miércoles, 30 de noviembre de 2016

SEXUALIDAD SANA EN LA PAREJA: Un pegamento para unirnos

SEXUALIDAD SANA EN LA PAREJA: Un pegamento para unirnos
Por J. Rafael Olivieri (noviembre 2016)

EL: “1¡Qué hermosos son tus pies en las sandalias, princesa! Las curvas de tus caderas son como adornos de oro fino hechos por manos expertas. 2 Tu ombligo es una copa redonda donde no falta el buen vino; tu vientre es una pila de trigo rodeada de rosas. 3 Tus pechos son dos gacelas, dos gacelas mellizas” (Cantar de los cantares de Salomón, Cap. 7:1-3)

ELLA: “10 Mi amado es trigueño y deslumbrante, ¡el mejor entre diez mil! 11 Su cabeza es del oro más fino, su cabello ondulado es negro como el cuervo. 12 Sus ojos brillan como palomas junto a manantiales de agua, montados como joyas lavadas en leche. 13 Sus mejillas son como jardines de especias que esparcen aromas. Sus labios son como lirios, perfumados con mirra” (Cantar de los cantares de Salomón, Cap. 5:10-13)

            En mi criterio pienso que no existe un Ser Humano que una vez ha llegado a la pubertad, no tenga deseos y necesidad de experimentar y vivir a plenitud su sexualidad. Si bien en el momento en que, las hormonas sexuales hacen su aparición, en cantidad suficiente, lo cual ocurre y define el inicio de la adolescencia (en realidad las hormonas ya están presentes desde la definición del género en el feto),  se activa inevitablemente el principio básico de la sexualidad: que en el hombre es: el deseo de penetrar y fecundar y, en la mujer es: el deseo de ser penetrada y fecundada. A partir de allí, la sexualidad va a transitar por un universo que se mueve entre dos extremos: los permisos sexuales o las prohibiciones sexuales. En los permisos encuentro la posibilidad de llegar a descubrir y sentir, todo el sistema de disfrute y placer que la sexualidad sana puede otorgar a un Ser Humano. Lo cual representa uno de los más maravillosos regalos que los esposos pueden compartir de todas sus experiencias juntos. Mientras que por el contrario, en las prohibiciones, el mundo de conflictos emocionales, miedos y tabús que rodean a la sexualidad, es capaz de destruir a un Ser Humano y a la relación de pareja de muchas formas, quitándole en principio el mundo fantástico de alegría, disfrute y del placer sexual que tiene derecho a experimentar en su vida.

Por otra parte, hablar de sexualidad es un campo que ‘pica y se extiende’, cuanto más, dadas las múltiples opciones que hay de abordarlo, y del cual hay incontables narraciones, escritos e investigaciones de todo tipo. Las mismas, por sólo considerar algunos ejemplos conocidos, abarcan textos como los del Marqués de Sade, el Kamasutra, hasta verdaderos estudios científicos que cambiaron el enfoque de la sexualidad humana como el Informe Kinsey, sobre el comportamiento sexual masculino y femenino de 1948 y 1953, y las investigaciones de Master y Johnson sobre la respuesta sexual humana y sus disfuncionalidades, cuyo trabajo en el área, abarcó desde 1957 hasta la década de 1990. Al tomar tales dimensiones, y cubrir tantos ámbitos, es necesario hacer una diferencia en este momento: no quiero hablar del sexo, que vulgarmente lo puedo entender como “meterlo y sacarlo”, sin mayor aspiración que satisfacer una necesidad biológica básica, lo cual hoy en día abunda en la gran mayoría de las personas y, es básicamente, a lo único, que aspira esta inmensa mayoría de personas, de una relación sexual. Por el contario, quiero hablar y entender la relación sexual de la pareja como un proceso de unión, de ‘pegamento’, que se interrelaciona con todas las áreas psicológicas, biológicas, sociales, emocionales y afectivas, que abarcan una gran parte, de mucha importancia, de la relación conyugal, la cual tiene la capacidad de lograr la compenetración total de los esposos o, si no es entendida así, de destruir dicha unión. Tal como lo indica la afirmación de Leman (2004): “Tener una vida sexual grandiosa es una experiencia tonificante; puede unir a un esposo y a una esposa de una manera que no tiene comparación en la experiencia humana.” (p.12).

Tomando en consideración que, si bien el tema de las prohibiciones sexuales es muy amplio, que su daño a la pareja es incuestionable, la gran realidad es que, se ve todos los días, como las parejas se destruyen por el enfoque equivocado que tienen de la sexualidad, así como por los abusos de la misma. A pesar de ello, no es mi intención en éste artículo profundizar en ellas, sino hacer un simple bosquejo de las mismas, pues prefiero establecer un equilibrio en forma breve de los aspectos positivos y de consolidación de la unión marital, a través de una aplicación satisfactoria de la sexualidad y sus permisos. Pero, en el caso de las prohibiciones, si bien es cierto que, las mismas pueden empezar con frases como “cierra las piernas que se te ve eso”, “no te toques eso: …es sucio, es cochino, es pecado…” “Esas son cosas de putas”, “No te sientes en las piernas de tu papá”, “todos los hombres solamente piensan en eso” (como si las mujeres no pensaran en “eso” igualmente). Otras muchas veces (lamentablemente las más repetidas) de tratos agresivos, de golpes, gritos, castigos… porque estás viéndote o tocándote “eso”. Por el lado positivo, también incluimos (una gran verdad) que una figura parental sí puede dar un permiso de sexualidad sana cuando acaricia, toca, abraza, besa, es cariñoso con todos sus hijos (independiente del género) y, muestra las mismas actitudes de amor y ternura con su cónyuge delante de sus hijos. Con este modelo positivo, la realidad es que los hijos aprenderán y tendrán, un permiso para experimentar una sexualidad de disfrute y amor con sus respectivas parejas. Pero por el contrario, una figura parental que no toca, no expresa el amor a sus hijos o a su cónyuge, invita a una prohibición de la sexualidad sin necesidad de palabras. Porque los hijos entienden que es malo tocarse, que es malo querer recibir amor de otros, que el contacto no está permitido, lo cual es parte de la prohibición sexual. Por supuesto, igualmente dentro de las prohibiciones, están las situaciones extremas de abusos infantiles, de maltrato físico y psicológico, y la cantidad de millones de expresiones verbales y conductuales, donde se prohíbe expresamente lo sexual, bien sea manipulando con culpa, con miedo o con agresión. De tal manera que lejos de tener e invitar a una sexualidad sana a los hijos, se crea tal nivel de prohibiciones, que la sexualidad se entiende y se vive como algo cochino, desagradable, de mucha angustia, prohibido y, se convierte en una causa vital de destrucción de las relaciones de pareja, en vez de unirla como fue su concepción original. Al respecto Leman (2004) advierte: “Si estás casado (a), la relación sexual será una de las partes importantes de tu vida, lo quieras o no. Si no la tratas de esta manera, como un asunto de suprema importancia, no eres justo contigo mismo (a), con tu cónyuge ni con tus hijos” (p.18).

