jueves, 26 de enero de 2012

El cambio Psicológico

EL CAMBIO PSICOLÓGICO
Por: J. Rafael Olivieri
        A la pregunta que les hago a mis pacientes (clientes): ¿Qué buscas con este proceso de terapia?, la respuesta, en la casi totalidad de las veces, es inequívocamente: “quiero cambiar”. Lo cierto es que no comprenden la implicación y la profundidad de esta frase ‘aparentemente inocente’, pues hablamos de un proceso lento, largo y, por si fuera poco, difícil. La mayoría de ellos vienen buscando ‘una píldora mágica’ que les cambie de una sola vez, lo que por supuesto no es posible. Shinyashiki (1993) nos comenta: “Cambiar es un acto sencillo, aunque es posible complicarlo de muchas maneras. La gente complica el cambio, pensando que éste se va a realizar solamente porque se quiere hacer. No siempre eso es verdad, y muy rara vez resulta. Más importante que el deseo es el compromiso con el cambio” (p. 141). La razón de su dificultad, y por consiguiente del tiempo necesario, lo bosqueja inicialmente Hormachea (1994) cuando opina: “Por supuesto que el cambio es difícil y algunos pueden realizarlo solamente cuando han experimentado el dolor de llegar al fondo del abismo. El cambio es algo interno. Tiene que ver con lo que somos. Solamente un cambio interno puede producir un cambio en el comportamiento y consecuentemente en un estilo de vida diferente. (p. 146). Tal como lo señala el Apóstol Pablo en Romanos 12:2 “No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mente, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto”, sobran las palabras.
De estas verdades es de las que quiero hablar: El cambio psicológico implica mucho más allá que un sencillo deseo de hacerlo, comprende, en primer lugar, un compromiso y una responsabilidad conmigo mismo. Nadie puede cambiar en otro, cada uno de nosotros debe cambiar obligatoriamente en sí mismo. Es ahí donde está lo difícil o lo “complicado”. La razón básica es que hemos vivido de esa manera (la que quiero cambiar) toda la vida hasta este momento. Por lo tanto, estamos acostumbrados a ‘ser así’, es nuestra zona de comodidad, nos sirvió en algún momento del pasado y, pretendemos que nos siga siendo útil hoy. No comprendemos que el momento presente es diferente, que las personas a mi alrededor son distintas, tan sencillo como que la vida misma es totalmente dinámica, siempre en evolución, donde lo único fijo y seguro es, precisamente, el cambio. Esto quiere decir que debo luchar contra mi mismo, contra mis costumbres, por lo tanto, debo hacer un esfuerzo continuo para lograrlo, ya que cambiar debe ser una prioridad importante en mi vida, para que pueda dedicarle el tiempo, el esfuerzo y los recursos que necesito para lograr mi meta de cambiar. Eso no se puede hacer, a menos que este comprometido y, que me responsabilice de mí mismo y de mi decisión de cambio.
Un segundo punto interesante, es el de “llegar al fondo del abismo”, para que se manifieste la necesidad de cambiar, dado el sentimiento de dolor y de angustia que tal abismo produce en nuestra seguridad emocional. Es en esa situación en la que comprendemos la necesidad de buscar ‘ayuda’, pues, aunque el cambio nos pertenece y es nuestra decisión, no contamos con los elementos necesarios para realizarlo. Allí es cuando comprendemos igualmente, que es falsa la creencia popular “hay que estar loco para ir al psicólogo”, de por sí, bien limitante a la posibilidad de encontrar la solución a nuestros abismos. Por ello, quienes llegan a la consulta (entrevista), tiene ya un primer recorrido ganado, en la búsqueda y logro de su cambio. Lo que sí es cierto y, a su vez, contribuye al nivel de dificultad del proceso de cambio, es el hecho de que la persona ya viene en angustia, y para poder trabajar la causa de la misma, hay que recorrer el camino de vuelta al momento del aprendizaje y de la situación experiencial, que nos enseñó a ‘ser así’. Lo que por supuesto, nos lleva a vivir un nuevo proceso de angustia, pues, debo descubrir realmente quien soy y, fundamentalmente cómo soy, ya que de allí se deriva todo el proceso de mi conducta, la cual es el origen de mi situación de angustia, que vengo buscando cambiar.
