jueves, 26 de enero de 2012

El cambio Psicológico

EL CAMBIO PSICOLÓGICO
Por: J. Rafael Olivieri
        A la pregunta que les hago a mis pacientes (clientes): ¿Qué buscas con este proceso de terapia?, la respuesta, en la casi totalidad de las veces, es inequívocamente: “quiero cambiar”. Lo cierto es que no comprenden la implicación y la profundidad de esta frase ‘aparentemente inocente’, pues hablamos de un proceso lento, largo y, por si fuera poco, difícil. La mayoría de ellos vienen buscando ‘una píldora mágica’ que les cambie de una sola vez, lo que por supuesto no es posible. Shinyashiki (1993) nos comenta: “Cambiar es un acto sencillo, aunque es posible complicarlo de muchas maneras. La gente complica el cambio, pensando que éste se va a realizar solamente porque se quiere hacer. No siempre eso es verdad, y muy rara vez resulta. Más importante que el deseo es el compromiso con el cambio” (p. 141). La razón de su dificultad, y por consiguiente del tiempo necesario, lo bosqueja inicialmente Hormachea (1994) cuando opina: “Por supuesto que el cambio es difícil y algunos pueden realizarlo solamente cuando han experimentado el dolor de llegar al fondo del abismo. El cambio es algo interno. Tiene que ver con lo que somos. Solamente un cambio interno puede producir un cambio en el comportamiento y consecuentemente en un estilo de vida diferente. (p. 146). Tal como lo señala el Apóstol Pablo en Romanos 12:2 “No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mente, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto”, sobran las palabras.
De estas verdades es de las que quiero hablar: El cambio psicológico implica mucho más allá que un sencillo deseo de hacerlo, comprende, en primer lugar, un compromiso y una responsabilidad conmigo mismo. Nadie puede cambiar en otro, cada uno de nosotros debe cambiar obligatoriamente en sí mismo. Es ahí donde está lo difícil o lo “complicado”. La razón básica es que hemos vivido de esa manera (la que quiero cambiar) toda la vida hasta este momento. Por lo tanto, estamos acostumbrados a ‘ser así’, es nuestra zona de comodidad, nos sirvió en algún momento del pasado y, pretendemos que nos siga siendo útil hoy. No comprendemos que el momento presente es diferente, que las personas a mi alrededor son distintas, tan sencillo como que la vida misma es totalmente dinámica, siempre en evolución, donde lo único fijo y seguro es, precisamente, el cambio. Esto quiere decir que debo luchar contra mi mismo, contra mis costumbres, por lo tanto, debo hacer un esfuerzo continuo para lograrlo, ya que cambiar debe ser una prioridad importante en mi vida, para que pueda dedicarle el tiempo, el esfuerzo y los recursos que necesito para lograr mi meta de cambiar. Eso no se puede hacer, a menos que este comprometido y, que me responsabilice de mí mismo y de mi decisión de cambio.
Un segundo punto interesante, es el de “llegar al fondo del abismo”, para que se manifieste la necesidad de cambiar, dado el sentimiento de dolor y de angustia que tal abismo produce en nuestra seguridad emocional. Es en esa situación en la que comprendemos la necesidad de buscar ‘ayuda’, pues, aunque el cambio nos pertenece y es nuestra decisión, no contamos con los elementos necesarios para realizarlo. Allí es cuando comprendemos igualmente, que es falsa la creencia popular “hay que estar loco para ir al psicólogo”, de por sí, bien limitante a la posibilidad de encontrar la solución a nuestros abismos. Por ello, quienes llegan a la consulta (entrevista), tiene ya un primer recorrido ganado, en la búsqueda y logro de su cambio. Lo que sí es cierto y, a su vez, contribuye al nivel de dificultad del proceso de cambio, es el hecho de que la persona ya viene en angustia, y para poder trabajar la causa de la misma, hay que recorrer el camino de vuelta al momento del aprendizaje y de la situación experiencial, que nos enseñó a ‘ser así’. Lo que por supuesto, nos lleva a vivir un nuevo proceso de angustia, pues, debo descubrir realmente quien soy y, fundamentalmente cómo soy, ya que de allí se deriva todo el proceso de mi conducta, la cual es el origen de mi situación de angustia, que vengo buscando cambiar.
