miércoles, 30 de noviembre de 2016

SEXUALIDAD SANA EN LA PAREJA: Un pegamento para unirnos

SEXUALIDAD SANA EN LA PAREJA: Un pegamento para unirnos
Por J. Rafael Olivieri (noviembre 2016)

EL: “1¡Qué hermosos son tus pies en las sandalias, princesa! Las curvas de tus caderas son como adornos de oro fino hechos por manos expertas. 2 Tu ombligo es una copa redonda donde no falta el buen vino; tu vientre es una pila de trigo rodeada de rosas. 3 Tus pechos son dos gacelas, dos gacelas mellizas” (Cantar de los cantares de Salomón, Cap. 7:1-3)

ELLA: “10 Mi amado es trigueño y deslumbrante, ¡el mejor entre diez mil! 11 Su cabeza es del oro más fino, su cabello ondulado es negro como el cuervo. 12 Sus ojos brillan como palomas junto a manantiales de agua, montados como joyas lavadas en leche. 13 Sus mejillas son como jardines de especias que esparcen aromas. Sus labios son como lirios, perfumados con mirra” (Cantar de los cantares de Salomón, Cap. 5:10-13)

            En mi criterio pienso que no existe un Ser Humano que una vez ha llegado a la pubertad, no tenga deseos y necesidad de experimentar y vivir a plenitud su sexualidad. Si bien en el momento en que, las hormonas sexuales hacen su aparición, en cantidad suficiente, lo cual ocurre y define el inicio de la adolescencia (en realidad las hormonas ya están presentes desde la definición del género en el feto),  se activa inevitablemente el principio básico de la sexualidad: que en el hombre es: el deseo de penetrar y fecundar y, en la mujer es: el deseo de ser penetrada y fecundada. A partir de allí, la sexualidad va a transitar por un universo que se mueve entre dos extremos: los permisos sexuales o las prohibiciones sexuales. En los permisos encuentro la posibilidad de llegar a descubrir y sentir, todo el sistema de disfrute y placer que la sexualidad sana puede otorgar a un Ser Humano. Lo cual representa uno de los más maravillosos regalos que los esposos pueden compartir de todas sus experiencias juntos. Mientras que por el contrario, en las prohibiciones, el mundo de conflictos emocionales, miedos y tabús que rodean a la sexualidad, es capaz de destruir a un Ser Humano y a la relación de pareja de muchas formas, quitándole en principio el mundo fantástico de alegría, disfrute y del placer sexual que tiene derecho a experimentar en su vida.

Por otra parte, hablar de sexualidad es un campo que ‘pica y se extiende’, cuanto más, dadas las múltiples opciones que hay de abordarlo, y del cual hay incontables narraciones, escritos e investigaciones de todo tipo. Las mismas, por sólo considerar algunos ejemplos conocidos, abarcan textos como los del Marqués de Sade, el Kamasutra, hasta verdaderos estudios científicos que cambiaron el enfoque de la sexualidad humana como el Informe Kinsey, sobre el comportamiento sexual masculino y femenino de 1948 y 1953, y las investigaciones de Master y Johnson sobre la respuesta sexual humana y sus disfuncionalidades, cuyo trabajo en el área, abarcó desde 1957 hasta la década de 1990. Al tomar tales dimensiones, y cubrir tantos ámbitos, es necesario hacer una diferencia en este momento: no quiero hablar del sexo, que vulgarmente lo puedo entender como “meterlo y sacarlo”, sin mayor aspiración que satisfacer una necesidad biológica básica, lo cual hoy en día abunda en la gran mayoría de las personas y, es básicamente, a lo único, que aspira esta inmensa mayoría de personas, de una relación sexual. Por el contario, quiero hablar y entender la relación sexual de la pareja como un proceso de unión, de ‘pegamento’, que se interrelaciona con todas las áreas psicológicas, biológicas, sociales, emocionales y afectivas, que abarcan una gran parte, de mucha importancia, de la relación conyugal, la cual tiene la capacidad de lograr la compenetración total de los esposos o, si no es entendida así, de destruir dicha unión. Tal como lo indica la afirmación de Leman (2004): “Tener una vida sexual grandiosa es una experiencia tonificante; puede unir a un esposo y a una esposa de una manera que no tiene comparación en la experiencia humana.” (p.12).

Tomando en consideración que, si bien el tema de las prohibiciones sexuales es muy amplio, que su daño a la pareja es incuestionable, la gran realidad es que, se ve todos los días, como las parejas se destruyen por el enfoque equivocado que tienen de la sexualidad, así como por los abusos de la misma. A pesar de ello, no es mi intención en éste artículo profundizar en ellas, sino hacer un simple bosquejo de las mismas, pues prefiero establecer un equilibrio en forma breve de los aspectos positivos y de consolidación de la unión marital, a través de una aplicación satisfactoria de la sexualidad y sus permisos. Pero, en el caso de las prohibiciones, si bien es cierto que, las mismas pueden empezar con frases como “cierra las piernas que se te ve eso”, “no te toques eso: …es sucio, es cochino, es pecado…” “Esas son cosas de putas”, “No te sientes en las piernas de tu papá”, “todos los hombres solamente piensan en eso” (como si las mujeres no pensaran en “eso” igualmente). Otras muchas veces (lamentablemente las más repetidas) de tratos agresivos, de golpes, gritos, castigos… porque estás viéndote o tocándote “eso”. Por el lado positivo, también incluimos (una gran verdad) que una figura parental sí puede dar un permiso de sexualidad sana cuando acaricia, toca, abraza, besa, es cariñoso con todos sus hijos (independiente del género) y, muestra las mismas actitudes de amor y ternura con su cónyuge delante de sus hijos. Con este modelo positivo, la realidad es que los hijos aprenderán y tendrán, un permiso para experimentar una sexualidad de disfrute y amor con sus respectivas parejas. Pero por el contrario, una figura parental que no toca, no expresa el amor a sus hijos o a su cónyuge, invita a una prohibición de la sexualidad sin necesidad de palabras. Porque los hijos entienden que es malo tocarse, que es malo querer recibir amor de otros, que el contacto no está permitido, lo cual es parte de la prohibición sexual. Por supuesto, igualmente dentro de las prohibiciones, están las situaciones extremas de abusos infantiles, de maltrato físico y psicológico, y la cantidad de millones de expresiones verbales y conductuales, donde se prohíbe expresamente lo sexual, bien sea manipulando con culpa, con miedo o con agresión. De tal manera que lejos de tener e invitar a una sexualidad sana a los hijos, se crea tal nivel de prohibiciones, que la sexualidad se entiende y se vive como algo cochino, desagradable, de mucha angustia, prohibido y, se convierte en una causa vital de destrucción de las relaciones de pareja, en vez de unirla como fue su concepción original. Al respecto Leman (2004) advierte: “Si estás casado (a), la relación sexual será una de las partes importantes de tu vida, lo quieras o no. Si no la tratas de esta manera, como un asunto de suprema importancia, no eres justo contigo mismo (a), con tu cónyuge ni con tus hijos” (p.18).

            Quizás de entre todas las mayores prohibiciones sexuales, se encuentren aquellas que se pueden atribuir al aspecto ‘religioso’, dónde las personas han hecho parecer a Dios como el gran culpable y como el gran castigador… porque ‘eso es pecado’, ‘Dios te va a castigar’. Se nota que ni se han molestado en leer, ni en entender a Dios, en sus planteamientos acerca de la sexualidad para el Ser Humano. Por eso, solamente para mencionarlo, como quién no quiere la cosa: el gran artífice y creador de la sexualidad, es Dios mismo. Por lo que lejos de verlo como el prohibidor de la sexualidad, es todo lo contrario, Él es el mayor permisor de la sexualidad. En Génesis 1 y 2 vemos que Dios contemplaba su creación y veía que todo era bueno y la bendijo en su totalidad, pero viendo al hombre Dios señala: “18…«No es bueno que el hombre esté solo. Haré una ayuda ideal para él» y “22 Entonces el Señor Dios hizo de la costilla a una mujer, y la presentó al hombre”. Esto quiere decir que fue Dios quien creó las diferencias sexuales que dan origen al género masculino y femenino, es decir, Dios diseño el pene y la vagina para que se complementarán mutuamente. Como segundo gran acto de esta unión del hombre y la mujer, Dios instituye el matrimonio al presentar su mandato definitivo: “24 Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.” (NTV). Aquí muchos tuercen los ojos, por no decir otra cosa, pues el planteamiento de la sexualidad de Dios es para la unión matrimonial (ese es su ‘pegamento’), no antes, ni fuera de esta unión. Tema central éste para rechazar a Dios y permitir el libertinaje en lo cual se ha transformado lo sexual hoy en día. Basta con ver a tu alrededor lo que sucede en las relaciones interpersonales y, especialmente en la sexualidad; con lo cual la gente está haciendo efectiva una advertencia de Isaías 5:20 “¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!” Destruyen a su pareja, a sus hijos y a sí mismos, todo por 7 minutos de placer (si es que logran llegar a ese tiempo promedio).

Pero en éste contexto de la verdad de Dios, lo tercero que ÉL hace es dar un permiso súper amplio para la sexualidad, cuando da otra orden al matrimonio: “28 Luego Dios los bendijo con las siguientes palabras: «Sean fructíferos y multiplíquense. Llenen la tierra y gobiernen sobre ella.”. Pregunto yo: ¿Cómo vamos a ser fructíferos y multiplicarnos, si no es a través de las relaciones sexuales? Por su parte, haciendo énfasis en este tema Leman (2004) señala: “La Biblia da una asombrosa libertad en cuanto a lo que permite y hasta alienta a las parejas casadas a hacer en la cama…” (p.190). Por lo cual cabe una reflexión más: si Dios se ocupó de dar prohibiciones explicitas tales como: no matarás, no robarás, no adulterarás, no codiciarás… ¿Dónde aparece ‘no tendrás relaciones sexuales con tu cónyuge’? Comprendelo de una vez: No es Dios quien te lo prohíbe… te lo prohíbe la mente retorcida y enferma de muchas de tus figuras parentales, que te invitaron a aceptar tu prohibición en la sexualidad. Porque de hecho, si lees 1 Corintios 7 (NTV), aparte de que es bien explícito lo que dice, pues no necesita ni traducción ni interpretación, te vas a encontrar con esta sorpresa:
7 Ahora, en cuanto a las preguntas que me hicieron en su carta: es cierto que es bueno abstenerse de tener relaciones sexuales. 2 Sin embargo, dado que hay tanta inmoralidad sexual, cada hombre debería tener su propia esposa, y cada mujer su propio marido.

3 El esposo debe satisfacer las necesidades sexuales de su esposa, y la esposa debe satisfacer las necesidades sexuales de su marido. 4 La esposa le da la autoridad sobre su cuerpo a su marido, y el esposo le da la autoridad sobre su cuerpo a su esposa.

5 No se priven el uno al otro de tener relaciones sexuales, a menos que los dos estén de acuerdo en abstenerse de la intimidad sexual por un tiempo limitado para entregarse más de lleno a la oración. Después deberán volverse a juntar, a fin de que Satanás no pueda tentarlos por la falta de control propio.

Entiendo entonces, que Dios diseño al hombre y la mujer para que tuviesen un propósito de estar juntos en un matrimonio y, dentro de éste, tener toda una gama de expresiones  sexuales, que se acuerdan entre la pareja, a través de la comunicación y del consentimiento mutuo entre ambos, con respeto, con amor y, lejos de los egoísmos individuales. Es decir, Dios dio un permiso al matrimonio para tener y mantener una vida sexual en armonía, y no, el universo de conflictos y disfunciones sexuales que existe hoy en día, en las relaciones de pareja. Porque lo que fue diseñado por Dios para unir (pegar) a la pareja, los seres humanos lo están usando para destruirse más y más los unos a los otros.

De igual manera, muchas prohibiciones, al igual que los permisos, se sustentan en las creencias individuales, la formación familiar, el contexto social y cultural, y por supuesto, en la permisividad o la restricción que, sobre el tema ha existido y sigue existiendo, en la educación sexual. Todos son elementos que añaden constantemente nuevos factores al tema de la sexualidad. En este sentido la sexualidad abarca a todas las personas en todas las partes del globo terráqueo. Así como también, la relación sexual implica una parte integral de la personalidad, tal como señalan Baltasar y Battaglia (1990) “la sexualidad constituye un elemento de la personalidad humana” (p.18). También Leman (2004) indica esto, “Como la relación sexual está tan íntimamente ligada a quienes somos como hombres y mujeres, lo está también a los elementos más insignificantes de cada matrimonio” (p.21). Extrapolando lo anterior podría afirmar que: así igualmente lo es la sexualidad del individuo a la díada marital, no existe uno sin el otro. Resaltando de esta manera, que la relación sexual forma una parte muy importante de la relación total que es el matrimonio, y que lamentablemente en el contexto del libertinaje social actual, se ha extendido a todos los tipos de relaciones de pareja, que hoy en día se dan en general.

