sábado, 23 de diciembre de 2017

LA DEPENDENCIA EMOCIONAL: La prisión a la que no quieres renunciar

LA DEPENDENCIA EMOCIONAL: La prisión a la que no quieres renunciar
Por: J. Rafael Olivieri  (diciembre de 2017)

Salomón en Eclesiastés 4:9-11, nos invita a reflexionar sobre la siguiente verdad:
“Es mejor ser dos que uno, porque ambos pueden ayudarse mutuamente a lograr el éxito.  Si uno cae, el otro puede darle la mano y ayudarle; pero el que cae y está solo, ese sí que está en problemas. Del mismo modo, si dos personas se recuestan juntas, pueden brindarse calor mutuamente; pero ¿cómo hace uno solo para entrar en calor?” (NTV).

Voy a empezar con una idea aparentemente contraria a lo que deseo trabajar y expresar en el resto de este artículo: ‘En realidad, todos los Seres Humanos somos en parte dependientes’. Ciertamente, los seres humanos hemos sido creados para relacionarnos los unos con los otros. Nuestra mayor definición como especie es que somos seres sociales. Porque la gran verdad, es que en nuestras necesidades emocionales, todos los seres humanos anhelamos intensamente estar y ser reconocidos, aceptados, valorados y amados en nuestras relaciones interpersonales, sin importar el tipo de relación de la cual se trate. De hecho Berne (1979) plantea que además del hambre de alimento, tenemos el hambre de ‘Caricias’, sin las cuales nos moriríamos ‘al secarse nuestra espina dorsal’, porque las caricias son un reconocimiento que me hace el otro, de que yo existo y, tengo la capacidad de ser amado por el otro. Podría afirmar, en un sentido positivo, que la caricia es amor. Esta necesidad de ser y sentirnos amados, lo podemos comprobar en las palabras de Jesús en Juan 13:34, cuando nos dice: “Así que ahora les doy un nuevo mandamiento: ámense unos a otros. Tal como yo los he amado, ustedes deben amarse unos a otros” (NTV). Esta orden (en el concepto del amor sano), nos lleva a crear relaciones de dependencia con los otros, tan adecuadas y libres, que en ellas todos somos perfectamente autónomos en nuestras decisiones y acciones, pero al mismo tiempo, estamos completamente unidos al otro y a los otros. La idea parte de ser y sentirme el YO autosuficiente e independiente que soy, a pesar de estar unido en un NOSOTROS con el otro. Sin embargo, y muy por el contrario, en el problema de las Relaciones de Dependencias Emocionales, así como en la mayoría de las personas que la sufren, lo primero que debemos entender, es que nunca es ni se trata de un amor autentico, mucho menos es una expresión de una caricia sana, y especialmente, que además tiene la particularidad de que la Dependencia Emocional termina convirtiéndose en una ‘Historia sin Fin’, porque muy lamentablemente, cuando por fin consiguen un final, este es de soledad y carencia. Justo lo que las personas que la sufren habían estado buscando evitar, cuando a través de la Dependencia Emocional se auto sacrificaron en un mundo de sufrimiento y degradación voluntario, para ser aceptado y no rechazado por el otro. Como señala Barradas (2016) “La diferencia entre la interdependencia y la dependencia es que en la primera ambos se llenan, en la segunda, uno de ellos es un barril sin fondo” (p.26). Al fin y al cabo, este falso amor, tarde o temprano encuentra su propia lápida: ‘Se entregó tanto que se quedó sin nada’. Es simple: esa entrega desmedida no es amor, sino una prisión.

Hay que comenzar por reconocer que en los procesos de dependencia, existen las dependencias naturales y sanas, donde el simple hecho de ser Seres Humanos, ya nos hace dependientes los unos de los otros. Es decir, existen dependencias reales y normales. Para solamente citar algunas, podría incluir las siguientes: las relaciones de los hijos y los padres; del feto en el vientre de su madre. De una víctima real que requiere un salvador autentico. Nuestra emoción de tristeza frente a una pérdida verdadera. La mayoría de las relaciones laborales, de negocio, de estudio y, por supuesto, las sentimentales, todas ellas implican en cierto grado una relación de dependencia. Incluso, tenemos un término en psicología conocido como ‘Dependencia Adaptativa’, para referirnos a las relaciones de complemento que se fortalecen con y a través del tiempo, donde cada uno de los miembros aporta lo mejor de sí, y potencia el crecimiento del otro, al punto que cada uno adquiere ‘un área de especialización’ en la relación… Para dar un ejemplo sencillo: Tú cocinas, yo lavo los platos… Tú te encargas de las relaciones sociales y yo de la computadora… Lo cual permite afirmar que una relación en dependencia adaptativa se caracteriza por ser: indiscutiblemente complementaria, tener libertad individual, confianza, aceptación, amor y, respeto mutuo. Pero para ser sinceros, el enfoque aquí no son las relaciones de dependencias sanas, sino muy por el contrario, las dependencias emocionales no adecuadas y enfermas. Particularmente las de las relaciones de pareja, las cuales llegan al consultorio con una alta frecuencia y casi constantemente. Sin embargo, hay que decirlo: la gran mayoría de las veces viene el dependiente, no para liberarse de su prisión, sino para aprender cómo convencer al otro para que siga “enganchado” en la relación y no se vaya, ni me abandone. Se ve frecuentemente en mujeres sumisas y de baja autoestima, con parejas infieles, alcohólicos o maltratadores. También es muy frecuente en hombres que están más enamorados del cuerpo y del sexo con su pareja, además de la comodidad de ser atendidos, que de una relación de amor sano, y muy frecuentemente están casados con sus propias madres, y no con su esposa. Indudablemente cada persona y relación con su forma y estilo particular, pero dependencia al fin y al cabo. Por su parte Barradas (2016) lo aclara cuando señala: “La relación dependiente la genera un miembro inseguro desde un <necesito ayuda>. Y otro inseguro replicando <yo te salvo>” (p.26). Para el desarrollo de este artículo, en principio voy a tocar primero una breve introducción acerca de la parte sana de las relaciones (que quizás suene a un enfoque más ‘romántico’ y altruista), para luego desarrollar el tema de la prisión de las relaciones dependientes. Comencemos:    

En este sentido, una relación de pareja adecuada requiere, entre otras muchas cosas, de la aceptación y solución de sus diferencias. En la mayoría de las veces, para lograr esto, implica renunciar a ciertas cosas y negociar otras, no se trata de anular al otro, se trata de potenciarnos mutuamente en un crecimiento compartido. Para obtener éxito en ello, es necesario hacer una auto renuncia al orgullo, la soberbia y a la necesidad de ser Yo el dueño del otro. Por supuesto, es obligatorio renunciar al miedo a la soledad y, al miedo de sufrir en la relación. En palabras de Riso (2006) “El amor de pareja es una comunidad de dos, donde nos asociamos para vivir de acuerdo con unos fines e intereses compartidos” (p.11). Esto me recuerda lo dicho por Jesús en Mateo 19:6 cuando dice: “Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (RVR). Podría atreverme a realizar una interpretación de esto, y entender que me está diciendo: que en el desarrollo y en la construcción de una relación de pareja sana y armónica, se requiere considerar a esta diada como una unidad indivisible e igualitaria, cuya meta principal es cultivar los valores y atributos positivos de su relación, que si bien éstos son anhelados por muchos, pocas parejas logran establecer y conseguir. De lo que estoy hablando, es del amor solidario, que permite que cada miembro de la pareja se afecte mutuamente, en una correspondencia participativa por igual. Donde el actuar se hace a favor del otro, no de mi egoísmo. Implica el compartir intereses, metas, sueños y esperanzas. Donde tu felicidad es mi felicidad, tu dolor mi dolor, tu necesidad mi necesidad. Y sin embargo a pesar de todo ello, no dependo de ti para vivir, no me da miedo perderte. Porque nuestra relación no se basa en tenerte a mi lado, sino, muy distinto, en el compartir de nuestro crecimiento juntos. Donde sé y comprendo que tú me haces ser mucho más que si estuviese solo, pero aunque estuviese solo, sigo siendo yo, con, sin o a pesar de estar o no a tu lado. Tal como señala Riso (2006) “Para amar no debes renunciar a lo que eres. Un amor maduro integra el amor por el otro con el amor propio, sin conflicto de intereses” (p.xvi). Por ello comprendo y actúo una relación donde en los momentos difíciles, estamos juntos; donde te tomo en serio, te valoro, te respeto y nos preocupamos mutuamente por el bienestar del otro. Donde defendemos mutuamente nuestra relación, no permitiendo que padres, amigos o hijos, puedan contaminar lo que juntos hemos sembrado y cultivado. Donde luchamos uno al lado del otro, sabiendo que cuento contigo para todo, porque sé que ninguno defraudará al otro, ni faltará a sus promesas. Porque esta relación no es para llenar vacíos, sino para construir una roca sólida y alta, que no nos aísla de los demás, sino que nos une con aquellos que comparten nuestra visión de la vida y de las relaciones, y a su vez, por igual, nos protege de aquellos cuyo mundo de mezquindades, carencias e incapacidad de amar, envidian nuestra libertad de ser y estar, siendo uno, a la vez que somos dos independientes y completos. Es decir, todo lo anterior se resume en la matemática de Dios, donde su ecuación para la pareja es: 1 + 1= 1.

Hablo de una relación donde cada miembro de la pareja, como individuo único que es, y que existe por igual en la relación, tiene sus propias necesidades, gustos, requerimientos, capacidades y demás características humanas que nos definen. Más lo importante de la relación diádica, unida en amor, es su capacidad de reciprocidad, en la cual el equilibrio mutuo da igual valor a cada uno y a la relación en sí misma, sustentada en las bases de apoyo, confianza, imparcialidad y justicia, que permitan por igual el sentimiento de equidad entre ambos, donde no es más importante el YO, ni tampoco lo es el TÚ, sino que lo realmente importante es el NOSOTROS. Es una relación donde puedo llegar a expresar y sentir que a veces no sé dónde termino yo y dónde comienzas tú, pero sé y siento, que aunque llenas mi espacio y mi vida, nuestra independencia y autonomía fluyen en libertad entre nosotros. No me perteneces, no te pertenezco, y sin embargo soy tuyo totalmente, porque he decido ser uno contigo. Pero, para decir la verdad, ya mi idea de unión y libertad fue expresada por Gibran (1983) cuando señaló en su capítulo del matrimonio:
“Pero que haya espacios en vuestra comunión, y que los vientos del cielo dancen entre vosotros. Amaos uno al otro, pero no hagáis del amor una traba. Que sea más bien un mar bullente entre las payas de vuestras almas. Llenaos las copas el uno al otro pero no bebáis en una sola copa. Compartid vuestro pan, pero no comáis del mismo trozo. Bailad y cantad juntos y sed alegres; pero permitid que cada uno pueda estar solo, al igual que las cuerdas del laúd están separadas y, no obstante, vibran con la misma armonía” (p.26).

