miércoles, 30 de julio de 2014

EL DUELO: Proceso de adquirir para aprender a vivir sin lo perdido

EL DUELO: Proceso de adquirir para aprender a vivir sin lo perdido
Por: J. Rafael Olivieri (julio 2014)

“Cada pérdida, por pequeña que sea, implica la necesidad de hacer una elaboración;
no sólo las grandes pérdidas generan duelos sino que, repito,
TODA pérdida lo implica” (Bucay, 2007, p. 4)

No es nuevo, en mi práctica como Psicólogo, que les comente acerca de los diversos temas e inquietudes, que mis pacientes tratan durante su terapia. A veces, uno de los más repetitivos de esos temas, es precisamente, acerca del proceso del duelo, el cual deben vivir frente a sus diferentes pérdidas. Y no es que yo vaya a realizar un tratado sobre el duelo, por lo contrario, me limito a resumir, y a condensar no solamente lo aprendido con mis pacientes, sino también una pequeña porción de lo adquirido de los cientos de autores como Robert Neymeyer; Lelia Nomen; Anji Carmelo; Pedro Alcalá; Elisabeth Kübler-Ross; William Worden, quienes ya han escrito ampliamente sobre el tema. Uno de los más reciente que he revisado es la reimpresión del 2007 del libro: “El camino de las Lágrimas” de Jorge Bucay, del cual utilizo algunas referencias, y que si les interesa profundizar en el tema, se los recomiendo. Este autor enfatiza que frente a cualquier pérdida se requiere que elaboremos un proceso de duelo, él dice: “cuando algo cambia, cuando el otro parte, cuando la situación se acaba, cuando ya no tengo aquello que tenía o creía que tenía o cuando me doy cuenta de que nunca tendré lo que esperaba tener algún día” (pp. 27-28) esto implica una pérdida y requiere de un proceso de duelo.

Quizás el mayor factor común en el que coinciden todos los autores, es que el duelo es una experiencia obligatoria de la vida de todos los seres humanos. Así mismo, es la reacción normal ante cualquier pérdida, de hecho, es la reacción psicológica necesaria para poder elaborar, aceptar y resolver todo el proceso físico y emocional, que implica perder algo de importancia para mí, y poder así, aprender a vivir sin lo que he perdido. Por ejemplo, tenemos que en la WEB la definición es: “El duelo es el proceso de adaptación emocional que sigue a cualquier pérdida. Aunque convencionalmente se ha enfocado la respuesta emocional de la pérdida, el duelo también tiene una dimensión física, cognitiva, filosófica y de la conducta que es vital en el comportamiento humano”. En este sentido, debemos tener la plena seguridad de que el duelo es un hecho inevitable de la vida humana, desde la simple pérdida de un objeto cualquiera, hasta las más graves pérdidas como la muerte de una persona amada: la pareja, un padre o un hijo. De esta manera, el duelo se convierte en el proceso que ha sido diseñado (psicológica y espiritualmente)  para enfrentar la pérdida y, como resultado del mismo: poder aceptar esa pérdida, elaborar y superar el dolor, recuperar el interés por la vida. En pocas palabras: Aprender a vivir sin lo que he perdido, sin lo que ya no está, sin lo que ya no tenemos.

Ciertamente, una gran verdad es que no todos los duelos son iguales, depende de cada persona y de su propia unicidad, de la realidad de su propio YO, de cómo piensa, siente y actúa frente a la pérdida. Depende de si se trata de propiamente dicho un pérdida (real o imaginaria), de abandonos, cambios, renuncias, de si es por decisión propia o impuesta por eventos externos, de si se trata de personas y nuestro vínculo de afecto con las mismas, de si son objetos materiales o incluso de si son sueños, ilusiones, esperanzas o deseos, que a veces, duelen más que la pérdida de objetos o personas reales. Como señala Bucay (2007) “porque un duelo siempre es algo personal y siempre lo va a ser… Cada uno de nuestros duelos es único y además irrepetible” (p. 44). ¿Por qué irrepetible? Nunca será la misma experiencia, nunca serán las mismas cosas o las mismas personas. Tan sencillo como que yo mismo nunca soy el mismo, mi ambiente cambia, mis sensaciones cambian, mis experiencias se transforman con cada nuevo aprendizaje. La máxima sigue siendo válida y, también se aplica a los procesos de duelo: ‘nada en el universo permanece para siempre, todo cambia’.