            Quizás de entre todas las mayores prohibiciones sexuales, se encuentren aquellas que se pueden atribuir al aspecto ‘religioso’, dónde las personas han hecho parecer a Dios como el gran culpable y como el gran castigador… porque ‘eso es pecado’, ‘Dios te va a castigar’. Se nota que ni se han molestado en leer, ni en entender a Dios, en sus planteamientos acerca de la sexualidad para el Ser Humano. Por eso, solamente para mencionarlo, como quién no quiere la cosa: el gran artífice y creador de la sexualidad, es Dios mismo. Por lo que lejos de verlo como el prohibidor de la sexualidad, es todo lo contrario, Él es el mayor permisor de la sexualidad. En Génesis 1 y 2 vemos que Dios contemplaba su creación y veía que todo era bueno y la bendijo en su totalidad, pero viendo al hombre Dios señala: “18…«No es bueno que el hombre esté solo. Haré una ayuda ideal para él» y “22 Entonces el Señor Dios hizo de la costilla a una mujer, y la presentó al hombre”. Esto quiere decir que fue Dios quien creó las diferencias sexuales que dan origen al género masculino y femenino, es decir, Dios diseño el pene y la vagina para que se complementarán mutuamente. Como segundo gran acto de esta unión del hombre y la mujer, Dios instituye el matrimonio al presentar su mandato definitivo: “24 Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.” (NTV). Aquí muchos tuercen los ojos, por no decir otra cosa, pues el planteamiento de la sexualidad de Dios es para la unión matrimonial (ese es su ‘pegamento’), no antes, ni fuera de esta unión. Tema central éste para rechazar a Dios y permitir el libertinaje en lo cual se ha transformado lo sexual hoy en día. Basta con ver a tu alrededor lo que sucede en las relaciones interpersonales y, especialmente en la sexualidad; con lo cual la gente está haciendo efectiva una advertencia de Isaías 5:20 “¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!” Destruyen a su pareja, a sus hijos y a sí mismos, todo por 7 minutos de placer (si es que logran llegar a ese tiempo promedio).

Pero en éste contexto de la verdad de Dios, lo tercero que ÉL hace es dar un permiso súper amplio para la sexualidad, cuando da otra orden al matrimonio: “28 Luego Dios los bendijo con las siguientes palabras: «Sean fructíferos y multiplíquense. Llenen la tierra y gobiernen sobre ella.”. Pregunto yo: ¿Cómo vamos a ser fructíferos y multiplicarnos, si no es a través de las relaciones sexuales? Por su parte, haciendo énfasis en este tema Leman (2004) señala: “La Biblia da una asombrosa libertad en cuanto a lo que permite y hasta alienta a las parejas casadas a hacer en la cama…” (p.190). Por lo cual cabe una reflexión más: si Dios se ocupó de dar prohibiciones explicitas tales como: no matarás, no robarás, no adulterarás, no codiciarás… ¿Dónde aparece ‘no tendrás relaciones sexuales con tu cónyuge’? Comprendelo de una vez: No es Dios quien te lo prohíbe… te lo prohíbe la mente retorcida y enferma de muchas de tus figuras parentales, que te invitaron a aceptar tu prohibición en la sexualidad. Porque de hecho, si lees 1 Corintios 7 (NTV), aparte de que es bien explícito lo que dice, pues no necesita ni traducción ni interpretación, te vas a encontrar con esta sorpresa:
7 Ahora, en cuanto a las preguntas que me hicieron en su carta: es cierto que es bueno abstenerse de tener relaciones sexuales. 2 Sin embargo, dado que hay tanta inmoralidad sexual, cada hombre debería tener su propia esposa, y cada mujer su propio marido.

3 El esposo debe satisfacer las necesidades sexuales de su esposa, y la esposa debe satisfacer las necesidades sexuales de su marido. 4 La esposa le da la autoridad sobre su cuerpo a su marido, y el esposo le da la autoridad sobre su cuerpo a su esposa.

5 No se priven el uno al otro de tener relaciones sexuales, a menos que los dos estén de acuerdo en abstenerse de la intimidad sexual por un tiempo limitado para entregarse más de lleno a la oración. Después deberán volverse a juntar, a fin de que Satanás no pueda tentarlos por la falta de control propio.

Entiendo entonces, que Dios diseño al hombre y la mujer para que tuviesen un propósito de estar juntos en un matrimonio y, dentro de éste, tener toda una gama de expresiones  sexuales, que se acuerdan entre la pareja, a través de la comunicación y del consentimiento mutuo entre ambos, con respeto, con amor y, lejos de los egoísmos individuales. Es decir, Dios dio un permiso al matrimonio para tener y mantener una vida sexual en armonía, y no, el universo de conflictos y disfunciones sexuales que existe hoy en día, en las relaciones de pareja. Porque lo que fue diseñado por Dios para unir (pegar) a la pareja, los seres humanos lo están usando para destruirse más y más los unos a los otros.

De igual manera, muchas prohibiciones, al igual que los permisos, se sustentan en las creencias individuales, la formación familiar, el contexto social y cultural, y por supuesto, en la permisividad o la restricción que, sobre el tema ha existido y sigue existiendo, en la educación sexual. Todos son elementos que añaden constantemente nuevos factores al tema de la sexualidad. En este sentido la sexualidad abarca a todas las personas en todas las partes del globo terráqueo. Así como también, la relación sexual implica una parte integral de la personalidad, tal como señalan Baltasar y Battaglia (1990) “la sexualidad constituye un elemento de la personalidad humana” (p.18). También Leman (2004) indica esto, “Como la relación sexual está tan íntimamente ligada a quienes somos como hombres y mujeres, lo está también a los elementos más insignificantes de cada matrimonio” (p.21). Extrapolando lo anterior podría afirmar que: así igualmente lo es la sexualidad del individuo a la díada marital, no existe uno sin el otro. Resaltando de esta manera, que la relación sexual forma una parte muy importante de la relación total que es el matrimonio, y que lamentablemente en el contexto del libertinaje social actual, se ha extendido a todos los tipos de relaciones de pareja, que hoy en día se dan en general.