Se los dije, breve, romántica y para la inmensa mayoría de todos nosotros utópica, porque el mundo de nuestros conflictos emocionales enfermos, llenos de miedos, desconfianza, mezquindades, y demasiada idolatría a un ‘Yo sin alma’, nos hace totalmente imposible alcanzar un nivel de entrega e intimidad tal como el descrito. Donde la mayoría de los autores que frecuentemente cito, podrían expresar algún criterio de desaprobación a este enfoque, pues en realidad cada uno ha vivido su propia experiencia personal. Por ejemplo: Riso (2006) “Amor ilimitado, irrevocable y eterno. ¿A quién se le habrá ocurrido semejante estupidez?” (p.xiv) (En mi criterio personal, la respuesta es: A Dios). Barradas (2016) “Una historia de amor no siempre sobrevive ni a la historia ni al amor. Entre besos el amor siempre sabe a eternidad, el problema es que los besos no duran para siempre” (p.35). Lo cual es una gran verdad, gracias a nuestros esquemas egoístas y a nuestros conflictos prohibidores de tal nivel de intimidad emocional. Y por su parte Martínez (2006) en su equilibrio de la realidad de las parejas dice: “Quien nos ama también ha de ponernos condiciones y construimos una relación mediante el acto de negociación de las condiciones del uno y del otro. No es la condición lo inadecuado, sino lo que resulta inadecuado, en ocasiones, es la rigidez en la negociación” (p.121). De esta forma, todos tenemos la posibilidad de expresar nuestras ideas, pues tenemos ‘momentos de lucidez’ y de aciertos, tanto como de desaciertos. Al final y al cabo, yo tengo una intención con lo que escribo y, tú lector, una al recibirlo, con algunas cosas estás de acuerdo y con otras no. ‘Esas cosas pasan’. Lo cual es parte del tema que vamos a desarrollar en función de las Dependencias emocionales. Entendiendo, como una primera idea, que la dependencia emocional es un amor que se somete a la anulación y eliminación de la autonomía propia para pertenecer al otro, con tal de no estar solo. La motivación y los intereses van a estar centrados solamente en complacer al otro y hacerlo sentir bien. No importa si en el proceso yo me anulo y dejo de ser yo mismo. Con lo cual este tipo de relación termina siendo una MENTIRA, porque nadie que se ame sanamente a sí mismo quiere estar con alguien que se auto anula, y deja de ser y de existir como ser humano, para convertirse en una cosa que puedas mover a tu voluntad. De igual manera, cualquiera de las dos personas que forman este tipo de relación, no sabe absolutamente nada del amor, y especialmente, nada de amarse ni sí misma y, ni mucho menos, al otro. Lo cual quiere decir que, en una relación de dependencia emocional, el amor no existe, es solamente eso: dependencia de dos: uno que se somete y anula, mientras que el otro domina y se idolatra a sí mismo. Todo para satisfacer los placeres emocionales inconscientes que dirigen y controlan, esta relación de dependencia. Es lo que escuché alguna vez: “Dos vacíos jamás podrán llenar nada” (s/r).

El otro aspecto que quiero tratar antes de profundizar en el tema de la dependencia emocional, y que he repetido en otras ocasiones, es lo referente a ¿Cuál es tu definición de amor? En mi opinión me parece un punto clave, pues desde el enfoque de la mayoría de los autores que tratan el tópico de las dependencias emocionales, el punto central está en la baja autoestima de los dependientes (y yo añadiría, en la falsa sobreestima del dominante). Para comprender esto, debemos entender la autoestima como el proceso de valorarme y amarme a mí mismo. No es que todas las personas con baja autoestima van a desarrollar relaciones dependientes. Pero sí, en todas las relaciones dependientes, la primera condición es la baja autoestima del dependiente. Y por aquello del 50% y 50% de las relaciones, es casi seguro que el dominante esconde también un aspecto de degradación en su propia autoestima, pues le es imposible establecer relaciones sanas, de procesos igualitarios con el otro. Ahora, ¿Qué es esto de la definición del amor? Primero parto de la idea de que todos queremos, necesitamos y buscamos amor continuamente, porque sin amor no tiene sentido ni vivir, ni la vida. Pero la realidad es que la gran mayoría de nosotros vivimos en un mundo de soledad y de falta de amor. ¿Por qué? Precisamente porque nuestra definición del amor está equivocada. En vez de tener y aplicar en nuestras relaciones la ‘definición teórica’ de que el amor es: bueno, paciente, protector, acompañante, se apoya en la verdad, busca la justicia y la igualdad, no se cansa, espera y hace lo mejor, no hace nada indebido, potencia el crecimiento de sus participantes, fomenta la comunicación, los acuerdos y las negociaciones, da alegría, seguridad, confianza… y la lista de las cosas buenas se puede extender más y más. Pero el problema y la gran verdad es que, no usamos esta definición en nuestras relaciones, sino que por el contrario, usamos nuestra ‘definición aprendida’ del amor. La cual la hemos adquirido y construido en la realidad de nuestra vida y de nuestra experiencia personal, en nuestras relaciones con los otros (padres, hermanos, amigos, parejas…). Esta definición también está compuesta por otra lista extensa de características, pero todas negativas como: maltratos, abandonos, críticas, descalificaciones, comparaciones, traiciones, de agresiones físicas, verbales y emocionales, desconfianzas, mentiras, prohibiciones, inseguridades, miedos… y la lista sigue creciendo. Dicha definición se forma desde mi proceso infantil en mi relación con mis figuras parentales. A ciencia cierta no hay ningún padre o madre (sanos) que no te diga que “ama y quiere lo mejor para sus hijos”. Pero la aplicación ‘práctica’ de este amor, está lleno de los elementos de esta lista de cosas negativas, con la cual, cada uno de nosotros como niño terminó entendiendo y aprendiendo que, el amor es toda esta carga negativa de maltratos. La conclusión de esta vivencia propia, es que al final de cuentas si mis padres, que son los que más deberían amarme, me tratan de esa manera, ¿Qué puedo esperar de los demás? Por supuesto todo lo que aprendo, es indudablemente para ponerlo en práctica. Al fin y al cabo ‘todo lo que hagan mis padres es un permiso para yo hacerlo’ y de seguro lo voy a hacer, repitiendo todas las conductas aprendidas de sus modelos. Y la aplicación de este concepto del amor no es la excepción. Lo cual no es sino la puesta en práctica del principio de la psicología dinámica: “De la forma como me amaron a mí, es la forma como yo voy a amar al otro”. A ciencia cierta, la realidad es que tengo ambas listas en mi definición, pero por este principio de los conflictos emocionales, termino aplicando la segunda lista, la de lo negativo. Así no solamente aplico mi definición a los otros, sino que principalmente me la aplico a mí mismo. Con lo cual, más que estudiado y demostrado por los grandes de la psicoterapia, este tipo de amor solamente puede producir en mí una autoestima baja, de allí, casi seguro un proceso de relaciones dependientes. Comprende, si yo hubiese educado a mis hijos en el concepto del amor verdadero, ellos buscarían el amor verdadero en los otros, pero, al enseñarles mi concepto ‘aprendido’, ellos buscaran éste amor en los otros, e igualmente, es lo que se darán a sí mismos y a los otros.

Bien, dejamos el preámbulo y entremos en el tema. Empecemos por entender ¿Qué es una relación de dependencia emocional? En líneas generales puedo decir que es una relación desigual de poder y domino, donde la fantasía se establece a través de creer que la unión se fundamenta en y por amor. Cuando en realidad esta relación se caracteriza por el sometimiento voluntario de la persona dependiente al otro (el dominante). Lo cual es a su vez, en una gran mayoría de casos, realmente una dependencia en ambos sentidos. En definitiva, es una relación que se establece debido a la dificultad, de cada uno de sus integrantes, para relacionarse en un trato de igualdad con el otro, donde únicamente se evidencia y refleja, la incapacidad de poder establecer vínculos de afecto sano con otras personas. Por otra parte, es muy diferente la definición que dan los diccionarios de la persona dependiente, éstos dicen que es: “aquella que no puede valerse por sí misma”. En este tipo de relaciones, el dependiente voluntariamente decide auto anularse para someterse completamente al otro. De allí la idea del título “La prisión a la que no quieres renunciar”. Porque a pesar del sufrimiento que causa este tipo de relación en ambos integrantes, por lo general ninguno quiere terminarla, debido al miedo a la soledad o, a la posibilidad de no encontrar otra persona, que llene este espacio emocional tan particular de los dependientes. Sin embargo, la gran verdad es que existen muchísimas personas disponibles para este tipo de relación destructiva. Ciertamente la verdad es que, como cualquier relación, tiene como meta la búsqueda del amor para unirse al otro, pero la característica particular es que no importa el costo de lo que tengo que invertir, no importa el precio que tengo que pagar para mantenerme unido al otro, lo cual por lo general, termina siendo mi propia autonomía y, en definitiva, mi propia felicidad, porque todo se reduce a simplemente estar al lado de otro, no importa cómo me trate. En realidad es una relación que se basa en el autoengaño, porque ‘en nombre del amor’ busca justificar lo injustificable, para quedar prisionero en una relación enferma, y vivir en una fantasía de relación, ya que más temprano que tarde ha de terminar. Participar en una relación de dependencia emocional no es otra cosa sino DESCONOCER LA REALIDAD DEL AMOR A MÍ MISMO. Esta relación es una simbiosis, donde ambos se benefician y perjudican al mismo tiempo. Porque la falta de autonomía del dependiente, le lleva a aceptar la subordinación a la voluntad y deseos del dominante. Es una renuncia a mi sentido de realización personal, que me lleva a un proceso de despersonalización, en el cual pierdo mi propia identidad, me transforma en lo que el otro quiere y necesita. Pero yo renuncio a mi derecho y obligación de crecimiento continuo. Lo cual resulta, indudablemente en una traición a mí mismo. Por ello, muchos autores no han dudado en clasificar a las relaciones dependientes de ‘droga emocional’, y a los dependientes de ‘adictos’ a dicha relación. Como toda adicción lo único que te interesa, a lo único que le das prioridad y, para lo único para lo cual vives es para tu adicción, es decir, para tu relación de dependencia emocional. La relación se convierte en una necesidad compulsiva, irrenunciable, sin la cual la vida no tiene sentido, porque no tenerla me devuelve a un mundo de vacíos, soledades y miedos. Barradas (2016) habla de esta realidad: “Toda pareja en relación dependiente dirá que están mal pero que se aman, sin entender que ese ‘amor’ más bien los hunde” (p.27).