            Partiendo de la idea de que todo cambia, otra de las verdades del duelo es que todo  duelo tiene un final. Podemos aplicar otra máxima al duelo: ‘todo lo que comienza tiene un final’. Cuando realizamos un proceso sano del duelo y, completamos cada una de sus etapas, llegará el momento en que dicho duelo se termina, llega a su final. El mejor aliado y requisito fundamental de todo duelo, es darle el tiempo que necesita, vivir un día a la vez. Como lo señala Cristo en Mateo 6:34: “Así que no se preocupen por el mañana, porque el día de mañana traerá sus propias preocupaciones. Los problemas del día de hoy son suficientes para hoy” (NTV) Con el tiempo todo se extingue, nada permanece, todo cambia. ¡Eso sí! El tiempo solo no es suficiente, tú tienes que tomar las acciones que te corresponden. El tiempo será nuestro mejor aliado en cada situación. Esto cobra vital importancia en relación con el tipo de duelo, es decir, en duelos pequeños que se resuelven en cuestión de días el tiempo puede ser insignificante, pero cuando existe un alto compromiso emocional, cuando hablamos de una duración de uno o más años, el tiempo se convierte en la variable fundamental de la cual hay que agarrarse. Porque cuando estás sumergido en el dolor, en la profundidad de tu tristeza, de tu desesperación, ciertamente la percepción y la sensación es que nunca vas a poder salir de  ese hueco emocional. Pero nada más lejos de la realidad, todo duelo tiene su cierre. La gran mayoría de las veces no nos damos cuenta del mismo, termina y ya.

            Que nunca se terminará el duelo es una sensación válida, que pertenece a la realidad de la pérdida: nunca vas a poder recuperar lo que has perdido. En este sentido, en los duelos profundos existen dos miedos, opuestos entre sí. El primero: es sentir que nunca voy a poder olvidar y que ese dolor me va a acompañar toda la vida. El segundo: que voy a olvidar. Muchas veces, se asocia a esta idea de olvidar, la angustia de la culpa que me tortura, porque siento que le debo mi dolor a lo que he perdido. Debemos partir de la realidad emocional de que terminar un duelo no es olvidar. Quizás, pudiese usar mi interpretación, de que es más como pasar la página: cuando solamente paso la página, siempre va a estar en el libro de mi vida. Es diferente cuando trabajo con parejas que quieren reconciliarse y arreglar su relación, allí les digo: ‘arranca y quema la página para que nunca más la recuerdes’ es decir, en ese caso si es necesario olvidar (es una decisión consciente). Pero en los duelos la situación es muy diferente, ¿Cómo puedo olvidar a alguien que he amado profundamente y ya no está (pareja, padre, hijo)? La realidad es que nunca los podré olvidar. Para mí, la mente humana tiene la cualidad y la particularidad, de no olvidar jamás, aquello que nos ha impactado emocional y profundamente. Y ¿Qué es el amor? sino algo que me marca de por vida.

            Entonces, si me dices que nunca voy a olvidar ¿Cómo hago para quitarme este dolor? La mente no olvida, lo que el tiempo y el proceso del duelo hacen es cambiar el lugar donde esa persona (o ese objeto) estuvo. Es buscarle un nuevo lugar en mi mente, en mis sentimientos, en mis recuerdos, en lo más profundo de mí mismo, un lugar donde a pesar de la pérdida, me puedo encontrar con lo que sentía, con lo que recuerdo, con lo que viví, sin volver a sufrir el dolor de su ausencia. Un lugar donde a pesar de lo perdido y del dolor, pueda al mismo tiempo aceptar de nuevo mi derecho a la vida y, a todas las cosas que la misma me puede regalar cada día. Quizás el mejor ejemplo sea la metáfora de la cicatriz, ya pasó el tiempo, ya pasó el dolor, pero la marca y el recuerdo estarán allí por siempre. Bucay (2007) dice: “Elaborar un duelo es aprender a soltar lo anterior” (p. 61). Ese es quizás el mayor secreto del proceso del duelo, porque  a pesar del dolor, de lo profundo de mi angustia por lo perdido, de todo lo que haya podido amar a esa persona que ya no está, yo en el proceso, en el tiempo voy a cambiar y, voy a aprender a soltar, para darle así un nuevo lugar dentro de mí a todo eso que estoy sintiendo. Es decir, la idea que estoy enfatizando: el duelo es el proceso de adquirir para aprender a vivir sin lo perdido. ¿Adquirir qué? Nuevos sentimientos, nuevas experiencias, nuevos aprendizajes y sobre todo, a vivir mi nueva vida sin lo que ya no tengo.