Precisamente, observando la promiscuidad sexual actual, vemos que tomando en consideración el falso supuesto de muchas figuras parentales, de querer proteger a sus hijos de los posibles abusos sexuales. Lo que realmente han hecho, es crear tal nivel de angustia y prohibición sobre las relaciones heterosexuales sanas, (indudablemente esto es a nivel emocional inconsciente), donde han prohibido de muchas formas lo sano. Lo cual quiere decir, que han generado en sus hijos una orden inconsciente (y a veces muy consciente) de no poder establecer una relación sexual sana con el género opuesto. Por lo que frente al inevitable deseo y la necesidad de expresar su sexualidad que, todo individuo tiene en su vida. Los hijos al no encontrar una forma y un camino sano de satisfacer su deseo y su necesidad, con una pareja del género opuesto, como debe ser. Y al sentir y terminar confirmando que no pueden, ya que al estar con esa otra persona, le causa tal nivel de angustia que, la relación sexual se hace casi que imposible y hasta repulsiva, con lo cual la rechazan. Pero, como en realidad el deseo sexual no se extingue por la simple prohibición, no les queda más remedio que el de experimentar lo que no le han prohibido, lo cual es hacerlo con el mismo ‘bando’, en este caso lo homosexual. ¿Qué tal? Al respecto Martínez (2006) señala: “El deseo sexual, al igual que el amor, no suele despertar en forma espontánea. Alguien desea a otra persona cuando ésta hace algo que le despierta el deseo.” (p.113). En este caso recordamos la frase de que “los iguales se atraen”. Sumando aún más a este aspecto negativo, hemos de entender que frente a las miles de prohibiciones que existen, la posibilidad de no llegar a tener relaciones sexuales nunca en su vida, en realidad se da en muy pocas personas (las hormonas y las necesidades no dejan de estar presentes, no importa la prohibición), ésta opción representa solamente un extremo de la prohibición. El otro extremo es lo opuesto, las personas que constantemente están teniendo relaciones sexuales con prácticamente todo el que conoce, lo cual en sí mismo es una forma de prohibición. Entre estos dos extremos, nos encontramos la mayoría de las personas, pues la realidad es que la prohibición de la sexualidad incluye una amplia variedad de opciones. De entre las cuales se pueden enumerar el no disfrutar de las relaciones, hacerlas por obligación o, solamente para tener una descarga del deseo, todas las desviaciones de la sexualidad sana normal, todas las disfunciones tanto en el hombre como en la mujer. Y prácticamente en todos los matrimonios que terminan y se divorcian poniendo como excusa las ‘diferencias irreconciliables’, porque no se atreven a poner en la sentencia de divorcio ‘fallas en las relaciones sexuales’ ¿qué pusiste tú? Cambiando el enfoque y  complementando la lista de los elementos que igualmente influyen en el abordaje del tema de la sexualidad, debo incluir el hecho de que cada persona tiene su propia concepción acerca del sexo y de la sexualidad, bien sea que tenga o no experiencia previa en el tema, donde, indudablemente, la experiencia marca una diferencia importante, como señala Leman (2004) “Si no lo has experimentado, no podrás creer qué clase asombrosa de ‘pegamento’ matrimonial puede ser la relación sexual” (p.11).

            Lamentablemente, y este es parte de los temas donde debe intervenir el proceso de acoplamiento marital, es muy alto el número donde las relaciones sexuales son tema de conflicto continuo en la pareja, lo cual invariablemente afectará su relación y su equilibrio, que por lo general termina en la separación y divorcio, y casi siempre (especialmente en la cultura venezolana) transita por el camino de la infidelidad. Como afirma Leman (2004), con relación a un ejemplo de sus pacientes, “cuanto les costaba como pareja este invierno sexual y que si no revertían, es probable que se divorciaran en los próximos cinco años” (p.16). Hoy en día los tiempos de separación son mucho más cortos, por aquello de la expresión “no le aguantes nada a ninguno…”. Estos conflictos, además de los elementos mencionados, se basan en las diferencias típicas entre hombres y mujeres. Por lo general los hombres tienen como primera queja permanente de sus esposas que: éstas no quieren tener las relaciones sexuales según la frecuencia de ellos, la cual por los aspectos biológicos del hombre, es de por sí, muy alta. Por el contrario, las mujeres en su gran mayoría reclaman que: los hombres las buscan sexualmente solamente para satisfacerse ellos y, que no piensan en las necesidades de ellas. Debido a esta causa, es lógico ver una expresión como la de Leman (2004) al decir: “Ninguna persona queda satisfecha cuando la relación sexual es algo que se pide con desesperación y que solo se da a regañadientes” (p.23). Es importante entender por qué son estas diferencias. En el caso del hombre, debemos saber que es un ‘productor’ ¿de qué? Pues de millones de espermatozoides al día, y como los depósitos de almacenamiento son muy pequeños, obligatoriamente se convierte en ‘una necesidad de vida’ el poder descargarlos. Entiendan la necesidad es biológica, y se convierte por tal, en un asunto de ‘vida o muerte’. Por ello el mito y la realidad entremezclados de que “todos los hombres solamente piensan en el sexo todo el día”. El que es hombre sabe que eso no es verdad, ‘es solamente una gran parte del día’. Por ello la alta frecuencia de los requerimientos sexuales de la mayoría de los hombres. Pero no se vayan a creer que eso es siempre así, tenemos el ‘período refractario’, nuestro gran enemigo. El período refractario nos quita el deseo sexual (depósitos vacíos), por lo que hay que esperara hasta se vuelvan a llenar. El tiempo de llenado depende de cada hombre, de su salud, de su edad, de su proceso emocional, de su disfrute en lo sexual, y por supuesto de cómo se lleva social y emocionalmente con su esposa. El promedio en la mayoría de los hombres es de 48 horas. Lo que representa ‘hacerlo’ un día sí un día no. “Todos los días” no hay hombre por atleta sexual que sea, que aguante ese ritmo de exigencia, no se vayan a comer ese cuento. Por su parte las mujeres no tienen período refractario, por lo que no tendrían que esperar, pero, lamentablemente producen un sólo ovulo al mes, y dependen de su ciclo hormonal y menstrual. Además del millón de prohibiciones que normalmente les enseñan. Lo cual produce una necesidad y una frecuencia usualmente baja en una gran cantidad de mujeres. Ciertamente la mujer también tiene deseos y necesidades sexuales, pero raramente piensa en eso al día. Lo cierto es que la mayoría de las mujeres tienen una queja permanente, y es que muchas de ellas se quedan mirando el techo después de terminar el acto sexual.  Porque el hombre se ha ocupado solamente de sí mismo en su satisfacción, y a ellas no las han tomado en cuenta. Por el contrario, muchas veces son solamente valoradas simplemente como un ‘pote’ donde vaciar su ‘carga’, mayor nivel de egoísmo por parte del hombre es imposible. Por ello es que muchas mujeres guardan mucha rabia y resentimiento en contra de sus amantes. En resumen de todo lo anterior  Pease y Pease (1999) comentan acerca de las diferencias que crean conflicto en el sexo de la pareja, lo siguiente: “las diferencias en cuanto a actitudes sexuales siempre han sido un muro de contención entre los hombres y las mujeres” (p.221).

