miércoles, 12 de diciembre de 2012

PADRE AUSENTE VS. MUCHA MADRE


PADRE AUSENTE VS. MUCHA MADRE
Por J. Rafael Olivieri

“La realidad es que ambos padres son importantes, cada uno a su manera y sin ambos no se puede lograr la evolución completa y armónica del niño.”
(Abreu, 2000, p.57).

Trabajando con el modelo de familia, aproveché para revisar los planteamientos de Abreu en su libro ‘mucha madre poco padre’ (2000), los cuales son en buena parte, un reflejo de la historia del papel del hombre como padre en la familia. Conversa Abreu acerca de lo que es y de lo que representa la figura del padre, no solamente en la sociedad, sino particularmente, en la familia. Recordemos que la familia es reconocida, casi unánimemente, como la cédula fundamental de la sociedad. Para mi criterio personal, la pareja es en realidad la base incuestionable de la familia, sin la pareja como unidad pronto dejará de existir la familia y, como consecuencia, la sociedad. Ciertamente la realidad “poco padre” está presente desde los principios de la raza humana, pues el padre, léase el hombre, por su misma constitución y sobre todo, por su modelo más independiente, ha estado ausente de su núcleo familiar con una frecuencia ‘demasiado’ alta. Podría afirmar, sin temor a equivocarme, una ausencia no deseada por la esposa, pues entre otras muchas otras cosas, se queda sola, y muchísimo menos deseada por los hijos, quienes pierden (en mayor medida) un modelo de referencia fundamental, no solamente para su realidad personal y presente, sino mayormente para todas las etapas de su desarrollo y de su vida, tanto en el campo físico como emocional, y particularmente, dejando cicatrices permanentes en cada hijo, en sus respectivos procesos psicológico y espiritual.

            Si bien es cierto, que tradicionalmente el hombre es el proveedor y sustentador de su núcleo familiar, por lo cual ha tenido que “ausentarse” para ir a trabajar, a veces por horas, a veces por meses o, incluso años, como es el caso de las guerras, de las cuales muchos no regresan. También es cierto que existen muchos otros motivos para esta ausencia, desde los netamente atribuibles a la más absoluta irresponsabilidad como figura paterna, donde cada día aumenta en mayor proporción esta situación, hasta los casos como el citado por Abreu (2000) cuando señala: “Un padre ausente no es solamente aquel que se ha ido y ha dejado su lugar. También es aquel que no participa, el que no se siente padre. El que a pesar de estar físicamente presente en el hogar está emocionalmente ausente de la familia.” (p. 58). Ésta es quizás la peor de las situaciones, un padre presente pero abandonante, genera modelos de poco afecto y puede invitar a situaciones psicológicas de psicosis (locura) e incluso invitaciones de muerte entre los hijos. Las razones para todos estos motivos, si bien son atribuibles a cantidad de factores de diversas índoles como: físicos, culturales, educacionales, e incluso genéticos (como señala Abreu), también son espirituales y psicológicos, que en mi criterio personal, éstos dos últimos son los más importantes y los de mayor peso, porque destruyen la mente de sus propios hijos. A pesar de cualquier excusa o justificación que pueda dar tanto el propio padre, como cualquier estudio social sobre el tema, la realidad común de todos ellos, es que la decisión final de ser un padre presente o ausente, es sin ligar a dudas, responsabilidad absoluta y única del propio padre.   

            Ser padre, más que un rol en el cuadro familiar y social, es todo un proceso cuya esencia principal es el amor, a sí mismo en primer lugar y, luego a los otros: su familia. En este sentido, el padre como cabeza de la familia no solamente da protección, seguridad, apoyo, sustento, educación, compañía; dicta y enseña las normas, las leyes y los principios éticos y morales; las pautas de cómo vivir en la familia y en la sociedad; modela la figura de autoridad, siendo así mismo modelo de la transición de la familia hacia el mundo exterior y la sociedad. Más importante aún y, por encima de todo, define un modelo de vida que impacta y trasciende como una marca imborrable en los procesos de decisión de la vida de sus hijos. Tanto es esto así, que en el caso de la hembra, ella sin saberlo (inconscientemente diría Freud) seleccionará a su esposo y padre de sus hijos conforme al modelo de su propio padre. Y en el caso del varón, este no sólo seleccionará a su esposa conforme a la interrelación entre su padre y su madre, sino que, él mismo actuará con sus hijos conforme al modelo que su propio padre le dio, al tratarlo de determinada forma tanto él como a cada hijo(a) en particular. Lo que recuerda el refrán popular “Hijo de gato caza ratón”. Porque el modelo tanto del padre como de la madre, más que un ejemplo a seguir, psicológicamente terminan convirtiéndose en la mente de los hijos, en órdenes y mandatos que se deben y tienen que cumplirse, prácticamente sin cuestionarse, tal cual el modelo militar.