Precisamente, observando la promiscuidad sexual actual, vemos que tomando en consideración el falso supuesto de muchas figuras parentales, de querer proteger a sus hijos de los posibles abusos sexuales. Lo que realmente han hecho, es crear tal nivel de angustia y prohibición sobre las relaciones heterosexuales sanas, (indudablemente esto es a nivel emocional inconsciente), donde han prohibido de muchas formas lo sano. Lo cual quiere decir, que han generado en sus hijos una orden inconsciente (y a veces muy consciente) de no poder establecer una relación sexual sana con el género opuesto. Por lo que frente al inevitable deseo y la necesidad de expresar su sexualidad que, todo individuo tiene en su vida. Los hijos al no encontrar una forma y un camino sano de satisfacer su deseo y su necesidad, con una pareja del género opuesto, como debe ser. Y al sentir y terminar confirmando que no pueden, ya que al estar con esa otra persona, le causa tal nivel de angustia que, la relación sexual se hace casi que imposible y hasta repulsiva, con lo cual la rechazan. Pero, como en realidad el deseo sexual no se extingue por la simple prohibición, no les queda más remedio que el de experimentar lo que no le han prohibido, lo cual es hacerlo con el mismo ‘bando’, en este caso lo homosexual. ¿Qué tal? Al respecto Martínez (2006) señala: “El deseo sexual, al igual que el amor, no suele despertar en forma espontánea. Alguien desea a otra persona cuando ésta hace algo que le despierta el deseo.” (p.113). En este caso recordamos la frase de que “los iguales se atraen”. Sumando aún más a este aspecto negativo, hemos de entender que frente a las miles de prohibiciones que existen, la posibilidad de no llegar a tener relaciones sexuales nunca en su vida, en realidad se da en muy pocas personas (las hormonas y las necesidades no dejan de estar presentes, no importa la prohibición), ésta opción representa solamente un extremo de la prohibición. El otro extremo es lo opuesto, las personas que constantemente están teniendo relaciones sexuales con prácticamente todo el que conoce, lo cual en sí mismo es una forma de prohibición. Entre estos dos extremos, nos encontramos la mayoría de las personas, pues la realidad es que la prohibición de la sexualidad incluye una amplia variedad de opciones. De entre las cuales se pueden enumerar el no disfrutar de las relaciones, hacerlas por obligación o, solamente para tener una descarga del deseo, todas las desviaciones de la sexualidad sana normal, todas las disfunciones tanto en el hombre como en la mujer. Y prácticamente en todos los matrimonios que terminan y se divorcian poniendo como excusa las ‘diferencias irreconciliables’, porque no se atreven a poner en la sentencia de divorcio ‘fallas en las relaciones sexuales’ ¿qué pusiste tú? Cambiando el enfoque y  complementando la lista de los elementos que igualmente influyen en el abordaje del tema de la sexualidad, debo incluir el hecho de que cada persona tiene su propia concepción acerca del sexo y de la sexualidad, bien sea que tenga o no experiencia previa en el tema, donde, indudablemente, la experiencia marca una diferencia importante, como señala Leman (2004) “Si no lo has experimentado, no podrás creer qué clase asombrosa de ‘pegamento’ matrimonial puede ser la relación sexual” (p.11).

            Lamentablemente, y este es parte de los temas donde debe intervenir el proceso de acoplamiento marital, es muy alto el número donde las relaciones sexuales son tema de conflicto continuo en la pareja, lo cual invariablemente afectará su relación y su equilibrio, que por lo general termina en la separación y divorcio, y casi siempre (especialmente en la cultura venezolana) transita por el camino de la infidelidad. Como afirma Leman (2004), con relación a un ejemplo de sus pacientes, “cuanto les costaba como pareja este invierno sexual y que si no revertían, es probable que se divorciaran en los próximos cinco años” (p.16). Hoy en día los tiempos de separación son mucho más cortos, por aquello de la expresión “no le aguantes nada a ninguno…”. Estos conflictos, además de los elementos mencionados, se basan en las diferencias típicas entre hombres y mujeres. Por lo general los hombres tienen como primera queja permanente de sus esposas que: éstas no quieren tener las relaciones sexuales según la frecuencia de ellos, la cual por los aspectos biológicos del hombre, es de por sí, muy alta. Por el contrario, las mujeres en su gran mayoría reclaman que: los hombres las buscan sexualmente solamente para satisfacerse ellos y, que no piensan en las necesidades de ellas. Debido a esta causa, es lógico ver una expresión como la de Leman (2004) al decir: “Ninguna persona queda satisfecha cuando la relación sexual es algo que se pide con desesperación y que solo se da a regañadientes” (p.23). Es importante entender por qué son estas diferencias. En el caso del hombre, debemos saber que es un ‘productor’ ¿de qué? Pues de millones de espermatozoides al día, y como los depósitos de almacenamiento son muy pequeños, obligatoriamente se convierte en ‘una necesidad de vida’ el poder descargarlos. Entiendan la necesidad es biológica, y se convierte por tal, en un asunto de ‘vida o muerte’. Por ello el mito y la realidad entremezclados de que “todos los hombres solamente piensan en el sexo todo el día”. El que es hombre sabe que eso no es verdad, ‘es solamente una gran parte del día’. Por ello la alta frecuencia de los requerimientos sexuales de la mayoría de los hombres. Pero no se vayan a creer que eso es siempre así, tenemos el ‘período refractario’, nuestro gran enemigo. El período refractario nos quita el deseo sexual (depósitos vacíos), por lo que hay que esperara hasta se vuelvan a llenar. El tiempo de llenado depende de cada hombre, de su salud, de su edad, de su proceso emocional, de su disfrute en lo sexual, y por supuesto de cómo se lleva social y emocionalmente con su esposa. El promedio en la mayoría de los hombres es de 48 horas. Lo que representa ‘hacerlo’ un día sí un día no. “Todos los días” no hay hombre por atleta sexual que sea, que aguante ese ritmo de exigencia, no se vayan a comer ese cuento. Por su parte las mujeres no tienen período refractario, por lo que no tendrían que esperar, pero, lamentablemente producen un sólo ovulo al mes, y dependen de su ciclo hormonal y menstrual. Además del millón de prohibiciones que normalmente les enseñan. Lo cual produce una necesidad y una frecuencia usualmente baja en una gran cantidad de mujeres. Ciertamente la mujer también tiene deseos y necesidades sexuales, pero raramente piensa en eso al día. Lo cierto es que la mayoría de las mujeres tienen una queja permanente, y es que muchas de ellas se quedan mirando el techo después de terminar el acto sexual.  Porque el hombre se ha ocupado solamente de sí mismo en su satisfacción, y a ellas no las han tomado en cuenta. Por el contrario, muchas veces son solamente valoradas simplemente como un ‘pote’ donde vaciar su ‘carga’, mayor nivel de egoísmo por parte del hombre es imposible. Por ello es que muchas mujeres guardan mucha rabia y resentimiento en contra de sus amantes. En resumen de todo lo anterior  Pease y Pease (1999) comentan acerca de las diferencias que crean conflicto en el sexo de la pareja, lo siguiente: “las diferencias en cuanto a actitudes sexuales siempre han sido un muro de contención entre los hombres y las mujeres” (p.221).

            No recuerdo que autor leí hace tiempo, pero él señalaba y explicaba una gran verdad: “los hombres envidian a las mujeres en su sexualidad”. ¡Sorpresa!, para nada. Por cierto que Leman (2004) también señala algo parecido, él dice que “un gran porcentaje de hombres siente celos de los orgasmos de las mujeres” (p.107). Las razones eran, según recuerdo: 1) la capacidad multiorgásmica de la mujer: debido a su aparato orgásmico: una mujer sexualmente sana, que conozca su cuerpo y su respuesta sexual, es capaz de tener múltiples orgasmos sucesivos, ningún hombre, ni en el mejor de sus sueños, llegaría a experimentar tal nivel de placer. Es más, según la expresión del Dr. Belmonte “El hombre solamente sirve para darle la ‘ñapa’ a la mujer” (ñapa es una expresión venezolana que significa dar un poquito extra al final). 2) La mujer no tiene el período refractario, por lo que no necesita esperar a ‘cargarse’, su cuerpo siempre está disponible, si su mente y emociones lo están. 3) La mujer posee el único órgano diseñado para dar el máximo placer: el clítoris, ningún otro órgano tiene esta función. 4) La suma de estos factores, y otros adicionales, suponen que el verdadero sexo fuerte, en el tema sexual, es la mujer, no el hombre. Lamentablemente, la mujer, por regla general, no conoce su potencial sexual, y se ha dejado engañar por la envidia del hombre. Dejándose relegar en su rol de protectora sexual del hombre, para convertirse, unas veces, en una esclava sexual de sus maridos, lamentable pero cierto; pero otras veces, más lamentable aún, en una castradora sexual de los hombres. Además el hombre oculta mucho miedo en relación con su sexualidad y su respuesta sexual, por el mismo tema de las comparaciones, ‘los tamaños’… y la gigantesca cantidad de mitos, que lo único que han logrado es ampliar la barrera de las diferencias entre ambos géneros. Es por esto que Pease y Pease (1999)  señalan: “…la necesidad biológica masculina ha supuesto una gran traba en las parejas y constituye la razón número uno de los problemas de las relaciones modernas” (p.222).  Y añaden en el mismo tema “las mujeres se quejan de que el hombre no hace más que presionarlas para que mantengan relaciones sexuales, lo que provoca resentimiento por partida doble” (p.226). En base a estos comentarios se puede esperar que, definitivamente la sexualidad debería representar un tema fundamental y prioritario en el proceso de ‘pegamento’ en la pareja, pero, por el contrario, en la mayoría de las realidades de las parejas, al no conseguir una satisfacción plena de placer y disfrute, donde ambos se sienten completos y realizados en su consolidación sexual, es seguro que en el corto tiempo tal relación se destruya. 

Aprovechando el tema de las diferencias entre ambos miembros de la díada, Martínez (2006) señala: “La compatibilidad desde el punto de vista físico entre los miembros de una pareja no es fácil de alcanzar, aunque la mayoría de las personas lo asumen como algo que ocurre en forma natural” (p.81). Por ello las diferencias entre ambos, muchas veces lejos de ayudar a la compenetración, terminan separándolos en todos sus aspectos, particularmente en el sexual. Con frecuencia estás diferencias los llenan, en lo emocional, de una serie de intolerancias y antagonismos, que muchas veces no pueden ser resueltos, porque la pareja sencillamente no quiere hacerlo. Han acumulado mucha rabia y resentimiento durante tanto tiempo, que ahora solamente ansían vengarse del otro. Por ejemplo, la mayoría de las mujeres esperan que la relación sexual incluya romanticismo, ternura, suavidad, lentitud, palabras, donde el preámbulo del juego sexual es muy importante y necesario, mientras se van introduciendo paulatinamente en el deseo y, en la necesidad de ser penetrada. Pero el hombre es todo lo contrario, desprecia muchas veces esta introducción previa. Por lo que los autores Pease y Pease (1999) indican: “El deseo sexual masculino es como una cocina de gas porque la chispa se enciende instantáneamente y puede funcionar a toda mecha en segundos, y se apaga igual… Por el contrario, el deseo sexual femenino es como un horno eléctrico, ya que se calienta despacio hasta llegar a su temperatura máxima y le lleva bastante tiempo volver a enfriarse” (p.223). Si el esposo fuese inteligente en el aspecto sexual, donde en vez de solamente buscar su propia satisfacción, buscara primero el de su esposa, el universo de placer que descubriría, no tendría comparación con cualquier relación anterior. Es por ello, que el entender y manejar las diferencias naturales entre hombres y mujeres, es un requisito necesario del conocer al otro y  a sí mismo, para convertirse en un verdadero buen amante. Lo cual puede comprobarse en las palabras de Fromm (1982) cuando señala: “Puede definirse el carácter masculino diciendo que posee las cualidades de penetración, conducción, actividad, disciplina y aventura; el carácter femenino, las cualidades de receptividad productiva, protección, realismo, resistencia, maternidad” (p.44). De igual manera Baltasar y Battaglia (1990) señalan: “la sexualidad en la pareja, a pesar de vivirse en forma íntima, está condicionada por la sociedad en la cual se desenvuelve” (p.15), dando a entender que la sociedad promueve muchas de las diferencias que se dan entre ambos miembros de la pareja. Porque como dice Martínez (2006): “La similitud facilita la identificación, mientras que lo complementario se basa en las diferencias y, a veces, en rasgos opuestos…” (p.81). Entender las diferencias es comprender que tanto el hombre como la mujer, tienen su propia forma de obtener y sentir el placer sexual, son complementarios pero diferentes, lo cual no indica que uno sea mejor que el otro, sino que ambos se necesitan por igual, para convertirse en “una sola carne”.