            No recuerdo que autor leí hace tiempo, pero él señalaba y explicaba una gran verdad: “los hombres envidian a las mujeres en su sexualidad”. ¡Sorpresa!, para nada. Por cierto que Leman (2004) también señala algo parecido, él dice que “un gran porcentaje de hombres siente celos de los orgasmos de las mujeres” (p.107). Las razones eran, según recuerdo: 1) la capacidad multiorgásmica de la mujer: debido a su aparato orgásmico: una mujer sexualmente sana, que conozca su cuerpo y su respuesta sexual, es capaz de tener múltiples orgasmos sucesivos, ningún hombre, ni en el mejor de sus sueños, llegaría a experimentar tal nivel de placer. Es más, según la expresión del Dr. Belmonte “El hombre solamente sirve para darle la ‘ñapa’ a la mujer” (ñapa es una expresión venezolana que significa dar un poquito extra al final). 2) La mujer no tiene el período refractario, por lo que no necesita esperar a ‘cargarse’, su cuerpo siempre está disponible, si su mente y emociones lo están. 3) La mujer posee el único órgano diseñado para dar el máximo placer: el clítoris, ningún otro órgano tiene esta función. 4) La suma de estos factores, y otros adicionales, suponen que el verdadero sexo fuerte, en el tema sexual, es la mujer, no el hombre. Lamentablemente, la mujer, por regla general, no conoce su potencial sexual, y se ha dejado engañar por la envidia del hombre. Dejándose relegar en su rol de protectora sexual del hombre, para convertirse, unas veces, en una esclava sexual de sus maridos, lamentable pero cierto; pero otras veces, más lamentable aún, en una castradora sexual de los hombres. Además el hombre oculta mucho miedo en relación con su sexualidad y su respuesta sexual, por el mismo tema de las comparaciones, ‘los tamaños’… y la gigantesca cantidad de mitos, que lo único que han logrado es ampliar la barrera de las diferencias entre ambos géneros. Es por esto que Pease y Pease (1999)  señalan: “…la necesidad biológica masculina ha supuesto una gran traba en las parejas y constituye la razón número uno de los problemas de las relaciones modernas” (p.222).  Y añaden en el mismo tema “las mujeres se quejan de que el hombre no hace más que presionarlas para que mantengan relaciones sexuales, lo que provoca resentimiento por partida doble” (p.226). En base a estos comentarios se puede esperar que, definitivamente la sexualidad debería representar un tema fundamental y prioritario en el proceso de ‘pegamento’ en la pareja, pero, por el contrario, en la mayoría de las realidades de las parejas, al no conseguir una satisfacción plena de placer y disfrute, donde ambos se sienten completos y realizados en su consolidación sexual, es seguro que en el corto tiempo tal relación se destruya. 

Aprovechando el tema de las diferencias entre ambos miembros de la díada, Martínez (2006) señala: “La compatibilidad desde el punto de vista físico entre los miembros de una pareja no es fácil de alcanzar, aunque la mayoría de las personas lo asumen como algo que ocurre en forma natural” (p.81). Por ello las diferencias entre ambos, muchas veces lejos de ayudar a la compenetración, terminan separándolos en todos sus aspectos, particularmente en el sexual. Con frecuencia estás diferencias los llenan, en lo emocional, de una serie de intolerancias y antagonismos, que muchas veces no pueden ser resueltos, porque la pareja sencillamente no quiere hacerlo. Han acumulado mucha rabia y resentimiento durante tanto tiempo, que ahora solamente ansían vengarse del otro. Por ejemplo, la mayoría de las mujeres esperan que la relación sexual incluya romanticismo, ternura, suavidad, lentitud, palabras, donde el preámbulo del juego sexual es muy importante y necesario, mientras se van introduciendo paulatinamente en el deseo y, en la necesidad de ser penetrada. Pero el hombre es todo lo contrario, desprecia muchas veces esta introducción previa. Por lo que los autores Pease y Pease (1999) indican: “El deseo sexual masculino es como una cocina de gas porque la chispa se enciende instantáneamente y puede funcionar a toda mecha en segundos, y se apaga igual… Por el contrario, el deseo sexual femenino es como un horno eléctrico, ya que se calienta despacio hasta llegar a su temperatura máxima y le lleva bastante tiempo volver a enfriarse” (p.223). Si el esposo fuese inteligente en el aspecto sexual, donde en vez de solamente buscar su propia satisfacción, buscara primero el de su esposa, el universo de placer que descubriría, no tendría comparación con cualquier relación anterior. Es por ello, que el entender y manejar las diferencias naturales entre hombres y mujeres, es un requisito necesario del conocer al otro y  a sí mismo, para convertirse en un verdadero buen amante. Lo cual puede comprobarse en las palabras de Fromm (1982) cuando señala: “Puede definirse el carácter masculino diciendo que posee las cualidades de penetración, conducción, actividad, disciplina y aventura; el carácter femenino, las cualidades de receptividad productiva, protección, realismo, resistencia, maternidad” (p.44). De igual manera Baltasar y Battaglia (1990) señalan: “la sexualidad en la pareja, a pesar de vivirse en forma íntima, está condicionada por la sociedad en la cual se desenvuelve” (p.15), dando a entender que la sociedad promueve muchas de las diferencias que se dan entre ambos miembros de la pareja. Porque como dice Martínez (2006): “La similitud facilita la identificación, mientras que lo complementario se basa en las diferencias y, a veces, en rasgos opuestos…” (p.81). Entender las diferencias es comprender que tanto el hombre como la mujer, tienen su propia forma de obtener y sentir el placer sexual, son complementarios pero diferentes, lo cual no indica que uno sea mejor que el otro, sino que ambos se necesitan por igual, para convertirse en “una sola carne”.