            Conforme a esta última idea, Abreu (2000) citando a Corneau dice: “La niña ES, el varón SE HACE” (p.61). Ésta frase, por demás impactante, (en mi criterio personal), abre la puerta a una de las  más acaloradas controversias “psicológicas”, que remueve una de las discusiones más polémicas, es decir lo referente al tema de la homosexualidad. Si bien Abreu lo enfoca al caso del varón, no se puede perder de vista que la homosexualidad es tanto masculina como femenina, y el factor común en ambos (varones y hembras) va a radicar en los modelos y mensajes de las figuras tanto del padre como de la madre. No tiene nada que ver con genes u hormonas, como nos quieren hacer creer ‘los grandes eruditos del tema’, sino que la única verdad, tiene que ver neta y solamente con la realidad psicológica del modelo de familia, de las relaciones interpersonales entre los padres y, de estos con sus hijos. Recuerda que en la Biblia está claramente definido “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Gen. 1:27). Es decir Dios creo a Adán y a Eva, “no a Adán y a Esteban, no a Eva y a Estela” (como le oí a un predicador en la radio).

A este respecto, completando la idea Abreu (2000) indica más adelante: “… para posteriormente ser –el padre- una figura de identificación para los hijos cuando comienzan la búsqueda de su identidad sexual. Este proceso le permite a los hijos integrar plenamente su pertenencia a un rol femenino o masculino.” (p. 60). Cosa que Freud también definió al describir y desarrollar las bases de lo que llamó el “Complejo de Edipo”, ya que la solución final del mismo, tanto para el varón como para la hembra, es la identificación y aceptación plena, adecuada o no, del modelo y del rol del género respectivo. La raíz psicológica puede verse en el texto de Abreu (2000) “…, pero sí pueden presentar problemas con la imagen masculina y lo que ella representa. Y aun más, toda su vida realizarán probablemente esfuerzos para no identificarse con lo masculino.” (p.76). El tema escapa a las dimensiones de este artículo, pero para sentar el punto, y parafraseando la frase de Corneau: el homosexual ‘no nace’, el homosexual ‘se hace’, es su decisión de vida, y su responsabilidad. (Esto es lo que en el libro de las enfermedades mentales DSM, llaman “Trastornos de la identidad sexual”).

            Continuando con el tema: La figura del padre ausente trasciende de la familia a la sociedad, Abreu (2000) indica: “La referencia del padre es esencial en el ámbito individual, familiar y colectivo.” (p.78). En este sentido, ‘poco padre’ deja vacíos no solamente a nivel individual y personal, sino incluso en la estructuración e integración de los hijos a la sociedad, crea entre otras muchas cosas, conflictos de autoridad e irrespeto a las leyes y normas, en su lista Abreu (2000, p.75-77) señala: anorexia, homosexualidad, violencia juvenil, alcoholismo, drogadicción, adolescentes en rebelión, sentimientos de inferioridad, debilidad masculina, pasividad, depresiones, enfermedades… Además deja entrever emociones tales como: la rabia, la ira, el resentimiento, la agresión, el odio y el miedo. Todo ello indudablemente pasa del individuo hacia la sociedad, dando origen así a lo que si bien siempre ha existido (porque siempre han habido padres ausentes): violencia, desintegración social, anarquía, guerras, abusos de poder, criminalidad, asesinatos, etc. Lamentablemente hoy en día esto se ha exponenciado a tal grado que lo consideramos normal, porque precisamente, las figuras de ‘poco padre’ se han multiplicado como nunca antes. Recuerda esto la frase: “cosechamos lo que sembramos”, tristemente es así. Y solamente para dejar una idea abierta al vuelo: es irónico como hay hombres que abandonan a sus propios hijos para ir a criar los hijos de otros hombres, esto es una realidad que también va en aumento.

