Perdón es: Libertad, sanidad, remitir, reconciliar, liberar, restaurar, paz, amor por mí, soltar, dejar ir, cambiar, volver a vivir. El perdón tiene el poder de sanar hasta las heridas más profundas. Por el contrario no perdonar es: Resentimiento, rencor, raíces de amargura, rabia, orgullo, soberbia, ataduras, conflicto, enfrentamiento, peleas, ruptura, desunión, me hace esclavo del otro, destruye mi paz emocional y física. Desgasta mi energía, mi salud y mi felicidad. Termino con esta idea de lo que dice Thomas Szaszn (s/r): “Los estúpidos no perdonan ni olvidan; los ingenuos perdonan y olvidan; el sabio perdona, pero no olvida”.


¿QUÉ NO ES EL PERDÓN?

Si ya tenemos una idea bastante clara de lo que es el perdón. Vale la pregunta ahora de: ¿Qué no es el perdón? Aprovechando la expresión anterior, entendemos que el perdón no es olvido, o lo que es lo mismo, que el perdón no debe confundirse con el olvido de la ofensa recibida. No puede ser olvido ya que no aprendería nada y no ganaría experiencia de vida, todo lo contrario de los eventos que debo perdonar. De hecho en el contexto emocional, vamos a entender el olvido como la acción de quitarle la carga negativa de emociones que me autodestruyen, a cualquier evento del pasado que aún sigue necesitando de mi perdón. Dicho evento no se va a borrar porque yo perdone, por el contrario, sigue existiendo en ese pasado. Pero como evento del pasado, ya no tiene por qué seguir afectándome en mi presente. Lo que me afecta realmente, son mis pensamientos y emociones que aún siguen presentes en mi vida, corroyéndome por dentro, a mí y a mi entorno afectivo, mientras yo continué invirtiendo mi energía emocional en ese evento. Como es sabido, todo evento que recuerdo, es porque me afectó más o menos profundamente en mi contexto emocional, si no llega a tener ese impacto, sencillamente no le doy importancia y sí lo olvido. Las cosas que necesito perdonar están arraigadas muy fuertemente en mí a través de su carga emocional. Por lo que al perdonarlas, le quito dicha carga destructiva, con lo cual inicio mi proceso de sanidad, del que he hablado, pero el evento sigue estando en mi recuerdo, no se ha borrado, no lo he olvidado. ¿Qué es lo que sí puede suceder? Al quitarle la carga emocional ya dejo de traerlo a mi presente, ya dejo de invertir tiempo y energía en ese evento, y como “el tiempo lo cura todo” va quedando en el olvido, hasta que pareciera que se olvidó, pero no, puede llegar a ser recordado en función de algún evento o estímulo que lo active. Lo que sí, es que ya no me afecta, y después de recordarlo, lo vuelvo a guardar en su cajón de los eventos cerrados. El ejemplo más repetido para entender esto, es la metáfora de la cicatriz: ya no me duele, ya no sangra, pero casi seguro que recuerdo cómo me la hice, ¿qué sucedió? que ya sanó, y ya no es importante para mí. Lo mismo hizo el perdón, ha hecho que ese evento doloroso del pasado ya no sea importante para mí, ya no lo necesito en mi vida. Al respecto Echeverría (2005) señala: “Cuando hablamos de perdonar, suele surgir también el tema del olvido. Hay quienes dicen «Yo no quiero olvidar» o «Siento que tengo la obligación de no olvidar». Olvidar o no es algo que no podemos resolver por medio de una declaración. De cierta forma, no depende enteramente de nuestra voluntad. El perdón, sin embargo, es una acción que está en nuestras manos” (p.50).   

Por su parte, para Sádaba (1995): “El perdón no es una excusa, por mucho que en el lenguaje ordinario se les confunda” (p.68). En este caso se refiere a la excusa en el sentido de dar una razón o un argumento para justificar una acción, que en realidad no deja de ser sino un pretexto que se aprovecha para evitar o disculpar alguna acción ofensiva. De hecho, quien sí usa la excusa es el ofensor para liberarse de la responsabilidad de sus actos. Al respecto Echeverría (2005) nos recuerda que la ofensa y el perdón no es un tema de excusas, sino de responsabilidad propia al señalar lo siguiente: “Cuando no cumplimos con aquello a que nos hemos comprometido o cuando nuestras acciones, sin que nos lo propusiéramos, hacen daño a otros, nos cabe asumir responsabilidad por ello. La forma como normalmente lo hacemos es diciendo «Perdón». Esta es una declaración” (p.49). Entonces el perdón no es una excusa, simplemente perdona, borra y deja ir. En el tema de las excusas si puede considerarse de que no será necesario invocar al perdón, cuando una persona deja de sentirse ofendido tras las explicaciones del presunto ofensor, el cual con sus excusas logra anular su ofensa o error. Por lo tanto eso tampoco es perdón. Igualmente se puede decir que no es perdón, cuando la supuesta persona agraviada no se siente ofendida, por lo que otras personas pudieran considerar que si es una ofensa. Suena lógico, si yo no me siento ofendido, pues no tengo nada que perdonar. Si lo dejo pasar porque para mí no fue importante, poco me ha de afectar lo que otros piensen, digan o hagan, pues lo importante es mi sentir. Si yo no estoy ofendido por algo, no tengo necesidad de recurrir al perdón. También es necesario mencionar que el perdón no es Justicia. Por el contrario, quien perdona renuncia a la justicia, renuncia al justo castigo o compensación, que sería necesario aplicarle al ofensor, para que éste pueda resarcir el daño ocasionado. El tema de la justicia se basa en las leyes, mientras que el perdón se basa en el amor, por lo que pudiese afirmar que el perdón choca con la justicia. En la justicia no hay emociones, en el perdón su esencia son las emociones. En realidad son campos separados que pueden llegarse a complementar como señala Sádaba (1995): “…la justicia, en su sentido más descarnado y social es imparcialidad. Si esto es así, la justicia es un criterio de actuación moral. Un criterio a través del cual podemos tener, después, normas justas… el perdón es una virtud moral… que complementa la justicia” (p.20). Pensando en esta afirmación, pudiese llegarme a preguntar: no perdonar es ¿Justicia o Venganza? Por último quien finalmente define más ampliamente qué no es perdón es Coelho (2013) cuando afirma:
“Muchos de nuestros intentos de perdón fracasan pues confundimos esencialmente lo que es perdonar y nos resistimos ante la posibilidad de empequeñecer los eventos ocurridos u olvidarlos. El perdón no es olvido, no es olvidar lo que nos ocurrió. No significa excusar o justificar un determinado evento o mal comportamiento. No es aceptar lo ocurrido con resignación. No es negar el dolor. No es minimizar los eventos ocurridos. No significa que estés de acuerdo con lo que pasó, ni que lo apruebes. Perdonar no significa dejar de darle importancia a lo que sucedió, ni darle la razón a alguien que te lastimó. Simplemente significa dejar de lado aquellos pensamientos negativos que nos causaron dolor o enojo”. (s/r).
Sigo insistiendo, no estamos en un tema fácil ni mucho menos sencillo, pero sí extremadamente necesario, útil y práctico. Fundamental para mi sanidad emocional, física y espiritual, además de la posibilidad de decidir una vida libre de la prisión de las amarguras y del dolor del sufrimiento, de un pasado que ya no tiene sentido seguir reviviendo.


¿PARA QUIÉN ES EL PERDÓN?

Cambiando de tema, para entrar en otros aspectos importantes del arte del perdón, según ha señalado Echeverría (2005), hay tres actos declarativos asociados al perdón, estos son: la declaración de pedir perdón, la declaración de dar el perdón, y finalmente, la declaración de perdonarme a mí mismo. En relación con los dos primeros actos declarativos, cabría considerar el hecho de que para perdonar al otro, no necesito que el otro me pida perdón. Este es un punto bien controversial, pues muchas personas están esperando una disculpa de su agresor, y para ser sincero, lo más probable es que jamás ocurra tal cosa. Es simple, para yo perdonar no necesito del otro. Su solicitud de perdón es deseable y buena, sí, seguro que sí. Presupone por parte del otro un darse cuenta de su responsabilidad en la ofensa cometida. Segundo, incluye un proceso de reflexión y arrepentimiento, y finalmente, la solicitud de perdón, que debe hacerme. Pero si esto no ocurre, quiere decir que ¿yo no puedo perdonar? y por tanto, debo quedarme con toda mi basura emocional dentro de mí, pudriéndome lentamente, sencillamente porque el otro no me pide perdón. ¡No permitas tal cosa! Afirmalo y creelo ¡Yo valgo mucho más que eso! Yo no necesito que el otro me pida perdón, es mi decisión perdonar yo, liberarme y sanarme de ese ‘cáncer’ que carcome mis entrañas y mi espíritu. Tal como nos lo hace ver Coelho (2013): “El perdón se debe de realizar ‘sin expectativas’ sin esperar que nada suceda. Si esperamos que el agresor acepte su error, estaremos esperando en vano y gastando nuestro tiempo y nuestras energías en una disculpa que jamás llegará. Si estamos esperando esta reacción, luego de haber perdonado, pues realmente no perdonamos de corazón pues seguimos esperando una retribución, un resarcimiento. Al esperar una disculpa, que se acepte el error; nada de eso cambiarán los hechos, lo ocurrido en el pasado, sólo estaremos queriendo alimentar nuestro ego, nuestra sed de justicia mal enfocada” (s/r). Ciertamente para aceptar algo como lo planteado es necesario hacer un cambio de muchas creencias emocionales, principalmente las que se refieren al tema del perdón. Porque es indudable, como en todo lo que corresponde a estos contextos emocionales, que siempre habrá muchas opiniones diversas, dado que existen los que no creen en absoluto en los procesos de perdón, incluso lo califican de patrañas religiosas, o de estafas emocionales, sin sentido ni valor. Al igual que existen los que defenderán a ‘capa y espada’ los procesos del perdón. En última instancia, cada persona es libre de creer en lo que quiere creer, pues al final de cuentas, cada persona posee y cree en su propia verdad. Junto a esas verdades tenemos un sistema de conflictos y creencias emocionales que determinan nuestra posibilidad o no de perdonar. Por ejemplo de la lista de cosas negativas que no me dejan perdonar se encuentra el orgullo (enfermo) alimentado por una línea viciosa de conceptos equivocados de justicia e injusticia, odio, rencores, agresiones, y hasta violencia, que hacen muy difícil y, hasta imposible, el perdonar. En general, el orgullo les imposibilita el perdonar, al igual que si son ellos los que generan una ofensa, tampoco saben pedir perdón. Porque al orgullo le cuesta mucho decir perdóname, no es capaz de reconocer su culpa, esto es simplemente intolerable. La rigidez e inflexibilidad que los define, no les permite generar cambios en su vida para sanar sus conflictos, y mucho menos quieren permitírselo a los otros. “Cuando la situación en la que estamos parece no dejarnos otro camino que ‘preferir la venganza’, es muy difícil que lleguemos a poder conceder el perdón” (s/r). Tal como lo señala TF. Hodge: “El orgullo y el ego se burlan de una disculpa. La humildad acepta el perdón sin cuestionar… ¡así que decide tú mismo! (s/r). En este sentido, para muchas personas, perdonar es un acto de valentía y madurez emocional, para otros, es una afirmación y un reconocimiento de la debilidad personal. Volvemos al punto: el perdón es tu propia decisión personal.  