Por su parte, Pease y Pease (1999) comentan adicionalmente un punto importante en las diferencias, de cómo cada miembro de la díada encara el sexo, ellos afirman: “Mientras que el hombre necesita mantener relaciones sexuales antes de establecer vínculos afectivos, para la mujer es un requisito indispensable que exista algún lazo emocional antes de lanzarse al sexo” (p.242). Ello hace entender que, si una mujer tiene relaciones sexuales sin haber establecido éstos ‘vínculos afectivos’, lo que hace es, sencillamente, actuar su parte biológica y, al igual que el hombre, simplemente está buscando una ‘descarga’ de su necesidad corporal, y no de su complemento emocional. Por lo que estos mismos autores complementan esta diferencia con la siguiente frase: “Al principio de una nueva relación, el sexo siempre juega un papel esencial y hay mucho amor. Ella le da mucho sexo y él le da a ella mucho amor, una cosa compensa la otra” (p.243). Lamentablemente en muchas de estas relaciones veloces, lo único que queda es la relación sexual, porque generalmente matan al amor prematuramente, al haber obtenido desde el principio, lo que buscaban, sin haberse dado el tiempo de cultivar la relación, para obtener como premio final, lo que realmente es la sexualidad sana: el ‘pegamento’ del amor entre ambos. En este sentido se podría afirmar que muchas de estas mujeres que ‘juega al sexo para conseguir amor’, actúan así debido al miedo de quedarse solas. Ellas creen que cuanto más rápido se entreguen al hombre, esto le garantizará una relación de amor, y la verdad, es que, los hombres no son así. En realidad los hombres se han vuelto muy cómodos y flojos, ya no tienen necesidad de ‘trabajar’ una relación, ya las ‘cosas’ las consiguen muy fácilmente y, con muy poco esfuerzo. En realidad el hombre conoce este miedo de ellas, y le plantea esta premisa: ‘si tu no me das sexo, yo me busco otra’, la mujer cede, e igualmente, al final, se queda sola y usada, muy lamentable pero muy cierto. Es por ello que Leman (2004) con base en lo anterior y a su criterio profesional, busca abrir un espacio de reflexión sobre el aspecto sano de la sexualidad, y hace referencia a que muchas parejas tienen problemas con el sexo, porque para él: “la relación sexual matrimonial, la más importante y la única apropiada desde mi punto de vista, se pasa por alto, y las parejas pagan un precio terrible cuando se produce esta triste realidad” (p.18).  El precio no es otro que la ruptura y la separación, con su consiguiente carga emocional negativa. Por ello y en este sentido de las diferencias, es importante entender una diferencia fundamental de ambos, en base a las situaciones de conflictos entre ellos, la cual es: para el hombre el tener la relación sexual borra cualquier conflicto con su pareja, pero por el contrario, en la mujer, por lo general, hasta que no se haya resuelto el conflicto, no quiere tener ninguna relación sexual. En pocas palabras: hombre + sexo = a cero conflicto; en la mujer conflicto es = a cero sexo. No deja de ser cierto que estas diferencias no son tan radicales en todas las parejas, pero sí en una gran mayoría de ellas. De esta forma se amplia y se confirma el hecho de que la sexualidad es un punto importante dentro de los aspectos de la unión marital de la pareja. El cual es necesario entender y tratar en su justo valor, no hacerlo es cometer el mayor error de tu relación matrimonial.

Otro aspecto que, también debemos considerar, es el que hace referencia a que, los problemas de la pareja, no solamente se dan por los problemas personales e individuales de cada uno, sino muy particular y especialmente,  por la ignorancia frente a la relación sexual, es decir, la pareja ha  llegado al matrimonio sin saber lo que deberían saber, y sin conocer lo que deberían conocer de una vida sexual sana y, de un compromiso matrimonial permanente. Por el contrario, generalmente vienen llenos de una cantidad infinita de mitos y tabús, que nada tienen que ver con la realidad de la sexualidad en la pareja. Con lo cual no valoran ni aprecian la fuerza unificadora de una sana y maravillosa comprensión de la verdadera sexualidad. En este sentido Leman (2004) expresa: “Si piensas que la relación sexual no es importante, estás tristemente equivocado. Ella es una fuerza poderosa en nuestra vida de casados. Involucra no sólo lo físico sino tu mente, tu espíritu y tu relación” (p.17). Tomando en consideración lo anterior, cabe señalar que la madurez de la pareja en la unión marital también se ve reflejada en la relación sexual, porque será netamente evidente, que en un tema de tantas dimensiones como el sexual, cada uno de los miembros de la pareja tendrá sus propias diferencias individuales, culturales y psicológicas, que inevitablemente se hacen presentes durante el acto sexual. Lo cual obviamente afectará el grado de satisfacción y placer de cada integrante, reflejándose ello, a su vez, sobre la unión matrimonial de la pareja y por ende, en su grado de satisfacción y bienestar, tanto individual como de la relación misma. Tal como señalan Baltasar y Battaglia (1990): “En la pareja, la práctica de la sexualidad es una necesidad fisiológica con efectos o consecuencias en la satisfacción personal, en el sentimiento de bienestar, en la autorrealización personal y en las relaciones interpersonales afectivas y recreativas” (p.19). De igual forma, tal madurez implica por una parte, una comunicación y satisfacción de deseos tanto personales como de la pareja, y segundo, implica el romper las ataduras, mitos y creencias acumuladas durante las etapas previas de la vida de cada uno de los miembros de la pareja. Como complemento Martínez (2006) nos recuerda que: “Para ello es necesario un tipo de comunicación clara y sincera… La sinceridad y la confianza son imprescindibles para alcanzar una adecuada compenetración física” (p.81).

Por su parte, la esencia misma de la relación sexual en la pareja implica una reciprocidad, donde ambos miembros deben estar dispuestos a compartir el placer de cada momento de la relación, hasta llegar a la culminación del mismo. Para lograr esto la pareja decide sus propios códigos, juegos, comunicación verbal o no, y en general los diferentes estímulos sexuales que excitan a cada individuo, a través de sus sentidos en su totalidad corporal (vista, gusto, tacto, olfato, oído), así como de toda su individualidad psíquica y emocional. Es decir, la totalidad de la persona debe ser entregada y compartida durante la relación sexual a su cónyuge, de tal manera que el otro sea la meta a alcanzar. Como señala Martínez (2006) al decir: “El verdadero orgasmo es una participación de los sentidos y de la afectividad; el éxito de la vida sexual de una pareja reside en la armonización de los ritmos físicos y psicoafectivos que se logra con la comunicación respetuosa, la curiosidad y la confianza en el otro” (p.84). Una vez más, cabe recordar que hablar de sexualidad implica todo un universo de elementos positivos que, añaden a la intimidad de la pareja una experiencia única e intransferible, cuya máxima expresión será el complementarse como “una sola carne”. Lo cual es igualmente expresado por Baltasar y Battaglia (1990) en los siguientes términos: “Es así como la pareja, a lo largo de su historia y con la influencia de sus recursos, conocimientos, experiencias, circunstancias, etc. tomará posiciones en lo que respecta a diferentes asuntos. Uno de ellos es sin duda la sexualidad. Los miembros de la pareja tomarán decisiones al respecto involucrando la voluntad de uno solo de ellos o de ambos. Es posible que el modo en que la pareja tome estas decisiones se relacione con el grado de ajuste marital que posee” (p.54). Tal unidad y ajuste entre ambos, solamente pueden lograrse cuando existen elementos como la comunicación, confianza, seguridad, conocimiento, disfrute y por supuesto, amor y deseo en exclusividad del otro.