            Ciertamente, el rol de padre no lo es sin el rol de la madre. Porque la única forma de que un padre puede proteger adecuadamente a sus hijos, es a través de su esposa: la madre de sus hijos. Pero también es cierto, como lo plantea Abreu, que muchas veces existen conflictos entre estos dos roles. Hay disfrazados en ellos una competencia y una lucha de poderes a ver quién manda y quién domina la relación y la familia. Dado que por una parte el hombre debe asumir su rol de padre, bien sea que ya lo haya aprendido de su propio padre, o que lo tenga que aprender con sus propios hijos, y por la otra, la esposa debe darle el lugar, el tiempo, el permiso y la invitación para que el hombre ejerza su rol de padre. Sin embargo, la realidad actual, igualmente cada vez más en aumento, es la de “mucha madre” (50% y 50%). Hoy la llamamos la “súper mujer”, cría sola a sus hijos, les da casa, comida, educación ¡de todo! muchas veces en abundancia, pero no les da a los hijos los que realmente necesitan: a su padre. Asumen y lo dicen (lo cual es una locura) que ellas son papá y mamá y, que los hijos no necesitan de un padre. Lo cual no es sino más del modelaje equivocado del cual hablo, con el cual nos estamos destruyendo a nosotros mismos y a nuestros hijos. Aunque es un tema personal, pero para que vean que no es pura teoría, mi madre era una súper mujer ¡en todo sentido! pero murió de un infarto hace 3,5 años atrás. Aunque amaba a Dios, se olvidó que Él definió en su palabra a la mujer como “vaso frágil” y, que el matrimonio y la familia se construyen en base a la pareja, es decir, dos: Él y Ella, no ella sola.

            Hoy en día alabamos y exaltamos esta figura de la esposa que cría sola a sus hijos, bien sea que botó al marido o que éste la abandonó (la realidad yo sigo afirmando que es 50% y 50%). No te cuento del reconocimiento a la madre soltera (en cualquiera de sus muchas modalidades: el novio la embarazó y se fue, ella se buscó uno que la embarazara y luego lo botó, fue al banco de esperma y listo… -50 y 50-). Tienen mérito, han hecho un esfuerzo impresionante, hay millones de hijos que estamos agradecidos por ello. PERO, sin tan siquiera hubiésemos escuchado y actuado los principios de Dios para el matrimonio y la familia, esta realidad de mucha madre y poco padre, no existiría o, en todo caso sería en un mínima expresión. Lo que ahora parece más un cuento de hadas sería nuestra realidad cotidiana: esposos juntos hasta que la muerte los separe; familias integradas con hijos sanos que formasen nuevas familias; hijos que aman a sus padres en vez de odiarlos; padres que disfrutaran de la compañía de sus hijos y nietos, en vez de quedar en el abandono y la soledad que ellos mismos sembraron. Una realidad que existiría de no habernos olvidado que así como ella es ‘ayuda idónea’ de él en la casa, en el trabajo, en el compartir todo, así, el esposo es igualmente ‘ayuda idónea’ de ella en la casa, en el trabajo, en el compartir todo, y todos en el amor de Dios, sujetos los unos a los otros.

            Finalmente, mucha madre y poco padre, invita a la reflexión, dada la realidad de la ausencia del padre a través de la historia en los núcleos familiares, ¿Es rechazable la figura del padre? La respuesta, como lo deja entrever Abreu (2000), claramente es NO. El padre al igual que la madre es imprescindible, no sólo por las razones ya citadas, repetido por miles de voces en la psicología, la filosofía, y la religión, los cuales han comprendido y anunciado la importancia crítica y fundamental de la figura del padre en la trascendencia familiar, social y de toda la humanidad. Cierto es que para la mayoría de los hijos (por no decir todos), su padre durante cierta etapa de su vida es como “un dios” de donde mana no sólo todo el sustento físico y material sino lo más fundamental: lo emocional y el amor. El hijo que venera, admira y ama a un padre que está presente, con quien establece un contacto diario, de quien recibe calidad humana y espiritual, será después en su propia vida un padre o una madre que transmitirá iguales valores que los que recibió de su padre a sus propios hijos, creando así un ambiente de armonía y amor que trascenderá. Haciendo referencia a la ley de la cosecha, será multiplicado al 101% de generación en generación.

Te invito hombre a asumir tu responsabilidad de ser padre al 101% y,
a ti mujer a ser madre y, dejar que tu esposo cumpla su rol de padre.

Abreu, E. (2000). Mucha madre y poco padre ¿Una antigua realidad en aumento?. Caracas, Venezuela: Fundación Venezuela positiva.