            En el escenario donde me desenvuelvo, tenemos que en el proceso terapéutico de muchos de los pacientes, la meta principal es el permitir y estimular un proceso de sanidad, así como en múltiples casos, es propiciar el poder reestablecer las relaciones interpersonales que se han fracturado, por causa de los conflictos emocionales que todos poseemos. Ya sea que se trate de las relaciones entre esposos, padres e hijos, hermanos, u otras similares. Por lo que es frecuente que, hagamos la sugerencia en algún momento de este proceso, el ir a conversar con el otro, para plantear la solicitud de perdón. Es decir, realizar las acciones necesarias para sencillamente pedir perdón y perdonar al otro, por aquello del 50 y 50, de las relaciones interpersonales. Es indudable que para poder llevar a cabo estas acciones, el paciente ha realizado su propio proceso de comprensión de sus errores y, de sus situaciones emocionales. Ha asumido su total responsabilidad consigo mismo y con sus acciones y consecuencias en la relación con el otro. Se ha dado cuenta de su necesidad de perdón, y por supuesto, está preparado mental, emocional y espiritualmente, para llevar acabo la acción de reconciliación y perdón necesaria en su sanidad emocional. En este sentido, inicia su accionar y, se encuentra con el otro, le comenta las situaciones de su proceso emocional, presenta sus sentimientos y deseos de reconciliación, y finalmente, establece el planteamiento del perdón. ¿Qué hace el otro? Es casi seguro que ‘algo’ interno se le mueve, pero al no estar preparado para ello, pues el otro no ha hecho su propio proceso emocional, sencillamente presentará alguna excusa de disculpa, que minimice ‘los sentimientos incomodos’ y, termina con alguna frase como “…si gracias, no te preocupes por eso, ya está olvidado…”. ¿Qué es lo importante de esto? que ha sido tu proceso de sanidad, de tu libertad, no del otro. Lo repito: ¡el proceso es tuyo, te pertenece a ti! El otro puede participar, pero no es lo importante. ¿Funciona? Para ti sí, seguro, es vital actuar y vivir tu proceso de perdonar y de pedir perdón. ¿Es necesario y obligatorio ir con el otro? ¡NO! Quizás el caso más extremo y frecuente, es cuando un paciente debe hacer su proceso de perdón con alguien que ha muerto. ¿Imposible? ¡Para nada! Ve a la tumba, y derrama allí tu alma y tus sentimientos, pide y ofrece el perdón. Emocionalmente hablando no tiene precio poder cerrar ese ‘círculo abierto’. Otros dicen: -‘No puedo ir donde está’-. Sencillo, utiliza la maravillosa técnica de la Gestalt de la ‘Silla Caliente’. Tomas una silla, pones un cojín, visualizas a la persona en ese cojín y, una vez más… derrama allí lo que llevas dentro… no tiene precio. Porque no hay excusas para aquel que realmente quiere perdonar, hay que hacerlo y se hará.


EL RESENTIMIENTO

En estas reflexiones acerca del perdón, me he hecho algunos cuestionamientos, quizás más filosóficos que psicológicos, pero igual de válidos para nuestro tema. Por ejemplo: ¿En el perdón, qué estoy perdonando? Si ratifico que el perdón es más bien para mí antes que para el otro, entonces ¿Perdono al otro o, me perdono mis propios sentimientos hacia el otro? Si son mis sentimientos, entonces ¿De cuáles sentimientos estoy hablando? Ya hice una lista de varios de esos sentimientos negativos que me autodestruyen, pero de todos, el que realmente los contiene a todos, es el resentimiento. Cabe entonces la pregunta lógica ¿Qué es el resentimiento? Resulta que más que un sentimiento, es un estado de ánimo, en el cual me mantengo continua y repetitivamente agrediéndome a mí mismo. Ciertamente todos los sentimientos de rabia, celos, envidia, hostilidad, venganza, maldiciones, injusticias las dirijo hacia el otro, al cual estoy culpando de mi dolor y amargura, pero lamentablemente, el único que las siente y las recibe soy yo mismo, ¡Es a mí mismo a quien estoy destruyendo con mi resentimiento! Es casi seguro que el otro ni se entera de lo que yo estoy sintiendo, o en último caso, le importa muy poco, o quizás más aún se complacería y lo disfrutaría de saber y conocer, todo el daño que es capaz de hacerme a mí. Tal como referencia Echeverría (2005): “El resentimiento, nos dice Nietzsche, es la emoción del esclavo… quien vive en el resentimiento vive en esclavitud… que será, sin lugar a dudas, una esclavitud del alma” (p.50). El resentimiento es un continuo dialogo interno entre mis pensamientos y mis emociones, que muy tristemente se asientan y se acumulan en mi cuerpo, creando una sensación de malestar que cada vez más me consume y me destruye mental, física y espiritualmente. Al igual que de las ofensas de que hemos estado hablando, el resentimiento es una suma de procesos en los cuales me considero la víctima, yo soy el bueno y el otro es el malo. Real o no, el otro es el culpable de una o varias injusticias donde agredió, destruyo, impidió que yo obtuviese o lograra algo a lo cual me considero con derecho. Entonces concluyo que al ser yo la víctima, al ser tratado tan injustamente y, peor aún, al no poder hacer nada al respecto, bien sea que el otro tiene más poder, o no tengo forma de reclamar, porque quizás sería yo el que va a salir más perjudicado en el reclamo, todo ello me invita a que me sienta en el derecho y en el deber de estar resentido con el otro. Pero de lo que no me doy cuenta es que el único perjudicado real soy yo mismo. Tal como señala Echeverría (2005) al afirmar que: “De lo que posiblemente no nos percatemos, sin embargo, es que al caer en el resentimiento, nos hemos puesto en una posición de dependencia con respecto a quien hacemos responsable. Este puede perfectamente haberse desentendido de lo que hizo. Sin embargo, nuestro resentimiento nos va a seguir atando, como esclavos, a ese otro. Nuestro resentimiento va a carcomer nuestra paz, nuestro bienestar, va probablemente a terminar tiñendo el conjunto de nuestra vida. El resentimiento nos hace esclavos de quien culpamos y, por lo tanto, socava no sólo nuestra felicidad, sino también nuestra libertad como personas” (p.49).

De esta manera el resentimiento es una actitud de agresión permanente hacia mí mismo, pero donde me engaño creyendo que se lo estoy haciendo al otro. Donde reconozco sin darme cuenta que estoy en una posición de debilidad frente al otro. Donde mis propios pensamientos me convencen de que soy la víctima y, tengo el derecho de reclamar justicia frente a la injusticia en que me siento. Se alimentan mis sentimientos de venganza que me carcomen por dentro, en todos los aspectos de mi vida y de mis relaciones, cada vez más y más. Podría decir que es una ‘bomba de tiempo’ que (en realidad siempre) me destruye a mí, o que al actuar la venganza, a la cual me siento con derecho, término destruyendo, muchas veces a personas inocentes que no tenían nada que ver con mis sentimientos. Ejemplo: pongo una bomba en el metro, o voy al colegio y les disparo a mis compañeros. Lo que ratifica que el resentimiento puede llegar a enajenar mi estado mental, y así, destruirme a mí mismo. Una vez más aprovecho el estudio de Echeverría (2005) para afirmar que el que: “…vive en el resentimiento, pierde su libertad y transforma a aquel contra quien se resiente en el amo de su existencia. El resentimiento nos hace vivir en función de la persona (o las personas) con que estamos resentidos. Aquello que juzgamos como una injusticia se transforma en guía y obsesión en nuestra vida. La coherencia de lo que hacemos está definida por nuestro odio al otro y por nuestra sed de venganza” (p.185). Ciertamente muy peligroso, especialmente para mí mismo, que escudado en un falso orgullo y en una soberbia enferma, me creo con el derecho de sentir y mantener mi resentimiento y, con la justificación de no perdonar… lo repito… no al otro, a mis propios sentimientos. Tal como lo indica Steve Maraboli “Cuando guardas rencor, quieres que el dolor de otra persona refleje tu nivel de dolor, pero ambos raramente se encuentran” (s/r). De igual manera es bueno recordar las palabras de Coelho (2013): “La falta de perdón te ata a las personas desde el resentimiento. Te tiene encadenado… Seguimos anclados en el problema, en el ayer, queriendo que nos paguen por nuestro dolor. Entonces no hemos perdonado, y quien tiene el control de nuestra vida es el ego. Ego que quiere a toda costa castigar o cobrar al agresor. No existe nada ni nadie que pueda resarcir el dolor ocasionado en el pasado, el pasado no tiene cómo ser cambiado. Ningún tipo de venganza o retribución podrá subsanar los momentos de tristeza y desolación que vivimos, lo mal que nos sentimos” (s/r). Comprende, la única forma real de sanarnos de nuestro resentimiento es perdonando, no hay otra forma. Bueno sí: morirse. Comprendemos entonces que el rencor o el odio que sentimos en nuestro interior hacia los demás no les hace daño a ellos en absoluto, solamente convierte nuestros días y noches en una pesadilla infernal. Es ese mismo odio el que le da poder a ellos sobre mí, me quita mi propia autoestima, anula mi felicidad y mi paz interior, seca mi alma y me subordina a ellos. La razón básica de esta dependencia hacia los demás, es que desde el principio nos acostumbramos a buscar fuera de nosotros, las razones para nuestro propio amor interior, lo cual incluye, por supuesto, nuestra capacidad para perdonar. Esta dependencia original, de que seamos incapaces de apreciar la luz interior que me ilumina. Desvaloriza mis propias capacidades y virtudes, entre ellas, las dos más importantes, el amar y el perdonar. Enfocándome en lo interno y renunciando al apego y a las necesidades de los reconocimientos externos, es como perderá importancia para mí, lo que los otros puedan o no hacer, con otros y conmigo mismo. Por último, podríamos ver al resentimiento como un círculo vicioso de enfermedades emocionales y muerte, porque el resentimiento se alimenta de sí mismo, con lo cual crece y crece cada día más. Mis recuerdos negativos me llevan a sentir estas emociones de rabia y rencor, estas son el alimento principal del resentimiento. De tal manera que en cada día, y en cada vez que pienso o siento estas emociones el resentimiento sigue aumentando y adquiriendo más poder sobre mí, con la inevitable consecuencia final de destruirme a mí únicamente, y muy frecuente: nunca al otro. El enemigo no es el otro quien me ofendió, mi enemigo son mis propios sentimientos y mi falta de perdón. Yo soy la víctima, pero no del otro, sino de mí mismo, en mi afán inconsciente por auto-destruirme, al no amarme sino al odiarme. Muy triste, pero al final una amarga verdad emocional.