De igual manera, en las relaciones de dependencia emocional se permite que el otro viole mis derechos como persona, y el dependiente lo acepta como parte incuestionable de la relación. Lo paradójico es que todos buscan en su relación la felicidad, y particularmente “en la Dependencia Emocional las víctimas seguras son la libertad y la felicidad” (s/r). Por esto, esta prisión consiste obligatoriamente en vivir para el otro, desconociéndome a mí mismo, a través del anularme y renunciando a mis propias metas y deseos, con tal de tener al otro, no importa cómo, mientras yo no este solo. Por otra parte, una de las características más evidentes de las relaciones dependientes es que, en éstas las rupturas y separaciones son continuas, repetitivas y cada vez más intensas. Lo cual termina siendo todo lo contrario a lo que se esperaría de una relación normal, que es precisamente su continuidad y duración. Esto es, a ciencia cierta, debido a las diversas razones de los maltratos, inconformidades, ciclos crónicos de peleas, celos, control del otro y, otras variables propias de estas relaciones. Por ello es muy frecuente la existencia de múltiples períodos de rupturas, con diferentes tiempos de separación. Pero al final de dicho tiempo vuelven a juntarse nuevamente. Lo interesante es que usualmente el controlador, en cada reconciliación pone nuevas y más profundas ‘normas’, que sirven para resaltar su poder y dominio sobre el dependiente, y este último las acepta, con lo cual se anula más y más y, se afianza mucho más a su rol dependiente. Dichas ‘normas’ por lo general incluyen aspectos como por ejemplo: no vas a salir con amigos, o con tales personas, no vas a trabajar, no vas a hacer esto o aquello, me vas a dejar que yo… y así cada pareja pone sus condiciones. En resumen, en vez de ser una relación que potencia el bienestar, la felicidad y el desarrollo de ambos, termina siendo una relación donde uno se crece en el poder y el dominio del otro, y el dependiente se destruye a través de anularse a sí mismo. Como lo resume Barradas (2016): “… este tipo de relaciones siempre tiene una trama: dependo de ti, no te vayas, no escojas a esa otra persona, me vengo de ti, te odio. Los personajes son un agresor y una víctima, quienes además terminan y vuelven constantemente” (p.42).

En el “Manual de dependencia emocional afectiva” de Silvia Congost (2014), la autora señala los síntomas de las relaciones dependientes, aunque previamente hace la siguiente aclaración: “A menudo hablo en femenino porque el porcentaje más alto de persones que lo sufren son mujeres, pero también hay algunos hombres y su vivencia es exactamente la misma”. Según ella dichos síntomas son los siguientes:
         Necesitar al otro
         Exigirle al otro que me dé más muestras de que está enamorado de mí, ya que si no, yo interpreto que “no soy importante para él” “que no me quiere”.
         Deseo de que en todo momento quiera estar conmigo, que me haga sentir constantemente que “soy su prioridad”, aunque a menudo, por la manera de ser del otro, no lo voy a sentir.
         Generar una gran necesidad de Control absoluto del otro (y esto lleva a discusiones en la relación)
         Dejar de ser yo, de comportarme de acuerdo con mi personalidad, para gustarle más al otro, para asegurarme de que el otro me siga eligiendo y no me deje. Incluso puedo llegar a hacer cosas que jamás me habría imaginado que iba a hacer (cosas incluso degradantes para mi) con tal de no perderle.
         Sentir un terrible pánico a que el otro me abandone.
         Se van dejando amigos de lado, seres queridos...ya que el mundo gira totalmente en torno a él, nos vamos aislando con el otro. Aunque el otro, a menudo, sigue con su vida de amigos y demás.
         Él se convierte en el centro de nuestra vida, de nuestros pensamientos y de nuestras preocupaciones. Nuestros problemas siempre giran en torno a esa persona.
         La relación nos genera ansiedad, no dormimos bien por las noches, a menudo tenemos ganas de llorar desconsoladamente y sintiendo una gran impotencia por la misma situación.
         Nos damos cuenta que estamos estancados, y aun así seguimos luchando.
         Acostumbran a ser relaciones en las que hay rupturas reiteradas y reiteradas reconciliaciones, siempre volviendo con los mismos propósitos de cambio una y otra vez, una y otra vez...aunque por supuesto, no cambie nada.
         A la persona dependiente, en realidad no le gusta cómo es el otro, ya que le hace sufrir mucho por su manera de ser y comportarse, por su personalidad...pero aun así no quiere dejar de luchar. Su vida se ha convertido en eso, una lucha que nos va marchitando, quitando la ilusión, nos va haciendo invisibles y a veces incluso nos enferma.
         Es probable que la persona dependiente tenga alguien con quién se desahoga explicándole lo que siente, pero se da cuenta que le cuenta una y otra vez la misma historia, tantas veces que en algún momento de lucidez toma conciencia de que aquello no funciona, pero se tapan los ojos y vuelven a intentarlo.
         A veces hay maltrato. No se da en el 100% de los casos, pero en muchos de ellos hay implícito un maltrato psicológico que se hace bastante evidente cuando en una terapia se empieza a analizar y profundizar en los detalles de la relación. A veces, incluso puede ser físico.

Pasando a otro tópico, y aunque ya he mencionado algunas características del dependiente, ¿Quién es en realidad la persona dependiente? Sabemos ciertamente que la relación de amor ni se obliga ni se impone, pero en las relaciones dependientes precisamente pasa esto último (se obliga y se impone), por lo que se convierten en una prisión, y nadie en su sano juicio quiere estar en una prisión. Por otro lado, aunque no es la primera característica, la persona dependiente se auto engaña a sí misma para sentir y pensar que ama al otro, y por supuesto, que es amado por éste, a pesar de vivir continuos maltratos y desprecios. La realidad es que: ‘nadie te está obligando’, pero lo cierto es que el dependiente no es capaz de dejar la relación, porque el miedo a la soledad y al abandono, es más grande que el dolor producto del maltrato, y que los desprecios y descalificaciones del dominante. Esta prisión hace indiferente al dependiente de estos maltratos y agresiones de su pareja, porque sea dicho de paso, una de las mejores armas del dominador es la indiferencia, cuando no usa la descalificación verbal o el maltrato físico. El dependiente simplemente decide no ver los desplantes y señales de falta de amor verdadero del otro. Su esencia, basada en este falso amor, es justificar lo injustificable, es una búsqueda continua de razones para explicar lo inexplicable, porque lo único que le importa al dependiente es saberse parte de una relación, aunque no lo sea. Su mayor justificación se centra en: “yo lo amo y esa es su forma de amarme”. Que por supuesto se refuerza con una falsa creencia, que tienen millones de personas: “Es que yo lo puedo cambiar con mi amor”, falso completamente, pues nadie cambia, si no se lo propone a sí mismo, por propia decisión emocional. Por esto nos recuerda Riso (2006) que: “En los amores enfermizos, cuya norma es la dependencia y la entrega oficial sin miramientos, el desinterés por uno mismo se convierte en imperativo. Toda forma de independencia es sospechosa de egoísmo” (p.9). Reforzando así la metáfora del ‘Barril sin fondo’, cuya realidad es que cualquier persona que se siente y ha decidido, que no merece ni es digno de ser amado, es una persona con un alto potencial de humillarse para conseguir sobras de amor. Porque para el hambriento, hasta unas migajas son mejor que nada. Esta adicción del dependiente lo lleva a una total falta de respecto por sí mismo. A no amarse, ni conseguir quien lo ame auténticamente. No importa que haga, ni que sacrifique para conseguirlo. Si no se ama a sí mismo, en primer lugar, no es que no halle quien lo ame, es que jamás aceptará que puede ser amado por otro. Por eso, no importa cuánto dé el otro, nunca será suficiente para llenar el vacío de su propia carencia de amor.

Por otra parte, la característica más resaltante y principal, que te darán todos los autores de este tópico, es precisamente, la baja autoestima del dependiente. Esta es la clave para entender su capacidad infinita de aguantar y permanecer en esta relación desigual de sufrimiento. Ésta baja autovaloración de sí misma, lleva a la persona dependiente a no creerse, ni sentirse digna de que nadie le ame, vive permanentemente en un miedo a ser rechazado por el otro. Cuando yo no soy capaz de amarme a mí mismo, ni valorarme, no es posible que yo pueda protegerme, cuidarme, ni apreciarme, ni esperar nada bueno para mí. El pensamiento central será: si yo no soy capaz de quererme a mí mismo, ‘no es posible que nadie pueda quererme ni desearme’. Esta incapacidad de confiar en mí mismo, de sentirme insuficiente, no importante, completamente inadecuado, alimenta constantemente mi miedo a no encontrar otro que me ame, lo cual genera un estado de angustia y ansiedad tal, que refuerza aún más mi baja autoestima. Por lo que la persona dependiente no se siente capaz de esperar que exista otro con la capacidad y la disposición de amarla. Pero la realidad es muy diferente, porque siempre existirá un ‘otro’ que tenga el complemento emocional negativo necesario, para poder establecer una relación de dependencia emocional, ya que siempre existirá un ‘dominante’ que necesite ‘un trapo de coleto’ que lo acompañe en su relación, para poder establecer su reino de dominio emocional, y así poder sentirse idealizado por el otro. En función de la autoestima, Martínez (2006) señala que: “Alguien con una pobre autovaloración tiene miedo a ser rechazado o abandonado y su elección de alguien que no alcanza su ideal pretende protegerlo de lo que teme” (p.41). ¿Qué es lo que teme? pues quedarse solo. El miedo a la soledad es tan ‘terrorífico’ que no me importa cómo me trate el otro, con tal de que esté a mi lado. Con tal nivel de descalificación la persona dependiente no se siente digna de ser respetada y valorada por el otro, mucho menos de que alguien se pueda quedar a su lado. Debido a éste vacío en todos los sentidos, es que el dependiente se somete a la voluntad del otro, porque así percibe la falsa ilusión de sentirse valorado, protegido, apoyado, seguro y, particularmente, amado. Por esta razón y frente al miedo de perder la relación prefieren aceptar cualquier condición que el otro le imponga, sin importar si aumenta la prisión de la dependencia. Tal como señala Riso (2006) “Las personas dependientes se acoplan rápidamente a aquellas figuras que les despiertan la sensación de seguridad y protección. El miedo a perder el soporte psicológico y a no sentirse protegidas hacen que se entreguen irracionalmente y persistan en relaciones disfuncionales” (p.52).