Como tercer elemento, debemos considerar que para que pueda ser posible mi cambio es necesario que page un precio. Y no me refiero solo al costo económico, ‘piedrita’ en el zapato de muchos, ya que a menos que asista a un centro de salud público, el costo material es ineludible. Me interesa más bien considerar el costo emocional de lo que implica el cambio. Pues a parte del referido dinero, influyen otros dos elementos muy importantes: tiempo y esfuerzo. Por ejemplo, el tiempo se refiere a las horas que toma el ir y venir, así como la duración de la consulta, su frecuencia, a veces hay que invertir un sábado o un domingo en algún taller o curso, cuando tu pensamiento te dice: ‘que sabroso sería estar en la playa…’ Y ni que decir, el proceso completo puede tomar meses o años para poder adquirir un adecuado nivel de integridad y sanidad emocional que, me permita convertirme en una persona en vías de su autorrealización. En el caso del esfuerzo, se refiere al movimiento de las emociones reprimidas como la rabia, la tristeza y/o el miedo, sin contar los derivados enfermos de las mismas, pues son estas emociones el núcleo central de los conflictos emocionales que, las personas tienen en su actuación conductual. Hay que revivir y aprender a manejar estas emociones, superar sus implicaciones y sus efectos sobre nuestras relaciones con los demás, así como todo un sinfín de ‘actividades’ asociadas al proceso terapéutico, que nos demandan nuestro mayor esfuerzo, para poder lograr el cambio buscado. Por ello, no perdamos de vista nuestra meta y la infinidad de recompensas que trae lograrla.
Estos tres factores mencionados son a su vez los peores enemigos del proceso terapéutico de cambio, no sólo sabotean constantemente la mente de la persona en terapia, sino que se convierten en los argumentos preferidos de manipulación de los familiares, pareja o de las personas cercanas al paciente en terapia (te invitan a la sensación de la culpa, con la cual te dominan). Porque dicho cambio también los afecta a ellos, al romperse la dinámica emocional o, los juegos psicológicos, a los cuales están acostumbrados y, de los que se nutre la relación entre ellos. Como es lógico, intentan salvarla y salvarse a sí mismos a toda costa, dado que se sienten amenazadas con tu cambio. Por supuesto, la única forma de lograrlo es no permitiendo el cambio de nuestro paciente. Este es un punto vital, ya que muchas veces el cambio implica sustituir intereses, gustos, formas de relacionarse, entre otros aspectos, que incluso invitan al cambio de amistades que ya no son adecuadas y, en posturas más extremas, de la pareja, por ello la necesidad de agotar las invitaciones a la pareja para compartir este proceso, y sobre todo, para que el cambio no se convierta en un impulsor y, específicamente, en una justificación de la prohibición de pareja, que una gran cantidad de nosotros tenemos hoy en día.
Un cuarto y último aspecto a considerar (pues no se trata de un tratado sobre el cambio psicológico), es el miedo a cambiar, ¿Paradójico no? Queremos cambiar pero nos da miedo el cambio. Esto es así porque ciertamente es necesario renunciar a mi: orgullo, egoísmo, a ‘mis derechos’ y, en líneas generales, a mis conductas inadecuadas. Además el cambio es una zona desconocida, algo que no he probado, ni conozco suficientemente todavía, por lo que crea incertidumbre y en cierta forma ansiedad. A mitad del proceso, cuando aún no somos “ni chicha ni limonada” se presentan varios miedos, tal como los señala Shinyashiki (1993): “En ese momento viene el vacío existencial, a veces la desesperación, el miedo de no lograr cambiar, el miedo de quitarse las máscaras y encontrarse consigo mismo, el miedo de perder a las personas que le son gratas, el miedo de tener que volver a repetir las mismas conductas de siempre, la sensación de inadecuación, de no estar haciendo correctamente lo nuevo, como hacía lo antiguo” (p. 143). Son todas situaciones y emociones que la persona que cambia debe estar preparada para afrontar, pues aunque hay que atravesar este desierto, no hay duda que la persona que emerge de este proceso, está destinada a formar parte del selecto y pequeño grupo de los “triunfadores”, personas que se aman a sí mismas y aman a otros, que comparten, son felices y viven la vida a plenitud, para sí y para los que están a su lado.
             Finalmente, no olvidemos que para poder realizar el cambio psicológico, es necesario estar comprometido con tu cambio y contigo mismo, es tuyo, es tu responsabilidad, pues de lo que hablamos, es de una decisión tuya que no sólo cambiará definitivamente tu vida, sino la de aquellos que amas y que te aman. Como nos recuerda Hormachea (1994) “nadie puede cambiar a otra persona. Los cambios deben ser personales para que sean genuinos y reales. Es menester que cada persona decida hacer los cambios necesarios por sí misma. Debemos recordar que quienes debemos cambiar somos nosotros” (p. 150).
 