            Otra idea importante está en la pregunta frecuente: ¿Cuánto va a durar esto? Hay dos realidades en esta pregunta. La primera, corresponde al hecho de que la gran mayoría de las personas quieren todo para ya. No quieren ‘perder el tiempo’. No aceptan el hecho de que todo proceso emocional (lo cual incluye al duelo y a cualquier proceso terapéutico) requiere tiempo, y lo más importante, ese tiempo varía de acuerdo con cada persona. Cada uno de nosotros tiene su propio tiempo, y de la misma manera, cada duelo es distinto y tiene su propio tiempo, por lo cual no todos los duelos duran lo mismo. Cuando los padres pierden a un hijo, cada uno lo procesa diferente y en un tiempo distinto. Cuando varios hermanos pierden a uno de sus padres, cada uno lo vive de una forma y en un tiempo diferente. Lo importante aquí es comprender que el tiempo que dura el duelo, no tiene nada que ver con la intensidad de nuestro amor por lo perdido. El hecho de que haya amado ‘muchísimo’ no significa que he de vivir el resto de mi vida en el sufrimiento y en el dolor de la pérdida, por lo contrario, esto sería patológico y enfermo, y requeriría de asistencia profesional. Mientras que la gran mayoría de los duelos, independientemente de su tiempo particular, pueden considerarse normales. Indudablemente hay realidades de las que no podemos escapar, no es igual perder a mi pareja que ha muerto después de 30, 40 o 50 años juntos, que una pérdida por divorcio (muchos hacen una fiesta para celebrar su fracaso). No es igual perder un bolígrafo que perder un trabajo; y sin embargo, cada uno de ellos requiere un tiempo de duelo propio.

            Con frecuencia, mientras elaboramos el proceso del duelo, sentimos que es mucho más largo de lo creíamos que sería o, de lo que nos dijeron que duraría. Ten la seguridad que de acuerdo con los parámetros que pertenecen a cada persona y a cada duelo, el mismo durará el tiempo que le corresponda. Habrá duelos de pocos días, así como también habrá duelos de años. Entre ambos hay una gran variedad de situaciones propias de cada duelo. Lo importante, para diferenciar lo sano de lo patológico, es que a pesar del tiempo que pueda durar mi proceso de duelo, mi vida, mis actividades, mis emociones, todo a mi alrededor debe ir cambiando, va perdiendo fuerza mi dolor, mi tristeza, mientras que los hechos cotidianos de mi vida empiezan a ganar importancia de nuevo. El dolor y la tristeza se van mitigando, se van haciendo más puntuales, más esporádicos. Comienzan a aparecer las situaciones habituales de cada día, empieza a tener de nuevo sentido el levantarme, el hacer cosas por y para mí. En sí, este es el proceso de crecimiento, de maduración, donde empiezan a aparecer los frutos del proceso del duelo realizado, he crecido, he aprendido, estoy decidiendo vivir de nuevo con lo perdido incorporado en mí. En pocas palabras: he empezado a amarme de nuevo.

            La segunda realidad de la pregunta (¿Cuánto va a durar esto?) tiene que ver con la posibilidad de la interrupción del proceso del duelo. Interrumpo el proceso cuando debido a alguna condición no adecuada de mi situación emocional (culpa, baja autoestima, idolatría al otro, dependencia, necesidad de autocastigarme, victimizarme, miedo y otras cuantas más) hago una de dos cosas: o no inicio el proceso de duelo, o me quedo atrapado en alguna de sus etapas (la más frecuente es en la etapa del dolor). Me quedo anclado allí en un sufrimiento sin fin, muchas veces como un auto castigo por sentirme culpable de las cosas que hice o, de las cosas que deje de hacer en relación con lo perdido. Cualquier interrupción que haga del proceso, implicará una permanencia no sana del duelo y por lo tanto no lograré la resolución del mismo. Otras veces, por miedo al dolor o al proceso en sí mismo, me quedo en la negación de la pérdida y no entro a elaborar mi duelo, con lo cual el estado de angustia que siento frente a la pérdida empezará a mostrarse en otras conductas: agresiones, aislamiento, enfermedad, entre otras. En ambos casos no lograré el crecimiento y la madurez que me permiten resolver y aceptar mi pérdida, sino por lo contrario tendré una herida abierta que requerirá de ayuda para poder ser sanada, y permitirme volver a insertarme en el camino de mi vida.  