EL PERDÓN EN LA RELACIÓN PADRES E HIJOS

            Entre otro de los cuestionamientos que obligatoriamente debo hacerme frente al perdón, tiene que ver con el hecho de ¿Quién es ese otro que me ha hecho daño? Hasta ahora ha estado un poco difuso, pues puede ser alguien muy lejano o, por el contrario, alguien muy cercano. Entre esos cercanos, qué tal si se trata de mi necesidad de perdonar a mis padres, a mis hijos, a mi pareja o, quizás más importante aún, cuando se trata de perdonarme a mí mismo. Porque de paso, también me he centrado en, cuando ese otro me hace daño a mí, pero que pasa ¿cuándo soy yo, el que ha hecho daño al otro? En cualquiera de estos casos, no hay duda que siempre el perdón será la solución definitiva. Está claro que todos en algún momento debemos enfrentar y manejar la experiencia del perdón, en cualquiera de sus vías: Yo perdono al otro, El otro me perdona a mí, Yo me perdono a mí mismo, y finalmente, Dios me perdona a mí. Cada caso tiene sus particularidades, aunque en esencia en todos aplican los mismos principios, que hasta ahora he presentado. Pero de igual manera, en cualquiera de esos roles que he mencionado, me toca estar de ambos lados. Bueno esto último, de ambos lados, no es cierto en algunos casos, por ejemplo, hay miles (aunque la expresión correcta debería ser millones) de personas que jamás tendrán una relación de pareja, en lo absoluto, o lo suficientemente profunda como para llegar a necesitar y aplicar los principios del perdón, aunque todas las parejas, sin excepción, lo necesitan. Pero lo más grave y doloroso aún, hay quienes nunca tendrán hijos. A pesar de la inmensa tristeza que ello me causa, comprendo que en estos casos, que no dejan de ser originados por los conflictos emocionales del inconsciente profundo, el tratamiento del perdón debería centrarse en el escenario del perdón a los padres, a mí mismo, y de mi petición de perdón a Dios, porque como yo lo veo, el matrimonio y los hijos son parte de los mandamientos de Dios al Ser Humano. No hacerlo, termina siendo una ofensa de mí hacia Dios. Como les dije: es mi forma de verlo, cada uno tiene su propio criterio. Por otra parte, a ciencia cierta, la calidad de tu vida depende de la calidad de tus relaciones interpersonales. En especial porque estas relaciones de las que hablo, ocupan la totalidad de los escenarios más fundamentales de cada persona y, de todos los seres humanos en su totalidad. Es seguro que muchas situaciones de tu vida van a cambiar, pues mejoraran en la medida que perdones completamente; ya sea a tus padres, hijos, cónyuge, o a ti mismo. Perdonar mejorará y potenciará todas tus relaciones, debido a que tus sentimientos y acciones se transformarán hacia la armonía y la paz, en la medida que transformes lo negativo en positivo. En la medida en que tus relaciones sanen y se renueven, entonces todas las circunstancias y situaciones de tu vida también mejorarán. Salomón nos recuerda que: “El odio provoca peleas, pero el amor cubre todas las ofensas” (Proverbios 10:12, NTV). La realidad es que estas relaciones deberían estar centradas en el amor, y no en el odio y el resentimiento, que se ha cultivado a través del tiempo. Todas estas relaciones forman las bases de nuestras sociedades y tal como señala un pensamiento de Sádaba (1995) “Una sociedad sin capacidad de perdón es impensable. O está muerta. Necesitamos dar y recibir perdón. Necesitamos comprendernos como seres que perdonan y a los que se les perdona” (p.16).

            Es indudable que cada una de estas relaciones (Padres, Hijos, Cónyuge), tiene su propio contexto en lo emocional. Que aunque en la psicología nos encanta estandarizar todo, cada persona vive sus relaciones desde su óptica muy personal y, como tal, única. Donde quizás lo más importante de tratar, que es lo emocional y lo inconsciente, sea  a su vez, lo menos conocido, lo menos tomado en cuenta y, paradójicamente, lo más rechazado. Por ejemplo, hablamos de estos sentimientos de resentimiento y odio que sientes hacia el otro, ¿por qué? Bueno, porque fue el otro él que te hizo lo que te hizo. Pero, ahora vengo yo a decirte que: ‘el otro no es el culpable de lo que tú sientes’, ¿qué tal? Lo primero que vas a hacer es rechazarme, no me vas a creer, porque lo que tú estás sintiendo es real. Te duele a ti, te carcome a ti, te destruye a ti. Bien, pues de eso es de lo que se trata éste contexto de lo emocional. A la verdad el otro es responsable de lo que haya hecho, si debe pedir perdón, sería ideal que lo hiciese; si tiene que ir a la cárcel, sería ideal que fuese; pero lamentablemente este es un mundo de injusticias, si no, pregúntale al gato y al ratón. Aquí quien importa eres tú y, de eso es de lo que se trata en el tema del perdón: que tú te liberes y sanes de estás emociones autodestructivas, y el otro, ya veremos. Un paréntesis para recordarte Romanos 12:19: “Queridos amigos, nunca tomen venganza. Dejen que se encargue la justa ira de Dios. Pues dicen las Escrituras: «Yo tomaré venganza; Yo les pagaré lo que se merecen», dice el Señor” (NTV) Esto se encuentra escrito en Deuteronomio 32:35, donde Dios dice: “Yo tomaré venganza; yo les pagaré lo que se merecen. A su debido tiempo, sus pies resbalarán. Les llegará el día de la calamidad, y su destino los alcanzará” (NTV). Deja que la vida le pase factura al otro. Si no te conviene, rompe la relación, no lo trates nunca más. Pero antes de todo eso, liberate tú de todo tu odio y de todo tu resentimiento, porque hasta que no aclares todas tus emociones, tus decisiones y acciones serán tomadas y dirigidas por esas emociones enfermas, cuyo único objetivo es destruirte a ti mismo. ¡Y ESO, SI QUE ES INJUSTO! Ya es suficiente lo que el otro hizo, como para que tú vengas a tratarte peor a ti mismo. Está bien si el otro no te acepta, pero que no te aceptes tú mismo… eso es odiarte a ti mismo y no comulga con el perdón, ni con tu propio amor a ti. Bueno, tantas vueltas para terminar diciéndote que tus padres, tus hijos, tu cónyuge no son los culpables, que el responsable de lo que te pasa a ti, eres tú mismo. Que si el otro tiene que venir a pedirte perdón, tú también tienes que ir donde el otro a pedirle perdón. ¡Esas cosas pasan!

            Después de todo este preámbulo, voy a intentar describir este juego de lo emocional, entre las relaciones bidireccionales que existen entre padres, hijos y cónyuges. Sobre todo porque el pensamiento de cada uno de estas figuras se centra en la pregunta: ¿Por qué debo Yo de irle a pedir perdón al otro? Ejemplo una Figura Parental diría: - ¿Yo tengo que pedirle perdón a mi hijo? NO, es él el que tiene que venirme a pedir perdón a mí-. El Hijo diría exactamente lo mismo, al igual que cada uno de los miembros de la pareja matrimonial: -“Yo no hice nada, es el otro el que tiene que venir a pedirme perdón a mí”-. Todos y cada uno están sintiendo que la culpa es del otro y, que yo soy el agredido por el otro. Que el otro es el que me ha hecho ‘esas cosas’ a mí. Que yo no le hecho nada al otro. Recuerda Mateo 7:5: “¡Hipócrita! Primero quita el tronco de tu ojo; después verás lo suficientemente bien para ocuparte de la astilla en el ojo de tu amigo” (NTV). Para mí todas estas relaciones se basan en el 50 y 50. Pero nadie quiere aceptar esto cuando se trata de su 50%. El asunto aquí es que todos cometemos errores, no hay nadie perfecto, no hay ni uno que siempre haga lo bueno. A veces yo soy el ofendido, a veces yo soy el ofensor. La verdad es que muchas de mis conductas erradas que han dañado al otro, y por las que tendría que pedirle perdón por ello, termino justificándolas o minimizándolas, me hago el desatendido, como que eso no es conmigo. Pero recuerda a Mateo 5:23-24: “Por lo tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar. Ve primero y reconcíliate con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda” (NVI). Si mi ‘hermano’ tiene algo contra mí, es porque yo le hice algo, aunque yo no lo quiera reconocer o aceptar, o a mí me parezca que eso no era nada. El asunto aquí es ¿Qué hice Yo y, qué está sintiendo el otro? Si requiere del perdón hay que hacerlo y punto. Es seguro que en lo emocional no hay absolutos y, las cosas no son tan tajantes todo el tiempo, pero, si estamos hablando de resentimientos, odios, venganzas, relaciones rotas, el tema de solución sigue siendo el perdón. Todo lo demás serán puras excusas y, ya lo dije, eso no es perdón. Igualmente, voy a señalar algo importante, la realidad y las razones de esa realidad, pueden ser mucho más infinitas de lo que yo estoy planteando aquí, pero, la única verdad es que cada persona sabe exactamente lo que ha hecho, cómo agredió al otro, las razones por lo que tiene que pedir perdón, que no lo haga, eso es otra cosa. Yo no soy ni juez, ni jurado, eso no me corresponde a mí. Eso es una cuenta de cada uno consigo mismo. Y al final de la historia, en mi creencia espiritual, una relación personal con Dios, quién no está al final de cada día para juzgarte, sino al final de tu vida (lo creas o no). Tal como señala David en el Salmo 143:2: “No lleves a juicio a tu siervo, porque ante Ti nadie es inocente”. (NTV). Dice el refrán popular: “No hay peor ciego que el que no quiere ver” (s/r).