Te invito a cambiar, para que descubras el Ser Humano infinito que eres.
       Que DIOS te guíe y te acompañe en ese proceso maravilloso de ser tú mismo.
 

Hormachea, D. (1994).  Para matrimonios con amor.  Aprendiendo a vivir con nuestras diferencias. Miami, Usa: Editorial Unilit.

Shinyashiki, R. (1993). La caricia esencial. Una psicología del afecto. Colombia: Editorial Norma.

lunes, 2 de enero de 2012

¿Esta destinada la familia a desaparecer?

¿Esta destinada la familia a desaparecer?
Por: J. Rafael Olivieri

 Para el contexto que me interesa tratar aquí, la respuesta es SI. Y lo importante: no es sólo en lo que llamamos “Sociedad Actual”, pues en ella, cada vez más el concepto de familia vale menos que nada. Más aún, lo es, ¡sorpréndete! entre los cristianos, pues ¡es un mandato! Te lo explico:

Primero, ¿Qué es la familia? Me interesa, por ahora, la definición más sencilla: Papá, Mamá e hijos, esto no incluye abuelos, tíos y demás anexos, que es lo que llamamos “la familia extendida”. Un poco más, los que abogan por un mundo mejor, nos han repetido siempre que la familia es la base de la sociedad. ¿Cómo es esto? Pues bien, en el seno de la familia se educan los hijos, se les prepara para su futuro, para que sean hombres y mujeres “de bien” y para que se integren a la sociedad. Recordaran Proverbios 22:6: instruye al niño en su  camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él. Indudablemente la pregunta clave es ¿Cuál ha sido (o será) tu instrucción para con tus hijos? ¿Acaso no depende de ti y de tu modelo, lo que ellos aprendan y repitan en sus propias vidas?

Segundo, en Génesis 2:24 encontramos el siguiente mandamiento y la razón de por qué esta familia que mencioné debe desaparecer: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (esto se aplica por igual a la mujer). Este versículo es tan importante para Dios, que es el único que aparece cuatro veces en la Biblia (Mateo 19:5; Marcos 10:7 y Efesios 5:31 y, tiene una quinta referencia en 1 Corintios 6:16), a su vez, paradójicamente, es uno de los menos respetados… Así, el deber de los padres es educar a los hijos para que abandonen el hogar paterno (desaparece la familia de origen) y el deber de los hijos es abandonar el hogar de sus padres. Ahora bien ¿para que deben abandonarlo? Pues para formar una nueva familia, que reemplaza a la que ya desapareció. Lamentablemente muchísimos padres, madres e hijos están atados a sus conflictos emocionales inconscientes, por lo que son incapaces de cumplir con esto, porque: “¿Cómo va a venir ese hombre malvado a quitarme mi hijita preciosa, o, esa mala mujer a llevarse a mi hijito querido, si no hay nadie que te quiera como yo, ni que te merezca?” Con esa actitud, el resultado final es que los hijos no tiene capacidad para formar la nueva familia, o si lo hacen, al poco tiempo la destruyen a través del divorcio, con la consecuencia definitiva: la familia está destinada a desaparecer…

Tercero, si la familia es la base de la sociedad ¿Cuál es la base de la familia? Para mí, y este es el núcleo central, la base de todo es ¡la pareja! Ella es la única llamada a durar hasta que la muerte los separe, no la familia. Los hijos aprenden a ser hombres, mujeres y a establecer relaciones de pareja, del modelo que les “muestran” sus padres. Si estos se tratan mal, se gritan, hablan mal uno del otro, los hijos harán lo mismo y su destino será el fracaso en su relación de pareja y como consecuencia de su familia (destinada a desaparecer).