Por su parte, Pease y Pease (1999) comentan adicionalmente un punto importante en las diferencias, de cómo cada miembro de la díada encara el sexo, ellos afirman: “Mientras que el hombre necesita mantener relaciones sexuales antes de establecer vínculos afectivos, para la mujer es un requisito indispensable que exista algún lazo emocional antes de lanzarse al sexo” (p.242). Ello hace entender que, si una mujer tiene relaciones sexuales sin haber establecido éstos ‘vínculos afectivos’, lo que hace es, sencillamente, actuar su parte biológica y, al igual que el hombre, simplemente está buscando una ‘descarga’ de su necesidad corporal, y no de su complemento emocional. Por lo que estos mismos autores complementan esta diferencia con la siguiente frase: “Al principio de una nueva relación, el sexo siempre juega un papel esencial y hay mucho amor. Ella le da mucho sexo y él le da a ella mucho amor, una cosa compensa la otra” (p.243). Lamentablemente en muchas de estas relaciones veloces, lo único que queda es la relación sexual, porque generalmente matan al amor prematuramente, al haber obtenido desde el principio, lo que buscaban, sin haberse dado el tiempo de cultivar la relación, para obtener como premio final, lo que realmente es la sexualidad sana: el ‘pegamento’ del amor entre ambos. En este sentido se podría afirmar que muchas de estas mujeres que ‘juega al sexo para conseguir amor’, actúan así debido al miedo de quedarse solas. Ellas creen que cuanto más rápido se entreguen al hombre, esto le garantizará una relación de amor, y la verdad, es que, los hombres no son así. En realidad los hombres se han vuelto muy cómodos y flojos, ya no tienen necesidad de ‘trabajar’ una relación, ya las ‘cosas’ las consiguen muy fácilmente y, con muy poco esfuerzo. En realidad el hombre conoce este miedo de ellas, y le plantea esta premisa: ‘si tu no me das sexo, yo me busco otra’, la mujer cede, e igualmente, al final, se queda sola y usada, muy lamentable pero muy cierto. Es por ello que Leman (2004) con base en lo anterior y a su criterio profesional, busca abrir un espacio de reflexión sobre el aspecto sano de la sexualidad, y hace referencia a que muchas parejas tienen problemas con el sexo, porque para él: “la relación sexual matrimonial, la más importante y la única apropiada desde mi punto de vista, se pasa por alto, y las parejas pagan un precio terrible cuando se produce esta triste realidad” (p.18).  El precio no es otro que la ruptura y la separación, con su consiguiente carga emocional negativa. Por ello y en este sentido de las diferencias, es importante entender una diferencia fundamental de ambos, en base a las situaciones de conflictos entre ellos, la cual es: para el hombre el tener la relación sexual borra cualquier conflicto con su pareja, pero por el contrario, en la mujer, por lo general, hasta que no se haya resuelto el conflicto, no quiere tener ninguna relación sexual. En pocas palabras: hombre + sexo = a cero conflicto; en la mujer conflicto es = a cero sexo. No deja de ser cierto que estas diferencias no son tan radicales en todas las parejas, pero sí en una gran mayoría de ellas. De esta forma se amplia y se confirma el hecho de que la sexualidad es un punto importante dentro de los aspectos de la unión marital de la pareja. El cual es necesario entender y tratar en su justo valor, no hacerlo es cometer el mayor error de tu relación matrimonial.

Otro aspecto que, también debemos considerar, es el que hace referencia a que, los problemas de la pareja, no solamente se dan por los problemas personales e individuales de cada uno, sino muy particular y especialmente,  por la ignorancia frente a la relación sexual, es decir, la pareja ha  llegado al matrimonio sin saber lo que deberían saber, y sin conocer lo que deberían conocer de una vida sexual sana y, de un compromiso matrimonial permanente. Por el contrario, generalmente vienen llenos de una cantidad infinita de mitos y tabús, que nada tienen que ver con la realidad de la sexualidad en la pareja. Con lo cual no valoran ni aprecian la fuerza unificadora de una sana y maravillosa comprensión de la verdadera sexualidad. En este sentido Leman (2004) expresa: “Si piensas que la relación sexual no es importante, estás tristemente equivocado. Ella es una fuerza poderosa en nuestra vida de casados. Involucra no sólo lo físico sino tu mente, tu espíritu y tu relación” (p.17). Tomando en consideración lo anterior, cabe señalar que la madurez de la pareja en la unión marital también se ve reflejada en la relación sexual, porque será netamente evidente, que en un tema de tantas dimensiones como el sexual, cada uno de los miembros de la pareja tendrá sus propias diferencias individuales, culturales y psicológicas, que inevitablemente se hacen presentes durante el acto sexual. Lo cual obviamente afectará el grado de satisfacción y placer de cada integrante, reflejándose ello, a su vez, sobre la unión matrimonial de la pareja y por ende, en su grado de satisfacción y bienestar, tanto individual como de la relación misma. Tal como señalan Baltasar y Battaglia (1990): “En la pareja, la práctica de la sexualidad es una necesidad fisiológica con efectos o consecuencias en la satisfacción personal, en el sentimiento de bienestar, en la autorrealización personal y en las relaciones interpersonales afectivas y recreativas” (p.19). De igual forma, tal madurez implica por una parte, una comunicación y satisfacción de deseos tanto personales como de la pareja, y segundo, implica el romper las ataduras, mitos y creencias acumuladas durante las etapas previas de la vida de cada uno de los miembros de la pareja. Como complemento Martínez (2006) nos recuerda que: “Para ello es necesario un tipo de comunicación clara y sincera… La sinceridad y la confianza son imprescindibles para alcanzar una adecuada compenetración física” (p.81).

Por su parte, la esencia misma de la relación sexual en la pareja implica una reciprocidad, donde ambos miembros deben estar dispuestos a compartir el placer de cada momento de la relación, hasta llegar a la culminación del mismo. Para lograr esto la pareja decide sus propios códigos, juegos, comunicación verbal o no, y en general los diferentes estímulos sexuales que excitan a cada individuo, a través de sus sentidos en su totalidad corporal (vista, gusto, tacto, olfato, oído), así como de toda su individualidad psíquica y emocional. Es decir, la totalidad de la persona debe ser entregada y compartida durante la relación sexual a su cónyuge, de tal manera que el otro sea la meta a alcanzar. Como señala Martínez (2006) al decir: “El verdadero orgasmo es una participación de los sentidos y de la afectividad; el éxito de la vida sexual de una pareja reside en la armonización de los ritmos físicos y psicoafectivos que se logra con la comunicación respetuosa, la curiosidad y la confianza en el otro” (p.84). Una vez más, cabe recordar que hablar de sexualidad implica todo un universo de elementos positivos que, añaden a la intimidad de la pareja una experiencia única e intransferible, cuya máxima expresión será el complementarse como “una sola carne”. Lo cual es igualmente expresado por Baltasar y Battaglia (1990) en los siguientes términos: “Es así como la pareja, a lo largo de su historia y con la influencia de sus recursos, conocimientos, experiencias, circunstancias, etc. tomará posiciones en lo que respecta a diferentes asuntos. Uno de ellos es sin duda la sexualidad. Los miembros de la pareja tomarán decisiones al respecto involucrando la voluntad de uno solo de ellos o de ambos. Es posible que el modo en que la pareja tome estas decisiones se relacione con el grado de ajuste marital que posee” (p.54). Tal unidad y ajuste entre ambos, solamente pueden lograrse cuando existen elementos como la comunicación, confianza, seguridad, conocimiento, disfrute y por supuesto, amor y deseo en exclusividad del otro.

            Lo anterior se ratifica con el similar criterio de Dobson (1990), el cual comenta que dentro de los fundamentos básicos de una buena relación sexual está el aspecto de la comunicación. Él señala, entre otras cosas, que la comunicación totalmente abierta y franca, será un requisito fundamental para una buena interrelación de la pareja en los aspectos sexuales. Pues de esta manera podrán comunicar al otro lo que en ese momento particular desean, pudiendo así compartir con el otro sus respectivas intimidades (pp.87-90). Lo importante del aspecto de la comunicación franca, especialmente en la pareja, es que nunca se usa para acusar o destruir al otro, como usualmente hacen la mayoría de las personas. Porque el falso supuesto de que debo decir todo lo que siento, aunque tiene un dejo de verdad, la gran mayoría de las veces oculta mucha rabia, lo cual no es sano, ni está permitido para vengarte del otro. Sino que muy por el contrario, la verdadera comunicación es para expresar tus pensamientos, sentimientos y deseos de tal forma que, por una parte, te puedas dar cuenta de tu verdadero interior y tus necesidades. Por la otra parte, tu cónyuge pueda aprenden a conocerte mejor, e incluso a saber qué cosas realmente te estimulan y te agradan, para llegar a una máxima expresión sexual. Por su lado, Leman (2004) señala que no importa el número de años que lleve la pareja unida, y realizando el acto sexual, en cada oportunidad que inicien el mismo, será una nueva relación sexual, pues las circunstancias del momento, el ambiente, los eventos del día y de la situación personal de cada uno de los miembros, así como de la pareja en sí misma, en ese momento serán totalmente diferentes a los anteriores. Razón por demás para poder añadir, bien sea nuevos elementos o, modificaciones de los ya existentes, de los diferentes ingredientes que complacen a la díada, con miras a lograr el máximo de goce en la relación sexual. Este autor comenta ejemplificando lo anterior “Tu esposa no será la misma en el aspecto sexual el martes por la noche que el sábado por la mañana” (p.11). Y vaya que las diferencias pueden ser muy interesantes y placenteras, si tan sólo sabes interpretar “de qué lado sopla el viento ese día” en tu cónyuge.

En cuanto a la relación sexual de la pareja como ‘pegamento’ para unirnos, ellos buscan disfrutar del placer físico y emocional y, satisfacer las necesidades tanto fisiológicas, psicológicas, como emocionales. Siendo la realidad que no existen reglas fijas e inmutables, no hay normas ni horarios pre-establecidos, no existe un manual hecho a la medida de cada uno. Aquí lo fundamental es que, al igual que todo lo relacionado con la pareja, y específicamente en lo referente al ajuste marital, todo debe ser de común acuerdo entre los miembros de la díada matrimonial. Pues solamente ellos tendrán el poder de decidir y negociar lo que será más adecuado y beneficioso, tanto individual como en conjunto. Al respecto Leman (2004) afirma que: “La buena relación sexual no es fácil y es muy personal. El hombre debe interpretar cómo acomodar las velas de su esposa según los cambios de viento. Si el esposo va a ser el capitán de su corazón, debe aprender a interpretar los vientos, y para eso se requiere tiempo y mucha experiencia con su esposa. Las experiencias con otras mujeres, más bien lo desviarán en lugar de ayudarlo porque cada mujer es única en su deseo y placer” (pp.25-26). Es necesario comprender que el acto sexual es una vivencia de los integrantes de ésta diada, de tal forma que el resultado de la misma será la sensación mutua, aunque por igual para ambos, a la misma vez, muy personal de satisfacción, disfrute y ganancia tanto física como emocional, con la cual ambos se premian mutuamente y a sí mismos, como individuos y como pareja unida. Tal como lo señala Luhmann (1997): “En el concierto corporal se experimenta que, por encima de los requerimientos de la propia satisfacción, también se satisfacen las exigencias del otro. Con ello se experimenta que el otro ser desea ser requerido, es decir, convertirse en requisito para la satisfacción” (p.30). Esto por su parte permite asegurar que es importante no perder de vista que, una de las metas del esposo, que realmente ama a su esposa, es precisamente el de provocarle el mayor placer sexual a su esposa. No sólo porque ella se sentirá completamente amada, segura del amor de su esposo, deseada, complacida, satisfecha, y plenamente realizada en su instinto sexual. Sino que más aún, todo esto será de mucho más placer para el esposo, que el mismo placer que le produce a ella, porque con este disfrute de ella, él no solamente encuentra igualmente su realización sexual, sino que el gozo de ella, muy especialmente refuerza todos los criterios emocionales de su masculinidad y, de su rol de esposo protector y cabeza de su matrimonio. Al saberse y sentirse como el buen amante, que es capaz de llevar a su esposa a un viaje de placer, muchas veces indescriptible para ambos.  La suma de todas estas sensaciones, lo proyectan a él, a una afirmación ineludible de seguridad y confianza tal, que refuerza y estimula aún más su autoestima masculina y, su deseo por su esposa. Por esta razón Martínez (2006) asegura que: “La mejor experiencia es la indicación del otro, el mejor amante es el que olvida lo que sabe para entregarse a un acto en el cual el único conocimiento importante es la propia sensación y el conocimiento de lo que el otro experimenta y le solicita” (p.83). Una vez más, conocer al otro y comunicarse con el otro, son dos requisitos indispensables para tener una verdadera experiencia sexual de disfrute y placer, donde los conyugues se unan con el maravilloso ‘pegamento’ que es la sexualidad sana entre ambos.