Entonces hagamos un breve ejercicio con esto y, veamos por qué un padre tiene que pedir perdón a un hijo. Empecemos por lo suave: que tal la cantidad de veces que no fui a acompañarlo a su deporte, o presentación en el colegio, o en el teatro. Cuando no estaba allí para acostarlos y cantarle los ‘pollitos’. Cuando me fui de rumba o con los amigos; cuando me puse a ver TV, mi serie favorita, o los partidos de cualquier deporte y, les hice sentir que ellos eran menos importante que todo eso. Cuando el carro, el sofá o los vecinos eran más importantes que ellos. Cada vez que les prometí algo y jamás lo cumplí. Cuando los comparaba con otro hermano, vecino o cualquiera, siempre para descalificarlos. Cuando me llevaba el trabajo a la casa, o el negocio estaba primero que ellos. Cuando les critiqué su cuerpo, su cara, su peso, su género, su forma de vestirse, de hablar, de caminar, lo que hacían o dejaban de hacer. Cuando les exigía mucho más de lo que podían hacer o ser, porque no era suficiente para mí. Cuando por estar trabajando nunca estaba en casa y, quien se ocupó de ellos era la señora de servicio o cualquier otra persona menos yo. Cuando simplemente impuse mi voluntad porque yo soy el papá y tú el hijo… la lista no se acaba… Ahora subimos un poco: Que tal cuando, en mi rabia sin control, les pegué (correa, manguera, cholas, palos, mecate, cable… o lo primero que tuviese a la mano). Cuando les grite y los descalifiqué llamándolos bruto, inútil, bueno para nada, y cualquier otra cantidad de barbaridades que salían de mi boca. Cuando los maldije diciéndoles que hubiese sido mejor que no hubiesen nacido. Cuando los mandé a callar, porque expresaban una emoción que yo no toleraba, o me querían ‘desafiar’. Cuando ellos necesitaban, mi compañía, mi protección, mi amor y, yo no estaba, porque sencillamente los abandoné, para irme con otra pareja. Que tal la idiotez de muchos que, abandonan a sus propios hijos, para ir a cuidar los de otro. O cuando se los ‘regalé’ a la abuela, tía o cualquier otra persona. Cuando agredí a su papá o a su mamá delante de ellos, cuando les hable mal de ese otro despreciándolo y minimizándolo. Lo repito: la lista no se acaba. Que tal algo tan ‘sencillo’ que, es resultado de todas estas conductas de maltrato y agresión: Mis hijos no se sentían ni amados, ni protegidos, ni cuidados por mí. (Te lo aclaro, no es lo que yo creía, ¡es lo que ellos sentían!). Y producto de todo eso han terminado odiándome y no quieren saber nada de mí, o más simple, cualquier interrelación con ellos termina en una pelea. No me vengas a justificarte, ni a decirme que lo hiciste porque los amabas y lo hiciste por su ‘propio bien’. Aquí el tema no es lo que tú quieres justificar, ni tus excusas, es lo que hiciste y, lo que le hiciste sentir a ellos: ¡a tus propios hijos! Te recuerdo la advertencia de Efesios 6:4, que ningún padre quiere leer: “Padres, no hagan enojar a sus hijos con la forma en que los tratan. Más bien, críenlos con la disciplina e instrucción que proviene del Señor” (NTV). Es decir con amor “VERDADERO”. Porque para ser honesto, me han tocado padres que tratan a sus hijos como enemigos. Algunos se sienten orgullosos de ese maltrato a los hijos. Otros están arrepentidos. Otros sufren la soledad del abandono de los hijos. Podrá ser consecuencias directas de las conductas inconscientes, pero la realidad es esa: muy dura.

Si bien el amor y el perdón de los padres deberían de ser incondicional hacia cualquiera de sus hijos, independientemente de la forma de ser de cada hijo o de su apariencia, esto no ocurre así en la realidad. Cada padre tiene un hijo predilecto, al que trata en forma diferente. Unas veces es el mayor, unas veces es el menor. La verdad es que ello está sujeto a la estructura emocional de cada uno de los padres, a su forma de amar y de ser amado. La cual invariablemente está sujeta a la forma de amar y de ser amado que aprendió cuando niño, lo mismo ocurre con su forma de perdonar. Esa misma diferenciación unas veces  es adecuada otras no, ya que la misma puede propiciar crecimiento sano y armónico del hijo predilecto, o por el contrario, será para descargar en él toda la exigencia y todos los conflictos propios del padre, destruyendo así el potencial de amor y de perdón del hijo escogido. Del tema del amor, la verdad es que el amor no es un sentimiento fácil para nadie, sea cual fuere el grado de madurez alcanzado. De esta manera, la verdad es que muchos padres arrastran consigo una gran culpa interior, producto del propio proceso interno de crecimiento y maduración que va unido al hecho de envejecer. En el cambiamos la fogosidad de la juventud por la reflexión de los años. En ese proceso los padres se dan cuenta de que los hijos han crecido, se han alejado del hogar paterno, y es ahora cuando pueden evaluar la calidad de amor y perdón que dieron a sus hijos. Pueden ver el resultado de su ‘enseñanza’ en la calidad de vida de sus hijos y, particularmente de cómo estos hijos los tratan a ellos. Es aquí cuando producto de esta reflexión surge una de las más punzantes emociones en los padres, el dolor del sentimiento de la culpa. Esta emoción tan destructiva requerirá de la experiencia del perdón tanto a sí mismo, como él de los hijos hacia los padres y viceversa, para superarse. Todo padre sabe dentro de sí mismo el daño que les he hecho a mis hijos… pero por orgullo no quiero aceptarlo. Porque los padres que se sienten culpables, aunque no lo admiten, se justifican, porque el dolor y el castigo son muy altos… y el precio a pagar, con el perdón, es asumir y aceptar que se equivocaron. Intolerable casi para cualquier padre.

Me voy a permitir abusar de mi posición como psicólogo y como padre, para ponerme del lado de los padres, con la intención de poder hacer una observación en relación con el tema de la culpa. Claro, sentimos culpa cuando somos honestos con nosotros mismos y, reconocemos el daño que les hicimos a nuestros hijos. Comparto con varios padres que durante mucho tiempo, en mi culpa, me estuve repitiendo ¿Qué hice tan malo que he causado estos conflictos en mis hijos? Por otra parte, comprendiendo que ya son adultos y que sus vidas les pertenecen a ellos. Que ya el tiempo de ‘educarlos’ ya pasó. Pero eso no quita que me he estado torturando con el pensamiento: “No puedo hacer nada para arreglar lo ‘malo’ que hice”. No importa los consejos o las orientaciones que quiera darles a mis hijos para arreglarlo, por lo general recibo como respuesta: “esa es mi vida… yo sé lo que hago…” y la más dura y difícil de todas las que he oído: “…no te metas en mi vida… déjame en paz”. Indudablemente el nivel de estas respuestas determina el grado de rabia y odio, así como la necesidad de perdón de ambos lados. Pero a veces el nivel de este resentimiento es tan grande que los hijos no quieren perdonar a sus padres. El dolor de un padre autentico que ama a sus hijos no desaparece nunca, pero la culpa no es una emoción para llevar por toda la vida, y mucho menos, el castigo al que me invita, torturándome cada día de mi existencia. De allí la necesidad de entender esta parte del arte del perdón: independientemente de sí el otro me quiere o no perdonar, mi responsabilidad es realizar mi propio proceso de perdón, y liberarme de este dolor y de esta culpa. Es cierto, la vida es del otro, sus decisiones le pertenecen a ellos y, lo que hagan con su vida es producto de sus propias decisiones y acciones, así como las consecuencias de sus actos. Entonces bajo este enfoque, ya la cuestión no es ‘que no puedo hacer nada’ por mis hijos, es ¡QUE NO ME CORRESPONDE HACER NADA POR ELLOS! Porque esa es la verdad absoluta, es su propia vida, así como la mía es mía. Yo me responsabilizo de pedirles perdón por mis errores, y me encargo de perdonarme a mí mismo, porque independientemente de lo equivocado o acertado que hubiese estado, era lo que en ese momento podía hacer. Reconozco mi culpa y me perdono. El otro debe hacer su propio proceso de aprender a amarse y de perdonarme, para poder realizar su vida en plenitud y en libertad, de esos conflictos que decidió llevar en su vida. Es lo que he estado repitiendo, en el arte del perdón, mi responsabilidad es hacer mi parte de perdonarme a mí mismo, el otro debe hacer su propia parte consigo mismo. Es una realidad dura y dolorosa, pero es la que hay.

            Veamos ahora la otra cara de la moneda, los hijos y su necesidad de pedir perdón a sus padres. En mi criterio, la razón básica de por qué los hijos deberían hacer este doble ejercicio del perdón (pedir perdón y perdonar), tiene que ver con que los hijos al nacer poseen un núcleo de amor puro. La esencia fundamental de todo ser humano es su necesidad de amar y ser amado. Y por nuestros vínculos de la dependencia sana con nuestros padres, ellos ocupan ese primer lugar en la relación de amor que necesitamos. Cierto es que los padres y el medio ambiente se encargarán de modelar esa necesidad de amor. Unas veces ese amor encontrará resonancia en el amor de mis padres, entrando así en un círculo de amor - alegría - amor, el cual permitirá un crecimiento sano de los hijos, basados en la experiencia de una relación de amor y perdón adecuada. Esto construye en los hijos esa primera relación de amor con sus padres, que a pesar de todas las cosas negativas que van a vivir en su relación con ellos, se mantendrá siempre. Pero otras veces, y lamentablemente la más repetida, la respuesta a ese amor original es reprimida y por ende prohibida, el amor así es negado, al igual que la posibilidad de perdonar. El círculo que así se construye es un salto desde el amor hacia la tristeza, y de aquí, hacia la rabia y el resentimiento contra los padres, que de seguir creciendo, termina en odio y venganza. Pero ello es un cuchillo de doble filo para los hijos, ya que al sentir rabia hacia sus padres, entran en el conflicto de no amar y de no ser amados por los únicos seres de quienes requieren ser amados y amar, perdonar y ser perdonados, durante esta etapa infantil. Al final se convierte en el juego psicológico de tú me rechazas y yo te rechazo: rechazador – rechazado. El problema principal es que esto sentará las bases de la calidad de amor que estos hijos compartirán luego, con otras personas, incluyendo a su propio cónyuge y a sus propios hijos. Con lo cual ellos, a pesar de todo lo que pudieron haber sentido, por el sencillo proceso de aprendizaje y repetición de los modelos emocionales parentales, terminaran haciendo, en su gran mayoría, lo mismo que sus padres hicieron con ellos, de formas diferentes, pero con los mismos resultados emocionales. La realidad es que nunca será igual, porque primero mis padres son diferentes de mis abuelos, y lo más importante, el medio ambiente que me modela es muy diferente y en constante transformación. Pero de que lo inconsciente se impone, eso puedes tenerlo por seguro, mientras no aprendas a manejar todos esos conflictos emocionales, aprendidos en tu etapa infantil, y los resuelvas a través del perdón. Este aprendizaje es lo que señala Proverbios 22:6 que en la versión RV60 dice: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él”. Mientras que en la NTV dice: “Dirige a tus hijos por el camino correcto, y cuando sean mayores, no lo abandonarán”. En ambos la idea es la misma, ¿Quién enseña a los hijos?: Los padres. ¿Cuánto dura esa enseñanza? ¡Toda la vida! Más importante aún: ¿Cuál es la dirección de esa enseñanza?: ¡Lo que tú les hagas sentir a ellos! Bueno o malo, éxito o fracaso, Los padres siembras esa semilla y, por regla general, siempre germina en su propio tiempo en los hijos.