En un escrito de Búlmez titulado: Cuida a tu pareja, nos explica que no es la familia la que necesita ser cuidada, él nos pregunta: “¿Ustedes han oído decir a alguien: allí va mi ex hijo, allí va mi ex padre?”. ¡A quien hay que cuidar es a la pareja!, prueba de ello, es que sí conocen (o incluso ya tienen) un ex esposo o una ex esposa. Sencillamente han preferido creerle a la rutina, a sus obligaciones, a la familia o, a sus conflictos emocionales y prohibiciones y, no han asumido el reto de crecer juntos y de responsabilizarse y cuidar el uno del otro. Han preferido hacer como Adán y Eva: echarle la culpa al otro. Cualquier excusa o racionalización siempre los hará quedar bien, pero la verdad es única y absoluta, no hay mayor responsable de tus acciones que tú mismo(a), ya que, en la relación de pareja la responsabilidad es exactamente igual para ambos 50% y 50% ¡en todo!, porque en la matemáticas de Dios 1 + 1 = 1. La consecuencia es que son los hijos quienes se llevan el 100% de ese todo, bien sea para fracaso o para éxito. Es por ello, que únicamente depende de ti que la familia esté destinada a desaparecer, pues no se trata de conseguir la persona ideal, sino de ser la persona ideal.

El Compositor

EL COMPOSITOR
J. Rafael Olivieri

 Les narro una historia que me paso hace mucho tiempo…

Fui a la celebración de la boda de un buen amigo mío, la cual se realizó en una pequeña iglesia de su localidad.

Una iglesia modesta, pero hermosamente decorada con los atavíos propios para tan feliz ocasión, flores de varios tipos y colores, lazos y hasta velas adornando el pasillo central que conduce al altar.

El novio vestido con un fino traje azul con su respectivo clavel en el ojal.

La novia muy hermosamente vestida se asemejaba a una rosa blanca bañada por el rocío matutino.

El sacerdote conforme a su envestidura comenzó con los pasos típicos de todas las bodas…

Hizo las preguntas formales… y cumplió con los respectivos rituales, todo impecablemente bien llevado…

Y comenzó con el acostumbrado sermón de rigor…

¿Acostumbrado sermón?

El sacerdote predicó sobre Dios y su visión del matrimonio basado en Génesis… 

Los deberes de los cónyuges con el enfoque del Apóstol Pedro en su 1ra carta…

Las exhortaciones para someterse las esposas y los esposos unos a otros del Apóstol Pablo en Efesios 5…

Las palabras de Jesús en relación al matrimonio y el divorcio…    

Salpicó su charla en varios puntos con las enseñanzas de proverbios…

Hizo una hermosa descripción del amor entre los esposos tocando los versículos de “Cantar de los Cantares” de Salomón…

Finalmente, terminó haciendo un cierre magistral con la descripción del amor verdadero de 1ra Corintios 13 del Apóstol Pablo…

Yo estaba completamente embelezado…   me habían dejado en mi asiento atónito… saboreando el dulce néctar del amor de Dios para todos…

Vi el rostro de mi esposa como quien contempla la más hermosa obra de arte pintada por Dios mismo…   

Todo mi ser clamaba en alabanza y adoración al Altísimo creador de todo el universo…

Cuando terminó la boda, no me pude contener y fui a felicitar al sacerdote por tan excelente sermón...

Entre mis expresiones de agradecimiento y felicitaciones, se me ocurrió decirle al sacerdote…

“De verdad que usted es un excelente músico, y sabe como tocar muy bien su instrumento”

A lo cual el predicador me contestó:

“Yo podré ser un buen músico, pero Dios es EL COMPOSITOR de toda la música que me da para tocar”…

Desde aquel día me convertí en músico…

Te invito a que tú también seas un músico de Dios

El Pastor

EL PASTOR
(Oí este cuento en un programa en la radio, y lo adapté para compartirlo con todos ustedes. J. Rafael Olivieri)

 Un grupo de amigos estaban reunidos en ocasión de celebrar, el éxito de una obra de teatro cristiana que acababan de presentar.