Como tercer elemento, debemos considerar que para que pueda ser posible mi cambio es necesario que page un precio. Y no me refiero solo al costo económico, ‘piedrita’ en el zapato de muchos, ya que a menos que asista a un centro de salud público, el costo material es ineludible. Me interesa más bien considerar el costo emocional de lo que implica el cambio. Pues a parte del referido dinero, influyen otros dos elementos muy importantes: tiempo y esfuerzo. Por ejemplo, el tiempo se refiere a las horas que toma el ir y venir, así como la duración de la consulta, su frecuencia, a veces hay que invertir un sábado o un domingo en algún taller o curso, cuando tu pensamiento te dice: ‘que sabroso sería estar en la playa…’ Y ni que decir, el proceso completo puede tomar meses o años para poder adquirir un adecuado nivel de integridad y sanidad emocional que, me permita convertirme en una persona en vías de su autorrealización. En el caso del esfuerzo, se refiere al movimiento de las emociones reprimidas como la rabia, la tristeza y/o el miedo, sin contar los derivados enfermos de las mismas, pues son estas emociones el núcleo central de los conflictos emocionales que, las personas tienen en su actuación conductual. Hay que revivir y aprender a manejar estas emociones, superar sus implicaciones y sus efectos sobre nuestras relaciones con los demás, así como todo un sinfín de ‘actividades’ asociadas al proceso terapéutico, que nos demandan nuestro mayor esfuerzo, para poder lograr el cambio buscado. Por ello, no perdamos de vista nuestra meta y la infinidad de recompensas que trae lograrla.
Estos tres factores mencionados son a su vez los peores enemigos del proceso terapéutico de cambio, no sólo sabotean constantemente la mente de la persona en terapia, sino que se convierten en los argumentos preferidos de manipulación de los familiares, pareja o de las personas cercanas al paciente en terapia (te invitan a la sensación de la culpa, con la cual te dominan). Porque dicho cambio también los afecta a ellos, al romperse la dinámica emocional o, los juegos psicológicos, a los cuales están acostumbrados y, de los que se nutre la relación entre ellos. Como es lógico, intentan salvarla y salvarse a sí mismos a toda costa, dado que se sienten amenazadas con tu cambio. Por supuesto, la única forma de lograrlo es no permitiendo el cambio de nuestro paciente. Este es un punto vital, ya que muchas veces el cambio implica sustituir intereses, gustos, formas de relacionarse, entre otros aspectos, que incluso invitan al cambio de amistades que ya no son adecuadas y, en posturas más extremas, de la pareja, por ello la necesidad de agotar las invitaciones a la pareja para compartir este proceso, y sobre todo, para que el cambio no se convierta en un impulsor y, específicamente, en una justificación de la prohibición de pareja, que una gran cantidad de nosotros tenemos hoy en día.
Un cuarto y último aspecto a considerar (pues no se trata de un tratado sobre el cambio psicológico), es el miedo a cambiar, ¿Paradójico no? Queremos cambiar pero nos da miedo el cambio. Esto es así porque ciertamente es necesario renunciar a mi: orgullo, egoísmo, a ‘mis derechos’ y, en líneas generales, a mis conductas inadecuadas. Además el cambio es una zona desconocida, algo que no he probado, ni conozco suficientemente todavía, por lo que crea incertidumbre y en cierta forma ansiedad. A mitad del proceso, cuando aún no somos “ni chicha ni limonada” se presentan varios miedos, tal como los señala Shinyashiki (1993): “En ese momento viene el vacío existencial, a veces la desesperación, el miedo de no lograr cambiar, el miedo de quitarse las máscaras y encontrarse consigo mismo, el miedo de perder a las personas que le son gratas, el miedo de tener que volver a repetir las mismas conductas de siempre, la sensación de inadecuación, de no estar haciendo correctamente lo nuevo, como hacía lo antiguo” (p. 143). Son todas situaciones y emociones que la persona que cambia debe estar preparada para afrontar, pues aunque hay que atravesar este desierto, no hay duda que la persona que emerge de este proceso, está destinada a formar parte del selecto y pequeño grupo de los “triunfadores”, personas que se aman a sí mismas y aman a otros, que comparten, son felices y viven la vida a plenitud, para sí y para los que están a su lado.
             Finalmente, no olvidemos que para poder realizar el cambio psicológico, es necesario estar comprometido con tu cambio y contigo mismo, es tuyo, es tu responsabilidad, pues de lo que hablamos, es de una decisión tuya que no sólo cambiará definitivamente tu vida, sino la de aquellos que amas y que te aman. Como nos recuerda Hormachea (1994) “nadie puede cambiar a otra persona. Los cambios deben ser personales para que sean genuinos y reales. Es menester que cada persona decida hacer los cambios necesarios por sí misma. Debemos recordar que quienes debemos cambiar somos nosotros” (p. 150).
 

Te invito a cambiar, para que descubras el Ser Humano infinito que eres.
       Que DIOS te guíe y te acompañe en ese proceso maravilloso de ser tú mismo.
 

Hormachea, D. (1994).  Para matrimonios con amor.  Aprendiendo a vivir con nuestras diferencias. Miami, Usa: Editorial Unilit.

Shinyashiki, R. (1993). La caricia esencial. Una psicología del afecto. Colombia: Editorial Norma.