La persona dependiente es aquella que ‘necesita’ amar, mientras que una persona sana ‘desea’ amar. La diferencia sutil entre estas dos palabras, parte del hecho de que cuando yo deseo algo, se incluye mi querer, mi decisión, mi voluntad, mi control. Existe un accionar que yo dirijo, que yo actúo en mi conciencia de que puedo obtener aquello que deseo. Por el contrario, en la necesidad estoy sujeto a algo que me controla, que me obliga, que me domina, que me quita la libertad de elegir y de decidir, me anula y me dirige a conseguir lo que necesito, sin importar el costo que ello implique. Por ello la relación de dependencia se convierte en un círculo vicioso, porque lo que la dirige, en base a esta necesidad del dependiente, es el miedo al fracaso, a la soledad, al conflicto, a ser abandonado, a no ser querido, a no tener pareja, a la certeza de sentirse merecedor de abandono emocional. A este respecto, Barradas (2016) dice que: “La inseguridad que la gobierna llevará a la pareja dependiente a convertir a uno en un anexo del otro y ninguno tendrá algún tipo de libertad individual” (p.26). Por esta razón lo común es que el dependiente no es  quien elige a su  pareja, sino que por el contrario, usualmente son elegidos por el otro. En este sentido es el dominante quien hace la elección, pues éste recibe e interpreta las señales de dependencia y sumisión que da el dependiente, con lo cual el dominante comprende que puede establecer su relación de dominio. Lo que lo impulsa a iniciar toda una estrategia y un proceso de seducción y conquista. En su mundo vacío, el dependiente no espera que nadie se le acerque o se interese en él, especialmente en un plano de pareja. Por lo que cuando el dominante da y actúa las acciones de conquista, el dependiente siente que consiguió su sueño más preciado, y sin dudarlo ni pensarlo, para no perder esa oportunidad, inicia el proceso de relación a la mayor brevedad posible, entregándose todo de lleno en todos los sentidos. De esta forma el dependiente comienza su proceso de convertirse en sumiso y complaciente, se subordina y se anula ante el otro para complacerlo en todos sus gustos y caprichos. El dependiente idealiza ampliamente al dominante para convertirlo en el centro de su vida, pues éste y su relación es lo único que le da sentido a su propia vida vacía. De esta manera define una falsa felicidad, pues se engaña repitiéndose que está enamorado y ama al otro, a pesar de todos los maltratos y descalificaciones que le hace continua y reiteradamente la pareja dominante. La subordinación es en realidad un medio, y no la finalidad de la relación. Los dependientes emocionales se dan de esa manera incondicional, con el único propósito de recibir la atención y las sobras del dominante, con lo cual cada uno de ellos utiliza al otro para su beneficio emocional. Lo cierto es que aunque estas relaciones no llenan el vacío emocional de ninguno de los dos, sí minimizan y disfrazan no solo el vacío, sino la sensación de soledad.

El proceso de sufrimiento del dependiente es bien interesante. Ciertamente como en cualquier inicio de relación alcanza una etapa de euforia y alegría, porque ha conseguido aquello que no merecía. Pero lentamente se va transformando en la prisión de amargura y drama, que es lo que caracteriza a la relación dependiente. Inicia con un proceso de idealización fantasiosa del otro, de admirar al otro al máximo, de únicamente ver todas sus cualidades maravillosas. En pocas palabras establece una relación de idolatría del otro. Que sea dicho de paso, todas estas cualidades del dominate, únicamente las ve el dependiente, porque una persona sana, más bien tiende a alejarse y a rechazar las actitudes dominantes o sobre valorativas del otro. En esta fantasía de quién es su pareja, el dependiente absorbe como propias las creencias del dominante, incorpora para sí las ideas, gustos, estilos y modelos del dominante. Busca infantilmente parecerse y ser como el dominante quiere. Todo lo que éste hace, dice, propone es absolutamente incomparable, no existe nadie como él. Por eso el dependiente, que no tiene una estructura de personalidad propia bien definida, se rinde a la pareja, decide renunciar a sí mismo, consolidando una relación de sumisión y subordinación, anulándose por completo, para complacer en todo a su pareja. Esto indudablemente crea un vínculo totalmente desequilibrado, porque el dependiente siente que es quien más da, en todo y todo el tiempo. Que es él quien se ocupa de todo en la relación, que es el que más ha sacrificado en la relación y, por contraste, que es quien también sufre más. Como ejemplo Barradas (2016) dice: “Un amor basado en el esfuerzo de una de las partes para mantener la relación nunca es una relación de amor” (p.35). El modelo dependiente, es en cierta forma, equivalente al modelo sobreprotector, en el aspecto de que su único objeto de amor es ‘necesito que me necesites’, para así sentirme que tengo una razón para vivir. Debido a la necesidad excesiva de estar con el otro, de vivir por y para el otro, el dependiente deja de tratar a otras personas, busca aislarse para construir una burbuja en la cual estemos solamente los dos. Con lo cual se encierra más y más en su dependencia. Pero esto no se ajusta a los objetivos y metas del dominante, quién indudablemente no soporta esta situación por mucho tiempo, buscando permanentemente seguir con todas sus relaciones personales, y particularmente, conseguir otras nuevas. Por ello el dependiente en su drama, aunque finge que tolera y acepta cosas, acciones y actitudes del dominante, en la realidad interna no soporta y no acepta que el otro sea de esa forma, porque éste está en otra dirección en la relación. Pero debido al miedo y al terror a una posible ruptura, acepta y prefiere los maltratos, antes que la separación. Ciertamente el dependiente se siente merecedor de abandono emocional, por eso su drama emocional se nutre constantemente de ansiedad, depresión, sensación de desamparo y, finalmente siente que eso es mejor que estar solo, y no tener a alguien a ‘quien amar y que lo ame’. En el extremo de la posición dependiente son muy comunes frases como: … no puedo vivir sin ti… sin ti no soy nada… no me dejes porque me mato… nadie te querrá como yo… El problema reside en que eso no es amor, es tu propio conflicto emocional basado en tus propios trastornos de baja autoestima. Como comentario al margen, me encanta la frase de manipulación que usa la gran mayoría de las personas en sus relaciones de pareja: “Nadie te querrá como yo”…incluso a los padres les encanta manipular a los hijos con la misma frase. Por eso es que casi todos, como estamos tan acostumbrados a ella, la repetimos constantemente al otro, y lo peor, es que, nos lo creemos. La verdad es que cada persona es única y su amor es igual de único, por eso, no hay dos amores iguales. Y cuando (por la razón que sea) se rompe nuestra relación… es cierto, ya nadie me va a querer como tú… porque el otro, con el cual voy a formar la nueva relación, me va a querer a su forma, de todas formas me va a amar, y ésta relación va a ser diferente, porque somos dos personas diferentes, con un amor diferente. No importa lo que fue, ni lo que dejé en el pasado, lo importante es lo que hago con lo que tengo hoy. Lo que importa es la persona con la que estoy hoy, y su amor, no lo que quedó en el pasado. Todos tienen la capacidad de amar, y cada uno lo hace a su propia manera, buena o no, es su manera particular de amar, y ese, su amor, es lo que compartirá conmigo, eso es lo que importa.

            ¿Qué tal si ahora cambiamos el tema para conocer a la persona dominante? Hablemos de las características de quien se cree el dueño del mundo, pero en realidad no es sino un narcisista con un ego sobrevaluado. Si hablara de una persona sana emocionalmente, hablaría de una persona que tiene la capacidad de amarse a sí mismo, en primer lugar, y que tiene la capacidad de amar al otro en igualdad de condiciones. Es la realidad de lo expresado por Jesús en Mateo 22:39: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Pero esto es imposible para la persona dominante en una relación de dependencia. Primero por aquello que menciono frecuentemente: en toda relación la responsabilidad de todo lo que pasa es 50% y 50%. Si ya vimos como el dependiente tiene una baja autoestima (50%), pues el dominante ha de tener el 50% del complemento, es decir, una sobre valoración de sí mismo. Si el dependiente siente que no merece que nadie lo ame, el dominante siente que él es el único que se puede amar a sí mismo. De allí una de las principales características del narcisista: su incapacidad para reconocer al otro y amarlo, es decir, él solamente se ama a sí mismo. En consecuencia, en la gran mayoría de las personas dominantes emocionales, destaca la posibilidad de presentar un ‘trastorno de la personalidad narcisista’. En líneas generales, en las personas dominantes es muy frecuente que se aprecien cualidades, que indudablemente podemos considerar como muy positivas, tales como: alto atractivo físico, personalidad cautivante, autosuficientes, con gran habilidad verbal, destacan visiblemente de entre otras personas, tiene poder de convencimiento, y un alto porcentaje de ellos tiene un alto poder económico (legal o ilegalmente obtenido). Este estatus socioeconómico tiene la finalidad principal de usarse casi que prioritariamente para controlar, dominar y perjudicar a los demás. Lo cierto es que el problema no está en las características mencionadas, sino en la finalidad de uso de las mismas. Por ello, en la mayoría de los casos, se limitan a utilizar estas habilidades para manipular a los demás, y empezar a exigirle a los otros, y en especial a la pareja, muchas cosas y de todo tipo. Los dominantes son personas individualistas que se preocupan básica y permanentemente de sí mismos y de sus necesidades únicamente. Igualmente debido a los maltratos, exigencias y retos de sus circunstancias emocionales infantiles, tiene una necesidad desesperante por siempre ganar, están obligados a ser más y a tener más que los demás, lo cual los lleva a ser una persona muy envidiosa, por ello suelen rodearse de otras personas que consideran inferiores, de allí la habilidad para identificar a los dependientes. Su necesidad los lleva a sobrevalorarse a sí mismos y a buscar continuamente la admiración de otros, vive en una permanente necesidad de sentirse valorado por el otro. Es una necesidad inagotable de adulación y admiración de los otros. De allí una de las razones, de entre muchas,  de porque no se libran de sus relaciones dependientes. Su necesidad de sentirse el centro de todo, los lleva a ser personas autoritarias que exigen mantener su poder y dirigir las decisiones y las acciones de los demás. Se consideran que son los únicos que tienen un punto de vista de la vida, que consideran incuestionable y cierto. Su opinión personal es lo único que cuenta, la de los demás no es válida. Por lo que ven cualquier cuestionamiento de su dominio como una ofensa personal.