            Lo anterior se ratifica con el similar criterio de Dobson (1990), el cual comenta que dentro de los fundamentos básicos de una buena relación sexual está el aspecto de la comunicación. Él señala, entre otras cosas, que la comunicación totalmente abierta y franca, será un requisito fundamental para una buena interrelación de la pareja en los aspectos sexuales. Pues de esta manera podrán comunicar al otro lo que en ese momento particular desean, pudiendo así compartir con el otro sus respectivas intimidades (pp.87-90). Lo importante del aspecto de la comunicación franca, especialmente en la pareja, es que nunca se usa para acusar o destruir al otro, como usualmente hacen la mayoría de las personas. Porque el falso supuesto de que debo decir todo lo que siento, aunque tiene un dejo de verdad, la gran mayoría de las veces oculta mucha rabia, lo cual no es sano, ni está permitido para vengarte del otro. Sino que muy por el contrario, la verdadera comunicación es para expresar tus pensamientos, sentimientos y deseos de tal forma que, por una parte, te puedas dar cuenta de tu verdadero interior y tus necesidades. Por la otra parte, tu cónyuge pueda aprenden a conocerte mejor, e incluso a saber qué cosas realmente te estimulan y te agradan, para llegar a una máxima expresión sexual. Por su lado, Leman (2004) señala que no importa el número de años que lleve la pareja unida, y realizando el acto sexual, en cada oportunidad que inicien el mismo, será una nueva relación sexual, pues las circunstancias del momento, el ambiente, los eventos del día y de la situación personal de cada uno de los miembros, así como de la pareja en sí misma, en ese momento serán totalmente diferentes a los anteriores. Razón por demás para poder añadir, bien sea nuevos elementos o, modificaciones de los ya existentes, de los diferentes ingredientes que complacen a la díada, con miras a lograr el máximo de goce en la relación sexual. Este autor comenta ejemplificando lo anterior “Tu esposa no será la misma en el aspecto sexual el martes por la noche que el sábado por la mañana” (p.11). Y vaya que las diferencias pueden ser muy interesantes y placenteras, si tan sólo sabes interpretar “de qué lado sopla el viento ese día” en tu cónyuge.

En cuanto a la relación sexual de la pareja como ‘pegamento’ para unirnos, ellos buscan disfrutar del placer físico y emocional y, satisfacer las necesidades tanto fisiológicas, psicológicas, como emocionales. Siendo la realidad que no existen reglas fijas e inmutables, no hay normas ni horarios pre-establecidos, no existe un manual hecho a la medida de cada uno. Aquí lo fundamental es que, al igual que todo lo relacionado con la pareja, y específicamente en lo referente al ajuste marital, todo debe ser de común acuerdo entre los miembros de la díada matrimonial. Pues solamente ellos tendrán el poder de decidir y negociar lo que será más adecuado y beneficioso, tanto individual como en conjunto. Al respecto Leman (2004) afirma que: “La buena relación sexual no es fácil y es muy personal. El hombre debe interpretar cómo acomodar las velas de su esposa según los cambios de viento. Si el esposo va a ser el capitán de su corazón, debe aprender a interpretar los vientos, y para eso se requiere tiempo y mucha experiencia con su esposa. Las experiencias con otras mujeres, más bien lo desviarán en lugar de ayudarlo porque cada mujer es única en su deseo y placer” (pp.25-26). Es necesario comprender que el acto sexual es una vivencia de los integrantes de ésta diada, de tal forma que el resultado de la misma será la sensación mutua, aunque por igual para ambos, a la misma vez, muy personal de satisfacción, disfrute y ganancia tanto física como emocional, con la cual ambos se premian mutuamente y a sí mismos, como individuos y como pareja unida. Tal como lo señala Luhmann (1997): “En el concierto corporal se experimenta que, por encima de los requerimientos de la propia satisfacción, también se satisfacen las exigencias del otro. Con ello se experimenta que el otro ser desea ser requerido, es decir, convertirse en requisito para la satisfacción” (p.30). Esto por su parte permite asegurar que es importante no perder de vista que, una de las metas del esposo, que realmente ama a su esposa, es precisamente el de provocarle el mayor placer sexual a su esposa. No sólo porque ella se sentirá completamente amada, segura del amor de su esposo, deseada, complacida, satisfecha, y plenamente realizada en su instinto sexual. Sino que más aún, todo esto será de mucho más placer para el esposo, que el mismo placer que le produce a ella, porque con este disfrute de ella, él no solamente encuentra igualmente su realización sexual, sino que el gozo de ella, muy especialmente refuerza todos los criterios emocionales de su masculinidad y, de su rol de esposo protector y cabeza de su matrimonio. Al saberse y sentirse como el buen amante, que es capaz de llevar a su esposa a un viaje de placer, muchas veces indescriptible para ambos.  La suma de todas estas sensaciones, lo proyectan a él, a una afirmación ineludible de seguridad y confianza tal, que refuerza y estimula aún más su autoestima masculina y, su deseo por su esposa. Por esta razón Martínez (2006) asegura que: “La mejor experiencia es la indicación del otro, el mejor amante es el que olvida lo que sabe para entregarse a un acto en el cual el único conocimiento importante es la propia sensación y el conocimiento de lo que el otro experimenta y le solicita” (p.83). Una vez más, conocer al otro y comunicarse con el otro, son dos requisitos indispensables para tener una verdadera experiencia sexual de disfrute y placer, donde los conyugues se unan con el maravilloso ‘pegamento’ que es la sexualidad sana entre ambos.