            No deja de ser cierto que tanto en la sexualidad como en las demás áreas de la relación de pareja, la unión marital ha de cumplir un papel preponderante, en particular en un tema de tanta importancia como lo es la sexualidad, primero para cada individuo, pero especialmente, para la relación de pareja. El poder lograr un proceso de unión matrimonial, que permite superar, por un lado las diferencias tanto biológicas, psicológicas como emocionales, y por el otro, suprimir o minimizar las mitos, tabús y creencias negativas, donde se busca que desde el punto de vista positivo, cada elemento que influye en la pareja, tanto individual como en conjunto, permita lograr un adecuado acoplamiento (pegamento) de la pareja tanto en lo sexual, como en todos los demás aspectos sociales. Todo ello es sin duda importante y prioritario, para lograr la estabilidad, el bienestar, la satisfacción y, por supuesto, la continuidad de la relación diádica en el tiempo. Que si bien es cierto, no deja de incluirse como una parte importante, la función primaria de reproducción de las especies, que la actividad sexual significa. La realidad es que en el ser humano, además y con mucho énfasis, la sexualidad permite a los esposos expresarse el amor mutuo, el placer del contacto, la entrega al y del otro, y una serie de necesidades de todo tipo, que son importantes para una adecuada unidad e integridad de la pareja. Por lo que tomando estos aspectos en consideración de la unión marital dentro del área sexual y, en especial la satisfacción física, Moral De La Rubia (2008a, pp. 188-190) en la conclusiones de su investigación señala que: “La sexualidad dentro del matrimonio no está regulada tanto por la satisfacción de necesidades físicas y el cumplir con obligaciones sociales como por el afecto, la comunicación y la satisfacción conyugal”. Lo cual ha sido el elemento central de esta reflexión: que no hablamos solamente de sexo, sino de algo más allá, y mucho más importante, tanto a nivel de cada miembro individualmente, como en el conjunto que es la relación que ambos construyen, que no es otro sino el tema de una sexualidad sana y total de la pareja. Donde la intimidad se da, se ofrece y se recibe sin prohibiciones, permitiendo un total compartir de todas las sensaciones físicas y emocionales de la pareja, cuya vida se ha integrado con un ‘pegamento’ tan maravilloso como lo es su relación sexual sin fronteras. Tampoco dejamos de destacar lo que igualmente se ha señalado en relación con un aspecto negativo, de cómo la unión marital se ve afectada trágicamente por la insatisfacción de lo sexual, pues en un periodo de tiempo, lamentablemente cada vez más corto, muchas parejas ven destruidos sus sueños y esperanzas, al no saber cómo lograr un adecuado acoplamiento, en una materia tan delicada como lo es lo sexual. Porque no deja de ser cierto, que éstas parejas conocen que, mejorar su unidad y su desempeño, en función de unas relaciones sexuales satisfactorias, donde el papel del placer sexual, se convierte en el refuerzo (pegamento) natural del vínculo, de todas aquellas parejas con relaciones estables y persistentes, lo cual sin duda, permitirá que resuelvan y sanen sus heridas, evitando la fractura de la relación. Porque la gran verdad es que, el vínculo matrimonial es reforzado con más fuerza, a mayor número de relaciones sexuales satisfactorias para ambos.

            Quisiera para terminar, resaltar otros aspectos importantes para mi criterio. El primero, es el tema de la ‘competencia’ entre los géneros. Lamentablemente el modelo de educación actual ha llevado a las parejas a vivir su relación como un campo de batalla y, la sexualidad no es la excepción. No me voy a meter en la descripción de todas las razones válidas que sustentan lo que está pasando en éste terreno de competencia, ni en la cantidad de ‘metidas de pata’ tanto de los esposos como de las esposas, de las cuales ya mencioné varios. Lo que quiero resaltar es el hecho actual de que, la mujer ha sido educada para ‘no dejarse pisar por ningún hombre’, lo cual, por supuesto, incluye a su esposo. Pero frente a esta postura, que incluye mucha rabia, la mujer quiere vengarse no solamente de lo que le haya hecho el esposo, sino que también se quiere vengar de todos los hombres ‘abusadores’ que les metieron en su cabeza. Usualmente por sus figuras parentales femeninas y, mucho de lo que el papá les hizo a ellas o, a su mamá (como si las relaciones de pareja no fuesen 50% y 50%, incluyendo la de sus padres). Leman (2004) hace una referencia a esto: “Cuando la mujer utiliza la necesidad del hombre para manipularlo, este se resiente. Cuando utiliza la necesidad del hombre para castigarlo, muchas veces este se vuelve amargado” (p.57). El asunto es que muchos hombres se quejan de que parecen que estuvieran haciendo el amor ‘con otro hombre’ porque la esposa quiere dominar también el terreno de la cama. La realidad es que la mujer puede y debe tomar la iniciativa en la cama de vez en cuando, que sea dicho de paso, esto les encanta a muchos hombres. Pero lo que no puede permitirse es querer tener ella el control todo el tiempo. Esto es minimizar y descalificar al hombre, el cual necesita, y debe ser y sentirse, la cabeza de su hogar y de su cama. Lo repito: no quiero una esclava sexual, quiero una mujer que se exprese, que participe, que disfrute y, que se realice como mujer en toda su plenitud. Para hacerlo con ‘otro hombre’ es preferible que se queden solos. He tenido pacientes que ellas me dicen: “antes de que él me ‘coja’, me lo ‘cojo’ yo a él” (me disculpan la franqueza, pero es real). La mujer debería entender que entre los roles de ser “la ayuda ideal” que Dios diseñó para ella, está la de proteger a su esposo y hacerlo resaltar en todas sus funciones, particularmente en el lecho conyugal. Donde el esposo que ama a su esposa y, sabe que la satisface en la cama, tendrá tal nivel de autosatisfacción y autovaloración que al bajarse de la cama, no cabrá por la puerta de lo bien que se siente consigo mismo. Usando los refranes coloquiales de los venezolanos: ‘Macho que se respeta, no se acuesta con hombres’.   

Otra reflexión importante es la relacionada con la falacia del ‘sexo fuerte’. Entiendan, así como los conflictos de la pareja se acumulan y se dramatizan en el proceso del tiempo, las fallas en la sexualidad también van a estar en función del proceso del tiempo (a mayor tiempo juntos, más conflictos, si no han sabido resolverlos y perdonarlos). Una sola pelea, un sólo fallo, un sólo rechazo, aparentemente no es importante (frecuentemente todas las parejas dicen: “peleamos por tonterías”). NADA es una tontería en las parejas y, mucho menos, en la sexualidad. Lo expresé antes, el verdadero ‘sexo fuerte’ es la mujer, por todas sus características orgásmicas, más todo el universo de complejidades de su sexualidad. Para ser sinceros, realmente los hombres tienen un pene de ‘cristal’, debido a la cantidad de conflictos emocionales asociados, más todos los parámetros evaluativos que se aplican al pene: tamaño, potencia, duración, eyaculación, disfunciones y miles de mitos y tabús, que realmente terminan esclavizando el hombre a su pene. El hombre constantemente se siente evaluado y juzgado por su desempeño sexual, de allí que todos los hombres les pregunten a las mujeres “¿Te gusto?”. Basta que tenga un fallo, o que una sola mujer responda que “no”, o que alguna lo cuestione en su desempeño, para que el hombre empiece a construir un muro de angustia en función de su sexualidad. Irá a su próxima relación con miedo y, lo interesante es que: la angustia y el miedo, matan la respuesta sexual sana. Por ello, en la medida en que más angustia se apodere de él, peor será su respuesta sexual; lo que en función del tiempo, traerá como consecuencia disfunciones como la eyaculación precoz, fallos en la erección o, más grave aún, ‘no se levanta’.

En este aspecto voy a incluir el problema permanente de los rechazos de las esposas a los requerimientos del esposo. Básicamente es el problema de las frecuencias, del que ya hable. El hombre necesita cada dos días y la mujer… por lo general lo rechaza, además con mucha rabia. Cada nuevo rechazo genera en el hombre más y más frustraciones y rabias, hasta el punto que, en el proceso del tiempo, el hombre ya no busca más a la esposa… sino a la ‘otra’. Nada sano para la relación, todo por un proceso de venganza. Entiendan que los esposos consideran la relación sexual un derecho del matrimonio (y lo es, pero para ambos),  por lo que el tener que rogar para que los satisfagan en su necesidad, es de por sí, bien denigrante y de mucha descalificación. Señala Leman (2004) “Cuando las esperanzas de un hombre se derriban con regularidad, el enojo, la hostilidad y el resentimiento llenan esa casa con el paso del tiempo” (p.62). Otro punto aparte, tocando el tema del ‘cristal’, en el cual no me voy a extender, es que el hombre no acepta su proceso de envejecimiento, por las mismas razones de su autoevaluación en su pene. Lo cierto es que con la edad, todos sus factores se ven afectados, especialmente el período refractario, que aumenta. El hombre en vez de aceptar su condición y adecuarse a ello, prefiere culpar a la mujer. A partir de allí, empieza un proceso de buscar y cambiar de mujeres más frecuentemente, lo cómico del asunto, es que cada vez las busca más jóvenes, porque ¿qué mujer se cala un viejo si no la mantiene bien?  Pero la realidad es que una mujer joven requiere más frecuencia sexual, y el hombre no puede resistir esta exigencia y, termina reiniciando su ciclo de cambio. Hasta que llegue el fatídico día en que no ‘levanta más’. Lo cual representa el destino de muchos hombres. En proverbios 5:18 leemos: “Que tu esposa sea una fuente de bendición para ti. Alégrate con la esposa de tu juventud” (NTV). Esto es por aquello de permanecer juntos para siempre.

Para terminar estas reflexiones y cambiando la tónica de las anteriores, me referiré al punto que tiene que ver con que le damos demasiado nivel de seriedad a la relación sexual, tanto que nos olvidamos que la misma, no solamente incluye el disfrute y el placer sexual, sino que igualmente es importante, que la misma debería estar salpicada de un disfrute y de una alegría, diría yo que infantil e ingenua. Donde las risas y los juegos, permitan expresar y sentir al ‘niño’ que todos llevamos por dentro. Las risas y la alegría tienen una gran participación, en el vivir y en la expresión de la sexualidad, ya que son parte fundamental del compartir de los esposos. Es decir, el acto sexual es tan importante, que no deberíamos tomarlo tan en serio, y sí darnos el permiso para reírnos y disfrutarlo como niños, jugando, haciendo cosquillas, poniendo un poco de helado, de crema chantilly… y por supuesto de la imaginación de la pareja. Para Martínez (2006) el cultivar el sentido del humor también es importante, por eso señala: “El humor es un recurso comunicativo que tiende a atenuar el dramatismo de las situaciones difíciles… Yo me siento inclinado a creer que ni el amor ni las relaciones afectivas son cosas serias, sino que ambos pueden y deben ser divertidos, y fuente tanto de satisfacción como de placer,… El amor es cosa de juegos, de risa, de alegría y de felicidad.” (p.102). Te invito a una última reflexión: Vivir en una relación de pareja sana, armónica, feliz y permanente, donde la sexualidad sea maravillosa, es una decisión que va más allá del sentimiento y de las emociones, requiere de tu compromiso y responsabilidad; de tu esfuerzo y dedicación. Es una experiencia única de todos los días; con, por y para el otro; por encima de las posiciones individuales. Porque la meta y el objetivo definitivo, es la unión y la consolidación de un vínculo en pareja, a prueba de cualquier problema y, del tiempo mismo. Tal como lo diseñó y te invita Dios para tu vida en matrimonio.     