            Debido a la variedad de conflictos emocionales inconscientes, y muy bien ocultos, la realidad es que la persona dominante tiene una autoestima muy vulnerable. No tolera las críticas, reacciona con mucha agresión ante ellas, e igualmente, se siente altamente insultado ante los comentarios negativos sobre su persona. Por eso frecuentemente minimiza y disminuye a los otros. Desvaloriza y minimiza el trabajo y las habilidades de los otros, necesita descalificar los méritos de las otras personas. Por esta razón son idealizados y vistos como maravillosos solamente por los dependientes, ya que para los demás suelen reflejarse como hostiles y ser fuente de conflictos. Viven con la necesidad de imponer su propio criterio por encima del de los demás, tan solo por el hecho de que son ellos quienes dominan y porque hay que obedecerles. Los dominantes creen que ellos son los únicos que tienen la razón en todos los temas, no importa de lo que se trate. Intentarán imponer su punto de vista en todas las oportunidades que puedan y en todos los escenarios posibles. Viven en la creencia de que son ellos quienes están más capacitados para decidir cómo tienen que ser las cosas y, cómo tiene que ser el otro, muy particular y especialmente en el rol de pareja. Además de disfrutar de hacer disminuir a los otros, ellos son especialmente exagerados al hacer visibles sus logros y éxitos, se concentran en hacer que la atención se dirija hacia ellos, sus méritos y su capacidad para manejarlo y controlarlo todo. Su esencia radica en identificarse con sus fantasías de poder y éxito. El dominante necesita sentirse admirado de manera exagerada en todo momento. Por ello Barradas (2016) señala que: “Las relaciones dependientes tienden a convertirse en vínculos agresivos, debido a que el rol controlador y dependiente termina agotando” (p.27). Es que el dominante al no valorar al otro carece de empatía y preocupación por el otro, muchos menos de cómo se pueda sentir al estar bajo su dominio. Es absolutamente necesario para el dominante mostrarse ante los demás con una actitud total de superioridad, y especialmente el considerar que tiene más derechos que ninguna otra persona. Así como se encuentra por encima de los demás, es esencialmente necesario estarlo en relación con su pareja. El dominante es absoluto y único, el otro solamente cuenta para producirle placer y para estar bajos sus órdenes y caprichos, solamente para satisfacer sus necesidades. Es por ello que en general son unos explotadores de sus parejas, las cuales aunque se quejan, únicamente obedecen debido a sus miedos y conflictos de inferioridad. Por eso el dominate exige múltiples límites a su pareja, la controla, no la deja ser ni existir, la ignora frecuentemente, no la valora ni la respeta, no la considera importante, y constantemente termina menospreciándola y, muchas veces, odiándola por su rol dependiente. Porque termina siendo una carga, un peso que solamente lo limita en su búsqueda de más y mejores admiradores. Terminan creando situaciones de conflicto, peleas e insatisfacciones, que propician la ruptura de la relación, para castigar al dependiente de sus posibles críticas o desobediencias, para así asegurarse de que no se vuelvan a repetir, y mantener el control y el dominio exclusivo sobre el otro. En base a esta conducta del dominante señala Martínez (2006) “… consiste en atemorizar a su pareja y hacer que se sienta insegura de sí misma, logran que se sienta poca valiosa mediante las repetidas descalificaciones de que la hace objeto y luego los distintos miedos… La autoestima deteriorada por este tipo de interacción hace que quien sufre la violencia doméstica se sienta poco merecedor de una realidad mejor, de una buena relación de pareja o de un destino sano y feliz” (p.112).

Ahora no vayan a equivocarse con la posible idea que les estoy invitando a formarse. En muchas ocasiones el dependiente no es una figura para tener lastima, sino muy por el contrario, sorprenden positivamente como primera imagen. Me han tocado, en el caso de las mujeres, pues que son realmente hermosas, con un cuerpo excelente, inteligentes, muchas profesionales y valiosas, que han soportado cosas realmente difíciles… pero… en su rol de pareja, autoestima y ámbito emocional, son completa y absolutamente vulnerables, necesitadas y desesperadas por protección, apoyo, valoración y amor. Aunque no lo crean, muchos hombres dominantes buscan este perfil de mujer, como ya saben, no por amor, sino para exhibirlas, para que los demás los admiren por la mujer que tienen a su lado. Las exhiben como ‘trofeos de caza’ y, por supuesto, para exaltar sus atributos de excelente cazador. Por otra parte, en el caso de los hombres dependientes, pues es algo interesante, tendría que hacer la siguiente diferencia: Primer caso: Mujeres dominantes, pero que no tiene tanto poder económico, ellas buscan un dependiente que  tiene un buen físico (tipo gimnasio), inteligentes, profesionales, con buenos ingresos, para básicamente explotarlos, que las mantengan, las ayuden a alcanzar sus metas (profesionales o no), les den una vida de reinas. Y el segundo caso: Mujeres dominantes con alto poder económico: quizás aquí el escenario sea más variado, buscan ‘trofeos’ que exhibir, buena compañía, especialmente en la cama, alguien que se ocupe de atenderlas y de acompañarlas. Podría decir: un esclavo útil que llene los requisitos, hasta que consigan el siguiente. No voy a comentar, ni confundan el tipo de mujer (o hombre) que busca personas casadas, este tipo por lo general no tiene nada que ver con el modelo de dependencia que nos interesa. Asocio lo anterior con esta afirmación de Barradas (2016) “Al no apreciarnos nos metemos en relaciones que nos dañan y ratificamos nuestra creencia de que no servimos para ser amados, reforzando la falta de aprecio propio” (p.42). Lo cual es la esencia de los dependientes. Para cerrar este punto, me gustaría comentar una variante, que no deja de tener su frecuencia e importancia y, que ocurre con mujeres que, en principio son autónomas, profesionales, potentes a nivel laboral y económico. Pero se convierten en el blanco de un dominate. Éste empieza un proceso de seducción y de enamoramiento, que al principio la mujer rechaza, pero él insiste e insiste, incluso por años, hasta que un fatídico día ella lo acepta. El dominante es imponente, con muchísimo poder económico (clave fundamental). Él la hace sentir que él solamente vive para ella, le llena todos los espacios, le atiende todas las necesidades y deseos de ella, hasta se casa con ella. El dominante va poco a poco ganando más y más control y poder. Luego solicita hijos, que ella deje de trabajar para cuidar a los hijos, hasta que se crea el proceso de dependencia. Él se hace indispensable porque le hace todo, lo paga todo… “yo puedo con todo, tú no necesitas hacer nada”, genera dependencia física, económica y emocional… la ha anulado lentamente haciéndola ahora una persona dependiente. Ya en esta posición, se acentúa la fase de descalificación, agresión, maltrato, infidelidades, con lo cual termina de destruir la poca autoestima que le quedaba a la mujer… Ya ella está atrapada en este modelo, no sabe cómo salir, con hijos, sin ingresos, acostumbrada a un nivel de vida alto, en una ‘jaula de oro’… termina justificando todo y aceptándolo… el resto ya lo conocen ustedes. Cierro con esta idea de Barradas (2016) “Control y dominación no es protección ni seguridad, no insistas, eso no es amor… No hay caso en que insistas, amor no es dependencia sumisa, es interdependencia. ¡Aprende! ¿Quieres que te crea que él te miente, te pega, te humilla, pero es un buen hombre? ¡Ja!” (p.33).

            Hasta aquí he dado una idea general de los elementos de las relaciones dependientes a través de tres preguntas: ¿Qué es una relación de dependencia emocional? ¿Quién es el dependiente? y ¿Quién es el dominante? Ahora voy a responder a una cuarta interrogante: ¿Cuáles son las fases de una relación dependiente? Como sabemos la mayoría de las relaciones de pareja atraviesan por varias fases, más o menos iguales para todas. Tomando la perspectiva de una relación estable y duradera, dichas fases podrían resumir así: se conocen, deciden establecer la relación, pasan a la adaptación y acoplamiento de las diferencias, crean su propio vínculo y su forma de estar juntos, consolidan su relación, realizan procesos de redefinición, acoplamiento y ajustes, con los cuales se permiten definir la permanencia y la estabilidad de la relación, para llegar a la meta final: hasta que la muerte nos separe. Pero sabemos bien que este no es el caso para las relaciones dependientes. Para empezar, en una relación de dependencia, si bien es indiscutiblemente de mutuo acuerdo de las partes, esta relación se caracteriza por la desigualdad de los roles que asume cada participante de la pareja. El dependiente va asumir el papel de ‘débil’ y víctima, necesitado de la ayuda del otro. Mientras que el segundo asume la parte del ‘fuerte’ y autosuficiente, que ayuda al otro. Además, si bien es cierto que en la formación de este vínculo de dependencia, ambos miembros obtiene un beneficio, éste no es tal beneficio, sino más bien una maldición: el dependiente vive el drama de la sumisión y anulación de sí mismo, y el dominate la tragedia y el agobio de la carga que representa mantener su necesidad de ser admirado e idolatrado. De las diferencias más fundamentales con las fases de una relación ‘sana’, la primera diferencia son las continuas rupturas y separaciones de este tipo de relaciones. Rupturas y reconciliaciones constantes, con diferentes tiempos de duración, e incluso, con posibles parejas intermedias, pero… de nuevo juntos, hasta que ocurra la ruptura final definitiva. Es decir, las relaciones de dependencia tienen una fecha de caducidad segura y definitiva, el asunto es ¿Cuándo?

Bien, tenemos un dependiente, un dominate y, un (¿fatídico?) día se conocen… enganche instantáneo… Primera fase: Alegría total, ilusión al máximo, “ahora sí” encontré mi amor infinito y definitivo. No han empezado y ya fantasea con el matrimonio, los hijos, la vejez… Comienza la idealización y la admiración extrema por la pareja tan espectacular que ha conseguido. El dominante se convierte en lo primordial en la vida del dependiente. Él va a llenar todas las necesidades de afecto, social, apoyo, decisión, deseos y vacíos. “Ya no necesito nada más, ya lo tengo a Él”. Lamentablemente, en la realidad actual de la mayoría de las parejas (dependientes o no), ni han comenzado esta fase, y ya están en la sexualidad plena… no vaya a ser que si me pongo dura, al negarme, el otro se vaya a buscar con quien sí tener sexo. Peor aún, cada vez más rápido empiezan a convivir juntos, y por supuesto, nada de hablar de compromisos ni de negociaciones para establecer un vínculo a largo plazo. Pasamos a la Segunda fase: definir los roles que ya estaban definidos. El dependiente se vuelve sumiso y el dominate toma el control. El dependiente está ansioso y muy motivado, para complacer todos los requerimientos y gustos del dominate, para que éste nunca la abandone, y así recibir protección y apoyo. Se somete completamente a las opiniones, ideas, expectativas y deseos del otro. Es frecuente que el dependiente renuncie del todo a sus propios gustos y deseos, así comienza a vivir más la vida del dominante que la propia. Con este escenario pasan a la Tercera fase: El choque con la realidad de la relación. Aquí comienza el marcado deterioro que va a definir esta relación permanentemente. Esta fase va a ser la rutina continua de la relación, hasta que se quiebre definitivamente en la última de las separaciones que, se van a repetir hasta el cansancio. Aquí el dependiente sufre maltrato, humillaciones, descalificaciones continuas, se vuelve una carga y un estorbo para el dominate, porque el dependiente le reclama y le critica constantemente su forma de vivir (independiente, se pierde, miente, sale con los y las amigas, ausencias frecuentes, ignorancias…). Es una lucha diaria de celos, inseguridades y miedos, por dar y pedir explicaciones de todo: ¿Qué haces? ¿Con quién andas? ¿Dónde estás? ¿Por qué no me llamas?... Para el dependiente emocional la transformación del amor en dolor y sufrimiento, es una obligación. Se inicia un ciclo sin fin de sentir frustración, ansiedad, miedo al abandono, sentimientos de rabia, tristeza y culpa, que al final refuerzan aún más su baja autoestima y sus miedos. Control y subordinación van de la mano en la Dependencia Emocional. Riso (2006) lo plantea claramente: “No sólo traspasa los límites racionales del amor quien vulnera los principios de la persona supuestamente amada, sino quien acepta sumisamente el desamor, la descalificación, el engaño o cualquier otra forma de ofensa” (p.xv). La cotidianidad de la relación son las confrontaciones y peleas sin fin.