            No deja de ser cierto que tanto en la sexualidad como en las demás áreas de la relación de pareja, la unión marital ha de cumplir un papel preponderante, en particular en un tema de tanta importancia como lo es la sexualidad, primero para cada individuo, pero especialmente, para la relación de pareja. El poder lograr un proceso de unión matrimonial, que permite superar, por un lado las diferencias tanto biológicas, psicológicas como emocionales, y por el otro, suprimir o minimizar las mitos, tabús y creencias negativas, donde se busca que desde el punto de vista positivo, cada elemento que influye en la pareja, tanto individual como en conjunto, permita lograr un adecuado acoplamiento (pegamento) de la pareja tanto en lo sexual, como en todos los demás aspectos sociales. Todo ello es sin duda importante y prioritario, para lograr la estabilidad, el bienestar, la satisfacción y, por supuesto, la continuidad de la relación diádica en el tiempo. Que si bien es cierto, no deja de incluirse como una parte importante, la función primaria de reproducción de las especies, que la actividad sexual significa. La realidad es que en el ser humano, además y con mucho énfasis, la sexualidad permite a los esposos expresarse el amor mutuo, el placer del contacto, la entrega al y del otro, y una serie de necesidades de todo tipo, que son importantes para una adecuada unidad e integridad de la pareja. Por lo que tomando estos aspectos en consideración de la unión marital dentro del área sexual y, en especial la satisfacción física, Moral De La Rubia (2008a, pp. 188-190) en la conclusiones de su investigación señala que: “La sexualidad dentro del matrimonio no está regulada tanto por la satisfacción de necesidades físicas y el cumplir con obligaciones sociales como por el afecto, la comunicación y la satisfacción conyugal”. Lo cual ha sido el elemento central de esta reflexión: que no hablamos solamente de sexo, sino de algo más allá, y mucho más importante, tanto a nivel de cada miembro individualmente, como en el conjunto que es la relación que ambos construyen, que no es otro sino el tema de una sexualidad sana y total de la pareja. Donde la intimidad se da, se ofrece y se recibe sin prohibiciones, permitiendo un total compartir de todas las sensaciones físicas y emocionales de la pareja, cuya vida se ha integrado con un ‘pegamento’ tan maravilloso como lo es su relación sexual sin fronteras. Tampoco dejamos de destacar lo que igualmente se ha señalado en relación con un aspecto negativo, de cómo la unión marital se ve afectada trágicamente por la insatisfacción de lo sexual, pues en un periodo de tiempo, lamentablemente cada vez más corto, muchas parejas ven destruidos sus sueños y esperanzas, al no saber cómo lograr un adecuado acoplamiento, en una materia tan delicada como lo es lo sexual. Porque no deja de ser cierto, que éstas parejas conocen que, mejorar su unidad y su desempeño, en función de unas relaciones sexuales satisfactorias, donde el papel del placer sexual, se convierte en el refuerzo (pegamento) natural del vínculo, de todas aquellas parejas con relaciones estables y persistentes, lo cual sin duda, permitirá que resuelvan y sanen sus heridas, evitando la fractura de la relación. Porque la gran verdad es que, el vínculo matrimonial es reforzado con más fuerza, a mayor número de relaciones sexuales satisfactorias para ambos.

            Quisiera para terminar, resaltar otros aspectos importantes para mi criterio. El primero, es el tema de la ‘competencia’ entre los géneros. Lamentablemente el modelo de educación actual ha llevado a las parejas a vivir su relación como un campo de batalla y, la sexualidad no es la excepción. No me voy a meter en la descripción de todas las razones válidas que sustentan lo que está pasando en éste terreno de competencia, ni en la cantidad de ‘metidas de pata’ tanto de los esposos como de las esposas, de las cuales ya mencioné varios. Lo que quiero resaltar es el hecho actual de que, la mujer ha sido educada para ‘no dejarse pisar por ningún hombre’, lo cual, por supuesto, incluye a su esposo. Pero frente a esta postura, que incluye mucha rabia, la mujer quiere vengarse no solamente de lo que le haya hecho el esposo, sino que también se quiere vengar de todos los hombres ‘abusadores’ que les metieron en su cabeza. Usualmente por sus figuras parentales femeninas y, mucho de lo que el papá les hizo a ellas o, a su mamá (como si las relaciones de pareja no fuesen 50% y 50%, incluyendo la de sus padres). Leman (2004) hace una referencia a esto: “Cuando la mujer utiliza la necesidad del hombre para manipularlo, este se resiente. Cuando utiliza la necesidad del hombre para castigarlo, muchas veces este se vuelve amargado” (p.57). El asunto es que muchos hombres se quejan de que parecen que estuvieran haciendo el amor ‘con otro hombre’ porque la esposa quiere dominar también el terreno de la cama. La realidad es que la mujer puede y debe tomar la iniciativa en la cama de vez en cuando, que sea dicho de paso, esto les encanta a muchos hombres. Pero lo que no puede permitirse es querer tener ella el control todo el tiempo. Esto es minimizar y descalificar al hombre, el cual necesita, y debe ser y sentirse, la cabeza de su hogar y de su cama. Lo repito: no quiero una esclava sexual, quiero una mujer que se exprese, que participe, que disfrute y, que se realice como mujer en toda su plenitud. Para hacerlo con ‘otro hombre’ es preferible que se queden solos. He tenido pacientes que ellas me dicen: “antes de que él me ‘coja’, me lo ‘cojo’ yo a él” (me disculpan la franqueza, pero es real). La mujer debería entender que entre los roles de ser “la ayuda ideal” que Dios diseñó para ella, está la de proteger a su esposo y hacerlo resaltar en todas sus funciones, particularmente en el lecho conyugal. Donde el esposo que ama a su esposa y, sabe que la satisface en la cama, tendrá tal nivel de autosatisfacción y autovaloración que al bajarse de la cama, no cabrá por la puerta de lo bien que se siente consigo mismo. Usando los refranes coloquiales de los venezolanos: ‘Macho que se respeta, no se acuesta con hombres’.   

Otra reflexión importante es la relacionada con la falacia del ‘sexo fuerte’. Entiendan, así como los conflictos de la pareja se acumulan y se dramatizan en el proceso del tiempo, las fallas en la sexualidad también van a estar en función del proceso del tiempo (a mayor tiempo juntos, más conflictos, si no han sabido resolverlos y perdonarlos). Una sola pelea, un sólo fallo, un sólo rechazo, aparentemente no es importante (frecuentemente todas las parejas dicen: “peleamos por tonterías”). NADA es una tontería en las parejas y, mucho menos, en la sexualidad. Lo expresé antes, el verdadero ‘sexo fuerte’ es la mujer, por todas sus características orgásmicas, más todo el universo de complejidades de su sexualidad. Para ser sinceros, realmente los hombres tienen un pene de ‘cristal’, debido a la cantidad de conflictos emocionales asociados, más todos los parámetros evaluativos que se aplican al pene: tamaño, potencia, duración, eyaculación, disfunciones y miles de mitos y tabús, que realmente terminan esclavizando el hombre a su pene. El hombre constantemente se siente evaluado y juzgado por su desempeño sexual, de allí que todos los hombres les pregunten a las mujeres “¿Te gusto?”. Basta que tenga un fallo, o que una sola mujer responda que “no”, o que alguna lo cuestione en su desempeño, para que el hombre empiece a construir un muro de angustia en función de su sexualidad. Irá a su próxima relación con miedo y, lo interesante es que: la angustia y el miedo, matan la respuesta sexual sana. Por ello, en la medida en que más angustia se apodere de él, peor será su respuesta sexual; lo que en función del tiempo, traerá como consecuencia disfunciones como la eyaculación precoz, fallos en la erección o, más grave aún, ‘no se levanta’.