            Finalmente cabe resumir, que comprender y superar las diferencias de ambos cónyuges en lo sexual. Establecer una serie de pautas de comportamiento, de acercamiento, seducción, y práctica sexual. Son elementos que pueden no sólo descubrirse, sino aprenderse y ponerse en ejecución a través del proceso de acoplamiento marital. Donde la confianza, la seguridad, la exclusividad, la entrega sin restricciones del uno al otro, son los elementos que constituyen los ingredientes principales del fabuloso y maravilloso mundo de una sexualidad sana entre los esposos. Cuyo único objetivo no solamente sea el de recibir el máximo placer sexual, sino el de proporcionárselo al otro, como muestra de un amor genuino y autentico, que no conoce fronteras en su entrega, en total intimidad al otro. La invitación final es que, TÚ también busques y encuentres en tu relación matrimonial, tal nivel de éxtasis y de compenetración, que te permita cumplir, no solamente el sueño, sino la decisión de vivir una vida juntos ‘hasta que la muerte los separe’. Porque ello es posible, si ambos deciden usar sanamente el ‘pegamento’ que Dios les ha regalado para su relación matrimonial.

Que Dios los bendiga grandemente.

Referencias:

Baltasar, M. y Battaglia, M. (1990). Tesis: Pareja: relación, ajuste marital y estilos de poder
            en la sexualidad. Caracas, Venezuela: U.C.V.
Dobson, J. (1990). Amor para toda la vida. Nashville, USA: Editorial Caribe-Betania.
Fromm, E. (1982). El arte de amar. España: Ediciones Paidos.
Leman, K. (2004). Música entre las sábanas. Miami, Usa: Editorial Unilit
Luhmann,  N.  (1997).  El  amor  como  pasión.  Barcelona,  España:  Ediciones Península.
Martínez, J.M. (2006). Amores que duran… y duran... y duran. México: Editorial Pax.
Moral De La Rubia, José. (2008a). Modelos predictivos y de senderos de ajuste diádico por
            géneros en parejas casadas. Recuperado 03-08-2009, de:
http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2565711
Pease, A. y Pease, B. (1999). Por qué los hombres no escuchan y las mujeres no entienden los
            mapas. España: Editorial Amat.
Tyndale House Foundation. (2010). Santa Biblia, Nueva Traducción Viviente. USA


viernes, 29 de julio de 2016

PROHIBICIÓN DE PAREJA: Cumplir mi orden y mi decisión de quedarme solo

PROHIBICIÓN DE PAREJA: Cumplir mi orden y mi decisión de quedarme solo
Por J. Rafael Olivieri (julio 2016)

“…la selección de una pareja no se hace en forma casual, sino que es un intento por hacer coincidir una serie de patrones de pautas y creencias compatibles o complementarias”
(Martínez, 2006, p.15).

            “YO NO QUIERO QUEDARME SOLA/O”. Podrían creerme que esa es una de las frases que más frecuentemente me dicen las personas en el consultorio, o en los talleres, en relación con su estatus en el tema de tener o no pareja. Sin embargo, a pesar de que conscientemente, la gran mayoría quiere y desea tener una relación de pareja ‘sana y permanente’. La gran verdad emocional es todo lo contrario, es altamente probable que se queden solos. Porque esto no depende únicamente, de querer o no, el tener una relación de pareja. Depende de varios factores, entre otros: los patrones de selección de pareja de cada quien; del conjunto de creencias emocionales; de las múltiples órdenes parentales que prohíben las relaciones de pareja; y, en particular, de la decisión emocional (inconsciente) tomada en etapas infantiles por cada persona, en relación con el modelo de pareja aprendido. La realidad es que, esa gran mayoría de personas, han decidido, sin darse cuenta, una ‘Prohibición de Pareja’, con lo cual (aunque no lo quieran hacer)  harán todo lo que esté a su alcance para quedarse solos. A menos, claro está, que puedan cambiar emocionalmente tal argumento de vida, y así poder decidir un permiso para su relación de pareja. Ahora bien, antes de empezar a desarrollar este tema, déjame aclarar que también existe un buen número de personas cuya prohibición de pareja es tan gigantesca, que, tanto consciente como inconscientemente, por nada del mundo quieren tener una relación de pareja. Éstos, por lo general, no vienen al consultorio, se encuentran ‘bien’ en su mundo de soledad, aislados entre sus cuatro paredes, retroalimentando sus propias prohibiciones constantemente. Es como diría Shinyashiki (1994, p. 84): estas personas han estado comiendo “pan mohoso” toda su vida, y lo único que han conocido como alimento es ese “pan mohoso”, entonces ¿qué otra cosa van a querer y pedir? sino “pan mohoso”. Tanto estos, como los que no quieren cambiar su prohibición de pareja, no conocen la invitación y el permiso de Proverbios 5:18 que dice: “Que tu esposa sea una fuente de bendición para ti. Alégrate con la esposa de tu juventud” (NTV). (Inviertan los géneros, según cada quien, pues esto es por igual para todos, por aquello de que el género de los sustantivos es convencional. Las palabras no tienen sexo, sino género y hasta género neutro).

Me gustaría aclarar un punto que me parece importante y, muy relacionado con el tema de la prohibición de pareja: ¿Por qué usamos como genérico el término de pareja? Sin ánimo de ofender a nadie (aunque es inevitable), ni de precisar tiempos históricos: desde el principio de las relaciones humanas, hemos hablado de las relaciones MATRIMONIALES (porque era lo frecuente, lo común, lo normal, lo sano), y por supuesto, de los términos ESPOSO y ESPOSA, dados al HOMBRE y la MUJER que mantienen tal relación de unión conyugal. Lo cual ha estado establecido desde Génesis 2:24: “Esto explica por qué el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su esposa, y los dos se convierten en uno solo” (NTV). Esto nos habla de la creación, mandato y permiso del matrimonio, de Dios al hombre y a la mujer. Tal como lo recuerda 1 Corintios 11:11: “Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón” (RVR60). Sin embargo, esto ha cambiado drásticamente, dejando de ser lo normal, para convertirse en lo extraño, en lo increíble. Hemos llegado a un punto de rechazo y desprecio del matrimonio como nunca antes en la historia. Por ejemplo, mi hija mayor me contó que hablando con una amiga, de nosotros sus padres y de nuestro matrimonio, la amiga le pregunta con asombro y como si fuera algo insólito: “¿Tus padres están juntos todavía?”, ¿Qué tal? Resulta que los matrimonios y las familias ‘tradicionalmente’ constituidos ¡somos una especie en extinción! Como diría una de mis pacientes: “Esas cosas pasan”.

Lo anterior es debido a que ahora, en el presente, a través de un proceso paulatino de deterioro de los valores: social, moral, ético, cultural; de apartar a Dios de nuestros corazones; además de todo el fenómeno publicitario en contra del matrimonio de las últimas décadas. Así como de la aceptación y permiso de cualquier modelo de relación entre seres humanos, en nombre de la libertad y de los derechos de cualquier libertinaje. Lo que antes era considerado por los especialistas como enfermedades mentales, hoy en día tan solo son ‘formas de existencia’, modos de vivir la vida. En el pasado rechazadas, hoy, no solamente aceptadas, sino casi que adoradas e idolatradas por la inmensa mayoría. No se descuiden, la advertencia está dada desde los tiempos de Isaías 5:20: “¡Ay de ustedes, que llaman bueno a lo malo, y malo a lo bueno; que convierten la luz en oscuridad, y la oscuridad en luz; que convierten lo amargo en dulce, y lo dulce en amargo!” (DHH). De tal forma que hoy en día, las relaciones existentes se pueden dar entre cualquier género, en cualquier condición y forma, por lo que ya no podemos hablar de esposo y esposa, HOY HABLAMOS DE PAREJA. Hemos denigrado el estatus del matrimonio rebajándolo a cualquier cosa entre dos ‘personas’. Ya no hablamos de matrimonio, hablamos de uniones libres, cohabitación mutua, y cualquier otra barbaridad, que en la práctica y en su dinámica, no es sino una relación matrimonial sin papeles, porque igual hay sexo, hijos, situaciones económicas, cargas y responsabilidades, pero con algo indiscutible: un final de ruptura y separación inevitable, más económico sí, pero soledad al fin, es decir: prohibición de pareja.

Lo cierto es que, en el elemento en que me quiero centrar, quizás el primero y el más importante de la prohibición de pareja, no es otro sino: mi propia experiencia en vivo y directo de las miles de situaciones negativas que ocurrieron en el ámbito matrimonial de mis padres. Las vivencias que he contemplado, aprendido, sentido y, las decisiones tomadas, al ver qué clase de matrimonio tuvieron mis padres. Modelos donde hay peleas, maltratos, falta de atención, fallas de comunicación, odio, falta de respeto y de confianza, agresiones verbales y/o físicas, infidelidades, drogas, alcohol, abandonos, desprecios, descalificaciones, el hablar las peores basuras del otro conyugue, divorcio, entre otras miles de situaciones particulares de cada pareja, las cuales me han llevado a pensar, sentir y decidir: ‘yo no quiero eso para mí’. Situaciones de ellos que me han invitado a terminar valorando el matrimonio como algo malo, casi como algo satánico. La verdad es que muchos pacientes han clasificado su relación familiar de origen como: ‘terrible’, ‘era un infierno’, ‘insoportable’, ‘invivible’, ‘de guerra permanente’, ‘inhabitable’, ‘de violencia’, ‘de angustia, miedo y rabia’, entre otros muchas más expresiones igualmente dramáticas. Entonces, con semejantes antecedentes ¿Cómo voy yo a querer una relación matrimonial? ¿Cómo no se va a instalar una prohibición de pareja en mi sistema de creencias emocionales? Con toda esta carga emocional de rabia, angustia y miedo permanente, ¿Cómo no voy a rechazar la posibilidad de encontrar a alguien para repetir lo mismo que mis padres? No olvides la sabiduría popular: “De tal palo tal astilla”. Porque aunque la mayoría lo niegue, todos tienen miedo de repetir lo mismo que aprendieron. De hecho no necesitan ser psicólogos para conocer el principio fundamental de la psicología dinámica: “Sólo sabemos hacer lo que se hizo con nosotros”. La realidad de ello es que ‘todo lo que mi papá y mi mamá hacen, es un permiso para yo hacerlo’. Porque es altamente probable, casi en un 99%, que yo voy a repetir lo aprendido, porque eso es el “Pan Mohoso” al cual estoy acostumbrado y, particularmente, eso fue lo que de una manera emocional, entendí lo que era la vida de la relación matrimonial. A menos que lo cambie en mí, esta prohibición será la que dirija mi vida de pareja. Déjame decirte esto: Yo estoy completamente convencido y seguro de que nos hemos equivocado al echarle la culpa al matrimonio, cuando el verdadero responsable de estas situaciones, no es otro que la cantidad de conflictos emocionales que hemos ido pasando de generación en generación, hasta llegar al nivel que hoy en día tenemos. Pero, esto es solamente el principio del origen de la prohibición de pareja, más adelante desarrollaré otros elementos.
                                                                                               
            Por otra parte, continúo con algo obvio: ¿Qué es una prohibición? Lo frecuente es que la mayoría de las prohibiciones comiencen con la palabra ‘NO’. Entre millones de ejemplos: no hagas esto… no hagas aquello… no te rías… no hables… no tengas pareja. En el diccionario aparece la siguiente definición: “Una prohibición es el impedimento que existe de hacer, tocar o usar algo”. En relación con su propósito, me encanta la siguiente observación: “el cometido de la prohibición es disponer limitaciones en la realización de determinadas acciones para así evitar el caos y conseguir una convivencia armoniosa entre las personas” (tomado de: http://www.definicionabc.com/social/prohibicion.php). Esto quiere decir, que en el mundo lógico y racional, una prohibición es para el bienestar y la convivencia pacífica de los seres humanos. Por lo que entonces hemos de entender que las prohibiciones son buenas. Pero, ¿por cuál extraña razón la mayoría sentimos que las prohibiciones son malas? En primer lugar, como su definición lo indica: es un impedimento, es una limitación, que empieza por no dejarme hacer lo que yo quiero, lo cual indudablemente, me invita  a sentir rabia. Segundo, por lo general las prohibiciones están respaldadas por una ley o una norma, por lo cual las tengo que obedecer, que es otro aspecto que a la mayoría tampoco le agrada. Tercero, porque una gran cantidad de las prohibiciones están impuestas para el beneficio de unos pocos en contra de la mayoría (pregúntale a los venezolanos sobre esto).  Y cuarto: la mayor parte de tu vida infantil estuvo llena de prohibiciones impuesta por tus figuras parentales, que todavía hoy siguen haciendo estragos en tu vida adulta (recuerda las tuyas propias): no corras, no te pares, no te ensucies, no comas eso, no digas eso, no te pongas eso, no señales, no hables, no grites, no llores,… la lista es infinita. El asunto es que la prohibición de pareja tiene un proceso parecido, empieza en una serie de propuestas parentales que terminan convirtiéndose en leyes y normas que tienes que cumplir, si quieres que ellos te quieran y te acepten, para tener ‘una buena convivencia con ellos’. El problema de esta situación es que, el costo de esta obediencia, no es otro sino quedarte tú sin tu propia vida de pareja. La ecuación es simple: ¿tu pareja o tus padres? Lamentablemente, la gran mayoría selecciona a sus padres en vez de su propia pareja, aunque tú no lo creas ¿Qué ha pasado contigo y con tu vida de pareja?