Por supuesto, entre ellos estaba el actor principal de la obra, quien había realizado el anhelado papel de Cristo, y en el cual tenía mucha experiencia, aparte de una excelente calidad en su desempeño actoral. También estaban los otros actores y un nutrido grupo de amigos e invitados, entre los cuales se encontraba un viejo predicador.

Por una de esas “casualidades” del Señor, la conversación giró en torno a la Biblia, después en los salmos y finalmente llegaron al Salmo 23.

Fue entonces, cuando uno de los presentes, sugirió la idea de que el actor principal recitara dicho salmo a todos ellos.  Él acepto, con la condición de que una vez que hubiese terminado, el viejo predicador también debería recitar el salmo 23, lo cual el predicador igualmente aceptó.

El actor se preparó… saco su mejor arsenal actoral… su mejor voz… sus mejores gestos…

La concurrencia estaba a la expectativa… atenta… Todos estaban concentrados en tan excelente y maravillosa oportunidad de ver en vivo esta interpretación…

Y el actor comenzó…

SALMO 23
Jehová es mi pastor
Salmo de David.
1 Jehová es mi pastor; nada me faltará.
2 En lugares de delicados pastos me hará descansar; Junto a aguas de reposo me pastoreará.
3 Confortará mi alma; Me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre.
4 Aunque ande en valle de sombra de muerte,
No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo;
Tu vara y tu cayado me infundirán aliento.
5 Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores; Unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando.
6 Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, Y en la casa de Jehová moraré por largos días.

Hubo una explosión de aplausos… de felicitaciones… de ovaciones, todos estaban de acuerdo que era la mejor representación del salmo 23 que nunca antes habían visto…

Una vez calmada tal euforia, le pidieron al viejo predicador que recitara el salmo.

Él tomo su lugar… hizo una pausa… miró a la concurrencia… Todos estaban igualmente atentos y a la expectativa. Y comenzó…

Cuando hubo terminado…
Había un profundo y reverente silencio en todo el lugar…
Se veían correr lágrimas por las mejillas…
Sus corazones habían sido tocados por el amor… la misericordia…
Sentían que habían sidos abrazados por Dios personalmente…
En el silencio se podía sentir la alabanza y la presencia del Espíritu Santo…

Al finalizar la reunión, le preguntaron al actor principal, como era posible aquella diferencia, entre ambas interpretaciones, de un mismo salmo.

A lo que el actor respondió:

Yo conozco el Salmo…
Pero, el viejo predicador conoce
AL PASTOR.


Te invito a que tú también lo conozcas…

El Perdón (recopilación Internet)

El perdón es una expresión de amor y la clave para liberarte
Recopilado por: J. Rafael Olivieri

El perdón nos libera de ataduras que nos amargan el alma y enferman el cuerpo.
No significa que estás de acuerdo con lo que pasó, ni que lo apruebas.
Perdonar no significa restarle importancia a lo que sucedió,
ni mucho menos darle la razón a alguien que te lastimó.