Ciertamente la fortaleza y personalidad de los hijos está asociada con el carrusel emocional del dolor, la angustia, las pérdidas o por otra parte,  con los logros, aciertos y la felicidad que implica la experiencia individual de crecer, y más aún, porque crecer es algo que debemos hacer solos. La experiencia es individual. No importa cuántos hermanos tenga, mi proceso de crecimiento es exclusivamente mío. De hecho, vemos casos en una misma familia que, unos hijos odian tanto a los padres que se alejan para siempre de ellos, mientras que otros se auto-sacrifican para quedarse a cuidar a los padres. ¿Por qué y cómo se produce esto? Por lo que estoy señalando, cada persona es única y tiene su propio proceso de crecimiento y, fundamentalmente, su propio proceso emocional de decisiones. Aunque es cuestionable, esto es lo que llamamos libre albedrio y dominio propio: Soy yo el que decido mi vida. Independientemente, de todo lo que los hijos le hacen a los padres, por razones tan diversas como que son propias de la edad y, de las situaciones emocionales tales como: la desobediencia, las acciones de venganza deliberadas, la necesidad de independencia y autonomía, la lucha entre la búsqueda de placer versus las obligaciones de la vida. Mis deseos y necesidades de hijo, opuestos a los tuyos de padre. Las mentiras y engaños para burlar su control, la necesidad de buscar afecto, aprobación, reconocimiento en otros, porque mis padres no me lo dan. Las acciones de lo que hice para llevarles la contraria, sólo porque sí… miles, cuidado sino millones de razones, sencillamente porque los hijos son los hijos y los padres son los padres. Pero de todo ello, lo más grave para cada hijo es el veneno que guarda cada día de su vida acompañado de la rabia, el coraje, la ira, el resentimiento, el odio, los deseos de venganza contra sus padres. Es seguro que no necesariamente todos tienen que tener esta carga tan grande, pero en mi criterio, todos llevan su veneno adentro, al margen de los que no lo reconocen, o incluso, de los que lo rechazan, al fin y al cabo, cada quién es quién es y sabe que lleva a adentro, solamente tienes que evaluar su vida y sus relaciones, consigo mismo y con los demás, incluyendo su relación con sus padres. Es por esta razón que se hace necesario pedir perdón a mis padres, por las cosas de que los he acusado, de los juicios que les he emitido, de las acciones que les he hecho, de ese resentimiento y odio que me corroe al culparlos a ellos de lo que es mi vida. Pero una vez más, mi vida es mía, me pertenece a mí, yo soy quién la decide, no importa lo que mis padres hayan o no hecho. Yo soy el único que puede decidir mi vida. Por eso, todo esto está escrito para ti, el hijo que viene al consultorio, con su propio proceso de vida, te corresponde solamente a ti sanar tu propia vida, y el sello final de todo esto, es el perdón. Hay quienes llegan con su inmensa carga de odio, con la intensión de vengarse y hacerles pagar a los padres lo que le hicieron. Otros llegan en su cuadro deprimido y dependientes de sus padres, incapaces de defenderse y de hacer su propia vida, porque se han auto-sacrificado para entregarles su propia vida a sus padres. Unos se quedan y sanan, otros se van y continúan con su enfermedad. Al final de cuentas es eso, tu propia decisión, tu vida es tuya. Pero la solución final para todo esto es aprender a amarte y aprender a perdonar, al otro y a ti mismo.

Una posdata final a estos dos proceso de perdonar y pedir perdón entre padres e hijos. Particularmente por la profundidad, intimidad, permanencia, y compromiso emocional que se establece entre estos vínculos. La realidad del perdón es que es un proceso. No basta con decir una vez perdoname o te perdono. La experiencia del perdón no es única, es un proceso, muchas veces de muchos años, es algo que debe darse todos los días. Particularmente en estas relaciones de padres e hijos, las implicaciones son a largo plazo (para toda la vida, de cada uno). Como nos lo recuerda Coelho (2013): “El perdón es una declaración que podemos y debemos renovar a diario” (s/r). Como tal es un proceso de sanidad que va lentamente cubriendo y reemplazando estas emociones negativas, por ese amor original que todos queremos mantener en nuestra vida, en nuestras emociones y en nuestras relaciones. Que en resumen es personal e intransferible. Por lo general, con una vez que pida perdón, debería ser suficiente. Más veces podría ser manipulación o una culpa mía que no quiero sanar. Pero perdonar a mis padres, por lo común, lleva mucho tiempo, es un trabajo conmigo mismo. Es sanarme de mis emociones acumuladas de rencor y odio. Es un proceso hasta que pueda volver a verlos con el amor original que les tenía, antes de contaminarme con estas emociones que han llenado mi vida de miserias emocionales. El tema central será el planteado aquí: Yo soy el responsable de mí mismo, Yo decido mi vida emocional y, lo que quiero vivir en ella. Ciertamente, desde la posición de los hijos, por aquello de la relación de poder, es más fácil ver que mis padres tienen que pedirme perdón, pero lo contrario es más difícil. Al final la realidad es esa, es bidireccional (50 y 50). La invitación pudiese ser, a que cada uno haga una lista de las cosas que tiene que perdonar al otro, y otra lista, de las cosas por las cuales tiene que pedir perdón al otro. Como nos recuerda Pablo en Efesio 4-31: “Abandonen toda amargura, ira y enojo, gritos y calumnias, y toda forma de malicia” y añade en Efesio 4-32: “Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo” (NVI). El perdón es individual, pero en estas ocasiones es muy recomendable que sea mutuo. En mi criterio las relaciones de las cuales estamos hablando, lo valen. Padres pidan y den perdón a sus hijos. Hijos pidan y den perdón a sus padres. “…porque ustedes pertenecen al Señor…” Efesios 6:1 (NTV).


EL PERDÓN EN LA RELACIÓN DE PAREJA

            Cambiando de tema, ¿Qué podría decir acerca del perdón en las parejas? Ya que tal como lo he señalado, el tema del perdón, si de por sí es muy álgido, cuánto más lo es, cuando lo integramos al tema de las parejas. Si existe una relación que necesite desesperadamente del perdón, esa es precisamente la relación matrimonial de hoy en día. Pues, la agresión social, cultural y emocional que están recibiendo las parejas en la actualidad, no tiene punto de comparación con épocas anteriores. Lo digo, entre otras muchas razones, porque nunca como ahora, la relación matrimonial está prácticamente prohibida. Mientras que antes era algo que se deseaba ampliamente, y además, se consideraba bueno e importante, hoy en día, es algo que se evita y se rechaza bajo cualquier pretexto o excusa. Ya las personas no creen en los elementos básicos de dicha relación, tales como: el compromiso y la responsabilidad de crecer juntos a pesar de los obstáculos, que nosotros mismos ponemos a nuestra relación conyugal. Pilares como la comunicación, el respeto, la confianza y el amor en sí mismo, se han venido destruyendo paulatina y continuamente, en la medida que más y más parejas fracasan en sus relaciones matrimoniales. Tales fracasos no son por la relación matrimonial en sí misma, sino por la suma de conflictos emocionales, tanto individuales como de pareja, y por supuesto, por la falta de perdón entre los conyugues. En el aprendizaje emocional que hemos tenido al ver la destrucción del matrimonio de nuestros padres (cuando tuvieron la dicha de casarse, porque muchos ya no lo han hecho), este aprendizaje es uno de los principales factores prohibidores de nuestro modelo emocional. El planteamiento es básico: los vi sufrir, pelearse, agredirse en su relación matrimonial, y como consecuencia, yo decido que ¡no quiero eso para mí! Es decir, no quiero el matrimonio, cuando realmente lo que no quiero es el ambiente de maltrato y agresiones, que hay en la relación de mis padres. Por eso el problema de esta decisión es que el culpable de este fracaso no fue el matrimonio como tal, sino, la forma de actuarlo y vivirlo de nuestros padres. Fueron en suma, sus propios conflictos emocionales los que lo destruyeron, precisamente por la falta de perdón. La mejor prueba de que el culpable no es el matrimonio, es la realidad cada vez más creciente, donde las parejas que se unen hoy en día en su ‘relación libre de hecho’, se están fracturando, no solamente en su totalidad, sino que cada vez más y más rápido, en su tiempo de permanencia. Tal vez exagere (pero lo dudo), ya ni siquiera llegan a su primera década juntos, terminan, en su gran mayoría, mucho antes. Sería prudente recordar expresiones como las de Riso (2006) “para estar en pareja hay que negociar muchas cosas… acoplarse a la exigencias razonables de cualquier relación afectiva, acercarse al otro sin perder la propia esencia, amar sin dejarse de querer a sí mismo” (p.10). Nunca nadie ha dicho que el matrimonio sea fácil, pero, lo hemos hecho imposible con nuestras propias decisiones emocionales enfermas.
   