En este aspecto voy a incluir el problema permanente de los rechazos de las esposas a los requerimientos del esposo. Básicamente es el problema de las frecuencias, del que ya hable. El hombre necesita cada dos días y la mujer… por lo general lo rechaza, además con mucha rabia. Cada nuevo rechazo genera en el hombre más y más frustraciones y rabias, hasta el punto que, en el proceso del tiempo, el hombre ya no busca más a la esposa… sino a la ‘otra’. Nada sano para la relación, todo por un proceso de venganza. Entiendan que los esposos consideran la relación sexual un derecho del matrimonio (y lo es, pero para ambos),  por lo que el tener que rogar para que los satisfagan en su necesidad, es de por sí, bien denigrante y de mucha descalificación. Señala Leman (2004) “Cuando las esperanzas de un hombre se derriban con regularidad, el enojo, la hostilidad y el resentimiento llenan esa casa con el paso del tiempo” (p.62). Otro punto aparte, tocando el tema del ‘cristal’, en el cual no me voy a extender, es que el hombre no acepta su proceso de envejecimiento, por las mismas razones de su autoevaluación en su pene. Lo cierto es que con la edad, todos sus factores se ven afectados, especialmente el período refractario, que aumenta. El hombre en vez de aceptar su condición y adecuarse a ello, prefiere culpar a la mujer. A partir de allí, empieza un proceso de buscar y cambiar de mujeres más frecuentemente, lo cómico del asunto, es que cada vez las busca más jóvenes, porque ¿qué mujer se cala un viejo si no la mantiene bien?  Pero la realidad es que una mujer joven requiere más frecuencia sexual, y el hombre no puede resistir esta exigencia y, termina reiniciando su ciclo de cambio. Hasta que llegue el fatídico día en que no ‘levanta más’. Lo cual representa el destino de muchos hombres. En proverbios 5:18 leemos: “Que tu esposa sea una fuente de bendición para ti. Alégrate con la esposa de tu juventud” (NTV). Esto es por aquello de permanecer juntos para siempre.

Para terminar estas reflexiones y cambiando la tónica de las anteriores, me referiré al punto que tiene que ver con que le damos demasiado nivel de seriedad a la relación sexual, tanto que nos olvidamos que la misma, no solamente incluye el disfrute y el placer sexual, sino que igualmente es importante, que la misma debería estar salpicada de un disfrute y de una alegría, diría yo que infantil e ingenua. Donde las risas y los juegos, permitan expresar y sentir al ‘niño’ que todos llevamos por dentro. Las risas y la alegría tienen una gran participación, en el vivir y en la expresión de la sexualidad, ya que son parte fundamental del compartir de los esposos. Es decir, el acto sexual es tan importante, que no deberíamos tomarlo tan en serio, y sí darnos el permiso para reírnos y disfrutarlo como niños, jugando, haciendo cosquillas, poniendo un poco de helado, de crema chantilly… y por supuesto de la imaginación de la pareja. Para Martínez (2006) el cultivar el sentido del humor también es importante, por eso señala: “El humor es un recurso comunicativo que tiende a atenuar el dramatismo de las situaciones difíciles… Yo me siento inclinado a creer que ni el amor ni las relaciones afectivas son cosas serias, sino que ambos pueden y deben ser divertidos, y fuente tanto de satisfacción como de placer,… El amor es cosa de juegos, de risa, de alegría y de felicidad.” (p.102). Te invito a una última reflexión: Vivir en una relación de pareja sana, armónica, feliz y permanente, donde la sexualidad sea maravillosa, es una decisión que va más allá del sentimiento y de las emociones, requiere de tu compromiso y responsabilidad; de tu esfuerzo y dedicación. Es una experiencia única de todos los días; con, por y para el otro; por encima de las posiciones individuales. Porque la meta y el objetivo definitivo, es la unión y la consolidación de un vínculo en pareja, a prueba de cualquier problema y, del tiempo mismo. Tal como lo diseñó y te invita Dios para tu vida en matrimonio.     

            Finalmente cabe resumir, que comprender y superar las diferencias de ambos cónyuges en lo sexual. Establecer una serie de pautas de comportamiento, de acercamiento, seducción, y práctica sexual. Son elementos que pueden no sólo descubrirse, sino aprenderse y ponerse en ejecución a través del proceso de acoplamiento marital. Donde la confianza, la seguridad, la exclusividad, la entrega sin restricciones del uno al otro, son los elementos que constituyen los ingredientes principales del fabuloso y maravilloso mundo de una sexualidad sana entre los esposos. Cuyo único objetivo no solamente sea el de recibir el máximo placer sexual, sino el de proporcionárselo al otro, como muestra de un amor genuino y autentico, que no conoce fronteras en su entrega, en total intimidad al otro. La invitación final es que, TÚ también busques y encuentres en tu relación matrimonial, tal nivel de éxtasis y de compenetración, que te permita cumplir, no solamente el sueño, sino la decisión de vivir una vida juntos ‘hasta que la muerte los separe’. Porque ello es posible, si ambos deciden usar sanamente el ‘pegamento’ que Dios les ha regalado para su relación matrimonial.

Que Dios los bendiga grandemente.

Referencias:

Baltasar, M. y Battaglia, M. (1990). Tesis: Pareja: relación, ajuste marital y estilos de poder
            en la sexualidad. Caracas, Venezuela: U.C.V.
Dobson, J. (1990). Amor para toda la vida. Nashville, USA: Editorial Caribe-Betania.
Fromm, E. (1982). El arte de amar. España: Ediciones Paidos.
Leman, K. (2004). Música entre las sábanas. Miami, Usa: Editorial Unilit
Luhmann,  N.  (1997).  El  amor  como  pasión.  Barcelona,  España:  Ediciones Península.
Martínez, J.M. (2006). Amores que duran… y duran... y duran. México: Editorial Pax.
Moral De La Rubia, José. (2008a). Modelos predictivos y de senderos de ajuste diádico por
            géneros en parejas casadas. Recuperado 03-08-2009, de:
http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2565711
Pease, A. y Pease, B. (1999). Por qué los hombres no escuchan y las mujeres no entienden los
            mapas. España: Editorial Amat.
Tyndale House Foundation. (2010). Santa Biblia, Nueva Traducción Viviente. USA