Perdonar significa dejar de lado aquellos pensamientos negativos
que te causan dolor, enojo y te destruyen día a día.
El perdón se basa en el reconocer, aceptar y soltar lo que pasó.
La falta de perdón te encadena a las personas en el resentimiento. Te hace esclavo de ellas.
La falta de perdón es el más destructivo veneno para tu espíritu,
ya que neutraliza los recursos emocionales que tienes y mata tu alegría de vivir.
El perdón es una decisión que puedes y debes renovar a diario.
Muchos de nuestros intentos de perdón fracasan, pues confundimos lo que es perdonar y, nos resistimos ante la posibilidad de disminuir los eventos ocurridos u olvidarlos.
El perdón no es olvidar lo que nos ocurrió, aunque sí, invita a sacarlo de nuestro pensamiento.
No significa excusar o justificar un determinado evento o mal comportamiento.
No es aceptar lo ocurrido con resignación. No es negar el dolor.
No es minimizar los eventos ocurridos. Es liberarte a ti de todo ello.
Creemos erradamente que el perdón debe conducirnos inexorablemente a la reconciliación con el agresor. Pensamos que perdonar es hacernos íntimos amigos de nuestro agresor y por tal motivo rechazamos el perdonar. No implica eso para nada, el perdón es
PRINCIPAL Y ÚNICAMENTE PARA TI y para nadie más.
No hay que esperar que la persona que nos agredió cambie o modifique su conducta, pues lo más probables es que esa persona no cambie, y es más, a veces se ponen peor.
El perdón se debe realizar "sin expectativas" sin esperar a que el otro cambie.
Si esperamos que el agresor acepte su error, estaremos esperando en vano y gastando nuestro tiempo y nuestras energías en una disculpa que posiblemente jamás llegará.
Si quedamos esperando alguna reacción, luego de haber perdonado, realmente no hemos perdonado genuinamente, pues seguimos esperando una retribución, un resarcimiento.
Seguimos anclados en el problema, en el ayer, queriendo que nos paguen por nuestro dolor.
El esperar una disculpa, que se acepte el error; nada de eso cambiará los hechos, lo ocurrido en el pasado, sólo estaremos alimentando nuestro resentimiento,
nuestra sed de justicia mal enfocada.
Cuando no hemos perdonado, quien tiene el control de nuestra vida es el EGO.
EGO que quiere a toda costa castigar o cobrarle al agresor.
No existe nada ni nadie que pueda resarcir el dolor ocasionado en el pasado,
el pasado no tiene cómo ser cambiado.
Ningún tipo de venganza o retribución podrá subsanar los momentos de tristeza
y desolación que vivimos, lo mal que nos sentimos.
Perdonar desde nuestro corazón, es mirar los hechos tal y como sucedieron, es decidir dejarlos ir, dejarlos en el ayer, es liberarnos de las espinas del ayer.
Muchas veces la persona más importante a la que tienes que perdonar es a ti mismo por todas las cosas que no fueron de la manera que pensabas.

¿Con qué personas estás resentido? ¿A quién no quieres perdonar?
¿Acaso tú eres infalible y por eso no puedes perdonar los errores ajenos?
¡PERDONAR ES APRENDER A AMARME A MÍ MISMO!

La declaración del perdón

La declaración del perdón
Rafael Echeverría

Bajo este acápite incluimos tres actos declarativos diferentes, todos ellos asociados al fenómeno del perdón. Así como destacábamos previamente la importancia de la declaración de gracias, debemos ahora examinar su reverso. Cuando no cumplimos con aquello a que nos hemos comprometido o cuando nuestras acciones, sin que nos lo propusiéramos hacen daño a otros, nos cabe asumir responsabilidad por ello. La forma como normalmente lo hacemos es diciendo ‘perdón’. Esta es una dec1aración.

En español, sin embargo el acto declarativo del perdón solemos expresarlo frecuentemente en forma de petición. Decimos «Te pido perdón» o «Te pido disculpas». Con ello hacemos depender la declaración «Perdón» que hace quien asume responsabilidad por aquellas acciones que lesionaron al otro, del acto declarativo que hace el lesionado al decir ‘te perdono’. Ambos actos son extraordinariamente importantes y nos parece necesario no subsumir el primero en el segundo.

Lo importante de mantenerlos separados es que nos permite reconocer la eficacia del decir «Perdón» con independencia de la respuesta que se obtenga del otro. En otras palabras, lo que estamos señalando es que la responsabilidad que nos cabe sobre nuestras propias acciones no la podemos hacer depender de las acciones de otros. El perdón del otro no nos exime de nuestra responsabilidad. El haber dicho «Perdón», aunque el otro no nos perdonara, tiene de por sí una importancia mayor y el mundo que construimos es distinto -independientemente del decir del otro- según lo hayamos o no declarado. Obviamente, en muchas oportunidades el declarar «Perdón» puede ser insuficiente corno forma de hacernos responsables de las consecuencias de nuestras acciones. Muchas veces, además del perdón, tenemos que asumir responsabilidad en reparar el daño hecho o en compensar al otro, pero ello no disminuye la importancia de la declaración del perdón.

El segundo acto declarativo asociado con el perdón es, como lo anticipáramos, ‘te perdono’, ‘los perdono’ o simplemente «Perdono», Este acto es obviamente muy diferente del decir «Perdón», a él vamos a referimos también cuando abordemos el tema del resentimiento, Sin embargo, permítasenos hacer algunos alcances al respecto.