Es completamente cierto que, en toda relación interpersonal siempre habrá conflictos, cuanto más en el nivel de intimidad de la relación matrimonial, sometida a una gran variedad de factores, que tienen el poder de poner en peligro la estabilidad marital. Factores que en la mayoría de los casos, alimentan sentimientos y emociones altamente destructivas y, que son producto de conflictos emocionales no resueltos, antes de la relación conyugal, es decir, conflictos que ya existían en cada miembro de la pareja, antes de la consolidación de su matrimonio. Entre otros que alimentan la falta de perdón, están los ya mencionados como la rabia, ira, venganza, resentimiento y odio entre ambos miembros de la pareja. Emociones que como tales son enemigos de cualquier relación, incluyendo la marital. Otros elementos como las exageras prohibiciones religiosas, no acordes con lo que realmente se quiere en la palabra de Dios para el matrimonio verdadero, que en vez de unir a las parejas, como era el deseo de Dios, han terminado poniendo más barreras y trabas en la relación matrimonial. Las expresiones de odio de un cónyuge contra el otro, al acumular cada vez más y más resentimientos, en vez de solucionarlos y perdonarlos. El desatar y dirigir los resentimientos ocultos contra los padres hacia la propia pareja, los cuales son producto de la multitud de mensajes destructivos en contra del otro género, aprendidos en las descalificaciones mutuas de ambos padres. Las libertades sexuales cuyo objeto no es sino solamente la búsqueda de mi placer, y buscar aumentar mi lista de encuentros sexuales cada vez más, no importa con quien ni cuando, faltando al compromiso básico de fidelidad y respeto, que cada miembro de la pareja merece. Las miles de acciones de venganza del uno contra el otro, porque hacen cosas que se perciben como ofensivas, en vez de comunicarlas y resolverlas. Venganzas que se convierten en un círculo vicioso que crece cada vez más, destruyendo la relación. No pierdas de vista que el problema central de todos estos aspectos, radica en que se acumulan estas situaciones unas con otras, a medida que va pasando el tiempo en la unión de la pareja. Es decir, que al no resolverlos cuando se originaron, por el contrario, se han ido acumulando, creando una carga emocional capaz de destruir las bases de la relación matrimonial. Los únicos responsables de revertir esta tendencia autodestructiva en las parejas, es precisamente, la pareja misma. A través de lo que ahora rechazan con tanto énfasis, el compromiso y la responsabilidad de crecer y permanecer juntos en el tiempo, venciendo a través del perdón todos los obstáculos que he mencionado. Es el perdón la vía para cambiar todos estos sentimientos, y en consecuencia, actuar en beneficio de dicha relación conyugal. De allí la necesidad de considerar el perdón de la manera en que señala Sádaba (1995), el perdón implica el “saber ceder, saber tolerar, saber entender y hasta saber perder… La idea de que ceder es empezar a modificar cosas supone una apuesta que va más allá del puro presente” (p.134). Justo lo que interesa a la pareja que se ama y se respeta, modificar y eliminar todas estas situaciones conflictivas para llegar juntos al final de su ciclo de vida. Porque el arrepentimiento y el perdón son el pegamento ideal que puede reparar cualquier relación fracturada. Déjame afirmar algo: en la relación de pareja hay dos cosas obligatorias, la primera: el perdón mutuo, y la segunda: el agradecimiento mutuo, debemos darnos las gracias por todo. No importa lo que sea y los motivos, cualquier cosa que el otro hace por mí, debo agradecérselo. Dale las gracias al otro, verás como muchas cosas cambian. Y por supuesto, perdónense mutuamente.

En relación con este aspecto de la acumulación de los conflictos de la pareja en el tiempo, lo frecuente en la mayoría de los casos, es que los mismos se presentan luego de un prolongado período de incubación. Se han venido cultivando a través del tiempo, llenando cada situación no resuelta con más rabia de la ya existente, incrementando el resentimiento lentamente, llenando continuamente los pensamientos de estas emociones enfermas, dirigiendo todos los sentimientos de odio hacia el cónyuge, haciendo al otro responsable de lo que cada uno (yo) siente en sí mismo. Es el vaso que se va llenando lentamente de este veneno que corroe el alma y el espíritu, que llena cada día de la relación de angustias y amarguras, donde a medida que pasa más y más tiempo, se hace insoportable estar con el otro. Algo parecido comenta Hormachea (1994) al señalar: “La mayoría de las parejas que sienten que se encuentran en el caos en su relación matrimonial, debido a que no pueden vivir con sus diferencias, viven días y noches de extrema intranquilidad. No es fácil ni sencillo vivir cuando las diferencias se han convertido en constantes enemigas y en una barrera imposible de sortear” (p.46). Tarde o temprano llega el momento en que esto se hace insoportable, ya la carga emocional ha alcanzado todos los aspectos de la pareja, ya el otro, al ser el único culpable, se convierte en el enemigo a destruir. En este punto ya solamente queda un único pensamiento, que aguijonea incesantemente la necesidad de separarse del otro y de acabar con la relación. La solución a esto es muy sencilla: perdonar al otro, y a través del perdón, borrar el día de ayer, y todo el pasado de conflictos, no permitir que estas cargas se continúen acumulando en el tiempo. Pero frecuentemente ocurre todo lo contrario, no lo sé hacer, se acumulan las cargas, se derrama el contenido y se acaba, se acaba porque yo lo decido. El contexto real no es que no lo sé hacer, la realidad más probable es que siempre hay en la pareja quien afirma en forma categórica que ‘no puede perdonar’. Estos sentimientos de odio acumulado, estos pensamientos obsesivos contra el otro, tapan cualquier posible solución alterna, nublan la capacidad de encontrar una solución más sana y adecuada. Es tal el grado de esclavitud y subordinación del cónyuge a estos sentimientos y pensamientos destructivos, que le imposibilita el poder encontrar el camino hacia el perdón y, la solución de reconstruir la comunidad conyugal. En relación con este aspecto del ‘no puedo’, cabría aquí hacer dos preguntas, aunque diferentes entre sí, muy pertinentes: la primera, desde el enfoque Gestáltico ¿No puedes o no QUIERES perdonar? La situación aquí es asumir mi responsabilidad de enfrentarme y vencer mi propia esclavitud a mis circunstancias enfermas, es un tema de romper mi propio orgullo y, de asumir que lo más importante es mi relación matrimonial, que soy yo el primero que debe asumir la decisión del bienestar de nuestra relación. Tal como señala Hormachea (1994): “…somos nosotros mismos los que elegimos un estilo de vida con más responsabilidades que las que estamos capacitados para atender sin perjudicar nuestra salud, o a nuestra pareja, o a nuestra familia. Sólo puedes salir de lo negativo por tu propia determinación y esfuerzo” (p.64). Y la segunda pregunta, ya más de corte existencial: ¿Es posible que exista algo imperdonable? Con relación a esta última, V. Jankekevitch (c.p. Sádaba, 1995) nos dirá que “el perdón está precisamente ahí para perdonar lo que ninguna excusa podría excusar: porque no hay falta tan grave que no se pueda perdonar como último recurso” (p.68). Es necesario que asuma como real el hecho de que el vaso es mío, yo soy quien lo llena, yo soy quien deja que se derrame, por lo tanto el único responsable de mi vaso soy yo, así como el único responsable de las consecuencias de mis acciones. Tal como lo he venido señalando, el único responsable del perdón soy yo, y el primero que importa en el perdón, igualmente soy yo. Esto puede completarse con lo dicho por H. Arendt (c.p. Sádaba, 1995) “El perdón es la única reacción… que actúa de forma nueva e inesperada… y, por consiguiente, libera de las consecuencias del acto al que perdona y al que es perdonado” (p.68). Lo que aquí es prioritario es mi bienestar y felicidad junto a mi cónyuge, por encima de los conflictos emocionales que juntos creamos. Cierro el tema de la pareja con esta reflexión de Hormachea (1994): “Si ambos cónyuges deciden… siempre es posible tener una relación matrimonial de felicidad, a pesar del duro o vergonzoso pasado... Cuando esta determinación se une a la decisión de hacer cualquier sacrificio posible, se puede realizar cualquier cambio necesario... no hay barreras lo suficientemente grande como para impedir una relación conyugal de aprecio, cariño y amor a pesar de nuestras diferencias” (p.96). Perdona a tu cónyuge, cambien juntos, en amor y en Dios, es el más maravilloso viaje que puede tocarte vivir.


EL PERDÓN A MÍ MISMO

            Bien, hasta aquí he hablado del perdón a (y de) los padres, los hijos y la pareja. Ahora profundicemos un poco más y hablemos del perdón a mí mismo. No es una pregunta frecuente, pero un paciente me hizo la siguiente pregunta: -¿Es posible perdonarme a mí mismo?-. Al parecer no todos saben o creen que es posible perdonarse a sí mismos. Resulta que la única respuesta es que absoluta y categóricamente ¡SÍ puedo y debo perdonarme a mí mismo! No solamente es posible perdonarme a mí mismo, sino que es imperiosamente obligatorio hacerlo. Tal como señala Coelho (2013) “Muchas veces la persona más importante a la que tienes que perdonar es a ti mismo por todas las cosas que no fueron de la manera que pensabas” (s/r). Perdonarme a mí mismo comienza y es el producto directo del amor a mí mismo. Desde el punto de vista del proceso terapéutico, los he presentado como las más importantes y prioritarias metas a lograr de mi proceso: el amarme y el perdonarme. Ambos representan la prueba irrefutable de la construcción de un YO totalmente independiente y autónomo de mis conflictos emocionales y, del pasado que me tortura en lo emocional. Me traen a la realidad de mi aquí y ahora y, me colocan en la posición de ser el único dueño absoluto de mis decisiones y de mi vida. Como dice Echeverría (2005) “El perdón a sí mismo tiene el mismo efecto liberador de que hablamos anteriormente y hacerlo es una manifestación de amor a sí mismo y a la propia vida” (p.83). La libertad que me da amarme y perdonarme me permite relacionarme con los otros sin miedo, en confianza y aceptación de mí mismo y del otro, porque ahora yo soy el dueño de mis emociones, acciones y, de ser necesario, de los límites que he de poner a mí y a los otros. Es a través de ambas acciones que llego a comprender que, el amor no busca cambiar al otro, solamente invitarlo y enseñar al otro que es igualmente libre para aceptarse a sí mismo y a mí. Ya que es a través del perdón y del amor a mí mismo como voy aprendiendo, como voy transformándome en el ser integral que originalmente fui, con la capacidad de compartir sin límites con el otro. Es por esto que, perdonar al igual que amar implica aceptar y confiar en el otro, entregarle mi propia esencia y compartir la suya en intimidad. Es compartir con el otro mis sentimientos, sin miedos, sin desconfianzas. Me transformo en mi propio dueño y lo comparto con el otro, sigo siendo yo, y a la vez, uno con el otro. Al amarme puedo decidir y actuar una entrega genuina de mí mismo a ti, totalmente en cuerpo, mente y espíritu, que son la trinidad humana, la cual rompe las barreras de nuestra separación, y nos funde a ambos en uno solo; individuales pero juntos; para compartir el tiempo, el espacio y el perdón. No me separo ni me aíslo de la realidad material que me envuelve, pero adquiero la capacidad de manejar adecuadamente estos dos mundos: mi mundo emocional y mi mundo de las necesidades humanas, en sus diferentes niveles, desde lo básico y biológico, hasta mi propia autorrealización personal. Amarme y perdonarme no me coloca en un mundo de fantasías, por el contrario, me ubica en el mundo real con el cual puedo fluir en completa armonía.