            Por otra parte, todos los duelos tienen varias etapas. Todas son necesarias y cada una me prepara para la siguiente. Igualmente, dependiendo del tipo del duelo cada etapa puede durar desde unos instantes hasta una porción de tiempo bastante larga. Por ejemplo Bucay (2007) presenta siete (7) etapas: “Incredulidad; Regresión; Furia; Culpa; Desolación; Fecundidad y Aceptación” (p. 124). La mayoría de los autores definen cinco (5) que, en líneas generales son así: (1) Etapa de Negación: Te niegas a aceptar la pérdida; te domina el impacto de la noticia; entras en confusión; buscas protegerte de la realidad. (2) Etapa de Rabia: Ocurre una explosión de emociones; no se entienden razones; te llenas de rabia; culpas a todo y a todos: a ti mismo, a lo perdido, a la muerte, a Dios, a la vida. (3) Etapa de Aceptación y Negociación: No te queda más remedio, aceptas la pérdida; aunque entiendes las consecuencias de la pérdida, intentas negociar una solución para evitar esas consecuencias; quieres hacer un pacto, pero es inevitable, debes llegar a la: (4) Etapa de Dolor: Experimentas la tristeza, el dolor, la desolación, la desesperanza, la depresión y, por si fuera poco, te hundes en la soledad. Finalmente llegas a: (5) Etapa de Resolución: Has elaborado la realidad de la pérdida; transformas todo la energía del dolor en acción para reiniciar tu vida; has cambiado de lugar lo perdido; has crecido; has madurado; has adquirido el aprendizaje y vuelves a vivir.

            Finalmente, se cumple la realidad absoluta de todo duelo: El duelo te cambia. Cada nueva experiencia, cada nuevo aprendizaje, cada nuevo conocimiento te cambia. El proceso del duelo no es la excepción, el duelo inevitablemente te cambia. Ya nunca más volverás a ser otra vez el de antes. Ahora tienes una nueva concepción de la vida. Ha sido una experiencia difícil que te ha hecho crecer, madurar, ser mejor persona, valorar lo que realmente es importante, amar más profundamente, ser más sensibles al dolor de los demás. Comienzas una nueva historia en tu libro de la vida. Reconoces que éste era tu propio proceso, nadie podría jamás haberlo vivido por ti. Muchos tienen el privilegio de encontrar a Dios en su proceso, no fue casual que Cristo nos dijera en Mateo 11:28 “Vengan a mí todos los que están cansados y llevan cargas pesadas, y yo les daré descanso”. Comprendes que las promesas de Dios son reales y se cumplen en aquellos que están dispuestos a recibirlas.

Dios es la consolación que mi espíritu necesita frente al sufrimiento, frente al vacío de una ausencia que ni se llena ni puede ser llenada con nada. La verdad es que nada ni nadie hará que no sintamos tan profundo dolor, que olvidemos a quién llenó y compartió tan plenamente, tanto física como emocionalmente, conmigo. Pero, Dios representa el apoyo emocional y espiritual que, en esos momentos de angustia y desesperación frente al dolor de la pérdida, me mantiene a flote, me da el consuelo, la esperanza, las fuerzas y la seguridad de que puedo atravesar esta situación y salir triunfador. Él jamás me abandonará y, jamás me dejará solo. Él es mi lugar de descanso y de reposo porque Él cuida de mí siempre. Su amor inagotable me llenará de consuelo y de la confianza, de que no importa cuán grande sea mi angustia, puedo aceptar y recibir su amor por mí, ya que nunca me defraudará. Él jamás será una pérdida para mí, por lo contrario, Él puede convertirse en mi mayor ganancia frente a mi pérdida. Mi relación con Él me permite comprender que, aunque es verdad que he sufrido mucho, entiendo que era necesario hacer este camino y que lo ¡volvería a hacer! porque entiendo que las pérdidas son inevitables y “…necesarias porque crecemos a través de ellas. De hecho, somos quienes somos gracias a todo lo perdido y a cómo nos hemos conducido frente a esas pérdidas” (Bucay, 2007, p. 31). Permítete vivir tu duelo y adquirir en él las herramientas necesarias para vivir sin lo que has perdido.

Referencias:
Bucay, J. (2007). El Camino de las Lágrimas. 2da edición. México: Editorial Océano.
Tyndale House Foundation. (2010). Santa Biblia, Nueva Traducción Viviente. USA

WEB: http://es.wikipedia.org/wiki/Duelo_(psicologia), recuperado: 25-jul-2014