            En función de estas definiciones, es imprescindible aclarar lo siguiente: Primero, estamos hablando de prohibiciones emocionales en el contexto de las relaciones padres – hijos. Esto quiere decir, que la inmensa mayoría de estas prohibiciones, por no decir todas, son de corte implícito (subliminal, ulterior). No están escritas en ningún lugar, por aquello de que las palabras se las lleva el viento… (Eso creen los ingenuos). Más aún, ninguna Figura Parental que se precie de ser un experto manipulador (y lo son todos sin excepción), se le va ocurrir poner por escrito tales prohibiciones, que atentan contra el futuro de la vida de sus propios hijos. Para empezar que muchos de ellos, en muchos casos ni se dan cuenta de lo que están haciendo, (hay otros que si saben bien clarito lo que están haciendo, pero no les interesa cambiarlo). Sus acciones y modelos vienen de su propio mundo inconsciente, respaldado en algo bien simple: su propio miedo a quedarse solos ¿Qué tal? Es muy triste, pero, en función de ese miedo, son capaces de destruir a sus propios hijos. Es como el Dr. L. M. Belmonte ha dicho siempre: “hay padres que son locógenos: fabricadores de locos”. Pero, lo más interesante aún, si se te ocurre (la mala idea de) ir a acusar a tus figuras parentales por haberte invitado a aceptar tus prohibiciones, ten por seguro que, además de victimizarse, porque tú eres ‘un hijo mal agradecido y falta de respeto que, no valora todo lo que han hecho por ti’, te lo negaran, y más cuando no tendrás pruebas ‘físicas’ de las mismas, pues todo se trata de una situación inconsciente (sigue creyendo, que te vas a volver creyón). Te adelanto algo, en la ley del 50% y 50%: TÚ eres el único responsable de tus prohibiciones, y como tal, TÚ eres el único responsable de resolverlas. Aunque suene ‘feo’, sin explicarlo primero, es hora de enterrar bien lejos de ti a tus figuras parentales y, de ocuparte de ti mismo en primer lugar. Protégete y amate tú mismo primero, para que puedas amar y proteger a los demás, especialmente a tu conyugue.

Sigo con el segundo punto, igual de interesante: El hecho de tener una ‘Prohibición de Pareja’ no quiere decir que no vas a tener nunca pareja o incluso, varias parejas, y más allá, uno o varios matrimonios. Salvo en los casos más extremos de la prohibición, en que sí se quedan unos cuantos sin tener pareja durante toda su vida, y no estoy hablando de los curas y las monjas, es casi seguro que en algún momento tendrás pareja(s), hasta incluso puedes casarte o vivir en concubinato (ahora lo llaman unión libre). Lo que la prohibición en realidad significa, y esto es lo vital, es que lo que está prohibido es tener una pareja sana y permanente. Es decir, ¡NO PUEDES TENER UNA RELACIÓN DE PAREJA QUE DURE TODA LA VIDA! Tal como está implícito en el mandato de Dios: 1 Corintios 7:10-12: “…No obstante, para los que ya están casados, tengo un mandato que no proviene de mí sino del Señor: La esposa no debe dejar a su marido;… él (esposo) no debe abandonarla” (NTV).  Al igual que lo que dice Mateo 19:6 en relación con el matrimonio: “Por consiguiente, ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, ningún hombre lo separe” (LBLA). (Ni ninguna mujer tampoco, por aquello anterior de los géneros). Pues sí, mientras no cambies tu prohibición, ten por seguro, no importa cuán enamorado estés y cuanto ames al otro, tu relación de pareja no va a durar. Sencillamente es imposible. Entonces, lo que la prohibición prohíbe es la permanencia. Con lo cual tu destino seguro será la soledad (de pareja), porque muchos se quedan a cuidar a ‘los viejos’, a las mascotas, o terminan teniendo hijos para que estos se queden a cuidarlos a ellos. ¿Interesante no? Lo que no querías que te hicieran, terminas haciéndoselo a tus propios hijos.

Cambiando el enfoque para centrarme en otros orígenes de la prohibición de pareja, tenemos que: En Proverbios 1:8-9 dice: “Hijo mío, presta atención cuando tu padre te corrige; no descuides la instrucción de tu madre. Lo que aprendas de ellos te coronará de gracia y será como un collar de honor alrededor de tu cuello”. Mientras que en Éxodo 20:12 al plantear los diez mandamientos aparece: “Honra a tu padre y a tu madre. Entonces tendrás una vida larga y plena en la tierra que el Señor tu Dios te da”. Por su parte, Efesios 6:1-3 nos dice: “Hijos, obedezcan a sus padres porque ustedes pertenecen al Señor, pues esto es lo correcto. 2- Honra a tu padre y a tu madre. Ese es el primer mandamiento que contiene una promesa: 3- si honras a tu padre y a tu madre, te irá bien y tendrás una larga vida en la tierra” (NTV). Ok, Bien, ya Rafael se puso ‘religioso’ ¿Qué tiene que ver esto con la prohibición de pareja? Permítanme explicarme, porque estas frases son la base de la más gigantesca manipulación de los Padres hacia los hijos y, no solamente son una de las principales causas de las prohibiciones de parejas, sino de la infinita mayoría de los conflictos emocionales que tienen los hijos en todas las áreas de su vida. Entendamos esto desde el principio de responsabilidad de cualquier relación: 50% y 50%: Papá y Mamá (como ya lo leyeron antes, son ‘UNO’), es decir 50% y yo, su hijo, el otro 50%. No hay Papá y mamá (normales) que no digan que sienten amor por sus hijos y, que quieren lo mejor para ellos. Ésta es la columna vertebral que justifica ‘cualquier cosa’ que ellos hagan CON, POR Y PARA MÍ, no importan las consecuencias, ni el costo emocional de lo que eso implique para mí, su 50%. Por la otra parte, no hay hijo (sano) que no esté desesperadamente necesitado de aprender de sus padres, ser amado por ellos y, de querer ser como ellos. Por eso ‘yo hago lo que sea’ y, me adapto a lo que ellos me dan para conseguir lo que necesito (amor), así sea sacrificar mi propia vida por ellos, YO DECIDO COMPLACERLOS Y HACER LO QUE ELLOS ME MANDAN, mi 50%. Aquí no hay culpables, hay responsables en cada uno de los participantes de esta ecuación. No pierdas tu tiempo culpando o buscando cambiar a tus padres, cambia TÚ, y ocúpate de TI mismo, para que puedas desarrollar tu propia vida y lo que quieres de ella. ¡Esa es tu responsabilidad! De nada te sirve quedar anclado, enfrascado en un proceso de culparlos a ellos por lo que te hicieron, cuando tu vida te pertenece a ti y, eres únicamente tú el que puede decidir cambiar las cosas que te pasan, y las consecuencias de las decisiones que has tomado, en tu  propio afán de culpabilizar a alguien de lo que te ha pasado. Es ahora el momento de cambiar, de resolverlo, de decidir un nuevo rumbo para lograr lo que más deseas: tu propio amor a ti mismo. No pierdas el tiempo, de lo pasado aprovecha el aprendizaje y decide cambiar tu presente. ¿Cómo? Decidiendo y actuando de una vez.

Desde cualquier punto de vista, ni Dios, ni Proverbios, ni la Biblia están equivocados. Si mis padres siguiesen verdaderamente los principios de la enseñanza que da Dios (y lo psicológico también) y, la aplicaran conmigo, ten por seguro que, YO sería un triunfador absoluto, no habría límites para mí, yo sería el dueño de mi vida y, enseñaría eso a mis propios hijos. Pero lamentablemente eso no se cumple así, a los padres no les interesa ni leer, ni seguir lo que dice Efesios 6:4: “Padres, no hagan enojar a sus hijos con la forma en que los tratan. Más bien, críenlos con la disciplina e instrucción que proviene del Señor” (NTV). Todo lo contrario, mis padres lo van a hacer según su propio criterio, porque ellos son los únicos que saben (¿De dónde aprendieron ellos?: De sus figuras parentales). Ni ellos, ni yo mismo, hemos leído bien lo que dice Efesios 6:1-3 (leelo otra vez): Lo que dice es que es mi responsabilidad el amarlos, respetarlos y honrarlos… porque ‘YO LE PERTENEZCO AL SEÑOR’ es mi responsabilidad con Dios, no con mis padres. Mis padres no son mis dueños, yo no soy propiedad de ellos, ellos no tenían derecho de destruir mi vida, y muchísimo menos, de quitarme la posibilidad de desarrollar una vida sana y permanente de pareja. Porque le duela a quien le duela: Mi papá, mi mamá, mis hermanos NO SON MI FAMILIA… ellos son mi familia de origen, yo pertenezco a esa familia… pero MI FAMILIA (verdadera y única) es mi esposa y mis hijos, con ellos es mi responsabilidad, para ellos es mi vida. Y mi responsabilidad por amor a mí mismo, por amor a Dios, es honrar a mi padre y a mi madre, pero ellos en su vida y yo en la mía. Mi responsabilidad no es sacrificarme yo por ellos, es vivir mi propia vida bajo mis propias decisiones. Lee estas palabras de Gibran (1983): “Vuestros hijos no son vuestros hijos. Son los hijos y las hijas del ansia de la vida por sí misma. Vienen a través vuestro, pero no son vuestros. Y aunque vivan con vosotros, no os pertenecen” (p.27). Yo creo que está bastante claro ¿no? Entonces, una vez más, ¿Qué haces sacrificada/o, destruyéndote a ti misma/o? en un mundo de soledad, acompañando a tu mamá / papá, porque sientes ‘una cosita’ dentro de ti (que no es otra cosa sino una manipulación de culpa), porque están solos, o viejos, o cualquier excusa, ¿Acaso no fue la propia decisión de ellos de quedarse solos? Y, ¿Cuál es tu decisión y, a dónde te va a llevar ‘esa cosita’? No es al mismo proceso de soledad de ellos, o peor. Creo que es tiempo de pensarlo y, de cambiarlo ¿No te parece?   

La realidad es que mis padres me invitan con su modelo, ejemplo, palabras, gestos, acciones, con lo que esperan y creen que es lo mejor para mí. Por supuesto, sin preguntarme a mí que quiero, a fin de cuentas yo soy un niño y, cómo voy a saber yo lo que quiero. Lo que sí sé, es lo que siento y, como toda la energía de mi mundo emocional colapsa, cuando hacen cosas que terminan destruyendo mi vida. Sin embargo, al final de todo eso, soy yo el que decide si acepto o no mi prohibición de pareja. Pero lo más importante de mis decisiones, es que ahora en la actualidad, ¡hoy! YO SOY EL QUE DECIDE si continúo o no con mi prohibición de pareja. La verdad es que hay miles de ejemplos que hablan del proceso de la creación de esta prohibición. No importa cuántos les mencione siempre habrán más. Unos tienen que ver con el papá y su rol masculino. A veces porque era muy fuerte, muy machista; otras porque era muy débil u odiaba a las mujeres; otras porque nunca estuvo. A veces tiene que ver con el rol de la mamá y lo femenino. Unas son muy controladoras; otras son víctimas; otras son abandonantes; otras odian a los hombres. Unos modelos tienen que ver porque se divorciaron, o nunca se casaron, o nunca lo(s) conocí; otros sí estuvieron casados toda la vida pero… Hay de todo y muy poco espacio para detallar cada caso. El asunto es que estoy hablando de una realidad que afecta a muchísimas personas y, cada uno de los que están afectados por esta prohibición, tan sólo requieren de un poco de honestidad consigo mismo, para darse cuenta de que clase de modelo prohibidor tuvo. Me voy a desviar aquí radicalmente del asunto, para sentar un precedente de porque exagero tanto estos temas: Yo soy venezolano, poco conozco del resto del mundo, sé que en todas partes hay divorcios, infidelidades, homosexualidad, prohibiciones de pareja, PERO, una cosa es el mundo y otra muy distinta es Venezuela. Somos un país atípico, pareciera que lo que ocurre aquí no ocurre en ningún otro lugar del planeta. Por ejemplo, éste es el único país donde un carro usado vale más que uno nuevo. Mientras que en otros países un político cuestionado renuncia, aquí se atornillan más a su ambición de poder, dinero y corrupción sin importales el país o sus ciudadanos. Donde los delincuentes y asesinos son condecorados como héroes nacionales. A donde voy con esto: Venezuela es un país matriarcal, porque el poder del hogar lo ejerce la mujer. En su inmensa mayoría, el hombre venezolano tiene dos deportes nacionales: uno: beber alcohol (aquí le decimos ‘caña’) y dos: buscarse mujeres distinta de la esposa (mujeriegos e infieles). Con un hombre que tradicional y culturalmente no cumple con su deber y con sus responsabilidades, con un hombre que es seguro que va a abandonar a la esposa y a los hijos ¿qué ha hecho la mujer? Simple, llenarse de rabia y de odio hacia el hombre. Aquí en Venezuela es más que automática la respuesta, es institucional, Mujeres: ¿Todos los hombres son…? Y viene: perros, desgraciados, buenos para nada, inservibles, desechables, mujeriegos, infieles, pendejos, achantados, maricos… la lista no tiene fin. Déjame decirte algo mujer, como eso es lo que tienes en tu ‘sistema de creencias emocionales’ eso es lo que buscas y eso es lo que vas a conseguir cuando (en tu modelo adecuado de mujer) seleccionas un hombre como pareja. Lo digo así, porque cada día más mujeres se buscan a otra mujer como pareja. Aunque ese es otro tema a parte, una razón básica (entre miles) es: que sienten tal cantidad de odio y aversión hacia la figura masculina, que es imposible tan siquiera pensar en relacionarse con uno de ellos. Para el caso de una gran cantidad de hombres homosexuales, es igual, tienen intolerancia a la figura femenina.