Ciertamente existe otro par de preguntas que podría realizar en este tema: ¿Por qué debo perdonarme? y ¿Qué debo perdonarme? En lo primero que pudiese enfocarme es en el hecho ineludible de que yo, por muy único y especial que puedo ser, la realidad es que no soy perfecto. Como cualquier ser humano tengo la capacidad de cometer errores, de llegar a ofender a los otros. Y quizás lo principal es que, en mi autonomía, aunque soy el dueño de mis propias decisiones, sentimientos y acciones, puedo llegar a ser corresponsable de lo que mi invitación emocional (o física) genere en el otro. Ha habido, hay y habrá cosas que yo hago, que con o sin intención, ofenderán al otro, entre las cuales es necesario mencionar mis prejuicios, juicios, creencias emocionales, y cantidad de suposiciones irreales, que lejos de unirme al otro me separan de él. Reconocerlas y perdonarlas son un permiso para aprender de mis errores, y así será menos probable que vuelva a repetirlos. Lo prioritario cuando yo ofenda a alguien, es admitirlo y pedir perdón al otro de inmediato. Cumplir con mi responsabilidad de resarcir el daño que he causado, y hacer las paces con el otro, me permitirá estar en paz conmigo mismo y con el otro. Por otra parte, quizás lo más importante de todo lo que tengo que perdonarme, tiene que ver con las sobre exigencias, las críticas, las acusaciones y las culpas, que yo me asigno a mí mismo constantemente. Porque cuando mi amor y mi perdón no son los adecuados, no hay peor verdugo que yo mismo. Nadie me conoce como yo me conozco a mí, nadie ve lo profundo, la verdad y realidad de mis pensamientos y sentimientos. Por ello es fundamental que al amarme y perdonarme, no debo aborrecerme, ni vengarme, ni guardarme rencor a mí mismo. Mucho menos el auto agredirme o, atentar contra mí. Porque al perdonarme debo eliminar estos sentimientos autodestructivos, cerrando para siempre este círculo de agresión a mí mismo. Cuando no nos perdonamos, en el sentimiento autodestructivo de la culpa, me convierto tanto en víctima como en victimario de mi propio Yo. Es decir, Yo me juzgo y me castigo a mí mismo. Es como afirma la Sra. de J. B. Livingston (1972): “Los sentimientos de culpa destruyen nuestra buena voluntad hacia nosotros mismos” (p.24) y, me exigen un castigo. Por eso “La gente que no se perdona a sí misma, muchas veces se venga de sí misma, maltratando su mente y su cuerpo con hábitos nocivos” (p.24). Perdonarme es renunciar a la necesidad de mantenerme en el resentimiento y, en el deseo de castigarme a mí mismo.

Mi falta de perdón a mí mismo se aprovecha de mis debilidades, de mis sentimientos en deuda con mi perdón, de mi corazón endurecido y, de mis emociones erróneamente dirigidas para justificar mis razones e intereses egoístas y personales. Por ejemplo, desde la psico-inmunología la falta de perdonarme me lleva a realizar una autoagresión a mí mismo, por las culpas que tengo pero que no reconozco. Es enfermar y destruir mi cuerpo, debido a esta cantidad de emociones negativas que me invaden al no perdonarme, que me recriminan permanentemente mis errores. Enfermedades que me llenan de estrés, ansiedades, angustias, castigos y maltratos a mí mismo. Por ejemplo David en el Salmos 32:3 dice: “Mientras me negué a confesar mi pecado, mi cuerpo se consumió, y gemía todo el día” (NTV), pecado aquí es mi culpa no perdonada. Por ello, a medida que me perdono en el sentido más amplio del amor a mí mismo, me estoy sanando cada vez más, sobre todo al deshaceme de estas emociones que me enferman como la rabia, la culpa y el rencor que me atormentan, al acusarme a mí mismo de cometer los errores que he actuado en contra de mí y del otro. Recuerda lo que se ha señalado en relación con el entender el perdón, que es necesario darme cuenta, de que no existe nada ni nadie que pueda quitar el dolor sufrido en el pasado, por el simple hecho de que el pasado no tiene cómo ser cambiado. Yo no puedo borrar lo que he hecho, pero si puedo quitarle el poder de destruirme a mí mismo, a través del perdonarme en mi amor a mí. También Echeverría (2005) me recuerda que: “Obviamente, en muchas oportunidades el declarar «Perdón» puede ser insuficiente como forma de hacernos responsables de las consecuencias de nuestras acciones. Muchas veces, además del perdón, tenemos que asumir responsabilidad en reparar el daño hecho o en compensar al otro” (p 49). Esto también será obligatorio de considerarlo para poder eliminar el poder destructivo de mi culpa. Mi perdón a mí mismo debe cubrir todos los aspectos que lo constituyen y, ser autentico en su totalidad. Lo que me recuerda lo dicho en Romanos 12:18: “Si es posible, en cuanto de vosotros dependa, estad en paz con todos los hombres” (LBLA).

Por otra parte, para Echeverría (2005) “Al perdonar nos hacemos cargo de nosotros mismos y resolvemos poner término a un proceso abierto que sigue reproduciendo el daño que originalmente se nos hizo. Al perdonar reconocemos que no sólo el otro, sino también nosotros mismos, somos ahora responsables de nuestro bienestar” (p.50). Porque el que se ama a sí mismo, se perdona a sí mismo. Al perdonarme olvido los errores y, no los traigo nunca más al presente. Tomo el control de mis propios pensamientos y emociones, me hago dueño de mis acciones y de las consecuencias de cada una de mis propias decisiones. Aprendo a responsabilizarme de mí y de todo lo que de mí sale. Me reconozco como ser humano con derecho a equivocarme, y sobre todo con el derecho y el deber de corregirlo. Ciertamente, que todos tenemos algo que perdonarnos y, nadie mejor que yo mismo, para conocer todos mis errores y transgresiones, pero esa es una carga demasiado pesada para llevar en el presente. Por eso, si sé que Dios “es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). Cuanto más, yo mismo estoy obligado a perdonarme y, aprender de mis errores, para nunca más repetirlos. El perdón a mí mismo hace necesario reconocer que en el pasado actuamos con un accionar diferente al que hoy tengo. El que fui en el pasado tenía una conciencia diferente sobre el perdón, estaba incompleta, más en el presente mi nuevo aprendizaje, mi forma de evaluarme y amarme, me permite reconocer mi transformación y maduración, para poder llegar a utilizar y dirigir el perdón a mí mismo, como una forma de sanarme y de mejorar mis relaciones conmigo mismo y con los demás. Me permite dejar de recriminarme estas cargas que ya no tienen valor para mí. De igual manera Echeverría (2005) nos confirma, que esta maduración y transformación “…nos permite reconocer la eficacia del decir «Perdón» con independencia de la respuesta que se obtenga del otro. En otras palabras, lo que estamos señalando es que la responsabilidad que nos cabe sobre nuestras propias acciones no la podemos hacer depender de las acciones de otros. El perdón del otro no nos exime de nuestra responsabilidad” (p.49). Es por esta razón, como he afirmado constantemente, el perdón es exclusivamente mi propia responsabilidad, y el perdonarme a mí mismo, lo es aún más. Es la esencia que demuestra cuanto me amo a mí mismo y, la calidad de ese amor por mí.


EL PERDÓN DE DIOS (¿A Dios?)

¿Qué Dios hay como tú, que perdone la maldad y pase por alto el delito del remanente de su pueblo?
No siempre estarás airado, porque tu mayor placer es amar.
Miqueas 7:18 (NVI)

            Yo no sé si lo hago a propósito o si me encanta meterme donde no me llaman. Lo digo porque, aunque pienso que es importante hablar de Dios en el tema del perdón, porque al final de cuentas, ÉL es el creador del perdón y, ÉL es el PERDÓN, me surge la pregunta: ¿Qué y cuánto sé yo de DIOS? ¿Estoy yo capacitado para hablar de este tema? Para ser honesto, lo dudo. Por ejemplo Isaías 55:9 dice: “Pues así como los cielos están más altos que la tierra, así mis caminos están más altos que sus caminos y mis pensamientos, más altos que sus pensamientos” (NTV). Y también ésta afirmación de 1 Samuel 16:7; “Pero el Señor le dijo a Samuel: —No juzgues por su apariencia o por su estatura, porque yo lo he rechazado. El Señor no ve las cosas de la manera en que tú las ves. La gente juzga por las apariencias, pero el Señor mira el corazón” (NTV). La realidad es, en cuanto a este tema, que solamente tengo unas cuantas lecturas y predicas acerca de la Biblia y de Dios, por lo que ver las cosas desde mi perspectiva, tal como dice Samuel, debe ser muy diferente a la de Dios. Pero de igual manera, no me dejan de inquietar, algunas afirmaciones en torno al tema del Perdón y Dios. Porque inclusive este tema se toca dentro de la consulta. Hay muchas personas que culpan a Dios de sus problemas, cosa que disimulan en la famosa expresión. –“si esa es la voluntad de Dios”-. O muy común, cuando preguntan: ¿por qué Dios quiere esto...  permite esto… hace esto… conmigo? Lo cual, pienso yo, que sugiere la idea de que Dios tiene que pedirme perdón a mí y, yo tengo la capacidad de perdonar a Dios. No sé, me parece como que muy ‘jalado de los cabellos’, o como una paciente diría –“¿Desde cuándo los venados corren detrás de la escopeta?”-. Es decir, más absurdo y equivocado, imposible. Aquí el único que tiene que pedir perdón (a Dios) soy yo. Incluso por pensamientos como estos. En este sentido, la realidad para mi es esta: Yo debo perdonar al otro las ofensas que me ha hecho; Yo debo pedir perdón al otro por las ofensas que he cometido contra él; Yo debo perdonarme a mí mismo por las ofensas que he cometido contra mí mismo; y finalmente, debo pedir perdón a Dios por todo las ofensas que he cometido contra ÉL, contra los otros y contra mí mismo. Sé que no está fácil, por eso mucha gente no se mete en este tema, pero es parte de nuestro contexto tanto emocional como espiritual, lo cual nos pertenece a todos.    