            Estas continuas peleas llevan inevitablemente a la Cuarta fase: rupturas y separaciones hasta el agotamiento. La mezcla envenenada de rabias, cansancio, persecuciones, desprecios, que acompañan cada día y cada pelea, termina por hacer que el uno o el otro propongan una ruptura de la relación. Pero la ruptura les supone un auténtico trauma. Es un monstruo aterrador de dos cabezas: una para el dependiente, quien sufre más con la ruptura que con las humillaciones, y otra para el dominante, quien no tolera la ausencia y la pérdida del control sobre el otro. La posibilidad de la ruptura los devuelve a la situación inicial de soledad, abandono, vacíos e inseguridades presentes antes de iniciar la relación. Pero como sus necesidades de tener una relación son tan grandes y enfermas, no toleran la separación, y en poco tiempo vuelven a reiniciar la relación. Por ello, la mayoría de las relaciones dependientes suelen tener una prolongada historia de rupturas y nuevos intentos repetitivos. Esta situación de ruptura da pie a la Quinta fase: caracterizada por el síndrome de abstinencia. Este período de ausencia, que varía en tiempo, a veces corto, a veces largo, se caracteriza por el aumento de la ansiedad, la angustia de no tener al otro. El miedo a los fantasmas iniciales los obliga, tal como el adicto busca su droga, a desesperadamente realizar intentos de recomenzar, buscan excusas para encontrarse con el otro, se persiguen mutuamente para volver. Realizan conversaciones, hacen planes de cambio y de ajuste de la relación, llegan a acuerdos, ponen nuevas reglas (cada uno según sus intereses), hasta que se juntan nuevamente… pero… más temprano que tarde… todo se vuelve a repetir. Tal como señala Barradas (2016) “Mucha gente es sorda y ciega a todas las muestras de desamor que le hacen. Son adictos a negar la realidad, no entienden que el amor no se obliga y entonces insisten en que hay que amarlos a juro” (p.48). La realidad es que, en el momento que corresponda, la relación termina definitivamente. Dando paso a la Sexta fase: reinicio de la búsqueda de la próxima víctima, tanto por parte del dependiente, quien busca otro de quien depender, como por parte del dominante, el cual busca a quien dominar. Es una necesidad obligante: después de una relación fallida hay que buscar otra inmediatamente. Porque la ausencia es mucho más peligrosa que la realidad de este tipo de relaciones. En muchos casos no hay tiempo para un duelo o un cierre, apenas ha comenzado a recuperarse de la ruptura, ya busca desesperadamente con quien iniciar una nueva relación. En el caso del dominante, es muy frecuente que ya tenga la pareja de reemplazo. Para Barradas (2016) “La relación dependiente siempre será una relación de miedo a perder” (p.26).

Cambiando de asunto y, ampliando el enfoque de nuestro tema para comprenderlo mejor, hagamos una quinta pregunta: ¿Cuáles son los orígenes de la Dependencia Emocional? Podría afirmar que la mayoría de las técnicas psicoterapeutas (aunque no todas se centran en ello), afirman que el origen de cualquiera de nuestras situaciones emocionales, incluyendo la dependencia emocional, tiene sus inicios en nuestro período infantil. Definimos esta etapa como el espacio de tiempo entre el nacimiento y los 9 años, algunos más conservadores, señalan que hasta los 12 años. El problema con esta afirmación es que la mayoría de las personas siente que su niñez ya quedó muy atrás, ya no es importante, ya no vale la pena recordarla, y además, que ya está cerrada. Nada más lejos de la realidad emocional. Por el contrario, la infancia es el período donde construimos las bases inamovibles de la estructura de nuestra personalidad, por lo tanto, de algo tan fundamental como: quien soy yo. De igual manera, también es cierto que hay aspectos de nuestra personalidad, que vamos cambiando a medida que crecemos y maduramos. Pero… no es menos cierto que, en la infancia se define el esquema emocional que voy a utilizar, básicamente, el resto de mi vida. Ciertamente la persona adulta se caracteriza por tener el poder de sus decisiones, controlar su vida, ser autónomo e independiente, pero está claro que esto no es verdad al 100%, si no ¿por qué hablamos de la dependencia, de sus participantes y de su relación? O ¿Por qué hablamos de la cantidad infinita de situaciones emocionales tóxicas y disfuncionales, que vive la gran mayoría de las personas en sus relaciones? Está claro de que no lo quieren, pero por alguna razón (inconsciente) no lo pueden evitar. Ahora bien, para entender el proceso emocional de la infancia permíteme revisar estos cuatro aspectos importantes (según mi criterio personal): Primero: ¿Cuánto sabes al nacer? ¡Nada! Desde esta realidad ¿Qué es lo que más necesitas en tu infancia? Pues ¡APRENDER TODO DE TODO! ¿Qué es todo? Entre otras cosas: cómo vivir, quién soy yo, cuánto valgo, como me van y voy a amar al otro, voy a triunfar o fracasar en la vida, voy a ser independiente o dependiente… es decir, ¡TODO! Ahora bien, algo importante: ¿De quién lo aprendes? Indudable: de tus figuras parentales, principalmente de papá y mamá, luego del resto de las personas que influyen en tu vida infantil. Una pregunta para ti, que no es fácil responder, hay que ser muy honestos, porque la realidad duele: ¿Quiénes eran ellos… qué te enseñaron… qué te decían… qué te hicieron… qué te quitaron…? Como es bien sabido, lo cual es una ventaja en nuestra estructura emocional, es que muchas cosas se siguen aprendiendo y cambiando a lo largo de nuestra vida. Pero hay otras, sobre todo decisiones emocionales, que es muy difícil o imposible de cambiar, éstas impactan toda nuestra vida adulta, no importa lo que haya sido lo que aprendí y decidí cuando era un niño. De hecho, frente al deterioro de la personalidad en las enfermedades degenerativas (demencia senil, Parkinson, Alzheimer…), lo último que pierdo es quien soy yo, y lo que implica todo ello. Tan poderoso es esto y, tal es el poder del aprendizaje infantil que, una vez definido los modelos de afecto y relaciones durante la infancia, es muy seguro que los repetiré, casi de igual manera (una copia al carbón), en la edad adulta, manteniéndolos estables e influyendo en prácticamente todas mis relaciones interpersonales.

            Segundo aspecto importante: ¿Quién tiene el poder en la infancia? Ya está respondido: los padres y el resto de las figuras parentales. Nuestro primer modelo de dependencia emocional se establece con nuestros padres. El niño es obligatoriamente un dependiente natural, en todos los sentidos. El problema grave (que no estoy tocando en este artículo), es que lamentablemente muchísimas personas (tanto mujeres como hombres), deciden vivir aun de adultos, como unos dependientes emocionales de los padres (de uno o de los dos), sin importar si el hijo/a tiene autonomía financiera o no. Establecen un vínculo de dependencia emocional donde se quedan a cumplir el modelo de pareja, o de cuidadores y/o responsables de los padres. A tal grado es esto cierto, que renuncian a la posibilidad de tener una pareja y/o familia propia, bien porque nunca la tienen o bien, la tienen pero no la conservan, con tal de quedarse a ‘cuidar y acompañar’ a sus padres. Es decir, son hijos “Escogidos” para que no tengan vida propia, sino que tienen que vivir para sus padres. Esto representa un desafío absoluto al primer mandamiento para la pareja: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa, y serán una sola carne” (Gén. 2:24, RVR). Es una falsa y muy equivocada interpretación del concepto de honrar y respetar a padre y madre. Peor aún, es una negación al amarse a sí mismos y, a ejercer su derecho de vivir plenamente. Lo que me lleva a preguntarte ¿Por qué tus padres SI tenían derecho a tener pareja y familia, así como una vida independiente, y TÚ NO? Que, acaso ¡¿TÚ ERES EXTRATERRESTRE?!

Permíteme seguir con el tema: Tercer elemento, fijate bien en la pregunta: ¿Qué tiene el poder en la infancia?... piensa… ¡LAS EMOCIONES! El niño no tiene el poder del pensamiento racional y lógico, su pensamiento es fantasioso y mágico. El niño ve al mundo muy diferente que el adulto. Por eso el poder lo tiene lo que siente, sus emociones. Ellas son las que controlan y definen el mundo de las decisiones emocionales del niño. Ellas junto a la infinita variedad de experiencias, aprendizajes, vivencias y decisiones emocionales que el niño debe elaborar obligatoriamente, construye la columna vertebral de la personalidad, la cual va a definir quién soy yo, y junto a esto, todo el desarrollo de mis creencias, autoestima, afectos, posición existencial y mucho más, que me van a definir y guiar a lo largo de mi vida adulta. Ellas me dicen que pensar, sentir y hacer. No me va a importar si lo decidí a los 3… 5… 7… (años). Es mi decisión y va a formar parte de quien soy yo y, de que es lo que tengo que hacer con mi vida. Pasando al cuarto elemento: ¿Cuál es la necesidad más profunda de todo niño? Para ser honesto, aunque una gran mayoría lo niega, la necesidad más real e importante de todo ser humano, sin importar su edad, es la necesidad de ser AMADO y de amar al otro. En mi criterio, cualquier negación de esto es pura enfermedad emocional. Sí, más que comer, que aprender, que jugar… el niño necesita desesperadamente ser amado. Esta necesidad nos hace aún más dependientes, durante la infancia, de nuestros padres… en la edad adulta, de nuestro conyugue… luego de los demás. Por eso el niño (y el ser humano en general) con su ‘capacidad infinita de adaptación a lo que sea’, hará lo que sea necesario para ‘COMPLACER’ a sus figuras parentales, con tal de recibir cualquier migaja de amor de ellos. No importa si tiene que renunciar a sí mismo, para convertirse y ser lo que los padres quieren que sea, así eso me convierta en el ser más infeliz sobre la tierra, o en nuestro tema… en un dependiente emocional. Recuerda la afirmación de Berne (1979) “Todos nacemos príncipes y princesas pero debido a los avatares de la vida, algunas personas nos convertimos en sapos y ranas”. El problema del amor de las figuras parentales, es que siempre está ‘condicionado’: “sí TÚ quieres que YO te quiera, TÚ tienes que hacer…”. Y por eso tenemos y somos lo que somos en la edad adulta. (Recuerda lo que dije anteriormente de la definición aprendida del amor). La realidad es que el amor y sus derivados, es una de las expresiones emocionales más positivas del ser humano, pero muy lamentablemente se convierte en una fuente de mucho dolor y angustia, cuando no lo recibo, provocando en mí una continua y profunda sensación de infelicidad y de vacío existencial, muchas veces deprimiéndome y quitándome el deseo de vivir. La razón es básica: La palabra ‘AMOR’ significa en latín A= NO, MOR= Muerte (NO MUERTE), por lo que si no tengo amor, únicamente me queda la muerte. Y como el principio de todo ser humano es la VIDA, haremos lo que sea por seguir viviendo. No importa el costo. Por eso, cuando mis padres (igual lo vivimos en la edad adulta), no me dan lo que YO necesito de atención, reconocimiento, amor… se genera en mí un sentimiento de desamparo, soledad, ausencia y carencia que puede favorecer las dependencias emocionales, con mis padres, o en su sustitución obligada al crecer, de una pareja. Esta ausencia de amor produce en mis relaciones una inmensa ansiedad y, el sentimiento de ser una persona indigna de ser amado. El rechazo que siento al no sentirme amado, es un camino seguro al proceso de la dependencia emocional. Como señala Barradas (2016) “El amor no correspondido es siempre una apuesta a la baja autoestima” (p.29). Como se señaló anteriormente, la baja autoestima genera grandes miedos a las posibilidades de sufrir abandonos y, una obsesión y una necesidad desesperante, para que el otro me acepte, no importa lo que tenga que hacer, o sacrificar.