Con éste precedente establecido, veamos algunos ejemplos de las prohibiciones de pareja, empezando por el lado femenino, que sea dicho de paso, son más evidentes los ejemplos: Para mí es muy triste y doloroso ver cantidad de pacientes, muchachas hermosas, jóvenes (hay de diferentes edades), inteligentes, muchas con grado universitario (no se pierdan esta orden: “estudia para que no le aguantes a ningún hombre nada”: lo cual es un permiso de profesión, pero, es una prohibición directa de pareja y familia), son de buena educación y cultura, con su modelo de identidad de género sano (se saben y se sienten mujeres, con deseos de tener un hombre ‘bueno’), coquetas y otras muy seductoras y sensuales… pero… con una prohibición de pareja al cuadrado. Lloran en el consultorio su tristeza, su soledad, se cuestionan a sí mismas si hay algo malo en ellas, porque fallan en sus relaciones de pareja constantemente. Se auto-descalifican y agreden porque ven que su futuro tiene escrito la palabra ‘SOLEDAD’, aparentemente con tinta indeleble. Para mí esto es muy trágico, porque con base en sus prohibiciones de pareja, ellas se están traicionando a sí mismas, pues para mi criterio, tomando en cuenta mi creencia, la mujer ha sido diseñada por Dios para ser amada, respetada y protegida por su esposo: “De la misma manera, ustedes maridos, tienen que honrar a sus esposas. Cada uno viva con su esposa y trátela con entendimiento. Ella podrá ser más débil, pero participa por igual del regalo de la nueva vida que Dios les ha dado. Trátenla como es debido, para que nada estorbe las oraciones de ustedes” (1 de Pedro 3:7, NTV). Lamentablemente muchas de ellas son hijas abandonadas, o bien porque no conocieron a su papá, o porque éste nunca se ocupó de ellas. Esta ausencia de la figura masculina buena, ya invita, de por sí, a las emociones de rabia y desconfianza, que les mencioné de sus creencias, y por supuesto, en la mayoría de los casos a la prohibición de pareja, es decir que a papá le toca su 50%. Sin contar todas las barbaridades que mamá les ha ‘enseñado’ de ‘esos tipos’ que se llaman hombres. Las cuales fueron repetidas una y otra vez, cada vez que mamá tenía la oportunidad. Por aquello de Göbbels: “Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”. Tanto te lo repitieron que ahora lo crees ciegamente, y tú eres la única responsable de seguir creyéndolo.

De todas formas, no olviden lo señalado anteriormente, unas pocas de ellas tienen a sus padres todavía juntos, pero la relación matrimonial de ellos no ha sido la mejor. Un factor bastante común de estos matrimonios (prohibidores), que no es el único, es que por lo general el papá era bastante ausente o “era un pan de Dios” (no tiene autoridad masculina), mientras que mamá era la dominate, la que tenía el control de todo y, se hacía lo que ella decía (el problema es que a pesar de haber pasado ya 20, 30… o más años, todavía sigue teniendo el control y haciéndose lo que ella dice), y aquí mamá tiene su 50%. Muchísimas pacientes me han descrito a su mamá como: “no apoyaba, criticaba todo lo que yo hacía, me amargo la existencia, no cariñosa, controladora, manipuladora, me pegaba, me descalificaba delante de todo el mundo, me ataca, muy rígida, intolerante, agresiva, celosa, fría, no negociaba, invasiva, con mi mamá nunca la ganaba, muy exigente (me daba miedo meter la pata)…” y sigue. Otras pacientes han tenido un modelo opuesto de mamá, pero igual de prohibidora: “era una víctima, una tonta, una débil, se dejaba maltratar, ella era la mártir de todo el mundo, vivía en otro planeta, no era cariñosa, puritana, no rompía un plato, era pura ansiedad todo el tiempo, no nos comunicábamos, habían barreras, el único que existía para ella era mi papá (o mi hermano, esto es muy frecuente también)…” y la lista sigue. Lo interesante de estos padres que sí están todavía casados, es que mamá si se quedó con papá (independientemente del ambiente y de lo ella que dijera de él, o de los hombres en general), pero mamá le dice a la hija: “quédate sola, no te cales a ningún hombre”. Entiendan que para instalar una prohibición de pareja, se necesita un bombardeo constante, bien sea en el modelaje, o a través de gestos, actitudes y de las palabras de descalificación a lo masculino / femenino y al rol que deben cumplir. Por ejemplo (desde el área de la manipulación): muchas pacientes me han contado como ‘mamá me mostraba como ser esposa es tener que hacer las cosas de la casa obligada, con rabia, con desprecio… o me obligaba a mí a hacer lo que era la responsabilidad de ella, por ejemplo a atender a mi papá o a mis hermanos’. Otras: cada vez que mamá tenía la oportunidad me decía: ‘cásate y veras como vas a terminar siendo una esclava’. ‘Cásate y vas a ver como el hombre te va a meter una patada por el culo y te va a abandonar’. ‘Deja que el tipo se canse de ti y se busque a otra’. ‘Sí cásate y abandona a tu familia, que cuando te bote vamos a ver para dónde vas a ir’. ‘Nosotros somos tu familia y somos los únicos que te vamos a querer, los demás te van a traicionar y abandonar’. ‘No puedes confiar en los hombres porque lo único que están buscando es acostarse contigo y después te desechan’… y más y más de lo mismo. Las descalificaciones al matrimonio, a lo masculino era la orden del día hasta que ya, lo aceptaste y lo instalaste en ti como un principio absoluto de tu vida de pareja, para ti: una prohibición.  

Por eso, no es de extrañar que con tales situaciones, muchas pacientes me hayan dicho: “sí esto es tener un marido, yo no quiero tener esto”, “sí así es la vida de matrimonio, yo no me voy a casar” y, otras más graves me han dicho: “sí eso es la vida yo no quiero hijos”. Otras: “La relación de pareja es igual a ser esclava, eso me da miedo, ¿por qué debo renunciar a ser lo que soy?”, “¿Por qué tengo que doblegarme? prefiero no hacer eso y decido la soledad”. “Para que la estén controlando a una, es mejor quedarse sola”. Recuerdan el refrán “Para estar mal acompañado es mejor estar solo”, peor maldición que ésta no creo que haya. Otras frases son: “Yo soy amiga, pero no pareja, me da mucho miedo…”, “Tener una pareja es darle poder al otro para que active mis miedos”, “Para tener que estar de ‘cachifa’ prefiero quedarme sola”. Todo depende de la perspectiva individual de cada quién, porque puedes guardar verdades como: “para amar no debes renunciar a lo que eres. Un amor maduro integra el amor por el otro con el amor propio, sin conflicto de intereses” (Riso, 2006, p.xvi).  En este punto, quisiera narrarles algo que una paciente (con una prohibición de pareja tan grande, que hasta ahora nunca ha tenido pareja y, por supuesto vive con los padres) me contó hace tiempo…, realmente lo había guardado para una ocasión tan especial como este artículo. No sé, si le pueda hacer justicia al sentimiento de lo que esto representa, para mí: ‘es una patada al hígado sin anestesia’. Voy con el cuento: Ella me dice: “…iba en el carro con mi mamá, y estábamos hablando de que a mi prima la había dejado su pareja, y en eso, mi mamá se voltea a verme y me dice: <<No hay derecho a que una mujer se quede sola>>”. Mi paciente me cuenta que se quedó viendo a la mama, no le dijo nada, pero mi paciente se preguntó a sí misma: “¿Y yo que soy, una extraterrestre?”. Eso es lo que quiero ilustrar, desde el punto de vista del conflicto emocional de los padres, los demás son importantes y cuentan, pero los propios hijos no, cuando no me sirve a mis intereses (inconscientes) de padre darles el mismo lugar a mis hijos que a los otros. Indudablemente, mi paciente es mujer, bajo el concepto de la mamá ‘no hay derecho a que se quede sola’, pero no, a ella le destruyeron la vida porque su destino era quedarse a cuidar a los papas. ¿Muy justo, no? Ojo que no estoy librando a mi paciente de su responsabilidad, todo lo contrario, o ella decide romper con su prohibición y todas las excusas que la mantienen atada a la misma, o ya conoce el futuro que le espera, lo cual es su propia responsabilidad.

            Les repito, no importa la cantidad de ejemplos que mencione, no le voy a hacer justicia a todo lo que mis pacientes me han dicho. Miles me han dicho: “cada vez que iba a salir con alguien (un hombre), mi mamá se enfermaba, o le daba un mareo, o me decía que tenía un dolor en el pecho”. Ciertamente, no solamente está el modelo de manipulación de culpa, están también el de miedo y el de agresión. Cuántas mujeres no han sido descalificadas por las críticas continuas de sus figuras parentales en relación con sus cuerpos. Críticas hasta el cansancio de: tu tamaño, tu peso, tus ojos, tu boca, tus pechos, tu ‘cosa allí abajo’… descalificaciones y más descalificaciones que han destruido su amor a sí mismas. Las han llevado a tener miedo de su propia imagen corporal. Descalificaciones que te han hecho creerte fea o poca cosa, no digna de que alguien te quiera. A sentir que las demás si son bellas y tú no, que las demás si lo merecen y tú no. A enterrar tu autoestima en el enésimo sótano, con lo cual tú misma rechazas tu propio derecho a formar una relación sana de pareja. Miles y miles de ejemplos de agresión, de cómo mis figuras parentales me pegaban, insultaban o castigaban porque ‘estaba viendo hombres’. Agresiones que pueden ir desde un golpe hasta lo que me contó una paciente cuando la mamá la vio con un amigo de la escuela: “me dio un ‘coñamentación’ y después que me tiró en el piso, me puso un machete en el cuello y me dijo: que si me volvía a ver con un hombre me iba a matar”. A muchos les pueden parecer que es exagerado, pero es real y se repite más seguido de lo que ustedes se imaginan. Con tales situaciones de agresión y miedo ¿Cómo no se van a ver afectadas en sus posibilidades de pareja? Otra paciente me contó que: “Una mañana en el colegio compartí mi merienda con un amiguito (que me gustaba) y me agarro la mano… como tenía miedo de mi mamá, se lo conté como si yo hubiera visto que le paso a otra niña…. Y mi mamá empezó a gritarme: Cuidado y te veo con un hombre o que te dejas agarrar la mano…” ya se pueden imaginar el resto. A muchas le cayeron a golpes cuando mencionaban la posibilidad de un novio, o las llamaron putas, las amenazaron, en definitiva tal fue el impacto emocional que terminaron aceptando, sea cual sea el origen, una prohibición de pareja, y ahora llevan esa maldición con ellas todos los días. En definitiva, muchas de estas prohibiciones de pareja, tanto en ellas como en ellos, tienen una fórmula emocional sencilla: No quiero traicionar o dejar cumplir las expectativas de mis padres… una vez más, no importa que el costo sea mi propia vida de pareja.