            Ahora bien, como la Biblia tiene de todo y da para todos, cada quien usa lo que le interesa, incluyéndome. Por ejemplo, yo tomo aquellos versículos que mejor me cuadran, para soportar o afirmar algún concepto o idea que estoy expresando en lo que escribo. Pero alguien dijo: “Un versículo sacado de su contexto, no es sino un pretexto” (s/r). En este sentido, la gran mayoría de nosotros tenemos ideas inadecuadas o contradictorias, con relación a Dios y a su perdón. Porque al igual de lo que indiqué en relación con el concepto del matrimonio, que para la mayoría de las personas ya es obsoleto y rechazado, a Dios le hemos dicho: “quitate TÚ, para ponerme yo”. Igualmente, para esta multitud de personas, este tema de pedirle perdón a Dios, ya no sirve, no es sino una manipulación cultural y religiosa. Porque indudablemente, a pesar de la verdad que se indica en la palabra de Dios, la cual es: “No hay nadie bueno, ni siquiera uno. No hay ninguno sensato, nadie que busque a Dios” (Romanos 3:11, BL), realmente esta verdad no le gusta a casi nadie, porque nos tilda a todos de pecadores y, por eso, hay que pedir perdón, pero el orgullo por lo general no me lo permite. Como complemento voy a decir que cualquier cosa que digamos o pensemos ya tiene su respuesta en la Biblia, ejemplo: en Gálatas 6:7 “No se dejen engañar: nadie puede burlarse de la justicia de Dios. Siempre se cosecha lo que se siembra” (NTV). Al final, es lo que es, un proceso individual de decisión, en el cual decido en que creer y en que no. Lo que me lleva a la siguiente reflexión de la interpretación de cada quien, por ejemplo: para unos Dios es bueno: “…pero el que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor”  (1 Juan 4:8, NTV), es decir, si Dios es amor, quiere decir que es bueno, de paso, si es amor, también es perdón. Para otros, Dios es malo: “…porque nuestro Dios es un fuego que todo lo consume” (Hebreos 12:29, NTV), por eso lo digo, estos piensan que es Dios quien tiene que venirme a pedir perdón a mí… hago una ‘mueca’ irónica y miro para arriba… Porque desde todo enfoque terapéutico, cualquier cosa que pasa en mi vida, no es sino una consecuencia directa de mis pensamientos, emociones y acciones. Yo soy el único responsable de lo que pasa en mi vida emocional, pues incluso, mis relaciones con otros, son consecuencia de mis decisiones, inconscientes o no, soy yo quien las mueve y las propicia. Por ejemplo, tengo cantidad de pacientes que me dicen: “…estoy orando para que Dios salve mi matrimonio…”, pregunto ¿De quién es la responsabilidad de mi matrimonio, de Dios o mía? No dice claramente en Jeremías 29:11: “Pues yo sé los planes que tengo para ustedes —dice el Señor—. Son planes para lo bueno y no para lo malo, para darles un futuro y una esperanza” (NTV). Dios quiere el bien para mí, pero si yo ‘meto la pata’ las consecuencias son mías, yo soy el que tiene que corregir y de paso, pedir perdón. No culpar a Dios de lo que yo hago con mis decisiones y acciones. Por eso hay expresiones como las de Salmos 86:5: “¡Oh Señor, eres tan bueno, estás tan dispuesto a perdonar, tan lleno de amor inagotable para los que piden tu ayuda!” (NTV). Al final, siempre seré yo el que necesita ser perdonado, para poder encontrar esa libertad y esa paz emocional y espiritual, que me ayuden en mi proceso de vivir en plenitud y en bienestar, a pesar de los errores que cometí, cometo y voy a cometer, ¡soy humano!

            Nuestra trinidad obligatoriamente incluye a Dios en nuestro contexto emocional, sacarlo es aumentar el vacío existencial, que normalmente existe en nosotros debido a nuestra multitud de conflictos y carencias emocionales. Porque a pesar de nuestras infinitas posibilidades, la verdad es que somos limitados. Es cierto que Dyer (1980) escribió: “El cielo es el límite”, pero al fin y al cabo, también el cielo tiene un límite. En este sentido, hemos aprendido de Dios lo que llamamos el círculo del amor, esto es, como lo hemos dicho, que el amor me guía hacia el perdón, por su parte el perdón me guía hacia la paz, ahora la paz me guía hacia la felicidad, y finalmente, la felicidad me guía de nuevo hacia al amor. En resumen, estos pensamientos y sentimientos de paz, amor y perdón me permiten encontrar mi libertad y mi felicidad. Por lo que mi relación con Dios y su perdón son el faro espiritual y emocional, que iluminan mi vida y mi camino conmigo mismo y con los otros. Como recuerda Proverbios 17:9: “El que perdona la ofensa cultiva el amor; el que insiste en la ofensa divide a los amigos” (NVI). De igual manera, en esta trinidad se nos ha permitido integrar a nuestra estructura emocional, el amor y el perdón que aprendimos de Dios, y de esta forma, estar un poco más cerca de su naturaleza divina. Lo cual hace posible que podamos actuar en una relación de amor y perdón con Él, con nosotros mismos y con los otros. Como Dios es la fuente original de todo perdón, el perdonar a quienes nos ofenden es el mayor de los ejemplos del amor a los otros. En este sentido, el perdón está conectado con la bondad; y el amor es el camino de bondad inequívoco para el perdón. Lo cual lo podemos resumir en Colosenses 3:13 cuando dice: “De modo que se toleren unos a otros y se perdonen si alguno tiene queja contra otro. Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes” (NVI).   


UNA REFLEXIÓN FINAL

Por último, pudiese afirmar que parte del contexto, y sobre todo, de la necesidad de perdonar, está basado en el entendimiento de que como seres humanos, somos individuos únicos, a los que solamente les ha sido otorgada una única oportunidad de vivir. Es entonces aquí y ahora, que se debe llevar acabo el arte de perdonar al otro y a mí mismo. Es urgente apartar de cada uno de nosotros la pesada carga que representa el arrastrar los múltiples rencores, culpas, resentimientos, odios y demás espinas del ayer, que para lo único que me sirven, es para torturarme a mí mismo permanentemente, quitándome mi propia felicidad, y particularmente, mi propia salud y, mi paz emocional y espiritual. La realidad de mi presente es que no hay duda alguna, comparto el mayor de los milagros de estar y pertenecer al mundo en este mismo instante. Por aquello, siendo honestos, de que la felicidad existe en mi interior y no en el exterior. Soy yo el que le asigna la valoración emocional a cada circunstancia de mi vida. Yo decido como sentirme ante cada evento, y el perdón es una de las herramientas más poderosas a mi alcance, para lograr esa libertad de disfrutar mi vida plenamente. Junto a esta idea y, en vista de que solamente tenemos la certeza con respecto al pasado de lo vivido y, con respecto al futuro, la certeza de la muerte en su momento, es por ello que, el amor y el perdón son fundamentales para llenar la transición de mi vida entre esos dos espacios de tiempo.

El perdón a los demás, a la pareja y a mí mismo, me libera de estas cargas autodestructivas, me da el permiso para ser una persona libre, con la capacidad para amar tanto a mí mismo como a los demás, sin miedos, sin restricciones, sin desconfianzas, en un contexto real de compartir mutuamente un crecimiento en igualdad de condiciones. El perdón me permite unirme a los otros sin el temor a que se me haga daño. Sin el temor a mis propios errores, al posible daño que pueda llegar a causarle al otro, ya que cualquier error o daño puede ser perdonado y resarcido ampliamente, con el pleno conocimiento de que esa libertad, y ese perdón, me dan la fuerza y el poder de ser yo el único responsable de mis emociones y sentimientos. Quitándole de esta manera, el poder manipulador a los demás sobre mí mismo, minimizando y eliminando así los miedos interiores que me alejan de los otros. De igual manera, en relación con las emociones y sentimientos, me permite ser dueño de mí mismo y de mis decisiones, y en particular, en el tema de la relación de pareja, vencer la incertidumbre de si llegar o no al final de la vida juntos y en armonía, con pleno disfrute de nuestra relación. Porque el perdón es y será el puente que nos mantendrá unidos, no importando las circunstancias y las adversidades, que puedan llegar a sucederse en nuestra relación matrimonial. El perdón es más fuerte y poderoso que todas ellas.     

Todos nos beneficiamos enormemente cuando decidimos perdonar y, lo mismo ocurre con todos a mí alrededor. Ya sea que yo necesite perdonar a los demás, o la necesidad de perdonarme a mí mismo, el hacerlo me libera del pasado y me permite cumplir con mi verdadero potencial, el de ser, pertenecer y permanecer en mi grupo de afecto, en armonía, libertad y paz. El perdón me permite liberarme de las creencias y actitudes limitantes, que no me permiten desarrollarme plenamente como Ser Humano. Liberar mis energías mentales y emocionales para que pueda aplicarlas en la creación de una vida mejor, utilizando en la mayor capacidad posible, todos mis recursos intelectuales y emocionales que poseo. A través del perdón mi realidad puede ser tan mágica como mis sueños y mis deseos, si bien es de ellos de donde nace, yo me hago dueño de mis propias circunstancias y, mi realidad es una de ellas. En vez de preferir continuar ausente, e ignorante de lo maravilloso que me espera al perdonar y ser perdonado, renuncio a mi zona de confort y, me hago participe directo y activo de la experiencia del perdón, como forma de hacer factible esos sueños y deseos en mi realidad. Ciertamente aquello que no conocemos nos da miedo, pero el perdón me permite y me invita a asumir el reto de conocer el significado de mi felicidad interior, y más aún, de arriesgarme y compartirlo con otros. De igual manera, en el perdón cuanto más me incline por pensamientos de amor, positivos y adecuados con respecto a mí mismo y a los demás, más respuestas y reacciones afirmativas obtendré de mis pensamientos, emociones y acciones, y en especial de mis relaciones con los otros. Particularmente, descubriré que las reacciones del amor son reales, porque la mejor forma de crear esas reacciones es a través del poder del amarme y perdonarme a mí mismo y a los otros. Mi reto personal es aprender a manejar el arte del perdón, para aplicarlo en mi vida y en mis relaciones continuamente. Esa es la clave para decidir mi libertad y mi paz emocional.

Termino con una pregunta, que te invito a responder para ti mismo, y que pertenece al libro “Ilusiones” de Richard Bach (1977):
"¿Y qué haríais si Dios os hablara directamente y os dijera:
Os ordeno que seáis felices mientras viváis? ¿Qué haríais entonces?
-- preguntó el Maestro a la multitud."
(Introducción, punto 30).


Referencias

Coelho, P. (2013). El Perdón. Recuperado marzo 2018 de: http://paodm.blogspot.com/2013/07/
el-perdon-paulo-coelho.html
Echeverría, R. (2005). Ontología del Lenguaje. Lom Ediciones S.A. Chile.
Ediciones Larousse (2004). El pequeño Larousse 2004. México: Ediciones Larousse.
Hormachea, D. (1994).  Para matrimonios con amor.  Aprendiendo a vivir con nuestras diferencias.
            Miami, Usa: Editorial Unilit.  
Riso,  W.  (2006).  Los  límites  del  amor.  Hasta  dónde amarte sin renunciar a lo que soy.
            Bogotá, Colombia: Grupo Editorial Norma.
Sádaba, J. (1995). El perdón: la soberanía del yo. Barcelona, España: Paidos.
Sociedades Bíblicas Unidas.  (1960).  Santa Biblia. Caracas Venezuela: Impresora Fanarte, C.A.
Sra. J. B. Livingston. (1972).  Amate a ti mismo. USA: Ed. Western Christian Foundation, inc.