Cuando alguien no cumple con lo que nos prometiera o se comporta con nosotros de una manera que contraviene las que consideramos que son legítimas expectativas, muy posiblemente nos sentiremos afectados por lo acontecido. Más todavía si, luego de lo sucedido, la persona responsable no se hace cargo de las consecuencias de su actuar (o de su omisión). Posiblemente, con toda legitimidad, sentiremos que hemos sido víctimas de una injusticia, Y al pensar así, justificaremos nuestro resentimiento con el otro, sobre todo en la medida en que nosotros nos hemos colocado del lado del bien y hemos puesto al otro del lado del mal. Por lo tanto, consideramos que tenemos todo el derecho a estar resentidos.

De lo que posiblemente no nos percatemos, sin embargo, es que al caer en el resentimiento, nos hemos puesto en una posición de dependencia con respecto a quien hacemos responsable. Este puede perfectamente haberse desentendido de lo que hizo. Sin embargo, nuestro resentimiento nos va a seguir atando, como esclavos, a ese otro. Nuestro resentimiento va a carcomer nuestra paz, nuestro bienestar, va probablemente a terminar tiñendo el conjunto de nuestra vida. El resentimiento nos hace esclavos de quien culpamos y, por lo tanto, socava no sólo nuestra felicidad, sino también nuestra libertad como personas.

Nietzsche, ha sido el gran filósofo del tema del resentimiento. Cuando habla de él, lo asocia con la imagen de la tarántula. El resentimiento nos dice Nietzsche, es la emoción del esclavo. Pero cuidado. No se trata de que los esclavos sean necesariamente personas resentidas. Muchas veces no lo son, como nos lo demuestra el ejemplo de Epicteto. Se trata de que quien vive en el resentimiento vive en esclavitud. Una esclavitud que podrá no ser legal o política, pero que será, sin lugar a dudas, una esclavitud del alma.

Perdonar no es un acto de gracia para quien nos hizo daño, aunque pueda también serlo. Perdonar es un acto declarativo de liberación personal. Al perdonar rompemos la cadena que nos ata al victimario y que nos mantiene como  víctimas. Al perdonar nos hacemos cargo de nosotros mismos y resolvemos poner término a un proceso abierto que sigue reproduciendo el daño que originalmente se nos hizo.

Al perdonar reconocemos que no sólo el otro, sino también nosotros mismos, somos ahora responsables de nuestro bienestar.

Cuando hablamos de perdonar, suele surgir también el tema del olvido. Hay quienes dicen «Yo no quiero olvidar» o «Siento que tengo la obligación de no olvidar». Olvidar o no es algo que no podemos resolver por medio de una declaración. De cierta forma, no depende enteramente de nuestra voluntad. El perdón, sin embargo, es una acción que está en nuestras manos.

El tercer acto declarativo asociado al perdón es, esta vez, no el decir «Perdón», ni tampoco el perdonar a otros, sino perdonarse a sí mismo. En rigor, ésta es una modalidad del acto de perdonar y, por lo tanto, lo que hemos dicho con respecto al perdonar a otro vale para el perdonarse a sí mismo. La diferencia esta vez es que asumimos tanto el papel de víctima como de victimario.

Una de las dificultades que encontramos en relación al perdón a sí mismo proviene de sustentar una concepción metafísica sobre nosotros que supone que somos de una determinada forma y que tal forma es permanente. Por lo tanto, si hicimos algo irreparable ello habla de cómo somos y no podemos sino cargar con la culpa por el resto de nuestras vidas. Esta interpretación no da lugar al reconocimiento de que en el pasado actuamos desde condiciones diferentes de aquéllas en que nos encontrarnos en el presente. Sin que ello nos permita eludir la responsabilidad por nuestras acciones y nos evite actuar para hacernos cargo de lo que hicimos, tal postura no reconoce que el haber hecho lo que entonces hicimos y el recriminarnos por las consecuencias de tales acciones, de por sí, nos transforma y aquél que se recrimina suele ser ya alguien muy diferente de aquél que realizara aquello que lamentamos.

El perdón así mismo tiene el mismo efecto liberador de que hablamos anteriormente y hacerlo es una manifestación de amor a sí mismo y a la propia vida.

Echeverria, R. (1996). Ontología del lenguaje. 3ra edición. Santiago, Chile:
Dolmen Ediciones, S.A.