Ahora bien, si en mi infancia, además de lo anterior, mi dinámica familiar se caracteriza por estar llena de situaciones y roles de agresión, maltrato, humillación, descalificación, abandono… cuyo núcleo es claramente disfuncional, lleno de falta de respeto, no valoración, de no afecto… Donde los padres o figuras parentales actuaron roles de dominio y/o sumisión, modelos de alcoholismo, drogas, infidelidades, maltratos físicos, verbales, psicológicos… Como la lista es demasiado extensa, lo resumo en la siguiente expresión: ‘Cualquier distorsión donde el niño no se ha sentido amado, ni en la cantidad, ni en la calidad que él necesitaba’. Estos son modelos generadores de carencias emocionales, donde la baja autoestima ocupa el primer lugar, junto al sentimiento de no sentirme digno de ser amado por nadie. En relación con lo que estamos hablando: se ha sembrado en mí la semilla de la dependencia emocional. Es por eso que, en la mayoría de las personas dependientes, sus experiencias en las relaciones afectivas infantiles, es normal y frecuente que hayan sido carentes de apoyo, totalmente insatisfactorias, sin cariño ni ternura, distantes y, frustrantes en la obtención de amor. Es decir, los dependientes son niños que no se han sentido adecuadamente valorados, amados, apoyados, ni mucho menos protegidos por sus figuras parentales significativas. Estas tempranas experiencias de carencias afectivas y valorativas de la persona dependiente, contribuyen a establecer, tanto en la infancia como en la edad adulta, relaciones completamente disfuncionales, cuya principal característica es la búsqueda desesperada de sus necesidades emocionales insatisfechas en su infancia. Éste hueco infantil se convierte en una necesidad emocional, de tal magnitud, que guiará la búsqueda de amor en la edad adulta. Dicha búsqueda estará basada en el anhelo irrenunciable e insatisfecho permanentemente de ser querido, valorado, apoyado, protegido… que nunca se puede satisfacer, porque es un barril sin fondo. Esta excesiva carencia afectiva infantil, predispone y obliga a mantener relaciones de pareja tipo burbuja (solamente tú y yo), cuya esencia fundamental, es la exagerada necesidad de tener y estar, constantemente junto a la otra persona de forma inseparable, pero asfixiante y tóxica, y cuyo nivel de angustia produce una ausencia total de felicidad y de confianza en la relación.

            Por último, y no perdiendo la máxima de que “cada cabeza es un mundo”, en realidad existen muchos modelos parentales generadores de hijos dependientes. Dado que el resultado de un posible modelo dependiente, es la combinación (50 y 50), entre los padres que invitan y los hijos que deciden si aceptan o no el modelo. Lo cierto es que los padres deben ejercer modelos sanos de amor, donde ejecuten funciones adecuadas de protección, control y exigencia. Todos ellos fundamentales en la construcción de una estructura de personalidad independiente y autónoma en los hijos. El problema es cuando estos modelos pasan a las actuaciones negativas, que lamentablemente, la mayoría de los padres, emplean en los modelos educacionales de sus hijos. La invitación negativa de los padres puede agruparse en varios modelos conocidos: Sobre-Descalificador, Sobre-Protector, Sobre-Controlador, Sobre-Exigente y los peores: los modelos ausentes que ni protegen, ni exigen, ni controlan nada. Cada uno de estos modelos emocionales tiene sus propias características y actuaciones de conducta, emociones, expresiones (verbales y físicas), al igual que generan diferentes resultados en los hijos, tanto en sus respuestas, como en sus decisiones emocionales. En realidad hay pocos modelos ‘puros’, lo frecuente es que las figuras parentales utilicen en su trato a los hijos, una combinación de estos modelos, para poder manipular e invitar a los hijos a aceptar los modelos que a los padres les interesa imponer. Es usual que un padre actúe un modelo más frecuentemente que otro, lo cual lo caracteriza en una de estas clasificaciones. Y curiosamente, por aquello del complemento de pareja, el otro padre ejecute un modelo aparentemente opuesto, donde tal combinación de uno y otro, será la fuente definitiva de un modelo familiar, que invite a los hijos a sus diferentes decisiones de vida. Los hijos pueden aceptar decidir, para complacer a los padres y sentirse así amados, uno u otro modelo, entrando en cualquiera de las clasificaciones complementarias, como respuesta a la invitación de los padres. Es decir, los hijos pueden aceptar y convertirse en personas, dependientes, fracasados, ganadores, perdedores, o en su lado positivo, personas autónomas e independientes, capaces de ser triunfadores en su vida y en sus relaciones. Realmente sin importar la cultura, éste autoritarismo parental se vincula con la generación de dependencias en los niños, adolescentes y adultos. Como ya indiqué, cuando las relaciones parentales no ofrecen la capacidad de invitar al niño a desarrollar y decidir conductas independientes y autónomas, sino que por el contrario, los padres imposibilitan todo acto de construcción de su ser basado en sí mismo, el niño define en su vida una probabilidad muy alta de engendrar una dependencia emocional durante toda su vida. Es decir, la incapacidad de que el niño se desarrolle en un modelo de autoconfianza y autoafirmación, da por resultado el modelo opuesto: dependencia emocional.

            Llegamos al punto donde debo cerrar este tema. Para ello debo hacer la pregunta obligada: ¿Cómo te liberas de la dependencia emocional? No se los voy a negar, ni mucho menos a engañarlos, porque realmente los procesos terapéuticos requieren de tiempo, esfuerzo, compromiso y responsabilidad. Pero, a pesar de ser temas tan profundos como estos, no importa que involucren diferentes áreas de la personalidad, ni de la complejidad de los modelos emocionales, para ser honestos, ¡SÍ!, es totalmente seguro que sí se pueden cambiar, y reemplazar por modelos conductuales más adecuados y sanos. Cierto es que la mayoría de las personas que vienen al consultorio, vienen con la duda y la pregunta frecuentemente: “¿Esto se puede cambiar?”. La respuesta 100% es ¡SÍ! Aunque lamentablemente no alcanzamos ese porcentaje de éxito en la realidad. De hecho en relación con el auto-saboteo de los pacientes, Lowen (1977) dice: “Este concepto de la terapia como un proceso sin fin da pie a una pregunta práctica y lógica: <¿Durante cuánto tiempo tendré que venir a verlo a usted?> A lo que contesto también prácticamente: <Estará usted sometido al tratamiento mientras crea que merece el tiempo, el esfuerzo y el dinero que le está costando>” (p.103). Eres TÚ quien decides si cambias o no. No es fácil, por el contrario tiene muchas complicaciones y obstáculos, el primero de ellos: ¡ERES TÚ MISMO! Hasta que no aprendas a amarte plenamente a ti mismo, no te coloques en el primer lugar de tu vida y, no entiendas completamente que todo ello es para compartirlo sana y adecuadamente en crecimiento emocional con el otro, ¡Tú serás tu peor enemigo! En la relación (50 y 50) que establecemos, cada uno debe hacer su parte. En realidad muchos de ustedes, a nivel inconsciente, realmente no quieren cambiar. Muchos sienten que ya no tienen esperanzas, que están cansados de vivir, se han amoldado a su zona de confort, y creen que todo lo maravilloso que pueden obtener de su esfuerzo, es sólo un sueño y una fantasía. La verdad es que la solución no está en una pastilla, o en un horno microondas. La solución, si realmente la quieres para ti, está en tu trabajo, en tu autocontrol y, en nunca renunciar hasta que no lo hayas logrado. Porque de lo que estamos hablando es de tu propia vida. Si bien es cierto que en el Salmo 16:2 dice: “Le dije al Señor: ¡Tú eres mi dueño! Todo lo bueno que tengo proviene de ti” (NTV). No es menos cierto que en Josué 1:9 se nos dice: “Mi mandato es: <¡Sé fuerte y valiente!> No tengas miedo ni te desanimes, porque el Señor tu Dios está contigo dondequiera que vayas>” (NTV). Con lo que entiendo que, si quiero las cosas buenas, tengo que esforzarme para conseguirlas. Si quiero un cambio en mi vida debo trabajar para obtenerlo, y no puedo desanimarme nunca, tengo seguir hasta conseguirlo. Quieres romper con la dependencia emocional (de tus padres, de tu pareja… de cualquier otra cosa), ¡Decídelo y actúa! Aquí y ahora. No te pongas excusas, no te digas que es difícil, ¡Solamente hazlo! Depende exclusivamente de ti.