            En el caso de lo masculino, no pienses que es muy diferente. En apariencia es menos frecuente, la razón: el Ser Humano llamado hombre es más básico, su biología (de productor) lo obliga a buscar más relaciones de pareja, así sea con la mera intención de ‘descargar’. Pero, en la realidad es igual de dramático: por una parte, una argumentación final de soledad, igualmente con base en sus modelos parentales y, por la otra, muchos terminan castrados física y emocionalmente, debido a su propia historia infantil. Como dice Mateo 19:12: “Hay hombres que no pueden casarse porque nacieron sin poder tener hijos. Otros no se pueden casar porque otras personas (padre, madre…) han hecho que ellos no puedan tener hijos. Finalmente hay hombres que deciden no casarse para dedicarse al reino de Dios. El que sea capaz de aceptar esta enseñanza, que la acepte” (PDT). Ciertamente el hombre por su naturaleza es más libre, pero no deja de estar sometido al poder de sus figuras parentales. E igual que la mujer, no deja de recibir manipulaciones por culpa, miedo o agresión, con lo cual termina aceptando la prohibición de pareja en su vida. No es frecuente que el hombre vaya a consulta y menos por un tema de pareja. Está sujeto a un modelo de idiosincrasia masculina basado en una expresión sencilla: ‘Macho que se respeta no va a psicólogo’. Ciertamente es mucho más complejo que eso, tiene que ver con toda la estructura emocional de lo masculino, pero sirve el ejemplo.

La prohibición masculina tiene de la misma manera miles de ejemplos: En los modelos de pareja parentales y familia de origen. En la figura del padre: abandonante, maltratador, crítico, agresivo, descalificador de la mujer, promiscuo que invita a la infidelidad repetitiva, que odia a la mujer (con lo cual no distingue ni a su propia hija). O por igual, en el extremo opuesto: era demasiado débil, se dejaba pisotear, no ejerce autoridad, era un mantenido… y miles de ejemplos más. En la figura de la madre: o bien: agresiva, controladora, descalificadora de lo masculino, con odio a la figura del hombre (con lo cual no distingue ni a su propio hijo). Más aún, miles de madres que hablan mal de las otras mujeres para que no le roben a su ‘hijito’ y, ellas no quedarse solas. Otras mamás preparan a sus hijos para que ocupen el lugar de sus esposos. Otras juegan a ser las ‘víctimas’ y necesitan que su hijo las salve y se hagan cargo de ellas, por supuesto quedándose con ellas para toda la vida. Tengo una paciente que me contó que el novio la llevó a conocer a su mamá y, cuando él le dice a su mamá: “ella es mi novia…” la mamá de él se puso a llorar, a decirle que cómo la hacía sufrir de esa manera, que ella se iba a enfermar por la angustia… Ese es solamente uno más de muchos casos que se repiten a diario, con este grupo de hijos ‘escogidos’ para quedarse en un matrimonio con la mamá. A eso es a lo que me refiero, la prohibición de pareja en los hombres es más dramática. Sin ánimo de sonar machista o sexista (como muchas me van a catalogar): el hombre fue diseñado para ser cabeza: “Porque el esposo es cabeza de la esposa, como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo; y él es también su Salvador” (Efesios 5:23, DHH). Él debe ser el protector, el guía, el proveedor… y debido a estas situaciones emocionales, muchos no solamente terminan su vida solos, o cuidando a su mamá / papá, o peor aún en un modelo homosexual. Muchísimos hombres, por sus necesidades hormonales, terminan buscando pareja o una esposa, tienen hijos, viven varios años con ellos y, luego por cualquier excusa (incompatibilidad de caracteres, dice la mayoría de las demandas de divorcio), terminan abandonando a su familia para irse a vivir con mami y, otros con sus papis. Al final de cuenta es una decisión de cada quien, pero que demuestra, una vez más, la prohibición de pareja que tienen cantidad de personas y, los hombres no son la excepción.   

            De esta manera, podemos comprobar que la prohibición de pareja, es un conjunto de situaciones emocionales, conductas, modelos, mensajes, ordenes, decisiones…  que, involucra por igual a todos y cada uno de los actores de éste teatro, lamentablemente dramático, de los conflictos emocionales, en un área tan vital y prioritaria como lo son las relaciones de pareja. Igualmente trágico es cómo llego a actuar la prohibición de pareja en mi propia vida. No es menos cierto que existen igualmente miles y miles de formas de llevar a cabo la prohibición. Lo importante aquí es el resultado final de terminar con la relación y quedarme solo; o como ya lo detallé, con mi conyugue pero en una vida miserable, de cada uno por su lado. Por supuesto, también lo dije, hay un número importante de personas cuyos niveles de prohibición es tan alto, que para ellos es imposible lograr una relación de pareja y, nunca han conocido esta experiencia en su vida. Para simplificarlo, se limitan a rechazar cualquier opción (de peligro) que tenga la posibilidad de establecer una relación de pareja. ¿Sencillo? ¡Mentira! no lo es, por el contrario, si hay algo bien complejo es como llevo a cabo todos los procesos auto-destructivos, que necesito para cumplir la orden de quedarme solo. No solamente por todo lo que involucra emocionalmente, sino por todos los pensamientos, emociones y acciones que intervienen en los ‘movimientos estratégicos’ para lograr la realización de mi prohibición. No importa cuántos digan y perjuren que, no quieren quedarse solos.   

Para comprender lo que hacemos para llevar a la practica la prohibición de pareja, es necesario que podamos entender acerca de las relaciones conyugales, lo que constantemente repito en esta frase: “UNA RELACIÓN DE PAREJA NO SE CONSTRUYE DE LA NOCHE A LA MAÑANA, SINO EN EL CAMINO DE TODA UNA VIDA JUNTOS, EN LAS BUENAS Y EN LAS MALAS”. Lo que estoy diciendo es que, una relación de pareja se consolida en un proceso que requiere tiempo, esa es la clave. Es en el transcurrir del tiempo que la relación define si se afianza en un proceso permanente, o si por el contrario, se destruye, con lo cual se ejecuta la prohibición. Quizás la mejor forma de representarlo es con el ejemplo del ‘Reloj de Arena’, cuya función es precisamente, medir el tiempo. Te explico: Al inicio (de la relación) el espacio (donde va a caer la arena) esta vacío, ambos conyugues se pueden ver perfectamente el uno al otro, no hay nada que los separe, hay amor que los une. Pero, conforme se inicia el transcurrir de su tiempo juntos, empiezan a caer cada uno de los granos de arena del reloj. Aquí cada grano representa una situación de conflicto. Ciertamente, ‘un solo grano no hace montaña’, de hecho, tú le preguntas a cualquier pareja, ¿Por qué pelean? y, la respuesta es casi inmediata: por tonterías, por pequeñeces, por bobadas. Al igual que al grano de arena no le dan importancia, ni valoran cada situación de conflicto en la justa medida de su realidad. Porque en el proceso del tiempo, no es un sólo grano el que cae, van a caer muchos. En la relación no va a ver un sólo conflicto, van a suceder muchos. Y “… el conflicto no es bueno ni malo, sino simplemente inevitable.” (Martínez, 2006, p.117).

  Con el tiempo se empiezan a acumular los diferentes granos (los conflictos, lamentablemente los malos), y ambos siguen creyendo que no son importantes. Al final, el tiempo ha pasado, ahora si hay una montaña, de pequeños granos, pero montaña al fin. Ahora las emociones de rabia, desconfianza, injusticia y varias más, dirigen la relación, ahora parece que el amor se ha ido. Todo el espacio vacío que había al principio, ahora esta lleno de discusiones, peleas, malestar y angustia, matizados con la rabia, el odio, el resentimiento y, casi siempre, un deseo de venganza hacia el otro. Con estos sentimientos miden la nueva situación de la relación. Por su puesto, nadie quiere el nuevo estatus de la relación, por lo que es inevitable que aparezca el planteamiento: si esto es lo que tenemos y, ya no hay amor, pues mejor nos separamos. Listo, se ejecuta la prohibición, adiós a la relación, bienvenida la soledad. Dependiendo de varios factores incluyendo la intensidad de las emociones, esto puede tardar en formarse (el tiempo que tarde en caer la arena) menos de 1 año, 1 año, 3… 5… el momento de su separación (y/o) divorcio lo dirá. En resumen, es un proceso que se da en el transcurrir del tiempo. Se acumulan las cosas malas, o no hacemos lo adecuado, dejamos pasar el tiempo, a ver si se resuelve o desaparece el conflicto, pero la montaña es cada vez más y más grande. Tristemente, en la gran mayoría de las veces hay ya muy poco por hacer, para desbaratar esta montaña y, permitir la continuación sana de esta relación. Que sea dicho de paso, los pocos matrimonios que realmente logran redefinir su relación, construyen ahora una verdadera unión en permanencia, hasta que la muerte los separe. Lo cierto es que al final del tiempo, de acumular granos de arena, todos sus sentimientos y su relación están contaminados, por todas las cosas negativas que han sucedido. En mi criterio, sí se dan cuenta de lo que está pasando,  pero la prohibición ‘los ciega’. Al final, ya no ven otra cosa sino todo lo acumulado, la montaña que los separa y, ya no quieren ver otra solución sino separarse. Los niveles de angustia los dominan, los engaña y se adueña de la pareja y, los obliga a decidir la soledad. Trágico, dramático, pero realidad al fin. Esa es la historia del ‘Reloj de Arena’.     

Esta historia se repite una y otra vez. No importa a quien le preguntes, todos te dirán que la relación al principio era maravillosa, que las peleas eran pocas. Pero, lo lamentable es que en el transcurrir del tiempo, lo que en un principio era la excepción de la regla, se ha convertido, precisamente, en la regla. Ahora la regla es la pelea continua, lo que define a cada día. Antes fue el amor, ahora lo es la rabia y, la sensación de rechazo y angustia, que el otro me produce cada vez que lo veo. A veces es tan imperceptible, pero ocurre que sin querer sentirlo: estás molesto por cualquier razón y, como siempre existe algo que te molesta de tu pareja, entonces se engancha toda la rabia acumulada, y la terminas descargando en ella, sin que ella tenga mayor cosa que ver en tu propia rabia. El otro es la víctima de tu propia olla de presión, y mientras el otro está igualmente cargado, poco se necesita para el estallido final del conflicto. Fue un proceso lento, casi imperceptible, pero se fue adueñando de cada uno y, ahora termina por separarnos. Confirmando tal como me había dicho mi mamá / papá muchas veces: “vas a fracasar en tu relación matrimonial”. No quisiste darte cuenta de tus propias señales, de tus propios sentimientos, te limitaste a ‘culpar al otro’. Comprendelo de una vez: en una relación de dos, no hay culpables, cada uno es responsable de sí mismo (50% y 50%). Estaba y está en tus manos buscar la solución. Trágate tu orgullo y tu soberbia, y aprende que conversar, negociar, ceder, buscar soluciones, perdonar son los ingredientes necesarios para poder mantener tu relación conyugal, y de esa manera, vencer tu prohibición de pareja. Deja de correr la arruga, responsabilizate tú de tus propios pensamientos, emociones y acciones, invita a tu conyugue a continuar juntos el viaje de su relación matrimonial. Deja de ampararte en la excusa ‘lo que Dios quiera’ como si Él fuese el culpable de tus propias decisiones. No te engañes: “Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes —afirma el Señor —, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza” (Jeremías 29:11, NVI). Dios quiere lo mejor para ti, eres tú el que decide según tus conflictos y lo que quieras realmente lograr en tu vida, integrando no solamente lo consciente, sino también el mundo inconsciente que te domina y, por lo general es el que gana, si no aprendes a detenerlo.  

            Por último, la prohibición de pareja es una realidad tangible en la vida de cada Ser Humano. Todos estamos sujetos a estímulos no adecuados de nuestras figuras parentales. Pero ello no quita que yo no pueda decidir algo completamente diferente para mí y mi vida. Es importante que puedas encontrar en tu propio proceso EL PERMISO para una maravillosa experiencia de pareja en tu matrimonio. Un permiso que te dice: Yo me lo merezco; Yo lo puedo lograr; Yo lo valgo; Yo tengo el derecho a decidir qué es lo mejor para mí. Un permiso que te lleve a amarte a ti mismo y a tu conyugue en igualdad de condiciones, con un único objetivo: permanecer juntos en una realidad que no excluye tu derecho a ser feliz y, a compartirlo con el otro. Me despido con esta frase, donde tu decisión de amar y compartir con tu conyugue “…los lleve a descubrir que la experiencia amorosa es un arte que habita un punto medio, tan cerca del corazón como de la razón” (Riso, 2006, p.xviii).

Que Dios los bendiga grandemente.

Referencias:
Gibran, K.G. (1983). El Profeta, Argentina: Editorial Pomaire      
Martínez, J.M. (2006). Amores que duran… y duran... y duran. México: Editorial Pax.
Riso, W. (2006). Los Límites del amor. Colombia: Imprelibros S.A.

Shinyashiki, R. (1993). La caricia esencial. Una psicología del afecto. Colombia: Editorial Norma