Para resolver la dependencia emocional es necesario llevar a cabo un equilibrio de la relación de poder, de tal forma que ambos participantes tengan igual nivel de autodominio y manejo de la relación. Donde ya no exista un TÚ exclusivo y excluyente, y un YO sumiso y complaciente, sino que muy por el contrario, ambos trabajen conjuntamente para crear y mantener una relación de NOSOTROS en igualdad. Esto es aplicar el mandato de ser “una sola carne” (Gen. 2:24), en vez de ser una relación de uno solo. Para resolverlo es necesario renunciar al sufrimiento inútil de esperar a que el otro me ame y me valore, en vez de ello, desarrollar y alcanzar el amor sano a mí mismo en primer lugar. Indudablemente debo dejar de reprimir mis necesidades emocionales, físicas y espirituales. Debo tomar consciencia y dejar de anularme para que el otro se sienta en un pedestal, o estamos juntos en él, o sencillamente no puede existir tal relación. A este respecto, Barradas (2016) señala: “Si bien no escogemos a quien amar, si elegimos quedarnos con él. Uno nunca sabe de quién enamorarse pero siempre sabemos de quien separarnos, que lo hagamos o no es otra cosa” (p.39). Es necesario tener claro, definitivamente, que la elección de sufrir o no, es obligatoriamente mía. Para el desarrollo y la aplicación práctica de una relación igualitaria, es requisito fundamental que me valore y me sienta digno de construir y mantener tal relación, eso se llama autoestima. Ser independiente es cambiar el ‘te necesito’, por el ‘te quiero’. Contradictorio y paradójico, resulta ser que la persona independiente es la que mayor número de relaciones de dependencias tiene, porque a todos los trata como a iguales y, les da su lugar correspondiente según este nivel. De igual manera, para resolverlo debo renunciar y eliminar el miedo al rechazo, que es una de las principales fuentes de dependencia emocional en las relaciones interpersonales. Debo eliminar de mí el miedo a ser abandonado y a estar en soledad. Ya no tengo porque soportar la agresión de una relación desafortunada, como señala Barradas (2016) “No existe el masoquismo en el amor, existe la estupidez. ¿La mejor forma de salir de un amor con el que no deberías estar? ¡Amándote como debe ser!” (p.39). En líneas generales para poder resolver mi dependencia emocional, debo desarrollar y aplicar nuevas habilidades sociales, aumentar mi asertividad, cubrirme con un alto índice de amor propio y, tratarme y sentirme digno de la exclusividad compartida en cualquier relación, es decir, saber y conocer que ambos somos igualmente importantes en nuestra relación. Si bien las personas dependientes emocionales tienen dificultad para romper las ataduras enfermas de sus relaciones, como afirma  Riso (2006) “El miedo a que sus decisiones puedan llegar a herir a su pareja o el miedo a sentirse culpable, egoístas o malas les impide iniciar un proceso de independencia y liberación personal” (p.55), esto no puede ser la norma en mis relaciones. El objetivo final es construir una estructura interna donde yo sea la fuente de satisfacción de todas mis necesidades personales, que pueda comprender que no necesito a otro, ni me da miedo perderlo, porque yo soy un ser humano completo, que con el otro a mi lado, me potencio y crezco mucho más, pero sin el otro, sigo siendo yo. Autónomo e independiente.

            Por otra parte, en el “Manual de dependencia emocional afectiva” de Silvia Congost (2014), la autora señala varios pasos para poder liberarte de tu adición a las relaciones dependientes. En resumen señala los siguiente siete (7) aspectos: 1) TOMAR CONCIENCIA: “…implica tener que aceptar que aquello no funciona, y que se va a acabar…”. Es necesario comprender que para cambiar emocionalmente, debo comenzar por darme cuenta y aceptar que hay ‘algo’ en mí, no adecuado, que no me funciona y, que finalmente me perjudica a mí mismo. No puedo centrarme en culpar a otro (del pasado o del presente), debo comprender que el único responsable de lo que me está pasando a mí, soy YO mismo. Por lo tanto Yo soy el único que puede corregirlo. Si necesito ayuda o apoyo, debo buscarlo. Hacer el compromiso de no apartarme de mi cambio hasta no lograrlo. Por ejemplo Barradas (2016) señala: “En este tipo de relaciones el factor común es que ambos saben que la unión que tienen no funciona, pero temen profundamente separarse” (p.26). Se trata entonces de tomar conciencia de mi situación para decidir vencer lo que sea… miedo, baja autoestima, comodidad, soledad, dolor… Darme cuenta, tomar conciencia, es un paso fundamental, por lo general lo sabemos, pero saberlo no es suficiente, tengo que aceptarlo como una verdad en mi vida, e integrarlo a mí, para poder accionar en la búsqueda de mi solución y bienestar. 2) PENSAR EN LO SUFRIDO: “…darnos cuenta de todo cuanto hemos llegado a hacer, cuanto nos hemos arrastrado, degradado, cuanto hemos cambiado a causa de esa necesidad de no perder al otro”. Insisto, no se trata de culpar al otro. Yo tomé la decisión de aguantar, de soportar, de aceptar, las condiciones adversas que el otro me ofrecía para poder estar a su lado y, así llenar el vació sin fondo que constituía mi vida. Debo comprender que a pesar de todo lo sufrido y, de todo lo que hice, nada estuvo en la dirección correcta, pues sigo igual en mi vacío, y cada vez en peor circunstancias de vida. Dominado por una cantidad de emociones no adecuadas de auto-agresión a mí mismo. Con mayor frustración, y saturado de una desesperanza, que me limita y me anula para poder defenderme. Pero el cambio implica llenarme del valor y del coraje necesario para arriesgarme a tomar las riendas de mi propia vida, a no permitir mi propia anulación, y particularmente, a amarme primero a mí mismo. 3) LISTADO NEGATIVO: “…es hacer una lista de todo aquello que no nos gusta del otro, eso por lo cual nos irritamos, decidimos romper…”. Esta opción es válida, pues al hacer la lista de todos los defectos del otro, me puede llevar a darme cuenta del patrón equivocado en mi selección de pareja, y por consiguiente, invitarme a cambiarlo. Pero, más que una lista negativa del otro, personalmente pienso que lo que debes hacer, es una lista positiva de ti misma. Pues ¿para qué te vas a ocupar del otro cuando ya no existe? Quien importa eres tú, quien tiene que mejorar, en el tema de la dependencia, ¡ERES TÚ!

De igual manera, esta valoración positiva de ti, es el primer peldaño del siguiente paso: 4) AUMENTAR LA AUTOESTIMA: “Ésta es la manera de comprender lo que nos ha pasado y evitar que nos vuelva a pasar otra vez en el futuro”. En mi criterio, lo primero que debo hacer para romper con la dependencia, es aceptar que Yo necesito reconocer en mí, a la persona maravillosa, especial, única y valiosa que yo realmente soy. Solamente valorándome en primer lugar; comprendiendo que yo tengo igual valor que cualquier otra persona; amándome yo primero que al otro (aunque en el mismo nivel), puedo comprender y aceptar, que el otro es un complemento de mi proceso de vida, no el eje central de una necesidad infantil insatisfecha. Como digo constantemente: solamente puedo encontrar a la pareja ideal, cuando yo sea primero esa pareja ideal. Para ello debo desarrollar un concepto completo de mí, en la medida que me valoro con una autoestima positiva y adecuada, poniéndome a mí en primer lugar. 5) ACCIÓN: “…tendremos que atravesar otro camino tortuoso y duro: aparecerá el Síndrome de Abstinencia”. En la dependencia no se trata de cambiar de persona, eso no resuelve la situación, debo cambiar Yo. El proceso de abstinencia es mi mayor saboteador, me obliga a vivir nuevamente mis miedos. A buscar de nuevo la relación dependiente, con la misma persona, o con otra diferente. Por ello la acción de separarse de esta enfermedad, y de dar todos los pasos y sacrificios necesarios hasta cambiar, requiere de estar constantemente en acción. En este punto, más que en ningún otro, debemos comprender que “rendirse no es una opción”. No importa el costo, en este caso, el resultado de una vida plena, justifica con creces cualquier esfuerzo, sacrificio y cambio que debo realizar. Eso, solamente puede lograrse manteniéndose en la acción continua de mi transformación, hasta lograr construir la persona integral y sana que debo ser. Más aún, que ya debería haber sido, para evitar la dependencia emocional. 6) CONTACTO “0”: “Si hay una adicción, hay que hacer desaparecer la persona de nuestra vida, vencer la necesidad de volver a tenerlo con nosotros y romper así con la dependencia”. Realmente se requieren de soluciones radicales, para hacer cambios radicales, sobre todo con el tema de la dependencia emocional. En el caso de la ruptura de una relación dependiente, la solución absoluta es el contacto “0”. Es decir: ¡MÁS NUNCA!, ni siquiera para devolverte una media que se te olvido en mi casa. No hay excusa que valga, desaparece de todo y del todo, de una vez por todas. (Creo que quedó claro: Contacto “0”). Sin embargo, no en todas las situaciones de ruptura se necesita un contacto “0”, hay parejas que a pesar de la ruptura quedan como buenos amigos, sin mayor necesidad de otra cosa. Particularmente esto debería ser obligatorio, en las parejas con hijos, porque en vez de destruirse mutuamente, como hacen constantemente, deberían ser buenos amigos por y para los hijos, que necesitan seguir sintiéndose amados por ambos padres, independientemente de que ya no estén juntos. Y sea dicho de paso, como amigos, enseñan y protegen, de un modelo de dependencia emocional, que en algunas ocasiones aparece, con la situación de separación de los padres, porque uno o los dos, terminan abandonando a los hijos, debido al odio hacia el otro conyugue. Y finalmente, 7) APRENDER A ESTAR SOLO: “Tenemos que aprender a estar solos y estar bien sin pareja. Sin miedo, sin ansiedad, en calma y sintiendo bienestar con nosotros mismos”. No fuimos diseñados para estar solos. Pero hasta que no encuentre en mí mismo, mi bienestar y mi amor a mí mismo primero, no estoy listo para una relación de pareja sana y adecuada, que tenga la capacidad y el compromiso de durar hasta siempre, en las buenas y en las malas. Es decir “Con, Sin o a pesar de la pareja”, Yo debo tener la seguridad de mi vida plena. Sin miedo a la soledad. Es simple: Un persona capaz de amarse a sí misma sanamente, jamás estará sola. Porque en vez de hacer lo que dice la mayoría de los libros de autoayuda, que es: ‘construye un súper yo, pero quedate solo’. La invitación aquí es: ‘Construye un Ser Humano capaz de amarse a sí mismo, y que se potencie y crezca aún más, al compartir su amor con el otro, en igualdad, y por el resto de sus días sobre la tierra’.

Terminando este artículo, queda hacerte la invitación para que construyendo una base sólida de amor a ti mismo, no necesites establecer relaciones emocionales dependientes, sino muy por el contrario, relaciones de crecimiento y desarrollo por igual. En una relación de triunfadores que encuentren en el amor mutuo, los elementos para fortalecerse y unirse mucho más, conforme avanzan en el tiempo juntos. No como la mayoría de las relaciones enfermas y dependientes, que a mayor tiempo, más distantes y más separados. En vez de dos enemigos, crea junto al otro una alianza indivisible e indestructible, capaz de permanecer y, de ser posible, que te permita enseñar a otros a lograr lo que tú has construido en tu relación.
 
Que Dios los bendiga grandemente en su amor.

Bibliografía

Barradas, A. (2016). A veces cupido tiene mala puntería. Reflexiones sobre el amor, el sexo y la
 infidelidad. 4ª Ed. Venezuela. Ed. Diana.
Berne, E. (1979). ¿Qué dice usted después de decir hola? 9na edición, Barcelona.
Ediciones Grijalbo
Congost, S. (2014) Manual de dependencia emocional. http://psicopedia.org/wp-content/
uploads/2014/02/GUIA-DEPENDENCIA+EMOCIONAL.pdf
Gibran, K.G. (1983). El Profeta, Argentina: Editorial Pomaire      
Lowen, A. (19077). BIOENERGÉTICA. México, Editorial Diana.
Martínez, J.M. (2006). Amores que duran… y duran... y duran. México: Editorial Pax.
Riso, W. (2006) Los límites del amor, Hasta dónde amarte sin renunciar a lo que soy.
Bogota, Ed. Norma S.A.
Tyndale House Foundation. (2010). Santa Biblia, Nueva Traducción Viviente. USA